domingo, 6 de marzo de 2011

Veracruz

Advertencia: Este ensayo, como seguramente muchos de los anteriores, tiende a ser altamente subjetivo, pero es algo que no se puede evitar cuando hablo de algo tan importante para mi corazón y esencia.

Nací en el heroico puerto de Veracruz (o sea, soy Jarocho), aunque nunca viví ahí de manera permanente. A pesar de que todas mis raíces están en el estado del mismo nombre, viví mi niñez en el Distrito Federal, la adolescencia en un pueblo y desde hace 10 años vivo en Puebla. Sin embargo, estoy orgulloso de mi origen, y es palpable cuando me preguntan de donde soy o cuando veo mi acta de nacimiento.

A pesar de no vivir ahí, disfrutaba la totalidad de mis vacaciones estudiantiles en dicho puerto: dos meses en verano, dos semanas en Navidad y otros 15 días en Semana Santa. Vivir en casa de mi abuelita y de mi tío (soltero en aquellos tiempos) todas esas temporadas era un deleite

Esa deliciosa sensación de caminar, en chanclas y bermudas, a la sombra de las palmeras, sintiendo el calor porteño que condimenta a la perfección la brisa marina en el rostro, me hacía estúpidamente feliz.

La gente siempre es risueña, mal hablados pero nunca con dolo, en un ambiente bastante positivo. Tenían esa ricura de la gente de zona tropical, esa alegría y limpieza que se añora en las ciudades del centro. Cruzas la calle y saludas al de la tienda, a la señora de la esquina que hace las garnachas, cuando vas al mercado te la pasas sonriendo a medio mundo de forma familiar. Eso mismo se nota en las noches de cualquier barrio: la gente sentada en las entradas de sus casas, en sus mecedoras, tomándose una cerveza con el vecino, tan tranquila y naturalmente como si la vida solo se tratara de eso: mecerse con la brisa del mar y disfrutar el momento, así lo recuerdo.

La comida es un tema aparte porque las delicias y manjares abundan: las garnachas y picaditas que venden en cada colonia; el arroz con platanitos fritos, el mondongo o las tortitas de plátano que hacia mi abuelita, los mariscos que comíamos en Mandinga o en Boca del Río, el cafecito lechero que servían en la Parroquia, las nieves de los “Güero, Güero” que venden en el malecón, las horchatas de coco junto con las tortas de pierna del Parque Zamora (a pocos metros de donde bailan Danzón). En fin, tal vez no sea cocina Gourmet, pero no por eso dejaba de ser exquisita.

Lugares tan emblemáticos como Mocambo en donde íbamos a la playa, aunque sólo un ratito para después ir a la alberca; el playón, en donde sólo caminábamos porque no estábamos locos para meternos en él; el malecón, en donde comprabas cualquier chuchería para llevar de recuerdo; el parque Zaragoza, que al quedar cerca de la casa de mi tío, era el lugar en donde iba a jugar con mis “amigos de vacaciones” y donde pase momentos inolvidables. El acuario no existía en mi infancia, pero después lo llegue a visitar y, aunque era como cualquier otro, es especial, porque está en mi Puerto.

Al estar en el Golfo de México no nos toca la puesta de sol en el mar, sin embargo, es muy relajante y reconfortante vivir el atardecer en la playa: la brisa, el sonido arrullador e hipnotizante de olas romper y oír a las gaviotas. Simplemente existir y disfrutar el momento, me proporcionaba una paz personal profunda que queda tatuada en la memoria.

Sin pretender sonar a comercial de mayonesa, la vida en Veracruz me sabe más rica: la comida, la gente, el pasear, el comprar, el platicar y hasta la música se percibe de otra forma. La Salsa en Veracruz me sonaba mejor y, hasta la cumbia  me desagrada menos. Así se ha de sentir cuando tienes la oportunidad de vivir en tu lugar de origen.

Acapulco o a Cancún, son lugares más importantes turisticamente que mi ciudad, y no puedo dejar de admitir su belleza, pero eventualmente me acaban recordando mi bello puerto, porque al sentir la brisa, ver el mar y oír los acentos costeñitos, sólo tengo recuerdos de mi niñez. Es obvio que las playas de Veracruz no se comparan con las de estos lugares porque no están tan cuidadas.

