sábado, 23 de julio de 2011

Lost in Translation (Perdidos en Tokyo)

            Mi película favorita de todos los tiempos es una japonesa llamada “Love Letter”, de la cual escribiré en un futuro, no sé el orden del segundo y tercer lugar, pero sí los filmes que ocupan esas posiciones: “El Increíble Castillo Vagabundo” y, la que me ocupa en el ensayo actual, “Perdidos en Tokyo” (Lost in Translation, el título original).

            Me encanta la sencillez con la que fue planteado el filme, que sirve para tratar asuntos muy profundos y complejos, pero es necesario estar en la misma sintonía para captarlo. Por cierto, no hay mejor manera de iniciar una obra que viendo el trasero de Scarlett Johansson, un “fan service” que se agradece a la directoria de esta película (y a la misma Scarlett).

            La película tiene una sutil elegancia implícita en muchos de sus detalles que podrían ser omitidos pero que se agradecen como un gran complemento. Una de las grandes cualidades que Sofia Coppola tuvo con esta magnífica obra de arte, son los momentos de silencio tan bien logrados. Esas escenas en donde las palabras no son necesarias porque el sentimiento que priva es más elocuente que cualquier frase dicha. Esos momentos de soledad, de empatía, de tristeza, de ira, de nostalgia, de frustración, de cansancio y abandono que ningún dialogo puede igualar en impacto.

            Mucha gente se desespera con esos momentos callados, y es obvio, con la sociedad tan ruidosa en la que vivimos, el valor del silencio se va perdiendo con el paso del tiempo. He ahí otro aspecto maravilloso de esta obra: A pesar de estar más comunicados que nunca y de ser miles de millones, se evidencia la soledad que nos caracteriza en la actualidad, ubicando esas escenas tan profundas en una de las megalópolis más escandalosas del mundo: Tokyo (perdón que lo escriba así, pero es la nostalgia por mis clases de japonés).

            En alguna de las canciones de Fernando Delgadillo menciona que “Solo, no dan ganas de viajar”, y eso se refleja en las distintas visitas que Charlotte hace a varios lugares japoneses, tal vez sean lugares muy bellos, pero se disfruta más la experiencia cuando hay alguien a tu lado para compartirla.

            Parte de lo interesante en el personaje de Charlotte es como basta un simple cambio de ambiente para que se diera cuenta que estaba casada con un desconocido, es como dejar atrás todas las distracciones cotidianas para preguntarse “¿Qué demonios hago con esta persona?”, pero con las exigencias de la sociedad uno se conforma con lo que tiene, hasta que llega alguien más, tal vez no lo que estás esperando, sino lo que el destino depara para ti. Eso se demuestra en los detalles, cariño y respeto que Bob tiene hacia ella y que su esposo no, sólo es cuestión de estar en el mismo canal para fluir con la pareja correcta.

            Una de mis escenas predilectas, y vitales del filme, es cuando Charlotte se sienta frente a la ventana de su cuarto con la música exacta que refleja su sentir: el vacío en una relación que recién inicia, eso mismo que no debería ser pero existe en matrimonios que tampoco no deberían serlo. Es cuando te das cuenta de que cometiste un error, pero no tienes el valor de afrontarlo, en vez de resolverlo, prefieres vivir con él hasta la muerte. Ella sintió más fuerte esa certeza de que no debía vivir en esa relación justo en una ciudad en la cual no debía estar, en un momento de su vida en donde se sentía perdida, por carecer de un sentido de existencia. Esos momentos son invaluables, porque pueden significar un nuevo comienzo.

            También tenemos el matrimonio de Bob, después de 25 años de tediosa y fastidiosa rutina, en dónde sólo están juntos por los hijos. ¿Quién está peor? ¿Charlotte casada con un desconocido? O ¿Bob atado a alguien que ya no lo hace vibrar por la costumbre? Irónicamente, no es necesario estar a solas para sentirse solitario, en algún lado leí que no hay peor soledad que la que se experimenta cuando alguien está al lado (o rodeado de mucha gente).

