sábado, 15 de diciembre de 2012

¡Está pelón!


            En mi adolescencia siempre quise tener el pelo largo pero permanentemente había un motivo que lo impedía: reglas en la escuela, parecía Globtrotter, falta de paciencia o extrema incomodidad al tenerlo tan chino. Por todo eso, eventualmente, acababa cortándomelo, pero siempre se mantuvo constante dicho anhelo.

            El deseo de tener la mata larga era por mi admiración a distintos músicos, sobretodo cuando hacían el “head-banging”, en alguna parte salvaje de una canción o algún solo de guitarra soberbio. Quería tener la melena para ser como Slash, y sacudirla como él en vídeos como “Don’t cry”, “Estranged” o “November Rain” (por cierto, si alguien sabe cómo murió la novia de Axl en ese vídeo, que me lo explique por favor).

Pero nunca  recibí una influencia tan perdurable como la primera vez que vi a Bono en un concierto en el Estadio Azteca en Febrero del 2006. Después de esa ocasión, salí con la firme intención de dejarme el cabello largo, sin excusa alguna, lo cual quedó perfecto cuando inicie con mis clases de salsa un año después, ya que ese look era idóneo para el ambiente salsero, además de que había empezado a correr y a bajar de peso, por lo que deje de ser un gordito con mata larga y mi estética mejoró bastante hasta tener la mejor apariencia que he tenido en mi vida.
Mi nuevo look

            Gracias a la mata larga empecé a desarrollar mi propio estilo, mis movimientos y adornos personalizados al momento de bailar una rica salsuca. Por lo mismo en Rumba Mía me ganaba el grito de “¡Chinos! ¡Chinos! ¡Chinos!” así que mientras bailaba, sacudía la mata y me sentía muy bien de tener algo que me diferenciara del resto de mis compañeros y amigos.

            Hacía mis adentros sabía que no podía tener por tiempo indefinido el cabello largo, estaba consciente que el día que me cortara la greña sería cuando mi amor por la salsa se acabara. Como ya escribí en otro ensayo, no existe el amor eterno, y el susodicho día llego: la pasión por la salsa murió, así que era libre de cortarme el cabello cuando quisiera.

            Raparse es fácil, uno se sienta y deja que la estilista haga su trabajo. El problema es enfrentar las reacciones de todos los demás, en especial de las mujeres. Al ver lo que sentí al cortarme el pelo largo, para el hombre es muy fácil andar sin cabello pero, para una mujer es muy duro. De hecho, para las féminas resulta difícil traer el pelo cortito; de esa proyección procede la intensidad de sus reacciones cuando me rapo. En cuanto a los hombres, en realidad nos vale pepino el corte de pelo ajeno (y a veces el propio).

            Es chistoso, no sentía mi cabello como una carga, al contrario, me gustaba mucho; sin embargo, al contemplarme pelón, de alguna manera, sentí como si me hubiese quitado un peso de encima. Es algo extraño esta liviandad que siento, muy liberadora, sobretodo si consideramos que antes pensaba que mi identidad y atractivo dependían de mi melena. El separarte de algo que alguna vez fue tan importante te devuelve algo de independencia, recuerdas que no necesitas de nada ni de nadie para vivir y entre menos apegos tengamos, mayor será la plenitud que experimentemos.

            Admiro mucho la cultura japonesa, de la cual adopte la costumbre de raparme como un ritual. En la época de los Shogunes, un Samurai se rapaba cuando quería romper sus lazos con el pasado; esto simbolizaba que cortaba las raíces que lo ataban de tajo. Después de dejar su cabellera atrás, iniciaba una nueva etapa en su vida, en la cual crecen nuevas raíces. He adoptado este ritual desde hace años y, por lo mismo, cuando viene un cambio significativo, opto por cortar las raíces con el pasado y pasar a una nueva etapa. Esta es la cuarta vez que me rapo, a continuación explico brevemente las tres anteriores:

            Trabajo
            Llevaba un año trabajando en VW y, como seguía siendo eventual, había decidido irme en un par de meses. En esa época fui a conocer a mi familia paterna en Minatitlán. Además de que a todos les daba gusto verme, se asombraban del lugar en dónde trabajaba. Lo mismo sucedió cuando visite a mi familia materna en Veracruz y, finalmente, cuando regrese a mi casa, note que para mis papás y hermanos era igual de importante que trabajara en la empresa alemana.

