domingo, 19 de junio de 2011

Mysterious Ways (La edad a través de la música)

Como ya mencione en el ensayo de U2, me hice seguidor de esa Banda por la canción “Mysterious Ways” la cual, en su momento, me pareció maravillosa y poderosa. Conforme fui conociendo toda su discografía, la melodía que me atrajo originalmente  me fue gustando cada vez menos hasta que, hoy en día, sólo es especial porque fue la primera pero, definitivamente, no se acerca a mis favoritas. Este fenómeno lo experimentamos muchas personas por dos cuestiones: la intensidad con la que vivíamos en nuestra adolescencia y la madurez que vamos ganando con los lustros.

Antes de los 25 años, mi canal favorito era MTV pero, con el paso del tiempo, los vídeos que te gustan dejan de pasar en dicho canal y empiezas a verlos en VH1. Viendo dichas obras piensas “¡Ah! Esa todavía es moderna y/o reciente” pero un buen día te das cuenta que pasan en VH1 Clásico porque tienen una o dos décadas de antigüedad; cuando eso pasa también encaras la realidad que ya no estás en la camada “cool”, los jóvenes de la actualidad, porque ya estás en la generación de atrás, esa misma que empieza a criticar la programación de MTV cuestionando “¿Qué clase de porquería es esto? ¿Se atreven a llamarlo música?”, mismas frases a las que uno se enfrentó y contra las cuales defendió fieramente a sus artistas predilectos.

Esto es muy chistoso porque cuando uno es adolescente critica las generaciones anteriores, tachándolos de nostálgicos, anticuados y viejitos pero, conforme uno va ¿creciendo? ¿envejeciendo? ¿madurando? (cuestión de gustos) y contempla las expresiones de arte de su juventud, a lo largo de los años, uno va comprendiendo a los padres, tíos, abuelos, maestros, etc. Porque uno mismo empieza a expresarse igual que ellos al decir “¡Ah! ¡Los tiempos de antes eran mejores!” y eso incluye que eran más limpios, justos y, por qué no, todos éramos más felices, guapos, prósperos y buenos.

Este ciclo existencial es algo extraño e inevitable, básicamente uno va envejeciendo, dejando atrás sus años mozos para recordarlos con añoranza, por lo que uno empieza a idealizar muchas situaciones, vivencias, personas y hasta canciones. Por ejemplo, hace tres o cuatro lustros había melodías que realmente detestaba, las odiaba con todo mi ser pero hoy en día las vuelvo a escuchar y resulta que ya hasta me gustan, solamente porque son de esa época, lo cual resulta totalmente ridículo.

Simplemente nos pasa la vida y uno debe decidir si se queda atrapado en “Los Años Maravillosos” cuando éramos jóvenes, buenos y felices (además de que nuestra vecina era Winnie Cooper) o se opta por ser feliz en el único tiempo real y disponible para nuestra existencia: El presente. El pasado ya murió, el futuro nunca nacerá y sólo nos queda el ahora para vivir. Creo que debemos honrar el día en que vivimos y dejar de pensar que toda época pasada fue mejor. Realmente vivimos en el presente y es el único que merece nuestra atención.

¿Por qué no percibimos el paso del tiempo? ¿Por qué seguimos considerando nuestras canciones de juventud “modernas”? De chamaco, me preguntaba la razón de que mis padres no se dieran cuenta de que sus discos favoritos ya eran “viejitos”, aunque era obvio que ya habían pasado un par de décadas, misma situación que hoy me acontece. Creo que relacionamos esas melodías con una edad y felicidad idealizadas por lo que no queremos que pasen, deseamos que ese momento de nuestras vidas se mantenga congelado en un instante con el afán de sentirlas vigentes. Si algo nos sirve de consuelo (y que supongo que también consoló a mis padres) es que los jóvenes que hoy nos tachan de anticuados van a pasar por lo mismo.

Pero ahora pasemos al otro lado de la moneda, porque cada etapa existencial tiene sus características y privilegios.

Me parece que las reacciones del ser humano ante la música nos dicen mucho de cómo percibe la vida. Cuando uno es adolescente no capta la totalidad de detalles que puede tener una canción pero, los pocos que llega a notar, los vive a lo máximo, la siente con pasión porque vibra con ellos. Con el paso de los años, cuando uno se hace “menos joven”, se empiezan a observar más matices, percibir detalles que antes no sabíamos que ahí estaban; uno ya no se desvive, pero si lo goza de otra manera: en conjunto, de manera relajada, mientras desmenuza todo lo que trae la obra y que había estado ahí desde el principio en espera de ser descubierto por alguien que lo valore. Ya no es “¡Sí! ¡La guitarra suena bien fuerte!” ahora pesan más los arreglos, la estructura de la música, el mensaje oculto en la letra, el sentimiento con el que se interpreta, el papel de cada instrumento y los matices que van tomando a lo largo de la obra. Se sacrifica la intensidad de un jovenzuelo por la profundidad de un adulto al momento de disfrutar una canción (que lo merezca, claro está).

