domingo, 1 de mayo de 2011

El matrimonio del futuro

           ¿Por qué nos negamos tan a menudo en confiar en nuestros instintos y en lugar de eso hacemos un esfuerzo por aceptar situaciones que son defectuosas y hasta imposibles?” - Douglas Kennedy (“El momento en que todo cambió”)


            No es un secreto que, en los últimos años, se ha incrementado exponencialmente el número de divorcios. Obviamente las causas son muchas: falta de comunicación, poco conocimiento mutuo, falta de honestidad, diferencias de valores, faltas de respeto, incongruencia de metas, etc.

            Adicional a éstas, y todas las razones que me mencionen, hay un hecho muy evidente y que tiene que ver con el matrimonio en sí: el compromiso. Cuando ambos empiezan su unión, no hay nada legal que los vincule, no hay una “institución” que avale su amor, no hay nada de por medio que “legalice” sus sentimientos, sólo eso: lo que siente el uno por el otro, la lealtad y cariño que cada parte tiene hacia la otra persona, esas ganas de querer estar con quien nos hace tan cursimente felices.

            ¿Qué pasa cuando se casan? ¿Por qué él deja de tener detalles? ¿Por qué ella se deja de arreglar? ¿Por qué él empieza a estar panzón? ¿Por qué ella deja de ser dulce? ¿Dónde quedo la tolerancia inicial? La razón principal es que la lealtad ya no radica de uno hacia otro (“¿Para qué? Ya no es necesario”), ahora el compromiso habita totalmente en el mentado papelito que avala que el uno le pertenece al otro “legalmente” y ese otro ya se fregó, porque (en teoría) no puede estar con alguien más.

Personalmente, creo que antes de casarse todas las parejas deberían vivir uno o dos años bajo el mismo techo, pero hay un problema: Nuestra conservadora sociedad (por no decir mustia). El vivir juntos antes del casamiento es mal visto, “¿Cómo te vas a mudar con un hombre antes de casarte?” acusándola (prácticamente) de prostituta por la “intachable” sociedad, que tan buenas costumbres muestra.

Tengo la certeza que mis propuestas son propositivas y dan soluciones para que todo el mundo (incluyendo a la bendita sociedad) esté tranquilo. Así que empecemos.

AL CASARSE, los trámites son los mismos, con las siguientes modificaciones: es un acta con duración de un año, con bienes separados y sin derecho a tener hijos, si los tienen pasa a ser permanente (por lo menos tanto como lo es ahora). Durante ese año la pareja tiene la oportunidad de conocerse, de convivir, de comprobar si le arden los ojos con las flatulencias del otro, de saber si le apestan los pies, de ver si presiona el tubo del dentrífico por en medio o por la base, si ronca, conocer su manera de administrar las finanzas maritales, si deja el asiento del WC arriba o abajo, si deja el baño lleno de pelo después de ducharse y demás detalles insignificantes que toman mucha relevancia cuando uno no está acostumbrado a ellos.

Tienen todo un año para adaptarse a ese cambio o, en dado caso, para que se les baje la “calentura” y darse cuenta que, en realidad, no conocían (ni amaban) tanto a esa persona como para permitirle tantas cosas. Al concluir el año, pueden ir a renovar o, de lo contrario, la unión caduca y ambos son libres. Ojo, aquí no hay divorcio, simplemente se acaba un contrato a un año y se anula dicho casamiento. Tal vez decidan seguir viviendo juntos, ya que se dan cuenta de que no necesitan un documento que avale su vínculo (a fin de cuentas nuestras leyes también protegen el concubinato).

Pero, vamos a suponer, que a pesar de todas las flatulencias, cabellos en el lavabo, ronquidos y asientos del WC orinados, ellos deciden renovar el acta, pues pasamos a la siguiente etapa.

La PRIMERA RENOVACIÓN es únicamente por dos años con las mismas condiciones que el anterior (al tener hijos se vuelve “perpetuo”). ¿Por qué no hacerlo definitivo de una vez? Varios divorciados no me dejaran mentir, muchos de los problemas inician después de un primer año de auténtica Luna de Miel, hay muchas personas que son capaces de mantener una máscara durante un año, pero ya está más difícil mantener un personaje por tres.

La ventaja de estos contratos es que, aunque existe un papelito de por medio, saben que no es indefinido, así que lo que debe unirlos es el vínculo en sí y el interés que cada cual le ponga al éxito del mismo. Cuando se dan cuenta de la actuación de la otra parte pueden decir: “¡Ah! Ya me dí cuenta que no eras quién creía, pero no voy a permanecer a tu lado para siempre, porque este contrato va a terminar y no lo voy a renovar”.

