domingo, 23 de julio de 2017

El Éxito capitalista

“En este mundo de capitalismo voraz, el estar feliz con lo que tienes es tachado de mediocre y no desear más es de tontos. Así que, supongo yo, ser exitoso es que te entierren con todo ese dinero que amasaste a cambio de tu vida” – Hebert Gutiérrez Morales.

sábado, 22 de julio de 2017

El Elefante desaparece

            Sin duda alguna, Haruki Murakami es mejor con novelas que con cuentos cortos y, a pesar de ello, no se da por vencido y sigue sacando relatos breves, cuando lo más fácil sería rendirse y dedicar esa energía en publicar novelas largas de manera más frecuente.

            A pesar de ello, le soy fiel y compro cada obra suya que sale a la venta en español, como fue el caso de “El Elefante desaparece”, la más reciente compilación de cuentos del autor japonés.

            Sin llegar aún a la excelencia, comparando con las compilaciones anteriores, puedo decir que Murakami se ha ido superando y cada vez mejora más su estilo al redactar historias cortas. Obviamente sigue pachequeando feo con algunos relatos sin ton ni son, aunque ahora fueron mucho más los aciertos que los errores en esta recopilación.

            Advertencia 1: Si usted nunca ha leído a Murakami, NO le recomiendo empezar con este libro. Esta lectura es para iniciados, los que ya tenemos experiencia con este autor. Mejor lea “Tokyo Blues”, “1Q84” o “Los años de Peregrinación del chico sin color”, dichos libros son más accesibles para quienes no lo conocen. Si les gusta ya pueden acceder a otras de sus pachequeces menos convencionales como “Baila, baila, baila”, “Kafka en la Orilla” o “Sputnik, mi amor”.


            Advertencia 2: Comentaré cada uno de los cuentos, algunos de manera breve y en otros ahondaré un poco más. Mi intención no es contar cada historia a detalle, sin embargo, habrá puntos en donde destripe cosas vitales del argumento.

            El pájaro que da cuerda y las mujeres del martes

            Una historia incongruente pero entretenida, misma que fluye muy bien y que, contra la costumbre de Murakami, tiene un final (o algo parecido a un final).

            El autor plantea dos situaciones perfectas para que el protagonista pueda tener relaciones fuera de su matrimonio, oportunidad que casi cualquier hombre tomaría, SIN EMBARGO, Haruki también refleja esa esencia japonesa actual al mostrar cierto desdén al sexo (no en vano, es el país que menos copula en el mundo).


            En fin, como no japonés, casi me indigno que el protagonista no escuchara la propuesta de la chica del teléfono, porque ella estaba dispuesta a quedar en algo. Obviamente pienso como latino, mientras que los nipones, además de nobles, son muy honestos, propios y respetuosos de las reglas.

            Ya poniéndonos perversos, o sea el estado normal masculino, hasta hubiera intentado algo con la chica de 16 años que tan aburrida estaba y era posible que accediera a algo.

Perversiones aparte, ¿todo esto por un gato? Digo, me gustan los felinos, pero creo que más de la mitad han de morir en circunstancias desconocidas para los dueños, por la naturaleza libre e independiente de los mininos.

            El nuevo ataque a la panadería


            Este relato me hizo mucha gracia. No es largo pero es muy entretenido. Además me queda claro que hay circunstancias en el humano, como estar despierto a altas horas de la noche o tener un hambre voraz, que lo hacen actuar irracionalmente. Así que cuando se conjuntan ambos factores es una combinación letal y, a veces, divertida.

            El comunicado del Canguro

            De las historias que menos me gustaron, pudo haber sido una gran idea pero me cagó tanta justificación previa, posiblemente porque yo hago lo mismo antes de una petición incómoda. Ésta es una característica típica de la cultura japonesa, en donde resulta rudo decir las cosas de manera directa. La carta, que es el argumento en sí, me pareció interesante, pero no me cautivó como las historias previas.

            La Chica 100% perfecta

            Creo que a todos nos ha pasado: te cruzas con alguien y ¡Pum! flechazo automático, sin previo aviso, que suele ser tan violento e inesperado que, normalmente, no alcanzas a reaccionar o, estás tan en shock, que no sabes cómo hacerlo.


            A otros simplemente nos gana la cobardía y, aunque estemos en nuestros cinco sentidos, como dice el protagonistas “¿Y qué demonios le voy a decir? ¿’Eres perfecta para mí’? Se botaría de risa o me vería feo”, y así dejamos pasar una gran oportunidad de ser felices, sólo por evitar el ridículo o causarle una incomodidad a aquel ser celestial que nos hizo la vida tan perfecta por un breve instante.


            Ya sea por timidez, estupidez o cobardía, muchos dejamos pasar esas maravillosas oportunidades que no hay garantía que se vuelvan a presentar.

            Sueño

            Esta historia ya la había leído, puesto que la había comprado de manera individual y no sabía que venía en este libro. Aun así la volví a disfrutar. Me gustaron todas esas reflexiones honestas que te surgen cuando no puedes dormir, porque son reales. Por ello las mejores platicas se dan ya avanzada la noche, en horas en las que se supone que debes descansar.


