sábado, 10 de septiembre de 2011

Sentimientos

           En este ensayo no pretendo hablar de toda la gama se sentimientos que experimentamos en nuestra existencia, porque cada cual podría escribir una enciclopedia personalizada de cómo percibe la vida a través de sus vivencias y lo que ellas les provocaron en el alma, sólo quiero compartirles algunos de los que he identificado recientemente y que tienen un trasfondo que me gustaría que conocieran.

            De toda la gama de sentimientos y/o sensaciones que tenemos los humanos, personalmente, la que más odio es la incertidumbre: esa sensación de que no puedes hacer nada y que estás en manos de alguien o algo más, me enerva a tope, sin importar que hayas hecho tu máximo esfuerzo o no, ya no está en tus manos. Cuando tu destino, bienestar o algo que simplemente quieres no depende de ti es muy frustrante. Tal vez sea neurosis de mi parte pero no puedo evitar ese malestar, porque no me gusta que mi destino lo decida alguien más.

            Sinceramente, prefiero saber lo malo o lo bueno a la brevedad, sin sorpresas, que es algo que nunca me ha agradado, sin importar que la mayoría de las veces sean agradables y unas cuantas desagradables, por mi misma rigidez, no me gustan los imprevistos de cualquier índole.
           
            Tal vez no sea popular por escribir lo siguiente, hasta de tonto podría ser tachado, pero tampoco les voy a mentir; por alguna razón, el sentimiento que más disfruto es la nostalgia. Es chistoso porque eso significa una felicidad que ya pasó, es probable que no sea una actitud muy sana de mi parte, al vivir en el pasado que ya murió, pero no puedo dejar de degustarla. El recordar aquellas bellas ocasiones que ame aunque, la nostalgia misma te hace ver, ese mismo momento no lo percibiste con la importancia con la que lo haces ahora, tal vez por idealización o por romanticismo, pero no lo gozaste tanto como lo haces hoy.

            Con el paso del tiempo, y las experiencias acumuladas, les vas dando el justo valor (o las vas idealizando), aquellas vivencias, tiempos, personas, situaciones, relaciones, amistades, lugares, películas, programas, música y demás partes de nuestro pasado que nos dan una identidad actual. Gozo y disfruto la nostalgia, aunque sé que el único tiempo real que tenemos para vivir es el ahora, pero no por ello dejo de paladear mis anhelos por aquello que ya fue y que nunca volverá a ser.

            A lo largo de los años, tal vez de manera cínica o fría, aunque sinceramente creo que es práctico (aunque otros digan pragmático), he querido anular el sentimiento de esperanza (otros lo llaman fe). Muchos dirán que está implícito en el existir humano, pero no comparto esa idea, para mí esa sensación es la prima hermana bonita de la incertidumbre, y por eso también intento eliminarla de mi ser. El hecho de anhelar algo que está más allá de nosotros, es porque uno no está en control de la situación, o no es el responsable que eso se logre, por lo que dependemos de alguien o algo más.

            Desde pequeño me educaron con mucha fe y mucha esperanza pero, al ir creciendo y madurando, me dí cuenta que entre menos esperanza albergaba, menor era la desilusión por el resultado de alguien más. También aprendí que es más sano que esa esperanza radique en uno mismo, en tus capacidades y habilidades para resolver la situación, y así tendrás una existencia más tranquila.

“Cuando aprendas a aceptar en vez de esperar, te llevarás menos decepciones” – Robert Fisher (“El Caballero de la armadura oxidada”)

            No sé si esto haga mi existencia más feliz pero sí la hace más tranquila y serena. Como dice Eckhardt Tolle en “El Poder del Ahora”, muchos buscan por la vida una felicidad eterna, sin saber que es un sentimiento efímero y eso mismo les ocasiona frustración cuando termina. Si nos dedicáramos a buscar la paz en vez de la sobrevalorada felicidad, disfrutaríamos más los momentos de alegría y todas las demás sensaciones de nuestro paso por el planeta.

            Algo que no busco propiamente o, por lo menos, no conscientemente pero, cuando se da, la disfruto de manera profunda es la pertenencia. El palpar que alguien comparte o entiende el mundo desde tu punto de vista. Eso lo he vivido de muchas maneras, pero una de las más intensas fue cuando, en la final de la Copa Libertadores entre Cruz Azul y Boca Juniors, entre a un estadio Azteca repleto de seguidores de la Máquina, esa sensación de que esas 100000 almas compartían un amor o una afición que yo mismo llevaba en las venas. Eso mismo pasa en conciertos enormes como el de U2 en la misma locación. Ese calor en tu pecho al sentir que no estás solo en el mundo y que hay muchos como tú (por lo menos en algo en particular), ese mismo sentimiento que experimentaba en las convenciones de Cómics y animación, en donde me encontraba a otros freaks como yo.

            Ahora, más maduro, también disfruto ciertas reuniones con amistades que, aunque son distintas a mí, compartimos ese respeto y madurez para platicar de distintos temas, sin que nadie se ofenda o agreda al otro, porque siento que compartimos valores y bases de vida que ya no son tan fáciles de forjar, y menos de identificar, como lo era anteriormente. Para un ser gregario, como lo es el humano, eso es muy importante, aún para los especimenes más solitarios, como su servidor.

            Hoy mismo experimente algo que no había vivido tan nítidamente con anterioridad: mientras manejaba hacia la casa viendo el atardecer en las montañas, regresando de una boda, me sentí extraño, porque reafirme que mi soledad me encanta pero que también me gustaría encontrar a alguien que comparta mis gustos más sui géneris, como deleitarse con la banda sonora de “Wolf’s Rain”, la cual iba escuchando en el auto, y que es una auténtica maravilla pero, tristemente, es completamente desconocida por el 99% de la gente que conozco.