Ahí radica la ventaja de mi propuesta: uno puede ir conociendo a su pareja de manera leal y no de la manera de “Ya te fregaste, porque ya firmaste”. ¿Acaso en nuestras empresas firmamos y no nos corren porque es indefinido? ¡Claro que no! Debemos de mantener un nivel óptimo para que el contrato no se acabe, algo similar se pretende implementar con estas ideas.

Después de tres años ya se debería tener una idea más definida de la vida juntos y del otro ser con la que la están compartiendo, así que uno puede optar por decirle “Ya no soporto tus patas apestosas ni a los nacos de tu familia” o decirle “Querida, a pesar de tu mamá y de tu psicosis por controlarme, quiero pasar al siguiente nivel contigo”. Así que, bajo riesgo propio, pasamos a la siguiente etapa.

En la SEGUNDA RENOVACIÓN, que dura cinco años, ya estamos hablando de que al final de ésta ya se tendrían ocho años de unión. Hace algún tiempo se hablaba de las crisis de entre los cinco y ocho años, aunque hoy en día ya se hablan de las crisis de entre los cinco y los ocho meses. En fin, el caso es que después de tanto tiempo hay quien, repentinamente, se da cuenta de que vive con un auténtico desconocido, así que éste es el último chance de salir “limpio” del casamiento, pero si están firmando dicha acta es que ya están percibiendo algo en la otra parte.

Ya quedaron muy atrás las cursilerías del enamoramiento, la espectacular boda, la Luna de Miel, la emoción de conocerse y las expectativas de iniciar una nueva existencia en pareja. A estas alturas ya saben lo que es vivir juntos, de qué pie cojean, su manera de pensar, la familia de la que vienen y sus tradiciones; ya no sólo conocen el lado bonito de las citas en el noviazgo, también han aprendido a conocer el lado feo del otro.

La gran posibilidad que brinda todo esto es que, para llegar a este punto, uno no coloco el compromiso íntegramente en el contrato, sino que debió esforzarse por mantener a su esposo/a contento/a para que quisiera llegar a estas alturas con una/o. Es distinto cuando uno está comprometido por voluntad propia y no obligado por un documento legal. El acta firmada no hace que uno quiera más o quiera menos a otro ser. Tristemente, para mucha gente, el papelito es indispensable para tener una relación seria.

Volviendo al tema, después del contrato de cinco años, y ya ocho de casados, ha llegado la última oportunidad antes del paso definitivo: EL ÚLTIMO CONTRATO. Si después de estos tres trámites, los esposos llegan a renovar, ¡Caray! ¡Qué gusto! Es más, ni se les cobra la perpetuación del mismo, y es que después de ocho años viviendo juntos ya es difícil que alguien no tenga una idea de querer o no permanecer al lado de su pareja; o una de dos: están muy enfermos y enfrascados en una dinámica co-dependiente, o en verdad congenian y se quieren de una manera auténtica.

Al firmar el último contrato se reconocen los ocho años anteriores entre los derechos y obligaciones de ambos, ya definirían si quieren bienes separados o mancomunados y, si así lo desean, ya podrán tener hijos. Ya sé que casi nadie se quiere esperar ocho años en tener hijos pero, como ya pudieron leer, son libres de tenerlos con la premisa de que el acta cambia de temporal a indefinida.

En el sistema actual, mucha gente es infeliz estando casada pero no quieren, no pueden o no los dejan divorciarse, pero es distinto cuando tienes que ir a renovar. Una cosa es que no te dejen divorciarte y otra que te obliguen a renovar, porque tienes a la mano una opción de libertad y así acabar con tu suplicio. Ya si te obligan a renovar, pues estarás hundido en el hoyo que tu mismo (o misma) cavaste pero, aún así, serán menos los casos de matrimonios infelices.

            Como nadie experimenta en cabeza ajena, este sistema te brinda la oportunidad de saber lo que es estar casado, y ya sabrás la magnitud de lo que es este estado, y ponderarás si puedes lidiar o no con la situación.

          “También el concubinato ha sido corrompido: por el matrimonio.” – Friedrich Wilhelm Nietzsche

            Una de las grandes ventajas que veo en esto es todo el sufrimiento que uno se ahorra con el proceso legal de separación ya que, aunque seguiría existiendo, uno tuvo tres chances para dejar que se anulara el contrato, esto sin mayor daño como los que puede traer un divorcio (moral, existencial, social, legal, económico y psicológico).
            ¿Qué pretendo con todas estas propuestas? Quiero restarle poder al acta y restituirlo a la pareja en sí, al vínculo y a los supuestos sentimientos que los unieron en primer lugar. Quiero dignificar algo que ha sido muy prostituido como lo es el casarse. Aunque, ciertamente, los papelitos no serían necesarios en este mundo si todos manejáramos un nivel de consciencia  y honestidad para tomar las relaciones tal cual son (ya sean viles acostones de una noche hasta uniones a largo plazo).

