sábado, 3 de noviembre de 2012

Jalcomulco (¿Parte III?: El Retorno)


            Algo que tenía muy claro en este regreso a Jalcomulco es que no iba a escribir nada al respecto sin embargo, como pueden leer, salió un ensayo completo. Pero no fue capricho, en realidad acontecieron otras vivencias que no experimente la vez anterior, aunque fueron las mismas actividades pero, como dicen los guías del Rafting: “Aunque navegues por el mismo Río, nunca será el mismo viaje”.

            Siempre se ha dicho que segundas partes no son buenas, tal vez por la expectativa que generó la primera, tal vez porque hay contra qué comparar o tal vez porque ya no hay novedad que te embriague. Por lo mismo no tenía la intención de comparar mi primer viaje a Jalcomulco con este, porque sabía que la intensidad no iba a ser igualada, por lo mismo fui sin expectativa alguna. Afortunadamente esa actitud me hizo ir más abierto y libre, porque tenía claro que iba a aceptar las cosas como vinieran.
Listos para un gran fin de semana

            Lo que no quería que se repitiera, y ya hasta parece un decreto, es el llegar tarde al campamento de Raft México, lo cual es un verdadero fastidio para alguien que suele ser puntual. Por azares del destino se volvió a desviar el vehículo en el que íbamos y nos atrasamos, aunque ya no me toco ser el Ayrton Senna que iba derrapando en una travesía frenética entre Xalapa y Jalco. Pero en esta ocasión sí nos costó el Rafting del Sábado, así que tuvimos que intercambiarlo con el Canopy del Domingo, lo cual resultó muy cansado pero, al final, fue lo mejor ya que lo más intenso se quedó para el cierre.

            En esta ocasión variaron mis acompañantes, a diferencia de la visita de hace dos meses, ahora mis amigos fueron de mayor edad. Obviamente se perdió en intensidad, pero se ganó en profundidad, lo cual hizo que el viaje se disfrutara de otra forma. Por ejemplo, la vez pasada en el Canopy, nos hicimos más travesuras al brincar en las cuerdas, algo que no era “valorado” por mis amigos de la segunda ocasión, pero la compensación vino más adelante, ya que con mis amistades mayores conocí el pueblo y compre artesanías, algo que no ocurrió con los jóvenes del primer viaje.

            Antes de iniciar con el Canopy, estábamos en espera de nuestro guía en la recepción del campamento, fueron unos 20 minutos de total tranquilidad, sintiendo la brisa que mecía nuestros cabellos al mismo ritmo que lo hacía con las hojas de los árboles, ese mismo viento que se combinaba con el calorcito para que nos relajásemos, todo esto condimentado con los sonidos de la naturaleza, de la vida misma: las aves, los insectos y la ausencia de ruido humano que de inmediato te da un efecto tranquilizador único y eficiente. Creo que hubiésemos querido prolongar ese momento, por la profunda paz que experimentábamos.
El paso del Oso

            De niño nunca estuve en ningún campamento pero al escuchar la campana con la que nos llamaban a las distintas actividades, o a la comida, me provocaba un sentimiento muy reconfortante. Es como un llamado a recreo en la primaria, sólo que aquí el recreo era continuo.

            Quiero utilizar este escrito para reconocer la integridad de Dario, el encargado del MOARR. Nos asignó dos cuartos, a pesar de que podíamos acomodarnos en uno solo (algo apretados, pero pudo haberlo hecho). Justo después de asignárnoslos, llegó una familia con ocho personas, las cuales no tenían reservación pero podían representar buenos ingre$o$.

            Honestamente pensé que Dario nos iba a reubicar para no perder a los potenciales clientes pero, para mi sorpresa, les respondió de manera firme: “Familia, ya sólo me queda un cuarto, y es que nosotros trabajamos con reservaciones, por lo que todo ya está asignado” y ellos aceptaron el trato.
Antes de iniciar con el Canopy

            Acto seguido le preguntaron si podían comer en el campamento o tenían que ir al Pueblo. Ahí me enteré que la comida se compra sobre la base de ocupación, para tenerla fresca y no refrigerada. Dario lo consultó con las cocineras y, al tener lo suficiente para los huéspedes, mandó a los recién llegados a comer al Pueblo, y mi respeto por él creció aún más. Cualquier otro encargado gandaya (de esos que casi no hay en este país) fácilmente les hubiera dicho que sí y nos hubiera racionado las porciones al resto, pero no él, el cual nos respeto como huéspedes y se mantuvo firme en lo correcto en lugar de ver por lo económico.

