domingo, 31 de julio de 2011

Camino de Puebla a Veracruz

“Nunca regreses al lugar de tus viejas Alegrías” – Fernando Delgadillo

Exactamente ese sentimiento compartía con Delgadillo respecto a Veracruz y, felizmente, me equivoque. Tras 16 años de ausencia, estaba muy emocionado por regresar a mi lugar de nacimiento pero, al mismo tiempo, estaba muy asustado; la razón para ambas sensaciones era por todo lo que podía encontrar nuevo o que ya no existiera, y ya no fuera el mismo lugar de mis recuerdos. Afortunadamente resultó una visita muy productiva por diversas causas. Al recorrer las calles y lugares de mi infancia, todo seguía igual, fue como si las hubiera dejado de ver las vacaciones pasadas. Tal vez eso no sea bueno, “agua que no fluye se estanca”, una vida sana debe estar en constante evolución pero, para mi ego infantil, el hecho de que esos lugares no se atrevieran a cambiar en mi ausencia fue bastante reconfortante.

Naturalmente estoy hablando de las zonas no turísticas del puerto, porque la zona de Boca del Río es totalmente distinta, pero eso no me importó mucho, porque ahí sólo íbamos a comer Mariscos y hoy es la zona más “nice” de Veracruz.

            Por ser la primera vez que fui manejando, el viaje resulto entretenido. El tramo que más disfrute fue el de “Las Cumbres” que tanto respeto o miedo despierta entre los conductores, por la niebla, los baches, los camiones, las curvas e inclinaciones tan pronunciadas. Todo eso hizo el camino tan emocionante como si estuviera en un videojuego, ya que no veía nada, luego salía un bache, después un camión o cualquier otro imprevisto que resulta un reto como conductor y, por eso mismo, lo disfrute. Obviamente es divertido bajarlas y subirlas con la estabilidad y potencia de un New Beetle, porque no ha ser lo mismo con otro tipo de auto.

No niego que también sentí añoranza por el itinerario original que seguía con mis padres, ya que parábamos en Rinconada a comer picaditas, comprar quesos en La Joya, comer carnitas en Perote, estirar las piernas en Xalapa o respirar el ambiente tranquilo de Cárdel, y es que así era el camino familiar, que estaba lleno de puntos entrañables, pero esos fueron otros tiempos y ahora también disfrute mi viaje solitario. Conforme avanzaba en el camino y, paulatinamente, el panorama iba cambiando de árido a frondoso, el verde iba posesionándose del paisaje, mis venas se iban encendiendo y revitalizando al sentir nuevamente la expectativa infantil de llegar al lugar de mis amores.

Siempre disfruto mis visitas a Veracruz, ya que es como entrar a un cuento de Hadas, sin malicias, sin intenciones ocultas, en dónde simplemente podía ser yo. Obviamente ayuda mucho el hecho de que a mi familia materna y paterna les dio mucho gusto verme después de 16 años de ausencia en el Puerto. Sin importar lo que pase, la personalidad de Veracruz es única, por ejemplo el DF, al ser una megalopólis (como Tokyo o New York), pues hay muchas personalidades y culturas conviviendo ahí, pero yo comparo el lugar en dónde vivo (Puebla) y el de mi origen (Veracruz), y me parece increíble que 300 kilómetros puedan marcar una diferencia cultural tan marcada, y eso que estamos en el mismo país.

En Puebla las cosas son más sobrias, competitivas, productivas, lo cual es muy bueno en este mundo capitalista. En Veracruz las cosas son más cariñosas, más calidas, más inocentes (si cabe el término). Aunque los dos ámbitos son distintos, con partes positivas y negativas, eso mismo define la riqueza cultural de nuestra patria.

Así como la belleza está en los ojos de quien la mira, los manjares radican en el paladar que los degusta. A mi familia y, a las personas de los restaurantes, les llamaba la atención que, dentro de toda la variedad del menú (independientemente que sí comí mariscos), me decantaba por platillos simples como arroz con plátano, picaditas, frijolitos refritos con plátano macho o un rico mondongo y no pedí lentejas porque no las encontré en la Carta. Aunque eran platillos muy sencillos, me resultaban una auténtica delicia, porque no las había probado con esa sazón en años (nunca se igualará la de mi abuelita, pero las disfrute como no tienen idea). Creo que sí resulto curioso, o hasta conmovedor, que pidiera algo tan común con tanta ilusión.

En Puebla he forjado y perfeccionado una máscara de uraño y/o solitario que he usado durante muchos años. Por eso mismo me resultaba un poco chocante, aunque no tenía que ser así, la excesiva amabilidad que tenían mis familiares conmigo, pero después la experimente con el personal del hotel, del restaurante, del estacionamiento y, básicamente, todo jarocho con el que tuve contacto. Por algún momento pensé “Bueno ¡Ya! ¡Dejen de hostigarme y déjenme respirar!”, pero en este viaje de adulto, que resulto muy revelador, me dí cuenta que es parte de la cultura del lugar, esa inocencia, calidez, ternura, cercanía y amabilidad ya están implícitos en el Puerto, porque eso no podía ser pose todo el tiempo. Al vivir en un ámbito más reservado, a uno se le olvida en ocasiones ser humano, porque llegue a pensar “Algo quieren, no puede ser que todos sean tan amables conmigo”, pero uno debe aprender a relajarse y disfrutar del viaje.