            Vamos a respetar una unión y dejar de jugar “a la casita”, vamos a ser responsables y dejar atrás esa actitud de que “Ya firmó, ya se chingó”. El acta no es una factura de Compra-venta. Pero, como no vivimos en una Utopía y estamos muy lejos de ese nivel de consciencia colectiva, estoy proponiendo una solución intermedia entre el famoso papelito y el compromiso entre dos personas.

            Me adelanto a los que me van a criticar de “solapador” con la gente inmadura que sólo se casa por calentura y, por eso mismo, debe pagar las consecuencias de sus actos. Tomando esta actitud, ¿se está reduciendo o aumentando el número de divorcios? Estoy totalmente de acuerdo que una buena educación da bases sólidas para que una unión tenga mayores posibilidades de éxito, pero hoy en día hay muchos otros factores que no existían cuando se instituyó el matrimonio hace mucho tiempo.
                                                                     
            Como las cifras demuestran que cada vez somos menos responsables para relacionarnos de manera seria, pues creo que es saludable adaptar las instituciones a la época actual para ser más prácticos y reducir sufrimientos. Es como querer tener el desarrollo tecnológico actual pero con el mismo tren a base de carbón, ¡es ilógico! Si evolucionamos en tantos aspectos de nuestras vidas, ¿por qué omitir esto? ¿Por tradición? ¿Por qué así “debe” ser? ¿Según quién? ¿Para que no se enoje quién?

            Las leyes de hace más de 100 años ya no son tan útiles en la época actual, no digo que este “bien” o este “mal”, simplemente es un hecho innegable: hemos cambiado y, por eso mismo, los vínculos actuales no son como los de nuestros abuelos o bisabuelos, aunque las generaciones más antiguas les guste idealizar esas épocas

            Finalmente, toda esta idea es a nivel legal, las uniones de tipo religioso son tema aparte, porque es más factible que evolucionen nuestras leyes a que lo hagan las religiones. Tal vez me estoy adelantando 50 años o tal vez nunca se lleve a cabo pero, por lo menos, ya compartí mi idea y tal vez llegue a alguien que pueda hacer algo al respecto en algún lado.


Hebert Gutiérrez Morales.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Hebert, Es muy interesante tu propuesta y creo que sí está un poco adelantada para nuestra sociedad. Sé que en Europa existe una propuesta o ya está en vigor un contrato matrimonial temporal que puede renovarse, y también que hay como cajeros automáticos pero para hacer tu trámite de divorcio y en unas horas estar divorciado.
Sin embargo acá en Latinoamérica y sobre todo en nuestro México, las tradiciones, la religión, en fin la cultura pesa aun mucho. Ya que desde niños a todos nos educan para el final feliz del cuento. A las mujeres desde niñas nos programan, tal es así que las jóvenes de hoy llegan terriblemente a angustiarse si a determinada edad no están casadas, en su gran mayoría. Además los hombres generalmente buscan mujeres jóvenes que no les intimiden por ser autosuficientes, seguras de sí mismas o con un alto nivel profesional, porque el machismo corre por las venas. Como existe tanta inseguridad el matrimonio es un acto de fe, de hecho hay un dicho que reza "Antes de casarte abre los ojos y después ciérralos". Obviamente la institución del matrimonio es contranatura y se necesita algo de tiempo para modificarla.
Bien por tu lucha, por tus ideas, por compartirlas, tal vez si hay más gente que piense así y lo comparta, se haga un cambio más rápido para adecuarse a la modernidad y la educación se reforme.
Un fuerte abrazo.
Julieta Torres.

Anónimo dijo...

Hola Hebert y a los que te leen. Creo que, como propuesta, los planmteamientos son positivos pero considero que se debe aspirar (es una tarea "titánica") a volver a fundar nuestro actuar en los valores universales (que adicionales a los familiares o propios, nos hacen mejores personas desde mi perspectiva).

Me refiero a que, como en una parte del ensayo escribes, la confianza, comunicación, honestidad y lealtad pueden asegurar el éxtio de este y cualquier otro compromiso o proyecto. La fijación de alcanzar el objetivo, e irlo haciendo que el camino al mismo sea lleno de lo positivo, estoy seguro que puede llevarnos al éxito.

¿Somos egoistas o nos hacemos?, esa respuesta no podría darla pero si sé que soy egoista en ciertos aspectos, desde que veo por mis intereses, a veces (claro!) antes que sobre los de los demás ya lo soy. El egoísmo y otras actitudes del tipo nos alejan de los valores y pueden ser osbtáculos.

Mi porpuesta es un acto de contricción (nada que ver con lo religioso), en otras palabras, un auto-análisis, crítico y objetivo (difícil) para recordarnos cuáles son los valores que tenemos, por convicción o herenica, y volver a ellos en cada acto de nuestro día a día.

Un saludo y gracias.
Yaire