            Este pasaje me hizo fijarme en las cantidades de comida, como comente en el escrito anterior, el ambiente es tan natural, que no hay cabida para esas actitudes de exceso a las que estamos acostumbrados en la “civilización”, por lo que el alimento es abundante, pero no hay lugar para la gula. Esto se hizo evidente cuando un muchacho llego a servirse y pidió “mucha, pero mucha, carne”, Dario le contesto de manera amable pero firme “Mi hermano, ten en cuenta que si comes demasiada carne, vas a dejar a alguien sin ella, por lo que te invito a que también comas sopa y ensalada”, el sujeto en cuestión entendió y aceptó.

Para mí, que soy tan tragón, resultó una muestra impresionante de respeto hacia el derecho de los demás en vez de la actitud egoísta de privilegiar los intereses ajenos, además de que estamos muy enajenados con esa programación de querer más aunque no lo necesitemos.
Esta red lo hace a uno parir chayotes

Esto se complementó con otro comentario que me hizo Christian, nuestro guía argentino, al día siguiente: “Siempre me voy a sorprender de lo mucho que comen los mexicanos”, y es verdad, eso ha permeado de nuestros vecinos del norte en nuestro modus vivendi, en donde hemos aprendido a comer por comer, nos guiamos por el hecho de que vemos mucha comida, no por el hambre que en realidad sentimos.

Gracias al manejo tan respetuoso y firme de ambos, me fije en los platos de los demás y casi no hubo desperdicio de comida, como es la costumbre mexicana; nos hicieron conscientes de nuestra voracidad y, al final, acabe satisfecho sin tener que atragantarme, además de que disfrute del ambiente tan sabroso que condimentaba a la perfección los frescos alimentos, nada artificial, con un sabor casero excelso.

El Temazcal también fue distinto, ahora sólo fuimos cinco personas en lugar de las 18 de la vez pasada, de igual manera duró menos pero no por ello desmereció la sesión. Hasta quien lo dirigió cambió, porque no fue el Señor de la ocasión pasada sino una mujer joven pero con un aura igualmente positiva y limpia.
Feliz de poder escalar

También hubo cantos, reflexiones, algo de filosofía y mucha inmersión en nuestra naturaleza humana para reintegrarnos a la del mundo. No voy a mentir, me gustó más la vez pasada, por resultar más intenso o extremo, y es que había más personas, más piedras volcánicas, menos espacio y, por ende, más calor. Sin embargo, también valoro mucho este último que realice porque, con un estilo distinto, me aporto algo, esto gracias a que iba con la actitud de aceptar.

Cuando uno está acostumbrado a escuchar el despertador como el inicio de un nuevo día, es que se disfruta doblemente el inicio de la jornada en el Campamento de Raft México: La mañana se empieza a llenar, poco a poco, con los cantos de las aves e insectos; nunca es chocante, porque es el volumen exacto para ser audible por lo que relaja en lugar de molestar, y así te levantas con un excelente humor.

            Admito que sí tenía una expectativa: ponerme mi playera sin mangas para hacer el Rafting. Pocas veces en mi vida uso de esas playeras y, en esta visita, se presentó la ocasión perfecta para mostrar mis musculosos brazos (¡Ajá!).
El equipo maravilla del Rafting

A la hora del desayuno alguien me dijo “¡Ey! ¡Batman!” (y es que mi playera negra traía el logo del Caballero de la Noche) y al voltear me dio un gusto enorme encontrarme con Christian, el guía con el cual hice el río “La Antigua” hace unas semanas. Nos saludamos como si fuésemos amigos de años, la calidez del abrazo era auténtica sin tener mucho tiempo de relación que la respaldara. Así que tuvimos una breve plática sobre mi escrito anterior y la aventura que vivimos en el río tiempo atrás. Fue la última travesía de esta Temporada para él ya que al siguiente fin de semana se regresaba a su natal Argentina

Aunque fue el mismo río, al cambiar de sección, cambiaba el nombre y la intensidad, ya que el “Pescados” es un poco más angosto lo que lo hace más caudaloso y rápido; navegarlo es más extremo, por los rápidos de mayor nivel que el Río “La Antigua” (el de la vez pasada), así que esta travesía fue una maravilla.