            La relación de Bob y Charlotte evidencia los fútiles esfuerzos intentando ser alguien más para agradarle a una persona, cuando sólo se requiere un poco de buen humor y ser auténticos para que, eventualmente, alguien nos acepte como somos, sin la necesidad de actuar. Por cierto, un detalle interesante de la obra es que ninguno de los protagonistas le menciono al otro su nombre, y resulta curioso pero, a la vez, va con la personalidad de la misma.

            Regresando a esas personas que no aguantan los momentos de silencio, no entienden la belleza del momento, la armonía, el lenguaje corporal y todo lo que está rodeando esa escena callada. Cuando estas personas dicen “¡Maldita sea! ¡Qué hagan algo! Se la pasan mucho tiempo callados”, eso refleja el nivel de paz espiritual que manejan. Me sorprende como la directora se empapó de esa serenidad tan propia del arte japonés, el cual he disfrutado en los filmes, historietas, libros y animaciones niponas que he tenido oportunidad de conocer. Esos instantes tan elocuentes y sin diálogos le dan un toque de clase a la obra, algo que tampoco ya es muy común en un mundo donde queremos cosas espectaculares todo el tiempo. Coppola tiene un gran crédito, pero las actuaciones de Bill Murray y mi novia Scarlett Johansson son igualmente soberbias, lograron unas escenas estupendas que son como lienzos plasmados en celuloide

            Debido a la sociedad tan vertiginosa en la que vivimos, se ha atrofiado nuestra capacidad de contemplar algo calladamente, disfrutar los momentos solitarios, el interpretar las poses y los gestos, el leer que pasa alrededor de esa persona, ya no nos guiamos por lo que percibimos, presentimos o nos resuena, esto se refleja en los diálogos que los protagonistas tienen con sus parejas o Charlotte con su amiga, los cuales no les ponen atención y sólo se concentran en sí mismos: sólo queremos ser escuchados, pero no podemos escuchar.

“Nunca hay que regresar aquí, porque nunca sería igual de divertido” - Charlotte

            Otra obra de arte dentro de esta obra de arte, y que no dura más que unos cuantos segundos es cuando, en el pasillo del Karaoke, están solos Charlotte y Bob y ella recarga su cabeza en su hombro. Es un momento tan bonito, sin dialogo, tan íntimo, fraternal y romántico, esto es debido al entendimiento de sentimientos sin mediar palabra alguna, simplemente comparten ese instante juntos.

            Cuando regresan de esa noche se da otro de esos diálogos sin palabras, cuando él la deja en su cuarto y, con una mirada, le pregunta si quiere algo más, a lo que ella contesta que “No” con otro gesto igual de sutil y cariñoso, porque está muy cansada; Bob lo entiende y simplemente se va. Me impacta como este filme está plagado de estas escenas tan vivas, íntimas y tranquilas.

            Otra virtud de la creadora es captar esa característica de la cultura japonesa: hacer una historia sencilla de plantear y profunda en su desarrollo, y uno lo ve en la obra que, para el ojo más burdo puede no pasar nada cuando, en realidad y de manera implícita, están pasando tantas cosas tan intensas llamadas sentimientos en cada escena. Ahí radica la esencia del filme, porque no hay explosiones, diálogos ridículamente divertidos o agresivos, ni nada de lo que el cine occidental comercial nos enseña como atractivo. El mismo ritmo de la película te va adentrando, si agarras el hilo desde el inicio la disfrutas, obviamente teniendo esa tranquilidad interna. Si no se tiene eso en su ser, pues la vas a odiar.

            Justo después del rechazo que recibió Bob, le “nace” hablar con su esposa, pero no por ella, sino por la necesidad de compañía que no pudo tener con Charlotte, lo triste de esto es que la necesidad es lo que empuja a la comunicación en un matrimonio, más que los sentimientos que alguna vez los unieron y que hoy sólo une un papel e hijos.

Es sui géneris el modo de funcionar de esta sociedad, porque se nos van asignando roles, como el de una estrella en decadencia de Hollywood o una recién egresada, casada y frustrada, los cuales no tendrían nada que ver entre sí. Al sacar estas dos personalidades de su ámbito (Estados Unidos) y colocarlos en uno totalmente ajeno (Japón), dejan sus etiquetas atrás y pasan a ser simplemente un hombre y una mujer que comparten más que una nacionalidad, también lo hacen con ideas, sentimientos, frustraciones, excentricidades y demás. Sin importar la diferencia de más de 20 años, ni las máscaras ni las personalidades, lo único que resuena el tándem que forman. Y todo eso que conocieron uno del otro fue porque las barreras sociales no estaban ahí, muchas veces no nos atrevemos a conocer alguien diferente a nosotros por los límites sociales que no lo permiten.