            Me encanta cómo la protagonista va describiendo su rutina diaria, con toda naturalidad y honestidad, sin justificar ni maquillar nada, nada de optimismo o pesimismo, simplemente las cosas como son.

            Envidié esa posibilidad de poder vivir sin la necesidad de dormir y seguir manteniendo la vitalidad. Al igual que la protagonista, creo que me la pasaría leyendo todas las noches y, de vez en cuando, escribiendo. También saldría a correr en las madrugadas para ganarle tiempo a mi rutina.

            El final resultó tan estresante como inexplicable y mi interpretación del mismo es: Siempre debes pagar por los privilegios que recibes. De alguna manera esa gente que la acosaba en su auto fue el resultado de su constante vigilia.


            La caída del Imperio Romano, La revolución india de 1881. La invasión de Polonia por Hitler y el reino de los vientos enfurecidos.

            Este relato sólo me corroboró una certeza que conozco desde hace tiempo: los japoneses son muy cuadrados y meticulosos con su organización. Este orden se refleja en varios aspectos cotidianos como redactar un diario, para cocinar e incluso para fornicar.

            No los critico del todo porque yo mismo soy dogmático y por ello me gusta tener mis cosas en orden, pero ellos están a otro nivel.

            Lederhosen

            Tal vez pueda sonar ridículo el pretexto: terminar un matrimonio de décadas por unos pantalones de piel. Sin embargo, cuando lo ves con calma, notas que es una situación muy real.


Cuando estás en una relación que te hace mal, aunque ya estés acostumbrado, llega el punto en que, sin aviso de por medio, nos llegan certezas brutales sobre nuestra infelicidad y, lo mejor que podemos hacer, es seguir esa señal que recibimos, seguir esa intuición sin cuestionar, sin tratar de encontrarle un respaldo y sin analizarla.

Si algo viene directo de nuestro interior, lo mejor es llevarlo a cabo sin cuestionar.

            Quemar graneros

            Esta historia es muy Murakami: sin pies ni cabeza pero de alguna extraña manera muy interesante. La forma en que el novio de su amiga le explica la razón para quemar graneros resulta muy congruente y lógica aunque, para el mundo “normal”, sea una locura.


            Sobre la personalidad de su amiga, aunque te van soltando retazos de la misma, al final entiendes de dónde viene ese atractivo y ese carisma que tanto los atrae. Incluso te preocupa su desaparición. Me recordó un poco a la protagonista femenina de “Sputnik, mi amor”.

            Me llama la atención esas relaciones laicas y de auténtica amistad que pueden sostener los japoneses, sin necesidad de sexo para sustentarla.

            El pequeño monstruo verde

            Cuento breve con su dosis de realidad, sobre todo en cuanto a crueldad femenina y más con quienes la quieren de manera incondicional, de manera tan leal.

En general los humanos tendemos a no tener misericordia, a ensañarnos con aquellos que nos demuestran que no son una amenaza y, peor aún, que nos quieren.

            Eso se ve al inicio, cuando la mujer le temía al monstruo, hasta clemencia pedía pero, al darse cuenta que no la quería lastimar, ella sí fue cruel con él, a pesar de sus súplicas.

            Otra situación que influyó poderosamente, en la actitud tan malvada de la mujer, fue el aspecto físico desagradable del monstruo. En este mundo visual no solemos ser muy tolerantes con las cosas que nos repugnan, mismas que tendemos a destruir o sacar de nuestra vista.

            Asunto de familia


            Un relato muy humano, muy factible, muy creíble e incluso interesante sin la necesidad de que pase algo relevante. Las diferencias de un hermano y una hermana que comparten casa, con estilos de vida tan distintos, más propiciado por los cambios de la hermana.

            Me encanta cómo se analizan dichos cambios, porque las prioridades y comportamientos de las mujeres son otros cuando tienen el interés de casarse, algo que no suele pasar con los hombres de manera natural. De hecho los varones cambiamos porque las mujeres nos obligan, no porque nos nazca.

            Una ventana

            Este relato me recordó todos esos contactos que tenemos con desconocidos, mismos que podemos ver una única vez o en algunas cuantas ocasiones para que, eventualmente, se pierdan en el olvido casi tan rápido como llegaron.


            Personas sin relevancia profunda pero que, por alguna causa, mantenemos en nuestros recuerdos, por cosas irrelevantes pero se mantienen vivas en nuestra memoria.

            La gente de la televisión
           
            El día que Murakami deje de escribir pachequeces sin sentido será el día que me voy a empezar a preocupar por él.

            A partir de esta historia fue que noté que el protagonista es el mismo en varios relatos del libro ya que, por lo menos, era el de “Asunto de Familia” pero ya casado. Una historia sin sentido que deja de moraleja que la sociedad te puede convertir en uno de ellos con facilidad ya que, al final, él también se convirtió en gente de la televisión.