En nuestro camino al río quedé embelesado con el paisaje, toda esa naturaleza que te llena los ojos de verde; en el camino uno se encuentra con cañaverales, mángales y cafetales, de igual forma ves muchos halcones, zopilotes, uno que otro tucán dentro de este paradisíaco lugar, por lo mismo te hacen sentirte avergonzado por las actitudes tan nocivas que tenemos hacia un hermoso planeta.
Río Pescados (Foto: L. Fuentes)

Christian fue el encargado de darnos la plática de seguridad en el camino, misma que ya he escuchado en tres ocasiones pero, mientras le ponía atención, hubo un momento en que surgió un pensamiento en mi interior: “¡Madres! ¡Me voy a caer al río!”.¡Ya lo había decretado! Tengo algunas nociones de cómo funciona el inconsciente humano, así que me recrimine por tener ese pensamiento. Yo que estaba orgulloso de nunca haberme caído en un rafting, hoy me iba a “estrenar” así que, en lugar de angustiarme, lo acepte. Sólo esperaba que mi experiencia fuese benigna y ojalá fuese rápida porque no quería temerle a una actividad que he aprendido a amar.

Tal vez me dejé influenciar con el comentario de Augusto, uno de mis amigos, el cual tiene mucha experiencia en este tipo de actividades, ya que dijo “El que no se ha caído al río es que no ha hecho Rafting, al igual que el que no se ha caído de una bicicleta no se puede llamar ciclista”, ese comentario influyó en mi decreto, para “validarme” en esto de navegar por los rápidos.

Al ser la tercera vez que hacia rápidos, sin caída alguna, también vino otro comentario de Augusto que me influyó: “Si no pasas por un inconveniente, empiezas a hacer confianza y eso es peligroso”. Tal vez por eso me caí: sentir la vulnerabilidad para no sentirme confiado y tener una experiencia más integral, al tener plena consciencia que a la naturaleza hay que tenerle mucho respeto porque, ante ella, nada somos.
La espectacular naturaleza de este lugar (Foto: L. Fuentes)

Por llegar tarde el Sábado y hacer el Rafting el Domingo, se nos separó de balsas, pero ninguno de nosotros se quejó: en primer lugar supimos que fue nuestra culpa, así que estábamos agradecidos por que nos cambiaran los planes en lugar de cancelarnos alguna actividad; por otro lado, aunque nos dividieron en dos equipos, cada cual se acopló perfectamente a sus compañeros, y eso evidencia la actitud positiva que privaba en este maravilloso lugar.

Cuando formamos los equipos, nuevamente me toco con Christian, algo que me gustó mucho porque ya éramos como partners de viaje además, de mis amigos, me acompañó Luis y nos tocaron dos chavas y un chavo del DF muy buena onda. Nos preparamos y, justo en el primer rápido, se cayeron Luis y una de las chicas, cuando estábamos a punto de rescatarlos, en la siguiente roca, la balsa se torció y caí junto con el muchacho chilango. Así que sólo se quedaron Christian y una de las chicas para salvar a los cuatro caídos, por lo que las otras balsas ayudaron para nuestro rescate.