¿Por qué deje de ir? No lo sé. La partida de mi abuelita  fue algo determinante, tal vez creía que Veracruz dejo de serlo al morirse ella, tal vez tengo miedo de regresar y afrontar que no estuve presente cuando ocurrió su muerte. Además el casamiento de mi tío marcó el inicio de su propia familia y ya no era lo mismo el visitarlo, y tal vez por estos factores no fui ahí por 16 años. He ido a Minatitlán en un par de ocasiones, pero yo nací en Veracruz, Veracruz; el cual es mi puerto y quiero mucho pero, con dolor en mi corazón, tengo que admitir que ha dejado de ser “Mi” Puerto.

Veracruz no me abandono, yo lo abandone a él, sin embargo lo recuerdo con amor. Eventualmente volveré, pero ya no será como antes, porque lo haré como un turista más, a pesar de que siempre pareceré un nativo de ahí con mi tez morena y mi cabello ondulado, además de las piernotas que nos caracterizan. Como carezco del acento costeñito, pocos me creen que soy de ahí, pero entonces empiezo de malhablado para que me crean.

No regresaba a mi lugar de origen para mantener esa última imagen que tengo de ahí: una ciudad tranquila. Tenía todas las comodidades de una metrópoli grande pero también tenía la paz de un pueblo a la orilla del mar. Eso se notaba en las calles, en las personas y, en general, en el ambiente cotidiano. Tal vez no regresé porque así puedo tener a mi Puerto en ese estado ideal, sin importar que hoy en día sea un sitio diferente.

Hay un dicho que dice que no eres de donde naces, sino donde te haces, pero no puedo aceptarlo. Ciertamente me he hecho y forjado en Puebla, en donde tengo mis actividades, mi trabajo y mis amigos, y siempre voy a estar muy agradecido con esta ciudad, pero no me siento de aquí a pesar de que mi vida está aquí.

Como mi vida está en un lugar en el que no nací, hay ocasiones en que prefiero decir que soy de ninguna parte. Siempre defenderé que soy de Veracruz, pero ciertamente he perdido el valor moral para sostener ese hecho. Tal vez ya no sea de ahí, pero siempre le tendré un gran amor y trato de ser mejor para que se relacionen mis cualidades a mi lugar de origen (aunque suene ridículo), quiero ser un hijo del cual el heroico Puerto de Veracruz de Llave esté orgulloso

Nunca he salido de mi país por lo que no conozco todo el mundo, ni siquiera todo México, pero Veracruz debe ser la ciudad más bonita de todo el planeta (por lo menos eso es lo que me dicta el corazón).

Hebert Gutiérrez Morales

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Te entiendo creo perfectamente. Yo viví mis primeros 11 años en el DF, 11 en Pachuca y ya tengo 25 en Puebla, he aprendido a adaparme y a querer y disfrutar el lugar donde vivo, hasta creo que podría cambiar nuevamente de residencia con pocas dificultades, pero bueno quién sabe. Desde muy joven oí también esa frase - que uno es de donde se hace - y me ayudó a conformarme, pero en mi corazón quedó impregnado el ambiente tibio del DF, sus monumentos, las calles pintorescas de las colonias en las que crecí. Afortunaddamente viví en lugares muy bonitos y tuve escuelas fantásticas de gobierno (desde el kinder) que me brindaron la oprtunidad de conocer y disfrutar mi ciudad aun siendo muy pequeña, pues desde parques como Chapultepec, Centro Histórico, palacios como el de Correos y Bellas Artes, así como el aeropuerto y museos varios sin dejar de mencionar el de Antropología e Historia, nos llevaron a conocer y apreciar en un DF más seguro y menos caótico. Entonces estoy totalmente de acuerdo contigo de que donde vives tu niñez te marca para siempre y también yo me siente orgullosa de ser de una ciudad que para quien sabe apreciarla es hermosa e inigualable. Ya ves? me hiciste recordar y apacionarme con lo que escribes. Un abrazo. Julieta.

Anónimo dijo...

Por cierto te cuento que una de las pocas opciones para vivir ahora si cambiara de residencia sería el Puerto de Veracruz, al que vamos seguido por cuestiones de trabajo de mi marido, pero ovbio, yo mientras soy tuista feliz. Porque ¡"Sólo Veracruz es bello"! Julieta.