viernes, 7 de septiembre de 2012

Jalcomulco (Parte I: El Rafting)


            La aventura inició aún antes del viaje en sí: debido a un accidente no fueron dos amigos del plan original, hubo quienes tuvieron compromisos, la familia de un par de chicas no las dejaron ir por miedo (al clima y la inseguridad), muchos de ellos fueron simples pretextos para justificar que no tenían el deseo de vivir esta experiencia de ecoturismo. Al final estábamos regalando dos lugares, y aun así se perdió uno.

            Fueron tantos obstáculos que empecé a dudar sobre si era buena idea seguir con el viaje, pero había algo que me decía que tenía que ir a toda costa. De hecho estoy feliz con mi decisión, por la inmensa ganancia que me lleve en un solo fin de semana.

            Ya en el camino, ¿Quién se iba a imaginar que hubiera más de 100 kilómetros de autopista sin gasolineras, cuando en el Periférico de Puebla hay 8 en menos de 15 kms? Llevábamos suficiente combustible para unos 130 kilómetros pero, cuando llegamos a la reserva inició el sufrimiento: empezamos a utilizar el punto muerto, prescindimos del aire acondicionado y los cambios bruscos de velocidad. Tuvimos que desviarnos a Perote para llenar el tanque, y comer algo para mitigar nuestra angustia.

            Debido a que alguien nos atrasó a la hora de la salida, aunado a la desviación para cargar gasolina, se nos había hecho tarde para la cita original, así que el Gol Sedán se convirtió en un New Beetle Turbo, porque tuve que pisarle para no llegar tarde a nuestro Rafting. Obviamente, obedeciendo a la Ley de Murphy, cuando más prisa teníamos, un retén militar nos detuvo para hacer una inspección así que, con nuestra cara de frustración, bajamos para que nos verificaran.

            Después de ello continuamos con nuestro camino frenético, tomando curvas de manera intrépida (Ayrton Senna hubiera estado orgulloso de mí) y, mientras rebasaba a un camión en un tramo estrecho, de pronto, mis amigos gritaron “¡¡AQUÍÍÍ!!” Por lo que dí un derrapón que estoy seguro que hoy en día sigue frente al MOAR Resort.

            Cuando sentí el calor tan sabroso (sin ser agobiante) y cielo azul del hermoso Jalcomulco, me acorde de las que no vinieron por miedo a las lluvias y al nivel del Río, pero ambos eran ideales. El hecho de que estuviera diluviando en Puebla, no quería decir que estuviera así en Veracruz.

            Desde el primer momento que llegamos a las instalaciones de Raft México, se siente el ambiente relajado y positivo de todo el personal, siempre con una sonrisa abierta y sincera, que te inspira una gran confianza y sentimiento reconfortante, debido a la familiaridad que se respira.

            Antes de iniciar con el Rafting, unos minutos después de que llegáramos, asistimos a la ceremonia del Fuego, misma que me resultó muy orgánica, auténtica y enriquecedora. Soy agnóstico, pero encuentro estas religiones prehispánicas más productivas y leales que las que te inspiran miedos, dogmas e ignorancia. En la ceremonia agradecimos a la tierra, al sol, a la naturaleza, al agua y demás bondades de este maravilloso mundo. Rezar y proteger a la naturaleza (de la cual recibimos la vida) me parece más congruente que hacerlo a imágenes humanas inanimadas a las que se les han concedido características divinas inexistentes.

Huehueteótl, Tonantzin, Quetzalcóatl, Huitzilopochtli y demás fueron llamados, alabados o convocados, y sentías plenamente la autenticidad de la ceremonia, dejando a un lado si crees o no en dichas deidades. Esa religión prehispánica que agradece a la naturaleza todo lo que recibimos de ella, incluyendo nuestra vida, es mucho más positiva y productiva que aquellas que te infunden vergüenza por todo lo que no eres, además de ofrecer disculpas por lo que nunca podrás ser, mismas que sólo producen sufrimiento y que en nada contribuyen para la plenitud existencial humana. La espiritualidad siempre estará por encima de cualquier religión.

México es tan grande y tan extenso que esconde lugares mágicos, únicos y/o excepcionales como lo es Jalcomulco. Un pequeño pueblo con poco más de 5000 habitantes, el cual reúne la tranquilidad de la naturaleza con la sencillez de su gente, ésa que está agradecida con lo que les da el mundo y saben el valor de una existencia sencilla pero suficiente para ser feliz. Ellos podrían fácilmente definir qué es la plenitud, a diferencia de cualquier autómata sin alma que sólo se enfoca en lo material. La autenticidad que exuda este sencillo lugar es remarcable y te invita a desarrollar tu espiritualidad. Necesitamos promocionar estas joyas naturales para que los acólitos de la sociedad consumista se den cuenta que en el mundo hay muchas opciones valiosas y que no deben ser caras o artificiales.

