viernes, 24 de agosto de 2012

Ruta hacia una empapada Felicidad


                “I like things simple, not easy” – Adriana Gutiérrez

                Sábado en la mañana, me despierto algo cansado porque la tarde anterior nade para posteriormente ir a mi clase de Salsa. Sé que debo levantarme a hacer ejercicio, aunque me siento algo apático; sin embargo, al voltear a la ventana hay una visión que de inmediato me enciende un hambre interna: deseo devorar kilómetros. El día está totalmente nublado, es más, está chispeando; este paisaje empieza a gestar una potencial alegría en mí.

                Correr es de los grandes placeres que tengo en la vida. Pero hay ámbitos en donde hacerlo se vuelve doblemente placentero: en la playa, en el bosque, en la madrugada o bajo la lluvia. Es precisamente esta última opción la que aparece en mi mente al ver el cielo gris.

                Observo que el “chipi-chipi” es temporal, ya que de un momento a otro se va a soltar plenamente la lluvia, con suerte hasta granice. Así que me alistó y salgo de la casa. Frente a mi entrada, justo antes que me toque la primera gota, me digo por primera vez en la jornada: “Hebert, ¡estás bien pendejo por hacer esto!”, una vez desahogado mi sometido sentido común, inicio mi camino ante las incrédulas miradas de la gente de seguridad privada enfrente de mi fraccionamiento.

                Corro con cierto deleite infantil ya que brinco o esquivo charcos, así como superficies resbaladizas o enlodadas. Los obstáculos se multiplican con el agua, lo cual te da la ilusión de estar en un videojuego. Conforme avanzo, la precipitación aumenta de intensidad, así como la cadencia de mi paso, y también la incredulidad de las miradas recibidas. Las caras que dejo atrás expresan “¿Qué le pasa a este pinche loco para correr con este clima?”

La lluvia me hace sentir libre y vivo, recibo el abrazo de la naturaleza que me empapa por completo mientras sigo mi camino. A pesar de cuidar por donde piso, ¡Zas! Resbalo y caigo sobre mis manos, me pongo de pie y sigo mi ruta recriminándome, ya que debo ser más cuidadoso.

Llevo cuatro kilómetros, a esta altura resulta tonto cuidarme de los charcos, pero así lo hago. De pronto, lo inevitable, tarde o temprano llega lo que necesito: Pasa un Microbús por un charco ¡y me empapa todo! En vez de enfurecerme, estoy profundamente agradecido (Ya deben de saber que me falta un tornillo en la cabeza). ¿Por qué estoy feliz de estar empapado? Mi ego podría sentirse humillado de la salpicada que recibí, aunque en realidad no iba precisamente seco. El salpicón recibido me libera por completo: ya no tengo que cuidar por dónde voy, porque ya no puedo estar más mojado.

Aumento la velocidad, producto de lo que me acabo de liberar: Tabúes, miedos, prejuicios y demás ataduras. En situaciones así es cuando agarro el mejor ritmo que puedo alcanzar y, mientras más acelero, mejor me siento. La atención que recibo es combustible puro para mi recorrido, muestras de admiración vedada: hay quien me ve con incredulidad, hay quien me grita (en tono nacorriente) “¡No te vayas a mojar!” u otras naqueces, o hasta el niño que me ve con cierto anhelo, mientras se sostiene de la mano de su madre.

Todo eso se debe a un simple hecho: la libertad que irradio. Esa que recibo de la lluvia misma, lo que representa, el respeto o miedo de los que temen mojarse, y a mí no me amilana. No me importa estar mojado, no tengo que cuidar mi “seca integridad” o mi Status Quo (no me preocupan las risas que pueda causar mi actual estado), no le rindo cuentas a nadie ni tengo miedo a enfermarme por mi sólida salud. Al bañarme con agua fría, no me asusta hacer mi recorrido empapado, de hecho el día anterior nade al aire libre, lloviznando, y en alberca fría; así que la prueba de hoy no representa ningún inconveniente.

En una corrida cotidiana, tengo que pensar en lo que sea menos en que estoy corriendo, de lo contrario, me vació por el desgaste mental. Por eso busco la solución a mis dilemas diarios, filosofo sobre mis problemas. Cuando lo hago con lluvia, la emoción infantil es demasiada, en mi interior hay un grito emocionado que dice “¡Está lloviendo, está lloviendo!”, sentimiento me alimenta todo el camino.

Disfruto la atención que sigo recibiendo,  por el anhelo que lleva, con un sentimiento inconsciente de “¡Wow! ¡Él sí puede hacerlo sin miedo!”, aunque conscientemente me tilden de loco, y tienen razón: ¿Cómo me atrevo a ser libre? ¿Cómo osó seguir sin miedos? ¿Cómo sigo sin amedrentarme por los obstáculos ambientales o físicos?