            Reconocimiento a Murakami por esa habilidad que tiene  de mantenerte entretenido sin contarte algo relevante o sólo dándote cosas absurdas sin conexión alguna.

            Un barco lento a China

            Un relato agradable e interesante de cómo el protagonista va haciendo memoria de su relación con los chinos, esto a través de tres historias de su pasado, mismas que pasaron fugazmente por su existencia.

            La historia del maestro del examen de ubicación fue más bien para defender el honor de los chinos radicados en Japón, mismos que han de ser tan productivos como un nipón si se educan en ese ambiente.

            El pasaje de su compañera de trabajo, a la cual dejo en el olvido de manera accidental, resultó bonita como trágicamente cómica. Sobre todo después de haber pasado una cita tan agradable.


            Finalmente, el trago que se echa con su excompañero de Preparatoria, mismo que ahora vende enciclopedias, en un platica que resulta interesante aunque sea sobre algo “aburrido” como vender dichos libros.

            El común denominador fue que ninguna de esas tres personas fueron relevantes para el narrador, sin embargo los relatos te atrapan y, cada cual en su esencia, se mantienen vigentes en su memoria.

            El enanito bailarín

            Hasta ese momento resultó el mejor cuento de Murakami, y no sólo de este libro sino, a mi parecer, de todos los del autor japonés.

Y es que por fin brinda algo que se parece a un cuento, con una estructura más lógica (aunque ambientado en un realidad alterna), en una realidad alternativa en donde  haces unos pequeños cambios y consigues un mundo totalmente distinto.


En particular me encantó lo fiel que definió el sentimiento de inconsciencia que se apodera de ti cuando te entregas al baile, esa sensación de vida y alegría que difícilmente encuentras en otras actividades.

Lo que ocasiona en ti la música cuando te abandonas a ella junto con la sensación de ser tú en realidad, sin máscaras ni poses y que, por fortuna, he logrado experimentar.

Independientemente del baile, la historia tiene de todo: intriga, algo de terror, drama, romance, lujuria y demás. Un gran cuento, el primero de tres excelentes relatos que venían de manera consecutiva.

            El último césped de la tarde.

            Esta sencilla historia tuvo algo que me enamoró, en particular un sentimiento de nostalgia muy profundo, que te inyecta el autor con una tranquilidad que te anestesia y aceptas lo que te cuenta en total relajación.


            Me encantó el detalle, la dedicación y pasión que se demuestra cuando amas tu trabajo, a tal grado que el dinero que te pagan pasa a ser algo complementario, pero nunca la meta última.

            Esa dedicación y seriedad es algo común en la cultura japonesa, en donde la calidad de tu trabajo es tu carta de presentación ante la sociedad. Y es que se venera mucho la importancia de las cosas bien hechas.

            Independientemente de ello, el hecho de que seas bueno en algo no quiere decir que forzosamente debas hacerlo el resto de tu vida, sobre todo si ya no te nace hacerlo. Eso aunado a que te cruzas con gente que siempre tiene planes para ti, aún sin tomarte en cuenta, pero tampoco estás obligado a cumplir sus proyecciones.


            La interacción con su última clienta fue algo remarcable y muy bella, al grado de alcanzar esa intimidad profunda que sólo puedes permitirte con un extraño que no te conoce en absoluto. Todo a través de la pasión por la jardinería que compartían el protagonista y el difunto esposo de la señora.

            Gracias a esa empatía, ella le abre su casa para continuar con ese intercambio de sabiduría cotidiana, esto a través del análisis del cuarto de la hija o de la cerveza que se tomaron contemplando el jardín recién acicalado.

            Cerrando una gran historia, la descripción de la tarde y cómo la contempla el protagonista, de manera paulatina, sin escatimar en detalles, me hizo sentirme transportado a ese lugar y momento de tranquilidad.

            Silencio


            Sin duda Murakami se dejó los mejores cuentos para el final. Este relato resultó conmovedor y fascinante, tanto que me atrapó de inmediato.

            Describe con maestría ese tipo de gente que te encuentras en la escuela y que quiere llamar la atención de cualquier manera, de convertirse en un Cisne en el pantano, como bien describió el autor.

            Pero, como bien comenta el protagonista, esa gente creída no le preocupa, sino la gente pendeja que se cree sin chistar lo que alguien así dice, como si fuese una verdad universal. Gente que no piensa, que no cuestiona, que acepta las cosas sin más, sin considerar la posibilidad de un error.

            Esa escoria no pensante que conforma la mayoría de la sociedad y pueden dañar la vida de algún inocente sólo con la palabra u opinión de alguien influyente. Y es que, al ignorarte, la sociedad te está condenando, ya que no reconocen tu existencia ni tu derecho a relacionarte.
 
Muhammad Ali madreando a George Foreman
            Éste fue un relato muy profundo, muy padre, incluso complejo.

            En especial me gustaron las analogías que hacía con el boxeo y lo que significaba en su vida. Donde no importa ganar o perder, sino alcanzar ese punto profundo en donde no importan los golpes.