            El ambiente del campamento era bastante relajado, inofensivo y auténtico como una especie de comuna hippie en donde el estrés es inexistente. La ropa o toallas estaban fuera de habitaciones completamente abiertas, sin ningún cerrojo puesto; esto es una clara señal que no te importa que alguien invada “tu” lugar, porque sientes que este espacio es de todos. La confianza es un lujo en este país, en el cual estamos infestados de ladrones a todos los niveles.

La libertad de sus espíritus era contagiosa, porque nadie de ellos está atado a las cosas, porque valoran y se mueven en la naturaleza, ajenos a la programación externa, alejados de tanta artificialidad. Cuando ví a gente tan libre me conmoví, por constatar la existencia de humanos realmente auténticos, en lugar de los autómatas artificiales que diseña la sociedad.

            Hace unos cuatro años hice Rafting en Morelos pero, en esta ocasión, la experiencia fue más integral que la primera. Tal vez por que fue más prolongado, por el lugar, el ambiente, el pueblo, el clima, el río o por el conjunto tan perfecto que forma todo lo anterior.

            Antes de embarcarnos a nuestra aventura, note que algunos guías fumaban pero NUNCA tiraban las colillas al agua, porque la respetan como su medio de supervivencia; acciones como esas daban como resultado un río bien cuidado.

            Algo que me encanta del Rafting es el trabajo de equipo necesario para disfrutarlo: todo debemos jalar parejo, al mismo ritmo y a la misma potencia, si alguien no coopera, el esfuerzo de los demás es incompleto y se pone en riesgo a toda la balsa. De igual forma, si alguien cae al río, lo rescatamos, y si salimos avante de un escollo, es un triunfo de todos. No hay lugar para esfuerzos aislados, porque todos vamos en la misma embarcación.

            Alrededor del segundo kilómetro del río, la barca se pandeo en un rápido, por lo que dos de mis amigos cayeron a la corriente. La primera se mantuvo a flote y, eventualmente, la rescatamos; el segundo perdió la tranquilidad y se puso a forcejear con el Río, el cual respondió y le hizo pagar el precio al revolcarlo y maltratarlo.

            Justo el que más miedo tenía fue el que más sufrió las consecuencias. Eso me confirma que uno atrae lo que le pasa, ya que el pensamiento negativo (miedo) fue el que propicio que la pasara tan mal, porque estaba más enfocado en lo malo que pudiera pasarle en lugar de lo bueno que podía disfrutar.

            Su rescate tardó más de lo normal, porque no quiso que lo recogieran por la corriente, así que lo hicieron por la selva. Cuando vimos unos zopilotes volando por el lugar donde estaba pensamos “¡Demonios! ¿Ahora qué vamos a hacer? ¡Un remero menos!”, pero llegó con los guías aunque con los ojos desorbitados por el terror, y ahí sabía que teníamos que recuperarlo del mayor de los males de la humanidad, el origen de todos lo negativo que pasa en la vida: el miedo.

            Lo que le pasó a nuestro amigo me hizo comprender que hay situaciones que son inevitables, sin importar la pasión con la cual luches, es cuando nuestro esfuerzo se vuelve contra nosotros y nos hacemos daño. En ocasiones hay que tener la suficiente serenidad para dejarte llevar por la corriente hasta pasar a la siguiente etapa, tal vez ya no sea como antes, pero es la que te toca afrontar. Por más que nos queramos aferrar a hechos pasados, ya no van a volver (tanto buenos como malos), pero perdemos el tiempo lamentándonos o extrañando lo que ya pasó.
Los que participamos en esta aventura

            Mientras él lidiaba con su miedo, e intentábamos animarlo, también disfrutábamos mucho nuestra travesía, porque atacábamos olas, les clavábamos el remo y nos divertíamos como enanos. Sin embargo “el caído” continuaba aterrado por su reciente experiencia, y no lo culpo, porque sólo él sabe qué experimentó en el río.

            Ahí comprendí cómo una sola derrota puede marcar el resto de nuestra travesía, de hecho ya no estaba contemplando su caso, sino que estaba analizando el mío, en donde una experiencia desastrosa, me hizo alejarme de las relaciones sentimentales. Me dí cuenta de que nunca me voy a curar de aquel miedo hasta que lo vuelva a intentar.