“La letra de la canción es lo que creemos entender, pero lo que nos hace creerla o no es la música” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

Con la edad, acumulación de experiencia y porque se van tranquilizando las hormonas, uno empieza a apreciar la belleza implícita de ciertas cosas. Fue después de cumplir 30 que, por primera vez, llore escuchando a Pavarotti dando una nota prolongada cuando una década antes me parecía totalmente aburrido.

También se dice que con la edad uno se va haciendo más exigente. En el pasado espectáculo del Súper Tazón, cantaron los Black Eyed Peas. Sinceramente la interpretación fue desastrosa, con unos alaridos espeluznantes (sobretodo de Fergie), pero mi sorpresa fue grande cuando mis amigos, los más jóvenes, me dijeron que estuvieron fascinados por el espectáculo. Cuando les cuestione si se dieron cuenta de la falta de calidad en su canto me dijeron “Ya sabíamos que iban a cantar terrible porque era en vivo, pero ¿viste todas las luces, bailes y el espectáculo en sí? ¡Fue fenomenal!”.

Ya no me importa que el show sea imponente o magnífico, para mí lo que realmente vale la pena de un concierto es que el artista haga su trabajo con calidad y cante con un sentimiento que le crea lo que está interpretando (alegría, nostalgia, romanticismo, ira, tristeza y demás)  y así entrar en catarsis porque toque las fibras más sensibles de mi ser. Eso es lo importante para mí a esta edad.

Es típico de los más jóvenes que aprecien la música por aspectos que, realmente, no tienen que ver con la misma: el vídeo, la coreografía, lo efectos, el vestuario, el espectáculo, la explosividad y/o escándalo, las poses del que canta, etc. A la larga, uno empieza a poner atención en otros aspectos menos espectaculares pero igual, o incluso más, vitales. Cuando se nota esto que antes no se valoraba hay que estar feliz y triste: Alegrarse porque uno va teniendo otras prioridades en su existencia, a través de una visión más madura, y entristecerse porque el costo de lo primero inevitablemente es juventud.

La primera vez que escuche “Mothers of the dissapeared” de U2, me pareció tan aburrida que no la volví a escuchar, a propósito, por un largo período. Las que me gustaban eran las que tenían más “punch”, las más escandalosas, las más “chidas” o las más movidas. Hoy en día, esa misma canción es de mis predilectas por la belleza, la tranquilidad, la pasión, el sentimiento, la interpretación, la calidez que en la actualidad sí capto y que antes no lo hacia. Obviamente ya traía todo esto dentro de mi ser, pero necesite ir madurando y puliéndome para poder apreciar todo lo valiosa que es esa obra.

Jim Steinmann, productor y compositor de Meat Loaf , Bonnie Tyler, Air Supply y demás, dijo que la adolescencia es la época en donde se vive con mayor intensidad, y es verdad. Véanlos cuando pierden un amor y casi se dejan morir o, cuando están de buenas, se sienten Superman y sienten que se pueden comer el mundo a puños. Todos sabemos lo omnipotente o lo basura que uno puede sentirse cuando se está en esa edad.

Aunque en esa etapa de vida se perciba la misma con más intensidad, también hay otras etapas en donde se pueden captar más detalles que antes pasaban desapercibidos. Esas mismas canciones que de jóvenes nos hacían vibrar por algo en particular hoy, después de los 30, las disfrutamos como una totalidad por esos detalles que vamos degustando, que tal vez veíamos, pero no valorábamos. Creo que de ahí viene nuestra nostalgia por las melodías de nuestras etapas tempranas: aunque son “viejitas” nosotros encontramos nuevas maneras de vivirlas.

No quiero decir que toda la música actual sea un asco, porque en todas las épocas hay tanto obras de calidad como vil basura, pero uno no se va a poner a escuchar como chamaco esas cosas llamadas “Lady Gaga” (sea lo que eso sea) para estar a la moda. Definitivamente no voy a hacer eso, prefiero ir redescubriendo mis canciones viejitas (que por su calidad son atemporales), sin quedarme a vivir en aquel tiempo, además de conocer las contadas excepciones de calidad en la escena actual que sí merecen ser escuchadas (Keane o Snow Patrol por ejemplo).

Hebert Gutiérrez Morales.

1 comentario:

varelad1 dijo...

Hola Hebert,
Estoy nuevamente muy de acuerdo con tus reflexiones. La música nos mueve a otros tiempos, tanto físicos como mentales, y nuestro estado de madurez determina qué tanto disfrutemos las cosas. Y no solo sucede con la música, sino también por ejemplo con la comida, con un trago de un buen whiskey, de un buen vino o de un buen tequila, cuando lees un libro o ves una película.
Siempre depende de una u otra circunstancia, pero sobre todo, depende de tu situación actual ante la vida.
Un saludo y excelente semana.