            El elefante desaparece.

            Después de tres historias sublimes, viene la del cierre, misma que le da título al libro.


            El autor, una vez más, repite el protagonista, lo cual resulto ser una decisión inteligente de Murakami, que no se rompió la cabeza ni nos la rompió a nosotros como lectores. Al mismo tiempo, eso de repetir personajes tampoco es tan fácil, porque nos lo tiene que mostrar en una etapa diferente de su vida, lo cual puede ser más difícil que iniciar de cero con otro nuevo. Sólo me di cuenta en tres o cuatro historias que utilizó al mismo personaje central, aunque es factible que lo haya usado en otras más.


            Muy al estilo de Murakami, como en otras obras de esta misma publicación, al inicio del argumento no le encuentras pies ni cabeza, porque carece de sentido y de profundidad.

            En realidad el elefante es un pretexto para que sepamos lo que el protagonista está buscando en su vida, lo cual se ve reflejado a través de lo que le afecta que haya desaparecido el paquidermo, entre otros sucesos fuera de su vida.

            A pesar de cosas tan absurdas como la desaparición del elefante, su reducción o tenerlo viviendo en un complejo habitacional, el relato de Murakami te atrapa y dejas de cuestionar la factibilidad de esos hechos, sólo los tomas como reales para continuar con la historia. Sólo sabes que sientes empatía total con el protagonista, sin importar que estés en una historia absurda de cómo se encoge y desaparece un elefante.
 
Mi autor favorito
            El sentimiento correcto en el momento correcto

            Terminé de leer el libro momentos antes de llegar a Venecia y, por alguna razón, me bajé con un humor excelente. Casi siempre me encanta acabar un libro, aunque los de Murakami no se caractericen por tener buenos finales.

            Ese inexplicable buen humor me ayudó a disfrutar Venecia, mucho más de lo que jamás imagine.


            Hebert Gutiérrez Morales.

jueves, 20 de julio de 2017

Escucha la Canción del viento / Pinball 1973

            Sin duda alguna, HarukiMurakami es el autor que leo con más facilidad y alegría, ya que su estilo es muy agradable sin perder profundidad, y es que redacta de una manera tan sencilla que hasta parece fácil lo que hace.

            Leer las dos obras con que debutó (“Escucha la Canción del viento” y “Pinball 1973”) fue una grata experiencia ya que, al conocer el resto de sus historias, recorrer las primeras te da un sentimiento diferente, como conocer el pasado desconocido de alguien querido.

            El primer regalo fue la introducción (misma que repite en “De qué hablo cuando hablo de escribir”). El relato de cómo se hizo escritor me resultó muy llegador y catártico porque, algún día, quiero dar ese paso; aunque aún no confío en la calidad de mi escritura.

En su introducción explica cómo logró dicho estilo que tanto me gusta y que espero emular algún día (con mi propia esencia, claro está), esto para que mis ideas sean tan accesibles como las de él.


            Por cierto, un aspecto que tal vez no sea tan relevante, fue la traducción de los términos beisbolísticos, mismos que fueron tan anticuados que se nota que la hizo una española. Y es que, con todo respeto ¿Qué saben los españoles del béisbol? ¬_¬.

Ahora no voy a poner propiamente un Spoiler Alert, porque este par de historias son tan dispersas que no veo cómo darle una crítica estructurada así que, al estilo del autor, voy a comentar de por aquí y por allá.

Escucha la canción del Viento.

            La primera obra de Murakami es fascinante aunque muy suelta, sin una estructura definida. Pero no es una queja, en realidad ese estilo está perfecto para esa frescura del (entonces) novel autor, esa naturalidad al comentar los hechos que te cautiva pero, al mismo tiempo, tiene esa profundidad que siempre lo ha caracterizado.

 
            La manera en que te relata los hechos no tiene mucha lógica pero, de una manera extraña, es muy comprensible, y esa es una gran virtud del autor, porque puede engancharte en argumentos que, a simple vista, carecen de sentido.

            Los personajes son muy interesantes, atractivos, reales y, al mismo tiempo absurdos, lo cual resulta en una combinación bastante adictiva. Haruki tiene esa habilidad sobresaliente de plasmar ideas, sentimientos, sensaciones, momentos, pensamientos que todos tenemos pero que no sabemos cómo expresar o, simplemente, no queremos hacerlo. Así que verlos escritos en una obra es de agradecerse.

            Aunque es una novela que no conocía, me sentía como en un viaje al pasado, como si la hubiera leído hace mucho tiempo o como si la hubiera debido leer desde hace muchos años. Entonces sentí mucha comodidad, nostalgia, calidez y, al mismo tiempo, mucha frescura retroactiva.


            Ahora que lo veo en retrospectiva, y aunque no fue planeada de dicha manera, “Escucha la Canción del viento” sirvió de una gran introducción para “Pinball 1973”, porque el protagonista y su amigo (el Rata) ya estaban desarrollados y, con más experiencia, Murakami logró explotarlos mejor en la siguiente entrega.