            Durante la gran mayoría del recorrido “el caído” no se animaba a remar con nosotros, a pesar de que nos veía divertirnos de lo lindo y él era un simple pasajero. Algo así pasa con la vida: cuando tienes el chance, puedes influir en tu destino o dejar que las circunstancias decidan por tí.

Mientras tanto conocimos un poco mejor a nuestros guías: un argentino especialista en recursos humanos y un mexicano que pasó 18 de sus 29 años en Estados Unidos limpiando ventanas. Sin embargo, esos datos eran meras efemérides, nuestros oficios y orígenes eran irrelevantes. Todos éramos un solo equipo con un mismo objetivo: divertirse mientras avanzas por el cauce. De hecho sentía a los guías más amistosos, relajados y cercanos que a muchas personas que conozco de años. Esa actitud despreocupada se contagia inevitablemente, hasta para un neurótico misántropo como yo. Gracias a ellos vivimos con pasión nuestro encuentro con “La Bruja”, uno de los rápidos más extremos que nos tocaron, por un momento pensé que nos íbamos a estrellar con la pared, pero la esquivamos de maravilla.

            La naturaleza que rodea el Río “La Antigua” es algo que te colma la vista de tanto verde, es un espectáculo bellísimo junto a un río limpio (por lo menos para los estándares mexicanos), ya que no había desechos artificiales ensuciándolo. Fue algo muy reconfortante ver un ecosistema limpio en mi país, a pesar del contacto humano, y es que la gente de Jalcomulco es ajena a esa dinámica autodestructiva que tenemos en las grandes urbes, en la sociedad consumista en la que nos desenvolvemos.
En donde comemos visto desde la pequeña alberca

El romper las olas, el ir surfeando sobre ellas, el echarte al río en zonas tranquilas a nadar. Todo fue una experiencia integral, enriquecedora y divertida. La energía que manejaban era tan padre y tan chida que nos hicieron la travesía muy divertida; aunque nos daban órdenes, nunca sentí una imposición o agresividad, sólo la firmeza necesaria para vencer al rápido.

Ahí no importa el nivel de estudios o clase social, lo único que valía era la confianza que nos inculcaron, misma por la que les hubiera confiado mi vida a ojos cerrados porque, aunque lo hacían muy divertido, eran responsables en sus indicaciones, pero nunca como un capataz o general, simplemente como un amigo más experimentado que te va guiando por la vida, siempre en un ambiente de confianza, respeto y amistad.

            Al llegar a “Las puertas del Infierno” (el rápido más intenso de todo el trayecto, con un 70% de probabilidad que nos volcáramos), todos estábamos emocionados por enfrentarlo, menos uno. Así que llegamos a un arreglo “ganar-ganar” y lo pasamos a la barca del guia principal (la cual estaba llena de mujeres), la cual debía adelantarse para servir de rescate por si alguien caía. Así que nuestro amigo “mágicamente” volvió a remar (hecho que nada tuvo que ver la presencia femenina) y nosotros pudimos ir hacia “Las puertas del Infierno” con una inusitada emoción.

            Sin importar que fuésemos con dos guías, cuando pasamos el mencionado rápido, no había miedo en ninguno de nosotros: teníamos la suficiente confianza para afrontar cualquier escollo, por lo mismo lo atacamos maravillosamente, en una experiencia que me acompañará el resto de mis días.

            Para nuestro amigo fue mejor cambiar de barco, con nosotros estaba en confianza y podía quedarse en su miedo, en la otra embarcación se encontraba en un lugar desconocido e “inseguro”, por lo que tuvo que vencer sus temores y empezar a remar, lo cual le hizo bien ya que, al final del trayecto, hasta hacía bromas de su episodio y se le notaba la emoción en la mirada, sobretodo el alivio de haber vencido el terror. Si no hubiera vuelto a remar, era factible que se hubiera quedado con ese miedo toda la vida.
En frente de nuestro cuarto

            El Rafting es una experiencia integral, no importa si caíste de la embarcación o te mantuviste en ella, si atacaste los rápidos más peligrosos o los más fáciles, si llegaste al primero o al final. Lo importante es la forma en que llegas, la diversión, el esfuerzo, el compañerismo y valentía demostrada. Si caíste al río nadie se burla, porque todos corremos el mismo riesgo, sólo surgen las risas y bromas, pero siempre en buena lid, sin ánimo de ofender a nadie.

Es como debería ser la vida, en donde muchos tienen cuidado de no caer o no mojarse, pero la experiencia no es la misma si sales seco o evitas los rápidos más intensos; de hecho es mejor cuando los enfrentas, porque te sientes orgulloso por haberlos superado.

