sábado, 9 de abril de 2011

La Oferta y la Demanda del Amor

“Las peores mentiras son las que nos contamos a nosotros mismos. Pero cuando no tenemos opción, cuando cualquier decisión que tomemos traerá sólo dolor, ¿qué otra posibilidad tenemos, excepto la de aferrarnos a la mentira que quizá se transforme milagrosamente en el desenlace por el que rezamos a diario?” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)

            Aunque me encantaría, no soy un experto en relaciones amorosas, pero sí he notado un comportamiento neurótico que priva en las relaciones personales de todo tipo (familiar, sentimental, laboral, fraternal, de amistad, deportiva, etc.). Esto lo he interpretado y adaptado a través de la ley de la oferta y la demanda pero enfocado al amor como “mercancía”.
           
            Considerar al amor como un concepto medible es algo muy triste, y lo es más que muchas personas crean esto de manera consciente. La capacidad de amar que tiene una persona es infinita, si alguien no puede dar más de sí entonces está muy limitado. A continuación mi teoría:

            Como muchos bienes, el amor es tratado como una mercancía y, de acuerdo a su escasez o abundancia, su valor va fluctuando de una persona a otra y de acuerdo al tipo de relación.

            Analicemos el caso en dónde ese sentimiento es escaso y su valor es muy alto para el consumidor (como lo son piedras y metales preciosos). Tenemos una pareja en dónde él es un auténtico patán y ella es todo un dechado de virtudes (caso raro, nunca visto). ¿Qué pasa? Los detalles de él hacia ella son escasos, sus expresiones de cariño casi inexistentes y el tiempo o atención a su pareja el mínimo indispensable.

            Normalmente una mujer sana (emocionalmente) mandaría a volar a un tipejo así, pero hay muchas personas (hombres y mujeres) con una autoestima baja, por tal motivo encuentran las pocas “caricias” de su pareja como un elixir maravilloso, como lo mejor que les pudo pasar en su vida, y son suficientemente estupendas para excusar su actitud agria en la relación (“Después de todo sí me quiere” lo justifican después de un beso tibio o un abrazo forzado).

            ¿Por qué no lo dejan? Porque, parafraseando algunas canciones, son adictas a su “amor”, porque les ha dado gran valor a esas míseras expresiones de “cariño” que reciben, el inmenso placer que les da nada lo puede sustituir y, por eso mismo, soportan vejaciones y faltas de respeto para conseguirlo. No sé dan cuenta que ese inmenso sentimiento que perciben viene de ellas mismas, y no de él.

            Ahora, para que el ciclo se asegure, las caricias deben ser casi nulas pero nunca inexistentes, recuerden que en la relación sadomasoquista, el sádico nunca va a acabar con su objeto de poder (o sea el masoquista). Nadie es tan tonto como para quedarse al lado del patán (o “patana”) sin algo de “amor” a cambio (o por lo menos eso espero).

            Veamos ahora el otro extremo, cuando el amor es abundante, tanto que su valor es ínfimo, si no es que nulo. ¿Alguien sabe cuanto vale la sal? ¿Han visto a alguien que se ponga a acumularla como si se fuera a acabar? No ¿verdad? Esto es debido a que existe MUCHA de ella y, aunque presente un incremento del 100% de su valor, seguirá siendo muy barata (y en verdad no sé cuanto vale).

            Así pasa con muchas personas que dan a manos llenas sin recibir casi nada a cambio. Sigamos con nuestra misma pareja, ahora nos enfocamos en ella: los detalles de ésta son infinitos, tanto materiales como sentimentales, cede en todo lo que él le pide, no opina o cambia de opinión con tal de no contrariar a su hombre, le procura siempre que esté cómodo, tranquilo y hasta hace actividades que lo corresponden a él para ser merecedora de su afecto. En general ella da TODO lo que está a su alcance y, a veces, hasta lo que está más allá de sus posibilidades.

“Si me hubiera parado a pensarlo, hubiera comprendido que mi devoción por ella no era más que una fuente de sufrimiento. Quizá por eso la adoraba más, por esa estupidez eterna de perseguir a los que nos hacen daño” – Carlos Ruiz Zafón (“La Sombra del Viento”)

            Es factible que, al inicio de la relación, el hombre respondiera bien ante esas muestras de cariño, pero la mujer daba aún más y de manera desmedida (por la gratitud ya analizada anteriormente). Conforme pasaba el tiempo, el hombre, empezó a dar cada vez menos por dos factores: Primero por el poco respeto que tenía su pareja por sí misma (es difícil respetar a alguien que no tiene amor propio), ese tipo de personas dan flojera y hasta provocan aversión. Y segundo, aunque no menos importante, él se dio cuenta que no tenía que esforzarse por recibir el cariño de ella, porque sin hacer nada ya lo tenía ganado.

            Cuando nos encontramos casos así, que son notorios para todo el que está fuera de la relación, siempre lo criticamos a él por ser tan cruel, indiferente y sádico pero, en realidad, ¿De quién es la culpa? Honestamente de ambos, en distintos porcentajes, pero ella es la que carga con mayor responsabilidad, por malbaratar su amor.

            Hay un dicho que reza “La burra no era arisca, así la hicieron”. Al inicio es factible que el hombre hubiese estado con la disposición de mantener una relación sana y equilibrada, pero fue tal el afán, o desesperación, de la mujer por mantener a su hombre feliz, que ella ofreció todo lo que podía desde el inicio mismo y lo acabo hartando con un cariño tan (injustificadamente) inmenso a cambio de nimiedades.

            Aquí el problema es para los dos, aunque no lo crean, porque la mujer será la que sufre pero ¿Creen que él la pueda dejar? La mayor adicción del humano es el poder, de cualquier índole y, como ya lo mencione antes, el Sádico podrá maltratar a la masoquista pero nunca acabará con ella, porque perdería todo el poder que recibe y, de paso, su identidad.

            Este caso no sólo pasa en relaciones sentimentales, ni únicamente pasa del hombre hacia la mujer: pasa también al revés, a veces se van intercambiando los roles, también pasa entre compañeros de trabajo, de escuela, entre familiares, amigos, padres e hijos y, básicamente, en cualquier relación humana se puede tornar co-dependiente y destructiva.

            El origen de todo esto está en cada persona, en las fortalezas o deficiencias personales, en la autoestima que hayamos desarrollado, el cual se reflejará en el respeto que tenemos hacia los demás pero, sobretodo, hacia nosotros mismos.

            Pero, en ocasiones, nos desesperamos y acabamos relacionándonos con la primera persona que tenemos a la mano y, debido al acoso que hace la sociedad para que nos relacionemos, no queremos quedarnos solos por mucho tiempo.

            Cuando aprendamos a acompañarnos por nuestra cuenta, entender que no es lo mismo estar solos que sentirse solos; comprender que ese hueco sentimental en nuestro ser sólo lo podemos llenar por cuenta propia, estaremos listos para relacionarnos a un nivel sano y no por necesidad. Pero el tema de la soledad ya lo tengo apartado para el siguiente ensayo, así que hasta aquí dejamos este escrito.

Hebert Gutiérrez Morales.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hebert, que buenas fotos elegiste esta ocasión... ah por cierto, también estuvo buena la reflexión.

Qcho dijo...

Mi estimado Heberto:
Creo que debí iniciar cronológicamente, nuevamente se me vino a la mente el síndrome de la mujer golpeada, pero ciertamente, las funciones del amor no se presenta en quien da más o quien pega más fuerte. Me has dado que reflexionar. No sé que leas primero, si mis comentarios o e-mail, pero de cualquier modo, hagamos todo esto vía correo.