A los 10 kilómetros estoy muy agradecido por tener el hábito de correr, por la disciplina de hacerlo constantemente, por el tiempo y el tener el deseo de hacerlo. Soy feliz por tener la salud necesaria y las articulaciones resistentes, porque mi corporalidad tiene la suficiente fuerza para permitirme 25 kilómetros de felicidad. Me hago consciente de los que están físicamente impedidos para hacerlo; cuando me llego a cruzar con alguno de esos seres, trato de hacer humilde mi paso, por respeto a los que no tienen esa maravillosa oportunidad. ¡Qué bueno que me tocó a mí ser yo! ¡Muchas gracias por mi cuerpo!

El correr me hace sentirme (por momentos) poderoso, invulnerable e inmortal. Aunque todos en el Universo somos la misma energía, agradezco este momento de individualidad con mi cuerpo, por gozar los beneficios de tanto cuidado, los momentos de intensidad que me dan todo lo trabajado. Mi amor propio empieza a florecer. Normalmente corro con el cabello amarrado ya que, si lo llevo suelto, se me esponja,  me acaloro y me desgasto más rápido, pero la lluvia acaba con ese obstáculo. Tener el cabello mojado es padrísimo; sé que es un accesorio pero me siento más audaz al pasar con la melena volando a mis espaldas, hecho que remarca más mi velocidad, mi ritmo y mi alegría. En momentos así agradezco tener la mata larga.

La plenitud inunda mi ser: me siento más fuerte, más delgado, más alto, más rápido y hasta más atractivo, y es que no hay mejor accesorio cosmético para el humano que una sonrisa sincera que invade tu cara. No me refiero a esas sonrisas estúpidas que hago en las fotos del Facebook, no. La sonrisa más honesta que puedo ofrecer la obtengo mientras corro bajo una precipitación constante. La intensidad de la lluvia, de mi paso y mi alegría van subiendo de manera equitativa, todo se refleja en mi felicidad espiritual, corporal y facial.

Debajo del Periférico veo algunos “prisioneros”, a pesar de que tienen impermeables y paraguas,  se guarecen del agua en espera que amaine. También me ven con incredulidad y siento lástima por ellos, porque no son libres como yo, que no tengo nada que me proteja de la lluvia, aunque en realidad no necesito cuidarme de mi aliada en este camino de plenitud. Así que los dejo atrás, perdiendo su tiempo, hasta que pase una “terrible” lluvia que lo más que puede hacer es mojarlos. Nuestros miedos, prejuicios y programaciones son tan profundos que mojarnos nos asusta. El miedo ha de ser el mayor mal de la humanidad, mismo que genera la mayoría de las enfermedades, ya que son de origen psicosomático; crecen por el terror que albergamos en nuestra mente y alma.

Los demás empiezan a perderse de mi plano visual, son sombras sin rostro que forman parte del paisaje. La precipitación sigue arreciando, incluso creo que no tarda en granizar; ya he corrido así antes, aunque no es óptimo.  Pero me siento tan libre de miedos que no le temo al granizo. Me doy cuenta que no sabía lo que es la verdadera libertad hasta que la respiro plenamente, porque nada se compara a lo que experimento en estos momentos.


Debido al clima y a ser Sábado en la mañana, las calles estaban relativamente vacías. La gente “normal” está desayunando, viendo la TV o acurrucándose para disfrutar de un par de horas más de sueño en sus camas. Cada cual disfruta de este clima a su manera, hay a quienes les gusta quedarse en casa y estamos a los que nos gusta salir a correr y sentir la adrenalina.

Mientras subía la pirámide de Cholula, en mi versión tropicalizada de Rocky, recordé que ese mismo día había un evento deportivo (relevos de 5x2000mts), al cual fui invitado por tres equipos (uno con amplias posibilidades de ganar) y a todos los rechacé. Seguramente soné muy pedante cuando decía “No vale la pena ponerme los tenis por dos kilómetros”. No niego que mi ego se sintió reconfortado al recibir esas invitaciones pero, en realidad, la felicidad de este día no la iba a lograr en ese evento. Obviamente hay sentimientos reconfortantes  de equipo y pertenencia pero, en el caso de un corredor solitario, no es algo que me quite el sueño.  No corro por competencia, esto es una cuestión más personal, más íntima, más orgánica y, ¿por qué no decirlo?, más espiritual.

Atravieso zonas anegadas que cubren por completo mis pantorrillas sin importarme en absoluto. A la altura del kilómetro 15, la lluvia amaina lo que, inconscientemente, me hace bajar la cadencia del paso. Es cuando recupero uno de mis paradigmas, al darme cuenta que he corrido más rápido de lo normal y, ridículamente, mi cuerpo se da cuenta que está cansado. Me enojo conmigo mismo por recordar esa limitante mental que activa la física, ¿Por qué limitamos capacidades? ¿Por qué al rebasarlas nos asustamos y regresamos al estado anterior?