            Pero ya había tomado una determinación y, normalmente, con lo obstinado que soy, me resulta difícil desdecirme, por otro lado, para toda mi familia era muy importante que trabajara aquí. Ahí fue cuando me enteré, por clases de japonés, sobre el significado de raparse para los Samurái, así que me pareció una solución ad hoc para mi situación.

            ¿Por qué me rape entonces? Por contradecir mis principios, por prostituirme al darle gusto a mi familia en lugar de ver por mi prioridad, la cual era ser reconocido con un contrato permanente en la empresa. Felizmente, cuatro meses después, firme dicho documento, así que al final, mi sacrificio rindió frutos. Además hubo un “bonus”, porque estando pelón fue que conocí a mi primera novia.

            Novia
            Ya trate en otro escrito la relación que tuve con mi primer amor, así que les comparto el pasaje referente a la rapada.

Después de despedirme de ella aquella mañana de Septiembre, conduje sin orden alguno por los lugares que me traían nuestros recuerdos más bellos, así que llegue a las afueras del Aeropuerto de Huejotzingo, un lugar tranquilo y silencioso, al cual fuimos alguna vez a platicar libremente. Ahí llore amargamente por la partida de aquella mujer. Cuando se me acabaron las lágrimas, mas no la tristeza, tomé la determinación de raparme, ya que iniciaba una nueva etapa en mi vida, al estar alejado de ella.

            Recuerdo con especial cariño, esa segunda vez que me rape. Me parece que tenía los ojos rojos de tanto llorar (y lo que me faltaba). La amable estilista, a la que le encargue tan ingrato trabajo, me preguntaba toda angustiada “¿Seguro joven que quiere que lo rape? Es que su cabello está muy bonito y usted se ve muy triste” ante tal muestra de empatía trate de ser lo más frío que me fue posible y le dije en tono sobrio: “Sí, por favor, ¡rápeme!” a lo que ella seguía oponiéndose “¿Pero está seguro? ¿No lo quiere pensar de nuevo?”
Ahora esto es tiempo pasado

Obviamente la señorita no sabía que estaba tratando con un necio profesional, así que me mantuve firme hasta que vencí toda su amabilidad y, con un dejo de tristeza en sus ojos, procedió con la agria tarea. Aunque en ese momento estaba demasiado triste y centrado en mi dolor, de manera retroactiva, me sentí muy agradecido con la tierna preocupación que aquella señorita mostró ante mi estado emocional, sin saber lo que me pasaba, supo captar bien el sentimiento tan profundo que llevaba en mi ser.

            Relación nociva
            Contrario a lo que se pudiera pensar, la tercera ocasión que me rape no tuvo que ver con mi divorcio porque, aunque fue importante, no lo considere tan relevante como para estar pelón. Sin embargo, después de separados, empecé a cortejar a una mujer que me atraía mucho pero con la cual no era buena idea relacionarme.

            Fueron un par de años frecuentándola, mismos en los que no me decía que sí, pero tampoco me decía que no y yo, que aún no había aprendido a darme a respetar, soportaba toda esa incertidumbre. Hubo muchas cosas que aguante en silencio, esto debido a mis fuertes sentimientos por ella. Sin embargo, no hay mal que duré 100 años ni cuerpo que los aguante, así que llegó el día en que tomé la decisión de terminar con esa situación que me estaba envenenado la vida.

            La última vez que tuvimos una cita en dicho período, me rapé y así asistí a verla, ella no se mostró muy entusiasta con mi look (y ésa era la intención). Me comporte natural, para que no hubiera nada que mostrara que había tomado la determinación final. Como ya me había dado cuenta que no podía librarme de ella, y tampoco veía que ella quisiera dejarme ir, busqué ayuda profesional y empecé a ir a terapia psicológica (que resultó ser de las decisiones más provechosas que he tomado).

            No voy a decir que fue de la noche a la mañana, pero eventualmente pude terminar con ese amago de relación que nada bueno me dejaba y que, en realidad, me dañaba bastante por el poco respeto que me tenía (tanto ella como yo). Gracias a esa decisión aprendí a quererme más y a no caer en esas dinámicas neuróticas.