Caerse en pleno rápido es algo terrorífico, no importa que sepas nadar o no, el río te jala y no te puedes librar de él, y ahí radica el secreto de tu salvación: no pelear con la corriente, simplemente dejarte llevar por ella. Cuando caes debes mantener la calma, porque es muy fácil entrar en pánico cuando sientes las rocas (me dolieron por una semana todos los lugares en donde me pegue con ellas), además es muy desesperante cuando intentas jalar aire y sólo jalas agua.
A la mitad de la tirolesa

Sentí que me ahogaba, eso contribuyó a mi impotencia, cuando ves que el río te trata como trapo sucio al revolcarte con pasmosa facilidad, te sientes como un bulto y, tan solo por un momento, sientes que no vas a salir de ahí con vida. Una fórmula infalible para domar al ego es esta experiencia que te hace sentirte como un muñeco de trapo antes la potente e impresionante fuerza de la corriente ante la cual somos como insectos. No necesitaba verme para saber mi apariencia en el agua, tenía los ojos desorbitados por el terror.

Cuando caí al río perdí ambas chanclas, además de que una se rompió, todavía mantenía el remo y con él intenté que me rescataran pero, ante la segunda revolcada me dije “¡Al Demonio el Remo! ¡Yo quiero sobrevivir!”. Claro que el Remo y yo fuimos salvados, y mis chanclas también, aunque ya estaban rotas e inservibles, pero esa pérdida material es ínfima a comparación de la ganancia interna.

Después del rescate, mi primer pensamiento fue hacia mi amigo de la vez pasada, el mismo que pasó una experiencia terrorífica en el río, ahora entendía plenamente el pánico que expresaba en su lenguaje facial y corporal; comprendí por lo que pasó y sus palabras al describir su vivencia cobraron sentido para mí. Pero también recordé lo que ese miedo le hizo y no estaba dispuesto a que me dominara una vez pasada la experiencia: debía de seguir remando, y así lo hice. Tal vez sea más fácil cuando te caes en tus terceros rápidos que cuando lo haces como novato, porque sabes que hay más por recorrer y que las caídas son un riesgo al que todos están expuestos.
El punto en donde el río cambia de nombre

Pasados los minutos, puse la experiencia en perspectiva y hasta me empezaba a reír solo, porque encontré lo cómico a mi visita a las entrañas del río, a pesar del miedo que pase en su momento, al final fue algo divertido, que te hace sentir vivo, la adrenalina a flor de piel, y todo en un ambiente en donde comprendes que nadie te va a juzgar por caerte, al contrario, hasta te admiran por lo que pasaste y superaste, además de que muchos de ellos comprenden a la perfección tu sentir.

Augusto comentaba sobre estas actividades de ecoturismo: “La gente que se anima a hacerlo tiene algo en común: la necesidad de sentirse más en contacto con la naturaleza”. Somos personas que queremos escapar un poco de la “civilización” y acercarnos a la madre tierra de la cual procedemos. Esto se siente en la buena vibra que se respiro en cada una de las actividades dentro del campamento y la convivencia con el resto de los que ahí estábamos.

Todos hicimos migas con nuestros compañeros de balsa, nosotros congeniamos muy bien con los capitalinos desde el primer momento en que nos presentamos, tanto así que, al momento de despedirnos, lo hicimos con un abrazo fraternalmente caluroso y auténtico. Tal vez nunca nos volvamos a ver pero ocuparan un lugar en nuestros recuerdos por la aventura que vivimos hombro a hombro (y glúteo a piedra ¬_¬U).
La tirolesa estuvo intensa

Al acabar de hacer el Rating, en realidad no tenía sed, lo que quería era ir al baño para sacar toda el agua que trague en el río, pero después sí quería comer porque el hambre endemoniada que tenía era producto de la intensa jornada que vivimos.

Después de la desesperación experimentada cuando caí al rápido, una vez superada esa sensación de miedo e impotencia, me sentí diferente, fue cómo si en ese rápido se hubiese quedado alguno de mis incontables miedos, no sé cuál, pero siento que algo cambio en mí. No me refiero a esas personas que se ponen eufóricas y con unas efímeras ganas de vivir, sentimiento que se les pasa a las dos semanas. Creo que lo mío es una tranquilidad y serenidad que pocas veces he experimentado, no era nada festivo, pero sí algo diferente. Creo que aún no logro identificar qué cambió tras ese rápido, pero sé que las cosas ya no serán las mismas.