Consciente del gran esfuerzo, me siento orgulloso, pero no por ello puedo recuperar el ritmo anterior, así que me ajusto al habitual. Sigo rebosante de pletórica felicidad por lo rápido que corrí antes, aunque me empiezo a cansar ¡pero eso no importa! Mientras siga lloviendo, como ha sido durante todo el camino, voy a tener combustible suficiente para finalizar mi trayecto. Nunca me han interesado las carreras pero, si algún día me animo a correr un maratón, buscaré uno que tenga alta probabilidad de lluvia, porque sé que eso me asegurará la fuerza para acabarlo.

Me quedan un par de kilómetros por recorrer, el agotamiento está presente, las rodillas resienten el esfuerzo, los tobillos están muy adoloridos y, con cada paso, las plantas de mis pies gritan “¡Ya basta!”, pero no me puedo detener.  Mi fuerza se acabó desde hace rato, ya sólo corro con el corazón. Por fortuna soy bastante obstinado, testarudo o necio para terminar lo que inicio, además no voy a detenerme porque, si lo hago, no volveré a arrancar, por el nivel obsceno de desgaste, producto de la exigencia a mi cuerpo, lo cual me hace sentirme orgulloso de él, ¡y llego a mi casa!

El triunfo es grande, no rompí ningún record, nadie me aplaudió ni vio la totalidad de mi hazaña, ni saben lo que viví. Me siento profundamente agradecido por este día ¡y aún no son las 11AM! Saboreo el momento de logro como uno de trascendencia, tal vez a nadie más le importe, pero para mí es vital. Este momento de plenitud es únicamente mío.

Cuando empiezo a estirarme para enfriar los músculos, a parte de los dolores en las articulaciones, descubro las heridas de la batalla, producto de la intensa jornada. Correr con ropa húmeda es muy demandante, además del peso adicional, se te pega la tela e incrementa el roce con la piel: los pezones están sangrados al quitarme la playera, en la cintura y las entrepiernas tengo rozaduras igualmente con sangre y, finalmente, al quitarme los tenis también veo manchas rojas en las calcetas.

Me sorprende el poder de la mente, porque no sentí esas heridas durante el camino, iba tan concentrado que no me pasó por la cabeza otra cosa que no sea terminar con éxito mi jornada, mi plenitud es tan grande que los malestares físicos pasan a segundo término. Cuando veo la sangre en mi ropa, de alguna forma bizarra, me siento feliz, porque no permití que las heridas interfirieran en mi camino. Es raro que me pase corriendo en seco, pero con lluvia es casi un requisito, sin importar que me corte las uñas constantemente para reducir riesgos, que debajo de lo sintético lleve ropa interior de algodón, mismo material del cual están hechas mis calcetas, las cuales no van tan justas ni tan flojas para evitar que el “juego” dentro del tenis y me roce.

Pero no sólo es la ropa húmeda, también está el viento en contra, o los miles de pequeños golpecitos que te propinan las gotas, tampoco es lo mismo correr en seco que hacerlo con charcos, lodo, zonas resbaladizas o zonas anegadas. Todo esto hace el trayecto más difícil y, si le sumamos la intensidad que le imprimo, las heridas resultantes por el esfuerzo son obvias, así como lo es la satisfacción personal obtenida.

Le quitó a mis tenis piedrecillas que se le incrustaron en el camino, en un día normal noto de inmediato cuando alguna se ha clavado, por lo que me freno para retirarla. Hoy no me detuve en absoluto, ni para retirar piedrecillas, ni para ajustarme las rodilleras, ni para acomodarme el pants, ni nada que me distrajera de mi meta, y es que nada más ocupó mi atención. La vida debería ser como correr bajo la lluvia, disfrutarla tanto sin prestar atención a pequeñeces que no son tan vitales (como pensamos) para seguir adelante y continuar gozando de todo su esplendor.

Durante la ducha, me arden las heridas o rozaduras al enjabonarlas, y ahí es la segunda ocasión en la que me digo a mi mismo (más como un reconocimiento que como un reproche): “Hebert, ¡estás bien pendejo por hacer esto!”. Pero las heridas me hacen sentirme muy rudo, como una especie de “Gladiador del camino”. Obviamente hay miles de millones más rudos (y rudas) que yo en este planeta, como los que corren Ultramaratones, los que hacen Iron Man, los que se asesinan a diario en estúpidas guerras o los que no saben qué van a comer hoy. De todas formas, no pienso en nada de ello en ese momento y soy feliz de sentirme un tipo rudo.