            Pinball 1973

            Con “Pinball 1973”, el buen Haruki ya daba muestras del actual Murakami. En su primera historia, el autor se mostraba más ingenuo, inclusive puro. En la segunda entrega, se muestra más estructurado, algunos dirán que le empieza a meter más paja, pero a mí me gusta que elabore sus textos, aunque es innegable que la cualidad de la primera historia fue su deliciosa sencillez.


            En “Pinball 1973” ya se vislumbraba lo que Haruki posteriormente iba a hacer con sus cuentos cortos, esto a través de esa capacidad de narración tan bella, tan sencilla, tan íntima que irremediablemente te engancha, sin importar que sólo te cuente cómo se prepara el desayuno, pero lo hace de una forma tan poética, detallada y natural que te conquista.

            Uno de esos cuentos cortos se podría tomar como el pasaje en donde el protagonista vivía en el primer piso de la casa de estudiantes y su interacción con la chica de arriba al recibirle las llamadas, cómo pasan esa última noche juntos, el regalo que ella le hace y cómo él la acompaña a la estación de trenes.


Todo esto no le llevó más de cuatro páginas pero es un regalo muy bonito que el autor te brinde una historia periférica dentro del argumento principal. Esos relatos que no tienen un principio ni un final claros, pero el momento que duran es muy valioso, sin importar que a primera vista parezcan algo cotidiano y sin chiste, pero te cautivan de todas formas.

            En “Pinball 1973” me gusta cómo va delineando las relaciones del Rata con su chica, así como el protagonista sin nombre con sus gemelas, esto a través de días que se intercalan entre lo ridículo, lo normal, lo extraordinario y lo inexplicable. Situaciones que adquieren sentido al formar parte de su realidad, dándole un toque de profundidad a su rutina, hechos absurdos que les acaban de dar forma a sus respectivas existencias. Ambos amigos tendían a ser solitarios y encontraron en estas mujeres, una compañía que no sabían que anhelaban hasta que ya las tenían a un lado.

            Obviamente había algunas situaciones que sí pecaban de ridículas, como todo el asunto del cuadro de distribución, con las gemelas cuidándolos como un ser vivo: desde que lo adoptaron hasta su funeral fue un pasaje muy chusco pero, de alguna manera, resultó en un final solemne y serio para dicho aparato. Pequeñas cosas que carecen de sentido pero que te hacen más llevadera la existencia.


            El tema que la da título a este texto (las máquinas de Pinball), también te brinda una trama interesante, compartiéndote un poco de la historia de estos aparatos, además de conocer al profesor universitario apasionado de ellas, también un personaje único. Todo en sí es un tema sin importancia pero, en la forma en que te lo narran, te cautiva, en una gran cualidad de Murakami: transformar lo irrelevante en interesante.

            El buen Haruki ya empezó a darse sus libertades pachecas, como lo demostró entre el diálogo de reencuentro y despedida entre la máquina de Pinball y el protagonista. Sin embargo, a pesar de ser una escena irreal, no deja de ser bonita e íntima.

            Otra despedida importante en el libro, aunque de otro estilo, fue la que se dio entre el Rata y su chica o, mejor dicho, la que no se dio entre ambos, porque simplemente se alejaron el uno del otro y nadie buscó al otro. Lo correcto siempre sería dar la cara pero, en ocasiones es más fácil hacerlo de manera silenciosa, evitando momentos dolorosos de escándalo y conformándose con esa despedida llena de incertidumbre que deja el silencio. Las despedidas suelen ser tan dolorosas que a veces uno opta por simplemente desaparecer.


            Cerrando con las despedidas, la que tuvo el protagonista con sus gemelas fue bonita, sencilla, nostálgica y en un punto, necesaria. Algo así de bueno no puede durar para siempre, así que hay que aprovecharlo mientras tengas oportunidad.

            El inicio de todo

            Todos nacemos con algún talento. Uno de los días más maravillosos ha de ser cuando descubres esa virtud que tenías dormida, y ya sólo queda en ti el explotarla, trabajarla y cuidarla. Y me alegro que Haruki Murakami tuviera esa epifanía de que podía ser escritor.
 
Un señor que admiro profundamente
Estas dos obras, que dieron el inicio a la carrera literaria del buen Haruki, tienen el clásico final Murakami: abiertos, no te dejan nada concreto más que una calidez extraña; a pesar de los cabos sueltos, te das por bien servido tras la deliciosa lectura (o por lo menos es lo que me pasó).

Desde sus dos primeras obras, la esencia de Haruki ha sido la misma, sólo que se ha ido sofisticando con el paso del tiempo, manteniendo la autenticidad que reflejó desde las primeras oportunidades.

Dos lecturas sencillas, mas nunca simples, que agradecí mucho.