            Atacar los rápidos es como la vida, viene el problema (o la ola) y debes afrontarlos porque, si les rehúyes eres tumbado en represalia a tu cobardía. Pero el sentimiento de satisfacción cuando vences a la ola (o resuelves tu problema) es maravillo y gratificante.

            Al terminar nuestros 13 kilómetros de Rafting, el magnífico ambiente continua, todos nos felicitamos, hacemos bromas de lo ocurrido, nos contamos mutuamente nuestras aventuras y experiencias, acompañados de un refresco o una cerveza. Por ejemplo, aparte del incidente inicial, estuvimos a puntos de volcarnos tres veces pero, por el excelente trabajo en equipo, las salvamos gloriosamente. “Oye, ¡Te ví caer!” “¡Muy bien domado ese rápido!”, aunque sólo éramos cuatro, al final acabamos integrándonos con el otro grupo de 19 personas, ya que es difícil permanecer indiferente cuando has vivido la misma travesía.

El rescate de todos los caídos se realizó con la excelente coordinación de todas las balsas, incluso las embarcaciones de otros campamentos te apoyan. El hecho de que haya competencia no quiere decir que haya deslealtad, llama la atención que los distintos guías se saludan con auténtica familiaridad, lo que te hace difícil creer que compitan por clientes. La solidaridad se respira por completo en el limpio aire de Jalcomulco.

El ánimo excelente se vivió antes y después del río, todos en el camión cantando, echando desmadre, riéndonos de lo que pasó o contándonos historias. Todo esto te trasporta a una dimensión irreal de felicidad. Antes de comer, todos en la alberca, relajándonos de la batalla vivida, continuando con el ambiente liviano que caracterizó todo el fin de semana. En el momento estás pletórico por todo lo acontecido pero, al final del día, caes rendido por todo el esfuerzo.

            Recientemente fui con un grupo de amigos a Six Flags y, aunque algunos de ellos lo igualan con los rápidos, para mí dicha comparación es inexistente. Los juegos mecánicos tan masoquistas del parque de diversiones me hicieron sufrir bastante, mientras que el Rafting, Tirolesa y demás actividades ecoturísticas me llenaron de satisfacción. Creo que el hecho radica en que unas son atracciones artificiales mecánicas y las otras se basan en la naturaleza; en las primeras eres un simple pasajero sin opción de hacer algo y en las segundas eres parte integral de la solución y alcanzar la meta. La adrenalina segregada en Jalcomulco es muy gozosa, la de Six Flags fue muy nociva.


            Una maravilla implícita en el campamento fue el hecho de estar incomunicados, ya que no había señal del celular o radio, sólo estaba el teléfono de la recepción (que era fijo), esa desconexión se amplía a tu ser, porque te sientes aislado de la modernidad, y no lo resientes, porque estás coexistiendo en perfecto equilibrio con la naturaleza. Desconectarse de la (mal llamada) civilización es algo sanador y desintoxicante.

            Platicando con los guías nos decían “Aquí no tendremos cines, centros comerciales, TV por cable ni alguna otra comodidad de las grandes urbes, pero vives bien. Ni si quiera requieres mucho dinero para hacerlo, porque la tranquilidad, la alegría, la felicidad no se compran”. Están a media hora de Jalapa, así que podrían ir de compras o al cine con relativa frecuencia pero pueden regresar a este paraíso el mismo día. No hay smog, la TV no es necesaria, el celular esta restringido, la policía casi no tiene trabajo en un lugar tan tranquilo. Los que viven aquí no saben, o tal vez sí, el tesoro que tienen.

Un adelanto de la Parte II de este viaje
            Los problemas siempre van a venir a atacar a la balsa pero puedes optar por tomar el remo y atacarlos, así puedes avanzar y evitar que te vuelque y, aunque caigas, el sentimiento de impotencia será inexistente, porque habrás hecho todo lo que estuvo a tu alcance. Eso es preferible a sentarte en medio de la embarcación, dependiendo de otros, y esperar a que no seas tumbado por la corriente.

            En el siguiente escrito les describo el resto de actividades de este viaje mágico, porque la experiencia espiritual continúo nutriendo mi ser.

            Hebert Gutiérrez Morales

2 comentarios:

VENEZUELA dijo...

chamo, que fino

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Hacer Rafting es de lo más maravilloso que he hecho en mi vida y por lo mismo lo hago (por lo menos) una vez al año. Ojalá algún día llegues a leer el ensayo "Barranca Grande" que fue la aventura más intensa que he tenido (hasta el momento) haciendo Rafting. ¡Amo hacer Rafting! :-)