No importa lo madreado que haya salido del cauce, aunque tuve el recordatorio del dolor que sentí en mi costado derecho (hombro, glúteo y rodilla) cortesía de los golpes con las piedras, sin embargo el dolor físico pasó a la semana, pero la ganancia espiritual se quedará hasta el final de mis días.
En el bello Coatepec (Foto: A. Reynoso)

Después de despedirnos del campamento iniciamos nuestra travesía de regreso. Primero pasamos al centro de Jalcomulco a chacharear un poco más y comprar algunos recuerdos. En especial me gustó mucho una tiendita, la cual era atendida por una chica de Misantla cuya belleza solo era superada por su amabilidad y un aura muy positiva (lastima que su novio también atendía el negocio). En su tienda sonaba un son jarocho muy rico, muy apasionado, que me puso exageradamente de buen humor.

Nuestra siguiente parada fue en Coatepec a comprar café de excelente calidad, además de que nos encantó el pueblito tan limpio, con gente decente y conductores civilizados (hasta dudaba que estuviéramos en México). Sin embargo, la misma sensación de limpieza y civilidad percibimos en Xalapa, de la cual conocimos el Zócalo y otras callecitas muy pintorescas.

En La Joya compramos unos quesos deliciosos, junto con unos flanes exquisitos y un rico pan de nata. Nos volvimos a perder un pequeño tramo, pero eso no nos angustiaba, porque nadie traía prisa al estar tan relajados, por lo mismo paramos en la laguna de Alchichica para que Augusto captara la maravillosa postal al anochecer.
Anochecer en la laguna de Alchichica (Foto: A. Reynoso)

Casi sentí tristeza de regresar a Puebla, porque visitar Jalcomulco y pasar por todos los lugares en los que nos detuvimos, te da una sensación de plenitud increíble para un solo fin de semana. En lo dicho, mientras me sea posible, pienso regresar cada año a hacer rápidos en el místico pueblito llamado Jalcomulco, en el bello estado de Veracruz.

Hebert Gutiérrez Morales.

2 comentarios:

Qcho dijo...

Mí estimado Heberto:
Interesante todo el relato de Jalcomulco, suena mágico y tentador, estoy tratando de recordar el nombre del lugar al que yo fui a hacer Rafting, debo aceptar que también fue genial todo el viaje, pues tuvimos de todo un poco, incluso que hasta me dejaran sin zapatos a causa de la delincuencia.
La verdad, entre todo lo bueno y lo malo lo disfrute mucho por todas las actividades que tuvimos, al igual que tú poseo un gran temor a las alturas, pero logre superarlo al aventarme desde una especie cueva hacia al río, mi temor fue altamente serenado por la experiencia.
De igual forma termine golpeado y adolorido, pero son de esos viajes que no se olvidan y que cuando los recuerdas lo haces con una gran sonrisa y con sátira al decir, como fui que me atreví a realizar esto o como es que me deje convencer, no lo vuelvo a repetir, pero por dentro dices… siiiiiiiiii, amonos de nuevo.
Espero pronto volverlo a repetir.

varelad1 dijo...

Hola Hebert,
Felicidades por estas experiencias y por compartirlas con nosotros.
Personalmente, aunque fui Scout activo 22 años, soy muy precavido, o más bien "sacatón" para los deportes extremos y/o acuáticos.
Las cosas que vi en todos esos años, fracturados, golpeados y cosas peores, aunado a la responsabilidad de liderar un grupo de muchachos o niños, hacen que veas las cosas de un modo muy estricto con respecto a la seguridad y los riesgos.
Pero sí debo mencionar que en algún momento de mi vida tuve muchas experiencias de este tipo, como: rafting en Nautla, Ver.; ríos subterráneos, rappel (no escalada porque yo era malísimo), montañismo, tirolesas, etc.
Siendo honesto, no extraño este tipo de actividades, a excepción de las subidas al Popocatépetl, lo cual tuve la oportunidad de hacer 3 veces y si algún día permitieran subirlo nuevamente, con gusto regresaría a esa cima.
Un abrazo, Daniel