domingo, 6 de febrero de 2011

Mi cuenta en Sitma

“Lugares impersonales, para hombres y mujeres que ganan dinero y lo gastan con la mayor rapidez posible y piensan que, de algún modo, eso tienen sentido” – John Katzenbach (“El Psicoanalista”)

           Yo fui defraudado por Sitma, riesgo raro en mí que soy tan prudente con mis recursos, los cuales se me enseñaron a ahorrar con tanta disciplina (Robert Kiyosaki, autor de “Padre Rico, Padre Pobre” ya me hubiera crucificado por escribir esto). ¿Cuánto fue el monto defraudado? Eso no es importante, aunque obviamente no fue una cantidad pequeña.

            ¿Por qué vemos una y otra vez fraudes? ¿Por qué la gente cae una y otra vez en ellos? La respuesta es única: La codicia (tanto de los defraudadores como de los defraudados). Ésta es ocasionada por el mundo actual, tan dinámico y cambiante, el cual nos exige un recuso vital para “ser felices”: Dinero. Con éste puedes comprar todas las nuevas versiones de aparatos, accesorios, servicios y hasta personas (porque siempre hay quién se vende en este planeta) que necesitas para llenar ese vacío en tu interior y sentirte pleno (o eso creemos de manera ingenua).

            En la cultura occidental se nos educa a querer siempre más, sin importar si lo necesitamos o no, nunca hay un final, no hay límites, vivimos en un estado constante de insatisfacción: cuando ya compraste algo nuevo, tardas más en instalarlo que en desear otro producto “más maravilloso” que (este sí) te va llenar, por lo que, nuestros gustos y satisfacciones son cada vez más efímeros.

            Esta insatisfacción agranda ese hueco que traemos en nuestro ser y seguimos con la creencia que lo vamos a llenar con cosas materiales o con personas, cuando no entendemos que el vacío sólo lo podemos resolver por nosotros mismos, mediante nuestro desarrollo como seres humanos, no como consumidores.

            ¿Cuándo nos detenemos a “oler las rosas”? ¿Cuándo es suficiente? ¡Nunca! El que se atreva a afirmar que ya no requiere más es de inmediato tachado como perdedor, conformista y mediocre (el mayor pecado en la cultura capitalista).

            Buscamos el dinero tan desesperadamente, como si eso hiciera de nosotros mejores personas; como si la cantidad de recursos materiales fuera proporcional a la calidad humana. Gracias al Petróleo, los árabes tienen mucho capital pero, basándome únicamente en su trato a las mujeres, no creo que sean los mejores seres humanos sobre la faz de la tierra.

“Los ricos sólo quieren serlo aún más. Los poderosos quieren más poder. Los mezquinos quieren sentirse santos y los santos quieren ser castigados por pecados que lamentaron no haber tenido el valor de cometer” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

            Esta dinámica consumista nos ofrece a crédito (y a meses sin intereses) un nivel de vida que no podemos costear, que no es nuestra realidad pero, gracias al acoso capitalista de no conformarse, deseamos vivir mejor de lo que podemos pagar. Y claro, en lugar de alegrarnos, nos hace miserables, ya que la satisfacción de la compra es efímera pero las deudas no así que, irónicamente, no podemos disfrutar todos aquellos productos por los que nos endeudamos buscando una utópica felicidad (cuando en realidad queremos llenar el vacío interno).

“Rico no es el que más tiene, sino el que menos necesita” – San Agustín.

            ¿Y entonces? ¿Estamos destinados a vivir para siempre en esta vorágine de consumo? Así parece, parafraseando a Olallo Rubio: “Somos productos diseñados para consumir otros productos”. Lo malo es que este comportamiento ya ha permeado hasta en las relaciones de pareja (de cualquier índole): ¿No soportas a tu pareja? ¡No importa! Divórciate y busca otro “modelo”. ¿Para qué desgastarse e invertir con una persona que ya conoces cuando puedes tener una nueva por conocer?

             Es un hecho que, tanto por salud como por recursos naturales, no vamos a aseguir así para siempre, ¿cuánto tiempo? No tengo idea, así como no puedo contestar ¿Cuándo es suficiente poseer? ¿Cuánto vale la dignidad de uno? ¿El precio del respeto? ¿El costo de la libertad? No puedo contestar esas preguntas pero, tristemente, TODO (y todos) en esta cultura consumista tenemos un precio, sólo hay que ofrecer lo suficiente para quebrantar creencias, valores y principios; a ese grado de prostitución hemos llegado.

Vivimos en una sociedad enfocada a obtener recursos monetarios, éstos nos dan medios para tener una existencia cómoda (aunque no necesariamente tranquila), es muy fácil confundir la búsqueda de la felicidad con la del dinero, lo malo es que nos enajenamos tanto en lo material que se nos olvida para qué lo queríamos. Por eso, al final, cuando acabamos con tantos billetes pero el vacío interior sigue, es cuando nos damos cuenta que erramos el camino. Aunque siendo honestos, la llamada “felicidad” es un camino per se, ya que la única, final y definitiva meta es la Muerte (exitosa si fue precedida por unos años bien vividos).

Obviamente no vamos a vivir sólo de amor; en este planeta lo monetario te garantiza los medios para asegurarte un acontecer tranquilo y darte tiempo de buscar la plenitud, pero ¿De qué se trata la vida? ¿Qué dicta su éxito? ¿El que tuvo más momentos para recordar? O ¿El que al final tiene más ceros en su cuenta bancaria? ¿De qué sirve tener tanta plata si uno no tiene tiempo para disfrutarla?

Todo esto nos ha llevado a calificar a las personas no por sus valores, sino por los recursos monetarios que tienen, de hecho, para existir en la cultura occidental hay que tener capital para validarlo. Si tienes valores pero no tienes capital, ¿a alguien le importa? Para ser considerado debes tener algo de valor material, sin importar que tan próspero a nivel interior seas. Hay un dicho retrograda que dice “Dime cuánto tienes y te diré cuánto vales. Nada tienes, nada vales”.

El dinero no es malo, lo malo es la codicia u obsesión por el mismo.

Muchos dirán que perdí con Sitma, y tienen razón, pero “sólo” fue dinero, aunque también gane algo de experiencia y el recordatorio de que no hay ganancias fáciles en el mundo. Tal vez para algunos sea un dividendo muy magro pero no todas las utilidades en la vida tienen que ser económicas.

Hebert Gutiérrez Morales
05 de Febrero de 2011.

PD Les recomiendo el libro “Planeta Dinero” de Genaro Becerra (Editorial Endira) y el documental en DVD “¿Y tu cuánto cuestas?” de Olallo Rubio. 



1 comentario:

Juan Esteban Muñoz dijo...

Concuerdo plenamente contigo y no podría haberlo escrito tan claramente como tú. un abrazo. Juan