            Durante la comida, mi tía me comentó: “Aunque no hablas como nosotros, tampoco hablas como poblano”. Sé que eso vino de la rivalidad que en Veracruz se siente por Puebla, porque es muy factible que sí hable como poblano. Pero después me conmovió al decir “Y tampoco eres un turista, porque tú siempre serás de acá”. Momentos así son regalos valiosos que no se pueden comprar con dinero. Obviamente estas frases estuvieron influenciadas por el cariño que me tienen y la nostalgia de no verme tantos años porque, aunque siempre veneraré mi lugar de origen, ya no me considero de ningún lado.

            Obviamente hay lugares que son muy padres para visitar y el vivir ahí es otra cosa, como corroboré en el pueblo que habite en mi adolescencia. Vivir en Veracruz ha de ser muy rico ya que uno lo ve en la alegría y desparpajo con el que la gente de acá se desenvuelve en una existencia alegre aunque no haya tanta riqueza económica como en Puebla. Tristemente me doy cuenta que soy una especie de adicto al estrés, no tanto como para mudarme al Distrito Federal, pero ya estoy adaptado a Puebla.

            Y aquí quiero comentar sobre la relación entre mi lugar de origen y mi lugar de residencia. A lo largo de mi vida, sólo he visto muestras de rivalidad entre ambas entidades, misma que me heredaron y seguí fervientemente casi toda mi vida. Ahora, con un poquito más de madurez, me doy cuenta que es una verdadera estupidez, sin importar los argumentos a favor o en contra. Ambas entidades son vecinas y van a seguir siéndolo el resto de la vida, y mutuamente se necesitan a pesar de esa rivalidad (como la hay a nivel país entre México y Estados Unidos). Ya no me decanto por ningún lado, porque ese pique es tonto y sin razón de ser. Las diferencias son buenas, porque hacen las relaciones más enriquecedoras. Ya deje de lado esa competencia sin sentido, porque siempre seré de Veracruz, pero vivo feliz en Puebla, y soy lo que soy gracias a ambas culturas.

Por eso mismo tengo una situación ideal, porque sé que tengo cerca un refugio al cual puedo llamar “Mi” Ciudad, que puedo visitar las veces que quiera con la seguridad que seré recibido con los brazos abiertos, mientras vivo en una ciudad (¿por qué no decirlo?) que también he aprendido a querer, a pesar de que no es el sitio favorito de mis familiares (tanto paternos como maternos), pero aquí están mis amigos, mi trabajo, mi casa y mi vida. Creo que aunque tuviera la posibilidad de vivir en el Puerto, no la tomaría porque mi país de las maravillas dejaría de existir para convertirse en mi casa, lo degradaría de mi lugar ideal a un lugar terrenal. Desde mi perspectiva, lo más triste que le puede pasar a alguien es vivir en sus sueños porque, de ser así, ¿A dónde vas a ir cuando duermas?

Mi puerto es una muestra Superlativa de lo que se vive en México, en donde la población en general no es especialmente rica (aunque el estado en sí lo sea), la gente es feliz, y eso impacta mucho en la calidad de vida. Tener mucho dinero no trae felicidad automática, misma que sí se siente en el ambiente porteño, con el clima, el mar, las sonrisas, la comida y el humor. Recordé entonces que la felicidad radica en uno mismo, en esos pequeños placeres que uno puede disfrutar, en vez de amargarse por todos aquellos que tal vez nunca lleguen.

Estas visitas son muy reconfortantes para alguien solitario, sobretodo porque desenchufe todas mis defensas, por los sentimientos tan honestos de los que soy merecedor, por el lugar que se me da, los abrazos, las miradas, los buenos deseos, la atención, la confianza y sinceridad que me prodigan. Lo note especialmente en las actitudes de mi tío y mi padre biológico, en todas esas anécdotas de mi niñez de las cuales no me acuerdo pero, al ver el brillo en sus ojos al relatarlas, comprendí que se las estaban contando a ellos mismos, como parte de su mitología personal, por lo que son romantizadas e idealizadas. Esto es característico de la humanidad en general, que suele recordar y ensalzar un pasado que perciben como “Los buenos Tiempos”. Escuchaba atentamente y, no lo niego, hasta fingía un interés profundo para intensificar el gozo que les provocaba contarme esas vivencias, porque eran importantes para ellos, aunque yo ni las recordara.

Esta experiencia me dejó en claro mi origen, al resonar con toda mi herencia no me queda duda que estaba diseñado para ser como ellos, aunque muchas personas de mi trabajo se rían sardónicamente, es la información genética que traigo y era el camino original que tenía. Sin embargo, también agradezco que el destino me sacara de ahí, porque hoy soy distinto a ellos (ni mejor ni peor), y me gusta serlo. Por un lado siempre tendré esa inocencia y limpieza de mis genes pero también he adquirido otras herramientas personales en Puebla, sin tomar todas sus características, sólo lo que me sirve para mejorar mi esencia jarocha (o por lo menos eso creo).

Hebert Gutiérrez Morales.

No hay comentarios: