sábado, 7 de mayo de 2011

Pachequeando se llega a Roma

¿En qué consiste tener una buena vida? ¿Hay una regla para conseguirla? Muchos podrán decir que a través de una buena educación y unos valores firmes, bueno ¿Cuánta gente valiosa vive “inmerecidamente” mal? Y ¿Cuánta “basura humana” vive “inmerecidamente” bien? Otros podrán decir que mediante los estudios y la formación académica, bueno no tengo que recordar la cantidad de profesionistas que trabajan de taxistas (trabajo digno, pero no fue para lo que estudiaron) o que de los hombres más ricos del mundo, hay bastantes que dejaron su formación académica (aunque el tener dinero no significa forzosamente ser feliz).

¿Acaso consiste en vivir en un país desarrollado? Pues Estados Unidos es (todavía) el país más rico del mundo y, sin embargo, hay muchas personas ahí que desearían las comodidades que un modesto Ingeniero (como yo) lleva en una economía emergente, como lo es México. Algunos fanáticos podrán decir que la fe y las creencias, pero si se fijan los seres más creyentes son, en general, los más fregados e influenciables.

¿A dónde quiero llegar con todo esto? Honestamente, no lo sé.


Yo sólo me pregunto, ¿acaso no es posible que TODOS podamos llevar una existencia decente? Ojo, no digo que todos seamos millonarios, yo no lo soy y creo que vivo bien. Claro que el hecho de que somos casi 7000000000 de seres humanos (puse el número a propósito porque resulta más impactante) influye la baja calidad de vida, y lo más triste del asunto es que la gente menos desarrollada es la que más contribuye al crecimiento de esa cifra.

Sé que suena ridículo, pero a veces creo que la suerte tiene mucho que ver en los caminos que cursamos. Yo de pequeño me quejaba de que mi existencia era más “difícil” que las de mis amiguitos: a mí no me hacían regalos por sacar buenas calificaciones, mientras que a ellos les obsequiaban maravillosos juguetes sólo por pasar de año (y mediocremente, debo añadir). Aparte de todos mis deberes en el hogar y académicos, para ganarme mi mesada, debía hacer actividades adicionales (como ser ayudante de mi papá o lavar el coche).

A mí nunca me dieron videojuegos, porque me “idiotizaban” o una “avalancha” porque era peligrosa, así que tuve que ahorrar de mi dinero para adquirir mi Avalancha y mis videojuegos y, ¿saben qué? Los disfrute como nunca nada disfrute en mi niñez/juventud, porque me los había comprado yo, con mi dinero y con el esfuerzo que hice para ahorrar ese dinero en vez de gastármelo en otras tonterías.

Debo reconocerle a mis papás que aunque no me los dieron, no me impidieron comprármelos, porque yo era libre de hacerlo y me dieron esa facultad y responsabilidad desde pequeño, tal vez no era su intención, pero me dieron un regalo mucho más valioso que cualquiera que pudo recibir mis amigos en su infancia: Disciplina. Hay un dicho que me encanta de Confucio “Cría a tus hijos con un poco de hambre y con un poco de frío” y vaya que tiene razón.

Conozco a jóvenes de la actualidad que fueron educados y mimados por sus progenitores, que les prodigaron todo lo que les fue posible: viajes, ropa, educación privada, autos, juguetes, relojes, celulares, etc. No voy a decir que son malos chicos pero los noto con una desventaja contra mí a esa edad: no saben ganarse las cosas.

Tengo otras amistades aún más jóvenes y, me resulta increíble que, a pesar de que viven en situaciones “precarias”, les compran sus Smartphones valuados en más de 500 USD. ¿De quién es la culpa? ¿Del niño mimado o del tutor solapador? En esta ocasión, el dedo acusador se dirige al progenitor, ya que si se le dice al joven “No hay”, en verdad no hay dinero, pero ¿qué hacen? Privilegian su capricho sobre la necesidad familiar.

Por eso mismo, estos niños se frustran al llegar al mundo real (fuera del alcance de papi), porque fueron mimados y de pronto encuentran algún obstáculo y pareciera que se les acaba el mundo. Pero, para suerte de ellos, el mismo mundo los va a “reeducar” y, como están jóvenes aún, están aprendiendo que la vida real es distinta. Por su bien, ojala se reeduquen al respecto.

Regresando a mi caso, a partir de la Preparatoria empecé a ir a escuelas privadas, eso quiere decir que me eche algunos años en educación pública y fueron muy provechosos. Alguna vez escuche que ir a escuelas públicas es como entrenarte para la guerra de Vietnam (en esa época, ahora sería Irak o Libia), pero ese entrenamiento con otros niños reales, fue oro molido para mí.