Hebert Gutiérrez Morales.

martes, 18 de julio de 2017

La Hueva de ser políticamente correcto

“Ser políticamente correcto todo el tiempo es una hueva. Es mejor intentar ser uno mismo, aunque seas una basura de persona, por lo menos disfrutaras tu vida y estarás menos frustrado al final de la misma” – Hebert Gutiérrez Morales.

lunes, 17 de julio de 2017

El menos común de los sentidos

“El sentido común siempre ha sido el menos común de los sentidos pero, en este mundo millennial que se torna cada vez más pendejo, el sentido común se ha vuelto una auténtica rareza” – Hebert Gutiérrez Morales.

jueves, 13 de julio de 2017

Mi papá y el Señor Ito (Otosan to Ito-san)

            Iba en el vuelo de regreso hacia México cuando la pila de la Lap se terminó (¡Ay como extraño los aviones de ANA! Esos sí tienen enchufe a bordo -_-). También ya me había terminado mis libros un par de días antes y ya estaba harto de los juegos.

            Por tal motivo empecé a hurgar en las películas de Airfrance (muy buen catálogo por cierto). Se me empezó a caer la baba cuando vi que tenían películas japonesas. Así que me eché una secuela Live Action de “Death Note”, la cual mi lado Otaku disfrutó horrores, y al final del vuelo me eché un documental muy interesante del mercado de pescado de Tsukiji en Tokyo (por el cual pasé en su momento, pero ya estaba cerrado).

Pero el filme que me fascinó fue el que vi en medio de los otros dos: “Mi papá y el Sr. Ito”, esos relatos que me encantan de los japoneses, mismos que tienen la habilidad para convertir una historia ordinaria en una obra conmovedora, divertida y de muy buen gusto.


Pero antes de seguir vamos con el tan odiado, aunque siempre útil, SPOILER ALERT: Voy a contar el argumento sin mesura alguna. Así que si puede, véala antes de leer este escrito; seguramente la tienen en alguno de esos servicios de Streaming tipo Amazon TV o Netflix. Ahora, después de limpiar mi consciencia, empecemos.

La historia inicia con Aya, una mujer sola de 34 años que trabaja a medio tiempo. De acuerdo a la sociedad japonesa, cuando estás soltera a esa edad, ya no eres atractiva para relacionarte, por lo menos para tu rango de edad.

Es por ello se acaba relacionando con el Sr. Ito, mismo del cual no se menciona su nombre en todo el filme. Incluso Aya le sigue llamando “Sr. Ito”, sin importar que sea su pareja íntima y que vivan juntos, aunque se podría argumentar la diferencia de edad (20 años) como motivo. Aunque no es el único caso porque, hasta donde recuerdo, tampoco se menciona el nombre del papá de Aya en el filme. Esto de los nombres resultó un detalle muy curioso, pero te acabas acostumbrando.
Los dilemas de Aya


Me fascina que no te los venden como la relación ideal, no hay mariposas ni las estrellitas del enamoramiento, al final son una pareja adecuada y productiva, por lo cual se hacen compañía de calidad. Y es que a esa edad ya no estás en busca de un amor idílico, más bien alguien con quien acoplarte y haga tu vida mejor. Este planteamiento no es romántico, pero es real y como espectador me siento respetado de que me vendan un producto verdadero, no uno de fantasía.
 
Aya
Un día el hermano mayor de Aya le pide un favor: que cuide de su padre, argumentando que tiene problemas con su propia familia. Conociendo al señor, Aya sabe que no vería con buenos ojos su relación, así que rechaza la petición pero, cuando regresa a casa, su papá ya está ahí, por decisión propia.

El señor se sorprende de que su hija no cumpla con sus expectativas: no está casada, no quiere tener hijos, está relacionada con un hombre mayor, no trabaja de tiempo completo, sigue chupando la cuchara, toma demasiada cerveza y demás observaciones que hacen que el inquilino sea un auténtico pain in the ass.
El hermano mayor pidiéndole el favor a Aya

El clásico choque generacional se hace presente, ya que el padre le saca 40 años a la hija, así que él tiene una idea de lo que una mujer debería y no debería hacer. Mientras que ella, sabedora que no ha cumplido con las expectativas, no sólo de su padre, sino de la sociedad entera, vive la relajante libertad de quien sabe que ya nadie espera nada de ella.

Hablando un poco del Sr. Ito, al inicio de la película no das un quinto por él, de hecho te da una impresión bastante miserable, lo cual se complementa con su apariencia, aunque Aya tampoco es que se arregle mucho. Conforme va avanzando el argumento, comprendes el por qué ella se fijó él, a pesar de que no le llamaba la atención en un comienzo.
Padre e hija

El padre de Aya, en una actitud metiche (disfrazada de preocupación) empieza a cuestionarla sobre lo que sabe de su pareja, y ahí se corrobora que desconoce muchos datos vitales, como a qué se dedicaba antes o si tenía hijos de una relación anterior. Ella da una respuesta muy japonesa, por respetuosa y tranquila: “Lo que haya hecho antes de conocerme no es mi asunto”, casi lloro con esa línea porque eso no pasa en México, en donde las mujeres investigan hasta tus novias del Kinder ¬_¬U.
Un bonito dibujo del Filme

A pesar de lo anticuado del Papá de Aya, tiene ideales muy claros y valiosos, como el de “La familia debe cenar junta”, cuando impide que el Sr. Ito se pare a comprar una salsa a media cena. O como cuando le comenta a su hija que no está de acuerdo en que sus nietos (sobrinos de Aya), vayan a estudios extraescolares en lugar de disfrutar su infancia. Esa sabiduría sencilla de alguien que creció en el campo y que no acaba de comprender el ritmo de las grandes ciudades, en donde ya no hay tiempo para convivir, sólo para conseguir el supuesto “éxito” del capitalismo.