            Hasta ahí los antecedentes, sin embargo, esta cuarta ocasión era especial: por primera vez iba dejar atrás una tupida melena, misma que era constantemente chuleada, así que me parecía un crimen que la misma acabará en la basura de alguna peluquería o estética unisex. En esta ocasión quería que mi sacrificio estético tuviera algún otro beneficiario además de mis ideales tan excéntricos.

            Tristemente, corroboré el por qué somos un país tercermundista, hable a cinco instituciones distintas en Puebla, para donarles mi cabello, en todas recibí excusas para no recibirlo: Tenemos suficiente para tres años, no estamos en campaña, no hay quién le dé informes y demás justificaciones que mataron mi buena intención, por lo que regale el cabello a la estilista que me rapó para que le hiciera extensiones a sus clientas.

            Cuando escribí los ensayos de “El amor acaba”, ese mismo día supe que no debía llegar al 21 de Diciembre del 2012 con la cabellera sobre los hombros, así que determine que hoy (15 de Diciembre) éste era el último de mi greña, por lo menos en esta versión.

            Fueron más de seis años con el cabello largo y, no lo voy a negar, disfruté mi melena al máximo: lo hice al bailar, en el trabajo, después de bañarme, en conciertos, al escuchar música, y demás. No me gustaba que me la tocaran, pero sí que llamara la atención. En especial me gustaba cuando corría con lluvia y volaba a mis espaldas, o cuando salía de la alberca y parecía comercial de shampoo. Obviamente disfrute mucho haciendo el head banging con canciones poderosas o haciendo mis remates salseros con la mata reluciente. Todo eso siempre lo quise y, cuando lo tuve, disfrute al máximo esos beneficios implícitos que te da el tener el cabello largo.

            El estar pelón también acarrea ventajas que no todo el mundo aprecia, para empezar dejas atrás todo ese tiempo invertido en desenredar el cabello, además de esperar a que se seque; en época de calor duermes más fresco sin una maraña en la cabeza que te acalora. A la hora de arreglarte, no te tienes que peinar, simplemente sales sin problema alguno, además de ahorras un chorro en shampoo, gel y demás aditamentos. Y ahora, cuando barra, se me va a facilitar limpiar la casa sin tanto cabello que acarrear. Además, cada vez que me rapo corroboro que nunca en mi vida voy a padecer de alopecia, porque tengo todo el cuero cabelludo tupido por todas partes.

            Todas las veces que me he rapado he tenido miedo pero, en esta ocasión el sentimiento fue más intenso. Esto influido porque ahora estoy más grande, ya tenía muchos años que no lo hacía, nunca me lo había cortado teniéndolo tan largo, además de las clásicas miradas y cuestionamientos que vienen cada vez que lo hago, esos que esconden juicios por hacer algo que, se considera, de gente poco común. Y ahí radica una gran parte del por qué lo hice: cuando te haces dependiente de algo irrelevante, va siendo hora de acabar con dicho vínculo.

            Ayer en la noche, me dio una especie de ataque de tristeza, ya que hoy estaba planeada la rapada. Recordé que también tenía algo de nostalgia al partir del nido materno, aunque no tanta como en esta ocasión; así que el estar triste no quiere decir que uno esté actuando mal, en realidad es un anhelo por dejar una etapa de vida atrás, no porque sea mala, sino para que pasemos a algo mejor.

            Además de que ya no temía por mi identidad salsera, he estado haciendo cambios personales que, me parece, son muy positivos para mi plenitud. He experimentado, sin duda alguna, los mejores seis años de mi vida que, casualmente, fueron acompañados por la melena larga. Sin embargo, tengo la idea que lo mejor puede venir y este rape que me he aplicado es el punto de inicio para ello, es el momento de cerrar este ciclo de vida para iniciar otro.

            Aunque nos estrese lo desconocido, la vida está hecha de cambios y debemos seguir a ese ritmo. Un cambio puede ser bueno si se sabe aprovechar. De entrada tengo un cambio de look radical, sé que a muchas no les gustará (porque a los hombres les resulta indiferente) pero a mí sí me gusta y me cae bien.

            Este pequeño sacrificio fue más significativo que las tres veces anteriores, pero ahora entiendo plenamente esa pequeña muerte que experimentaban los Samurais, al raparse, en el Japón antiguo. El dejar atrás parte de una identidad es una muerte simbólica, lo cual es más intenso cuando hay un profundo aprecio. Tememos a la muerte porque dejamos atrás nuestro cuerpo, vida, posesiones, relaciones, ego, reputación, identidad y demás. Estamos muy apegados a la vida, sin importar el choro que uno se eche de “estar listo para morir”, es un paso trascendental que desconocemos cómo manejar.