            Esto demuestra que nadie es inalcanzable, sólo es un reflejo de una cultura que impide que ciertos grupos socialicen con otros, ya que la homogeneidad es lo que nuestra neurótica sociedad pretende (tanto en grupos definidos como en individuos). TODOS somos seres humanos (hasta yo), con las mismas necesidades de afecto, compañía, sinceridad, calidez, si nos damos cuenta de nuestra humanidad y de lo estúpidos que nos vemos al apoderarnos de una máscara como nuestra identidad, tal vez nos demos la oportunidad de ser más humanos y conocer otros seres con distinto rol pero parecidos en esencia.


            Las máscaras que impone la sociedad no son parte de la naturaleza, el ser gregarios sí. Todos tenemos ese sentimiento de convivir y compartir, no con otra PERSONA, sino con otro HUMANO, que es auténtico, no como el otro concepto que implica personajes. Si nuestra comunicación fuera de humano a humano y no de personaje a personaje, creo que otra realidad tendríamos en la actualidad.

“Tú vida, como la conoces, se acabó” – Bob Harris en referencia al nacimiento de los hijos.

            Otra de las escenas maestras es el dialogo que tienen en la cama, el cual resulta maravilloso y profundo, sobre la vida en sí, con temas tan importantes como el destino, autoconocimiento, el matrimonio y los hijos. Se maneja una filosofía existencial muy práctica y dicha con toda la honestidad posible. Me encanta la forma de acabar la plática, cuando Bob le agarra el pie a Charlotte y le dice “You are not hopeless”, en cierta manera me conmovió hasta los huesos.

            Una de las muchas escenas profundas es cuando ella va a Kyoto y ve una boda, la manera en que los observa muestra todas las preguntas que se está haciendo sobre su propia unión, cuando amarra su deseo al árbol, a la usanza del Tachibana, la manera en que va deambulando por el templo, contemplando la esencia japonesa como un testigo invisible de la vida cotidiana de este fascinante país.

            La interacción intercultural me hace reír mucho durante el filme, y es que los japoneses tienen una ridícula obsesión por la cultura gringa, la cual aceptan tal cual y sin trabas, a diferencia del resto de países que algo de oposición ponemos. Los nipones simplemente toman todo lo gringo como va y sin cuestionárselo (como lo demuestra el personaje Kelly, la actriz que fue a promocionar su película de acción). Personalmente creo que tuvo que ver la derrota en la segunda guerra mundial, lo cual se quedo muy grabado en el inconsciente colectivo nipón, el la única explicación que encuentro para que una cultura tan profunda este ávida de tanta basura cultural de nuestros vecinos del norte.

            Por otro lado tenemos a los estadounidenses tan acostumbrados a su “American Way of living” que les es incómodo desenvolverse en otra cultura, y más una tan especial y única como lo es la japonesa. Por eso mismo, para mí es una auténtica delicia los diálogos que tiene Bob Harris con distintos japoneses (los directores de los comerciales, el anciano en el hospital, en los restaurantes, etc). Lo disfrute porque, después de ocho años estudiando japonés, algo debía aprender. Hay que reconocer el acierto de Sofia Coppola de saber intercalar los momentos chuscos con los de reflexión y melancolía, ya que así se asimilan y acomodan mejor en nuestro ser.

            El hecho de que Bob cambiara su fecha de regreso nos muestra cómo una persona importante nos hace cambiar los planes, y así es la vida, porque uno hará todas las proyecciones que quiera pero no todas se llevan a cabo (algunas de manera feliz). Esa misma alegría provoco que él peleara con su esposa, todavía embriagado y confundido por esta felicidad recién encontrada con Charlotte; esto fue un ataque de sensatez en el que de dio cuenta de que puede elegir algo que le guste en vez de conformarse con lo que encontró. Esa misma pelea lo empujo a una soledad que, en ausencia de Charlotte, él desahogo con alguien más.