El Papá de Aya es un maestro retirado, que impartió clases durante 40 años. A pesar de ser jubilado, es un señor activo, así que sale todos los días y regresa  hasta tarde. Su hija empieza a hacer muchas conjeturas sexuales sobre su padre (escena muy simpática por cierto), así que se pone a espiarlo.
Aya espiando a su padre

Después de seguirlo toda una jornada, se da cuenta que su papá lleva una existencia sencilla porque sale a pasear, va a leer, babosea en la tiendas y se sienta en soledad a reflexionar, esto último lo hace por mucho tiempo, en una clara muestra de que aún extraña a su difunta esposa que ya tiene cuatro años de muerta.

Ahí capta Aya lo solo que está su padre y, junto con el Sr. Ito, le dedican un domingo de convivencia. El señor accede a acompañarlos a regañadientes, actitud que cambió cuando el Sr. Ito lo lleva a una tienda de herramientas y plantas, detalle con el cual conquista a su suegro, ya que encuentran gustos en común y, sin proponérselo, encuentran un nuevo amigo uno en el otro.
Comprando Plantas

El aprecio entre ambos empieza a crecer a tal grado que, cuando el papá de Aya acaba en la estación de policía (por razones positivas), en lugar de mencionar a su hija, el señor pide que llamen a su “yerno” para que vaya a recogerlo. Detalle que le llama mucho la atención a su hija y su pareja.

Antes de continuar con la historia, quiero recalcar esos momentos cotidianos pero que aportan mucho a la historia, aunque de manera imperceptible. Como cuando te muestran a Aya trabajando, al Sr. Ito en el jardín o a ambos teniendo conversaciones sobre los tatamis. Esos momentos sencillos, pero nunca irrelevantes, que le dan un toque de calidez, de realismo y de intimidad a la esencia de la obra.
Momentos de tranquila intimidad

Regresando a la historia, sale a la luz la verdadera razón de por qué ya no quería el hermano mayor de Aya a su papá en casa, ya que tiene la manía de robarse cucharas baratas, en una especie de Cleptomanía. Tal vez para nosotros suene estúpida e irrelevante esta maña del señor pero, para lo ñoños que son los japoneses, esto es un gran escándalo familiar.

Así que el señor no aguanta los regaños, la pena ni el sentirse arrimado, así que huye de sus hijos. El dialogo que tienen Aya y el Sr. Ito sobre el hecho es muy interesante, porque ella dice “Por fin vamos a volver a nuestra rutina normal” pero el Sr. Ito, viejo lobo de mar, sabe que está mal y que ella debería buscarlo, idea que a Aya no le hace mucha gracia al momento pero que después accede por iniciativa propia (con una “pequeña” ayudadita de su pareja). Así que el Sr. Ito acompaña a la pareja de hermanos a buscar a su padre al pueblo natal.
En la Comisaría

Y ahí hago otro paréntesis: El Sr. Ito y Aya trabajan a medio tiempo y, a pesar de ello, tienen auto, rentan una casa digna e incluso se dan sus pequeños lujos como ir a cenar a buenos lugares. Algo que pasa en el primer mundo en donde puedes tener acceso a una calidad de vida decente sin tener un gran trabajo.

Volviendo a la historia, en una parada que hicieron en el camino, el hermano de Aya le dice que el Sr. Ito se aprovecha de ella para que lo cuide en su vejez, a lo que ella le contesta con maestría “Pues tú también te casaste para que alguien vea por ti en tu vejez ¿o no?” ¡Tómala barbón! Es fácil ver la espiga en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio.
El Papá de Aya llegando a su antigua casa

Ya en su pueblo, el Papá está instalado en su antigua casa y se niega a volver a Tokio a ser un arrimado. Los hijos insisten en que regrese con ellos, más por remordimiento que por auténtico interés en su padre. Y ahí viene una de las escenas fuertes de la historia.

Al Sr. Ito le ha encantado la casa del Papá, así que éste le pide que se mude con él a esa casa, misma que representa un mundo pasado, cuando el señor era el pilar de su familia y estaba en plenitud. La propuesta al Sr. Ito es tan inapropiada que éste responde fuerte (sus únicas líneas “agresivas” de la película): “No voy a vivir con usted, primero porque no tiene por qué hacerme dicho ofrecimiento, en segundo lugar no tenemos ninguna relación y en tercero, ya es hora que dejé de colgarse de los demás para que cuiden de usted” (¡Madres!).
Aya, el Sr. Ito y el hermano mayor de Aya

El Sr. Ito está tan molesto con las actitudes tan cobardes de la familia que los deja para que pasen una noche juntos y arreglen sus problemas. Les dice a los hermanos que regresará por ellos al otro día.