Fue hasta la Prepa cuando supe y sentí la distinción de clases, cuando uno es más por la ropa que viste, los zapatos que calza o los lugares en que vacaciona; no lo voy a negar, yo también pretendí ser más de lo que era, por no quedarme atrás en esa lucha de poder implícita. Pero, para los menores de 18 años que me llegan a leer, les puedo decir: el mundo adulto no es como en la Preparatoria. Obviamente la gente sigue blufeando, pero en la escuela presumes lo que te dan tus “Papis” y en la sociedad adulta sólo puedes presumir lo que te ganas tu mismo (aunque tristemente hay algunos que siguen bajo el cobijo de sus “papis” o que blufean lo que no pueden costear).

Por muchos años yo culpe a mis papás por todo lo que no fui y todo lo que no recibí, pero ya no más.

Por decisiones y traumas míos, he tenido experiencia sentimental austera, por no decir pobre, pero es un tema que estoy trabajando y que, afortunadamente, hay bases sólidas sobre las cuales construir. Aparte de eso, sólo tengo agradecimiento para mis padres, aunque en su momento me queje de todo lo que no me daban, ahora apreció todo lo que me enseñaron y que hacen de mí (considero) un hombre productivo. Uno se va dando cuenta cómo funciona esta vida con el paso de los años, justamente al no darme todo lo que yo quería, me enseñaron a ganármelo por mí mismo y evitaron que fuera un inútil vividor.

Nadie nace sabiendo ser padre, uno va aprendiendo en el camino de lo que le enseñaron (otros “inexpertos”) y lo que tienen por sentido común. Muchas veces obviamos todo lo que ellos nos enseñaron durante nuestra formación, lo damos por sentado, como si hubiese sido su obligación y lo pasamos por alto. Pero no les perdonamos todo lo que no fueron, todo lo que no nos dieron, además de que nos acordamos claramente de sus defectos y carencias. Eso no somos capaces de olvidarlo (perdonarlo, jamás, porque sistemicamente a nosotros como hijos nunca nos va a corresponder “perdonar” a nuestros padres porque no tenemos NADA que perdonar).

Es injusto que le demos más peso e importancia a lo que nunca fue que a lo que en realidad es, porque esa formación que recibimos se demuestra día a día. Somos lo que somos en gran medida a lo que nuestros progenitores hicieron (bien o mal). Si los resultados son positivos, pues les debemos mucho; por otro lado, si somos narcotraficantes, violadores, asesinos, ladrones y demás, entonces sí podríamos reclamarles, aunque no del todo, porque nosotros también tenemos mucha responsabilidad en esa realidad.

Sólo para aclarar, no digo que la educación que recibí sea la ideal para todos los casos, ahí está lo maravilloso del asunto: esto de educar hijos es un verdadero arte, ya que uno trabaja con los elementos que recibe. Yo, por ejemplo, no mandaría a mis (hipotéticos) hijos a escuelas de gobierno, y no porque no quiera que se “ensucien” (ya que son muy dignas), sino porque la calidad de la enseñanza pública de la actualidad está a años luz de la que yo recibí. Pero sí tendría que ver, de qué otra manera, los haría conscientes de que no son “seres divinos”, porque son de carne y hueso como cualquier otro humano en este planeta.

             Retomando el inicio, no sé cómo se consigue una buena vida, y tal vez sí es suerte. Yo tuve la suerte de tener la educación que recibí de mi madre (principalmente), de mi padre putativo (en menor medida) y de mi padre biológico (por los genes). Y por eso honro todo lo bueno y malo que he vivido hasta el momento porque, aunque no ha sido un camino 100% feliz, creo que es la ruta que necesitaba seguir para darme cuenta de lo que hoy me resulta claro.

            «Cuando tenía catorce años, mi padre era tan ignorante que no podía soportarle. Pero cuando cumplí los veintiuno, me parecía increíble lo mucho que mi padre había aprendido en siete años».– Mark Twain

Dedicado a mi mamá, a mis papás y a todos los tutores que, tal vez, no reciban el reconocimiento por el trabajo que están haciendo y, sin embargo, lo hacen.

Hebert Gutiérrez Morales.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Hebert, te felicito por saber apreciar lo que has recibido de tus padres y de la vida. Hay muchas formas de aprender, y a veces escogemos las más duras, a veces no estamos listos, o simplemente no podemos.
Nos vemos pronto y sigue aprendiendo al compartir. Julieta.