Después de desayunar se me dificulta caminar, por el tremendo dolor, me cuesta creer que un par de horas atrás estaba corriendo con enorme intensidad (de las mayores que alcanzo en mi vida). Nuevamente se evidencia el dominio de la mente sobre el cuerpo.

Desde pequeño me han fascinado los días lluviosos, correr es un placer adulto y el hacerlo con este clima es un gozo completo, en donde se encuentran el adulto y el niño. Correr en día nublado es divertido, pasar a tanta gente deprimida por no ver el sol me hace querer gritarles: “¿De qué se quejan? ¡Deberían agradecer que están vivos! ¡Sientan el agua!”. Nunca entenderé por qué la mayoría de la gente se deprime con la lluvia.
               
                Siempre me encantó estar en la lluvia, si estaba jugando con mis amigos no me importaba mojarme porque adoraba todo lo que tuviera que ver con agua. Como buena madre, la mía hacia escándalo por mi comportamiento, decía que me iba a enfermar, que después ella tendría que ver por mí, que me metiera a la casa, para secarme y bañarme con agua caliente y todo el show obligatorio. La ventaja de ser independiente es que te haces responsable de ti mismo. El correr con lluvia es un gran deleite para el niño que vive en mí, porque ahora puede jugar bajo la lluvia sin que nadie zanje mi felicidad.

Normalmente, después de una corrida tan intensa, quedo madreado un par de días, no al grado de interferir con mis actividades pero si resiento el esfuerzo, pero en ningún momento hay arrepentimiento, en realidad me ocasiona mucho orgullo ese dolor, porque quiere decir que no me guarde nada y di todo lo que tenía dentro. Nadie más obtiene algún beneficio de esto, pero conmigo es más que suficiente. No importa lo que duela, siempre que tenga oportunidad lo voy a hacer gustoso, ya que esas pequeñas satisfacciones te llenan el alma de alegría, y ese sentimiento es el que rememoro cuando me levanto y veo que se me está regalando una lluvia para correr bajo ella, porque una vez más tendré el chance de sentirme intensamente vivo y libre.

                Hebert Gutiérrez Morales.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Te gusta romper paradigmas y retar a tus propias normas aprendidas. Eso es muy bueno y sin duda te dejara un buen aprendizaje. Por ejemplo, porque no es tan bueno correr bajo la lluvia: te rozas. Claro, que es muy diferente no hacerlo porque te dijeron que no lo hicieras, a tener la conciencia de la experiencia, verdad?. A mi me parece que asi se forjan los verdaderos valores, cuando vives bajo los limites que tu mismo te impones. O inclusive, vivir sin limites, pero aceptando las consecuencias de ello. Felicidades por el ejercicio de libertad que haces en tu vida y luego al plasmarlo en tu blog. Es muy sui generis.

Qcho dijo...

Mí estimado Heberto:
Leer este ensayo me trae muchos recuerdos, bueno en sí todo lo que leo de ti me trae algún recuerdo ya sea de una vivencia, una canción que me marco, de alguna lectura o bien de algún filme, y aunque suene un poco raro, este escrito me recordó mucho a Forest Gump esas ganas con las que el describía sus ganas de correr, claro que el en un principio era ese impedimento por sus problemas de espalda.
Los recuerdos que me traer el jugar en la lluvia cuando era pequeño, con mis amigos durante un partido de fútbol y los regaños recibidos por mi madre, ya de más grande esa estancia en la sierra norte, donde las lluvias en verdad que eran un deleite y un suplicio para mi ya que de siempre he sido un hombre enfermizo, pero que eso no ha dejado que no realice mis actividades y mis gustos.
Era notable ver llover en campos tan verdes, ver bajar la neblina, caminar mientras llovizna, claro que si debía cuidarme pues trabajaba de mi voz y mi garganta siempre era la más afectada, aun así un baño con agua caliente después de disfrutar una caminata.
Que mas da lo que diga la gente, si no lo que nos hace felices es tan simple y nos los regala la naturaleza.

varelad1 dijo...

Hola Hebert,
Felicidades, me encantó el ensayo y también felicidades por tu actitud y fortaleza.
A mí no me deprime la lluvia, también me gusta mucho y me trae recuerdos muy bellos de mi infancia en Orizaba, tierra muy húmeda.
Lo que sí no es lo mío es eso de la corrida, tengo pié plano, rótula desviada y sobrepeso que no me permiten correr ni siquiera un poco.
Pienso que este ensayo te describe muy bien, en cuanto a tu forma de ser y ver la vida, me gustó mucho tu redacción y la forma en que expresas lo que sientes.
Un abrazo
Daniel

Anónimo dijo...

muy buena publicación, que llueva es maravilloso.