Nadie tiene ganas de hablar de los problemas, así que los hijos cuestionan a su padre de cómo se relacionó con su mamá. Él les cuenta que ella fue quien lo abordó y le propuso casarse, algo que toma por sorpresa a sus hijos que saben lo insoportable que es su papá. Él les dice que es verdad y que, aunque al inicio no estaba convencido, terminó por ceder a la insistencia de la madre “Y nunca me he arrepentido de ello” le dice a sus vástagos con un tono de felicidad y de nostalgia.
Recordando a Mamá

A pesar del buen momento que compartieron, los hijos no terminan de convencer a su padre de que regresé a Tokio con ellos, así que el Sr. Ito, con su colmillo retorcido, le ofrece una solución intermedia al papá y accede a regresar. Justo en ese momento cae un rayo que quema el árbol junto a la casa, mismo que es muy importante para el papá y que termina por incendiar la casa misma.

El Papa de Aya trata de salvar la caja sospechosa que ha llevado consigo desde el inicio de la película pero, en la desesperación, se rompe y salen a relucir todas esas cucharas que se robó sin necesidad.
Frustración tras incendio

En la siguiente escena, en la casa de Aya, vemos al papá deprimido por la pérdida de su árbol, de la antigua casa familiar y de sus cucharas. Para su fortuna lo visitan antiguas alumnas y le levantan el ánimo al platicar de los viejos tiempos: una fórmula perfecta para alegrar a la gente que tiene la mayoría de años detrás y pocos por delante.
El llanto de Aya

Las señoras se muestran felices de haber platicado con su maestro y, mientras Aya las acompaña al metro, ellas la empiezan a elogiar por cuidar tan bien de su padre, por lo que a la hija le inundan los sentimientos de culpa, y empieza a llorar al sentirse basura humana al no merecer dichos halagos, a lo que las señoras tratan de consolarla sin saber la razón de su llanto.

El Sr. Ito le propone a Aya mudarse a los suburbios para que vivan mejor con su padre. Ella, a pesar de toda su culpa, sabe que no es tan buena idea que él viva con ellos porque, eventualmente, van a surgir los problemas y ella no quiere elegir entre su hombre y su padre.
Un hombre digno y honorable

Sin embargo el Sr. Ito, con las duras palabras que le dirigió al papá de Aya, hizo más consciencia en su suegro ante la falta de asertividad de los hijos. Así que el anciano tiene la suficiente dignidad para pagarse una casa de retiro con habitación propia. Y, en una actitud muy japonesa, el papá se disculpa porque no les va a dejar herencia a sus hijos por dicha inversión (todavía viendo por ellos a pesar de que les estorba en sus vidas).

Me conmovió mucho cuando les agradece a Aya y al Sr. Ito por todas las molestias que se tomaron por él, mostrando una actitud humilde que resulta impactante en alguien tan obstinado. Así que el señor se va caminando a solas a la estación de tren, porque no permite que su hija ni su yerno lo acompañen.
El Sr. Ito dado ánimos a Aya

Además de la humildad del Papá de Aya en dicha escena, me sentí inspirado por su dignidad, porque ha de ser difícil tomar una decisión tan dura, como lo es aceptar que no hay lugar para él en ninguna casa y que, aunque podría seguir viviendo con ellos, prefiere irse a un lugar impersonal en lugar de seguir incomodándolos.

Si algún día llego a viejo, tengo la firme intención de no ser una carga para nadie, porque no quiero ser tolerado en ningún lugar, ya que si no soy aceptado de forma sincera, prefiero no estar. Por eso admiré profundamente al papá de Aya.
Una vida sencilla y feliz

Al final de la historia quedan algunos cabos sueltos, como la razón por la cual se robaba las cucharas o lo que le dijo Aya cuando lo alcanzó corriendo antes de subir a su tren, pero aún sin esas respuestas, la película resultó ser muy bella, sencilla pero con esencia, justo ese tipo de obras al estilo japonés que te regalan risas, lágrimas y momentos de reflexión intercalados. Me encanta esa sensación que me regalan los filmes nipones, mismos que están hechos con una intención clara y de muy buen gusto.
Los Tres protagonistas de la historia

Seguramente no será la mejor película que van a ver, de hecho, no pasa nada si no la ven porque, honestamente, no les va a cambiar la existencia aunque, por un par de horas, les hará la vida más placentera.

Sin embargo, si tienen la oportunidad de verla, háganlo, tal vez no sea la historia más relevante, pero sí les dejara una sonrisa y un buen sabor de boca e incluso, si ven más allá, tal vez les deje un mensaje sobre ese futuro que a casi todos nos llegará (a excepción de los que partan antes de que les llegue la vejez).


Hebert Gutiérrez Morales.