            Mi intención es volverme a dejar crecer la greña, porque me gusta tener el pelo largo, pero ya era hora de que esta melena se fuera para hacerle lugar a una nueva. Sé que esto suena pacheco o fumado (mis lectores asiduos ya deberían estar acostumbrados) pero esa nueva mata pertenecerá a un nuevo Hebert.

            Finalmente ¿Voy a raparme durante el resto de mi vida cada vez que experimente algo trascendental? ¿Acaso voy a ser un viejito pelón por el hecho de que haya nacido su primer nieto? Siempre que me rapo me digo que es la última vez, lo cual no ha sido cierto. Desconozco si voy a seguir con esta costumbre tan excéntrica de mi parte o vaya a “madurar” y dejar de hacerlo, pero sí sé que voy a hacer lo que sea necesario para que mi alma esté tranquila.

            Hebert Gutiérrez Morales.

5 comentarios:

Mariana Cossío dijo...

Creo que tenemos muchas cosas en comun

varelad1 dijo...

Hola Hebert,
Efectivamente, a los hombres nos da igual el look de otro hombre, pero sí distinguimos muy bien a quienes son auténticos, tengan o no pelo.
Felicidades por esa autenticidad que te caracteriza y por ser apasionado y congruente con lo que sientes.
P.D. Tengo muchos ensayos tuyos pendientes de leer y tengo muchas ganas de leerlos. Lo bueno es que ya vienen vacaciones y voy a ponerme al corriente. Un abrazo

Jessy Aquino dijo...


Que chevere, estoy de acuerdo en que los cambios son buenos, y muy gratificantes y si tu te sientes a gusto con eso, perverso!!!
Esta muy chido que pruebes cosas nuevas y su vez, experiencias diferentes eaaa!

RAM dijo...

Cuando me llego el aviso al Face de la actualización de tu foto, rápidamente vino a mi mente la pregunta: ¿porque lo hizo?. La mente es complicada por naturaleza, y sin duda al leer tu ensayo hubiera encontrado muchas razones como las que expusiste. Pero no tenía tiempo de leerlo en ese momento.
Esa noche, al acostarme y empezar a relajar mi mente, me llego la iluminación: "Hebert se rapo, simplemente porque quiso hacerlo". Así de simple.
Y después de leer el ensayo, sigo pensando lo mismo... Saludos.

Qcho dijo...

Mí estimado Heberto:
Al igual que en varios de tus textos muchas ideas, muchos recuerdos y muchas historias vienen a mi mente, para mi lamentable causa siempre he sido una persona con el cabello lacio, detalle que no me preocupa, aunque en los últimos años si me he visto con la pérdida constante de cabello, y aunque he sentido ganas de raparme al cero, como bien mencionas, no creo que llegue al ser del gusto de la mayor parte de la sociedad que me rodea, en ese sentido pues me he detenido.
Sin embargo, si me he cortado el cabello en un grado pequeño, también en situaciones de cambio o con ganas del mismo, dejar todo en el pasado e iniciando de cero, no recuerdo el número de veces, pero si han sido varias.
Al igual que tú siempre quise tener el cabello largo y por la escuela fue que no me lo permitieron, ahora que tengo la oportunidad, debo decir que me he acostumbrado al cabello corto, por lo que tenerlo un poco largo o que yo considero largo, me fastidia… Entonces, me resulta bochornoso y como si mi cabello fuera del metal más pesado, siento esa necesidad de quitármelo de encima; cuando en un momento me decidí a dejármelo un poco más largo de lo normal para mí, resulto que me mudaron de ciudad y por imagen no era bueno, detalle que me dolió, pero que en su momento era necesario.
Otras de las cosas que me vino a la mente con tú texto ya que mencionas a los japoneses, es que los chinos también consideraban el cabello como algo importante de su personalidad, algo transcendental, una especie de orgullo que nadie debía tocar, lo otro que recordé fueron unas película en donde el cabello representaba algo importante y como los protagonistas se rapaban, para acompañar o apoyar a sus seres queridos que se encontraban igual sin cabello por una enfermedad.
Lo que una idea o un estilo puede darte a pensar.