            Comprendo el sentimiento que empujo a Bob a acostarse con la cantante, pero entiendo aún más el sentimiento de traición que Charlotte experimentó. Y es que si él iba a cometer una infidelidad, la que tenía derecho era Charlotte misma, por todo lo que habían compartido en esos días y él actuó de manera desleal hacia esa relación que surgió entre ellos. Esto los llevo a una pelea, que no fue tal, en la que (nuevamente sin diálogos) demostraba claramente un mensaje de “Te quiero mucho pero, en este momento, no puedo estar feliz contigo porque me heriste” por parte de ella y él le respondía “Sé que estás enojada, pero no te puedo explicar lo mal que me siento”. La reconciliación en la evacuación del hotel fue muy tranquila y linda.

“Te extrañaré” – Charlotte

            Al momento de despedirse en el hotel, los ojos de Bob lo dicen todo: un anhelo, tristeza y ternura que le van rompiendo el corazón cuando la ve desaparecer en el elevador, mismos ojos en los cuales renace la esperanza cuando la encuentra en la calle. Él alcanza una Charlotte que va desorientada, caminando sola a través de un mundo lleno de personas que no le importan, ahí es cuando en realidad se despiden como querían hacerlo: un abrazo tierno, fuerte y cálido. Los dos besos que se dieron tienen un significado, el de la boca fue por la pareja que no se consumo; el de la mejilla fue dado con ternura por la fuerte amistad forjada únicamente en tres días.

            Tal vez ellos pudieron tener relaciones, para acabar con ese anhelo que fue naciendo de su amistad tan viva, lo cual hubiera sido la salida más fácil, ordinaria y, muchos piensan, hasta necesaria. Sin embargo, para el tenor de la historia, fue ideal el que no lo hicieran, porque todos aquellos momentos tan importantes que compartieron, habrían pasado a ser simples ornamentos para el acostón y, a fin de cuentas, hubiese sido lo único que recordarían: un “affair” en Japón, que hubiera acorrientado la historia y la experiencia de ambos. Lo que vivieron juntos es mucho más grande que una vil aventura, ya que toco niveles más íntimos.

            Tuvieron oportunidades para hacerlo, pero no avanzaron más porque, inconscientemente, aseguraron que su asunto quedará en lo idílico, platónico y, por ende, especial. Muchos lo calificaran de cursi e irreal, pero para ellos (y los que adoramos la película) pone a cada cual en un pedestal, ya que los ubica en una especie de cuento de hadas adulto moderno, pero sin el “y vivieron felices para siempre”. Simplemente, esos días que compartieron, son un tesoro aún más grande que las relaciones per se.

            Muchos se preguntan, en la escena final, qué fue lo que él le dijo al oído, después de abrazarla y antes de besarla. Personalmente no lo sé y no me importa, me quedo con el cariño, honestidad e intimidad tan profunda con que se lo dice. Lo vital fue la forma y no el fondo, ya que queda constatado el amor que creció en ambos.

            Lo maravilloso de la vida es que, cuando menos te lo esperas, te da sorpresas. Puedes ir a un lugar por cuestiones de trabajo y acabas encontrando un regalo existencial que de haberte mantenido en tu país, tal vez nunca lo hubieras recibido. Esa cultura extraña es el marco perfecto para encontrarte a ti mismo y tu camino, para recordar que hay mucho por vivir.

            Obviamente el final no es feliz en un inicio, pero después comprendes que tampoco es triste. Fue una tierna y profunda historia de amor que se mantendrá en el corazón de Bob Harris, en el de Charlotte y en el mío.

            Hebert Gutiérrez Morales.

1 comentario:

varelad1 dijo...

Muy bien escrito Hebert, y muy bien disfrutada y analizada la película. Solo encuentro un grave error, Scarlett Johansson no es tu novia, es MI novia.
Bueno, creo que a los dos nos abandonó por Sean Penn, quien por cierto es uno de los mejores actores que he visto.
Bill Murray también me parece un formidable actor, y Scarlett ha crecido muchísimo como actriz, está en un excelente momento de su carrera y más bella que nunca a sus escasos 26 ó 27 años.
En conclusión, felicidades por tu buen gusto, tanto por Scarlett como por el tipo de película. Un abrazo.