No sentía nostalgia ni anhelo alguno, era como una especie de gusto por compartir y compartirse con alguien, pero sin la necesidad de anularse en una pareja opresiva, tal vez estoy loco y este divagando (que no es extraño en mí), pero fue un sentimiento puro y tranquilo, sin ninguna carga negativa, más bien con una serenidad que, cuando se alcanza, desearías estar así toda la vida.

Hay una especie de sentimiento entre temeridad, desapego y apatía que, por el momento, no puedo definir mejor; es algo muy interesante y hasta peligroso porque puede desembocar en algún sociopata. Sin embargo, a veces, es necesario sentir eso para dejar atrás miedos, creencias, lealtades, enseñanzas, prejuicios y demás lastres existenciales, y así atreverse a hacer otras cosas que antes, por miedo, vergüenza o pudor, era impensable realizar. A veces eso mismo lo empuja a uno a hacer algo nuevo, porque ya no le importa lo que pueda pasar, quién se pueda enterar o lo que puedan decir y sólo lo haces. No sé si sea políticamente correcto, pero estaría bien experimentar esa sensación de vez en cuando para darle una pequeña revolución a nuestras vidas.

Habemos muchas personas que somos demasiado prudentes a la hora de “vivir”, tampoco hay que ser un temerario que se arriesga en todo momento, pero no hay que ser cobarde y pusilánime e ir siempre por el camino seguro. De vez en cuando se deben tomar riesgos, inteligentemente, porque si uno no los toma ¿para qué vino a esta vida? ¿Qué va a aportar a esta existencia? ¿Qué va a aprender de este mundo? Y estas preguntas no las hago al aire, ya que me las hago a mí mismo.

Aunque no soy padre ni algún líder oficial de alguna organización, creo que de lo que más me llena en este mundo es la sensación de responsabilidad, de liderazgo y de “adultez” que guía a los demás. Ese sentimiento de saber que eres observado con respeto, y hasta admiración, es de lo más satisfactorio que uno puede tener en su vida, porque le estás sirviendo de ejemplo a alguien y, por lo mismo, te comprometes más con tu accionar. Eso es algo que no se compra, se gana.

Cuando alguien te admira es algo tan enriquecedor y halagador que resulta invaluable. A pesar de no tener hijos, tengo la fortuna de experimentarlo con amistades y familiares que me regalan todo su cariño, admiración, afecto y respeto, lo cual me da mucho más de lo que ellos perciben que yo les doy. Uno nunca debería buscar el reconocimiento ajeno, sólo el propio, pero cuando uno es reconocido por los demás, sobretodo por los seres que te importan, la recompensa es grande e intangible. Cuando te haces consciente que puedes ser un ejemplo a seguir para alguien, es una forma de trascender.


            Todo ser humano tiene necesidad de trascender en su existencia, mucho lo hacen a través de sus hijos, pero no es la única manera que hay. Habrá quién trascienda en la historia de la humanidad, habrá quién lo haga con un solo individuo, habrá quién será recordado por todos los tiempos y habrá quién será recordado por sólo un momento, hay quien lo hace en su familia, en su país, en su comunidad o en su trabajo. Honestamente creo que esa es una función implícita de nuestro existir: superar las barreras de nuestra mortalidad y vivir a través de alguien o algo más.

            No sé si en el futuro habrá engendros míos presentes, sólo espero que alguien, después de mi muerte tenga algún recuerdo mío y sonría o, sólo por un momento, me extrañe. Todo ser humano debe encontrar cómo satisfacer esa necesidad básica de dejar algo bueno o productivo en alguien más. Esa es la única forma que podemos vivir después de la muerte: a través de los recuerdos de otro ser humano. Si uno no logra aquello, no habrá valido la pena su paso por este planeta, porque el mundo fue el mismo antes y después de su muerte, por lo menos hay que cambiar el mundo de alguien más.

            Y tal vez eso mismo me motiva a escribir, para dejar una pequeña huella de mi paso por la vida, para dejar por escrito mi manera de percibirla, para compartir con conocidos y desconocidos, lo que creo como correcto y denunciar lo que veo mal, para dejar evidencia de que estuve aquí. Sé que no tendré los millones de visitas pero no me importa, con los comentarios que recibo (en el blog, vía mail o en persona) creo que por lo menos no les soy indiferente, aunque sea los hago enojar de vez en cuando (y eso que aún no toco un tema que me ando reservando por ahí y sé que voy a levantar mucha polémica).

En fin, podría escribir y escribir de distintas sensaciones que tengo en mi vida, pero no es necesario prolongar este ensayo. Sólo quería compartir esto que siento y que no siempre se anima uno a expresar.

            Hebert Gutiérrez Morales.

1 comentario:

varelad1 dijo...

Hola Hebert, felicidades por compartir tus sentimientos ya que como bien dices, no es algo tan sencillo o algo que se haga todos los días. Estoy de acuerdo en varios de tus puntos de vista, por ejemplo, tampoco me gusta la incertidumbre. Sin embargo no estoy de acuerdo en cuanto a lo que escribes de la fe y la esperanza. Es claro que en cierto sentido se parecen a la incertidumbre, pero yo los distingo muy bien de ésta a través del amor y confianza que tengo en Dios. Como humanos tenemos límites y hay muchas cosas que no podemos controlar ni entender, pero mientras creamos verdaderamente en Dios y sintamos su amor, entonces experimentaremos el poder de la fé y tendremos esperanza.
Muchos saludos y gracias