domingo, 2 de diciembre de 2012

Recorriendo a La Malinche


(Casi todas las fotos fueron tomadas por Augusto Reynoso, sólo la sexta es mía)

            Sábado, 7 de la mañana, dos grados centígrados. Con estas variables debería estar en mi camita durmiendo rico en lugar de estar en una montaña, sin embargo, heme aquí. Es mi cuarta visita a La Malinche, y no me arrepiento del sacrificio de levantarme temprano en un día que no fue hecho para ello. Aunque me gusta levantarme en la madrugada, ¡no en fin de semana! Pero, considerando la situación, estoy en este lugar con gusto porque ¡es hora de correr!

            Aunque ya tengo algunos años corriendo, nunca había lo había hecho en La Malinche, y la verdad es que me arrepiento de todo el tiempo que deje pasar sin ir a trotar a esta bella montaña. Esta ocasión el frío es mayor, lo cual me gusta, y es que las miradas extrañadas se enfocan en mis guantes, los cuales son mi única protección contra este clima, ya que voy de playera y pants normales, cuando el resto de corredores van con sus gorritos, chamarras, orejeras, ropa térmica, guantes, megacalcetas y demás. Ventajas de bañarme con agua fría desde hace más de dos décadas.

            Creía que eso del “mal de la montaña” era una falacia, pero cuando vas ascendiendo por muchas curvas es casi imposible no sentir nauseas, sobretodo en la parte de atrás del coche, porque adelante no se siente nada. Aunque en la tercera visita descubrí que yendo al centro del auto no te mareas (el caso es agandayar el centro, porque los de los lados sí la van a sufrir)

            El paisaje es muy padre, ocasionalmente ves algún conejito, alguna ardilla y muchas aves. Además del aire puro, se respira una paz impresionante y, nunca mejor dicho, una tranquilidad orgánica de saber que todo está en equilibrio y armonía.

            El ambiente carente de contaminación se contagia al resto de corredores, caminantes, ciclistas, gente de los alrededores y hasta automovilistas (esos que suben al albergue), porque TODOS, sin excepción, te desean los buenos días cuando se cruzan por tu camino, con mucha vitalidad y con una sonrisa reconfortante.

            No importa si vas a caminar, correr o a andar en bici, lo importante es convivir con la naturaleza, ya sea a solas o con tus acompañantes. Tampoco importa si vas con equipo de última tecnología o con uno muy rústico. En mi primera visita veía que mis amigos llevaban rompevientos, guantes deportivos, licras, relojes especializados y hasta una gorrita con lámpara para iluminar el camino; ahí me di cuenta que soy un corredor muy rudimentario.

Lo único en lo que nos parecíamos un poco era en los tenis y, hasta en eso, había quien tenía calzado ad hoc para la ocasión (campo traviesa y en frío). Aunque mi sudadera no era dry fit, ni mis guantes eran para correr y no llevaba demás aditamentos avanzados, el gusto de correr en naturaleza era el mismo para todos, sin discriminación alguna. Aunque, debo admitir que, a la tercera visita, me deje convencer y me compre unos guantes fresones como los de ellos, así que cada vez soy menos rústico.

            Definitivamente no hay comparación entre correr en la naturaleza y hacerlo en la ciudad. Creo que lo único equiparable a correr en el bosque es hacerlo en la playa, ya que ambos ámbitos te llenan la pupila, los pulmones, el alma y el corazón de mucho gozo. Esa comunión con el planeta te motiva profundamente, se disfruta tanto que ni se siente el paso del tiempo cuando uno avanza.

            Lo único duro de ir a correr a La Malinche es levantarse a las 5AM en Sábado, como que el cuerpo sabe qué día es y no está tan cooperativo como entre semana, ahora sí que ¡No es de Dios levantarse a esas horas! (y eso que soy agnóstico). Sin embargo, una vez estando ahí, al ver el paisaje, sentir el aire y correr libremente, uno comprende que vale la pena el sacrificio. Tal vez podríamos levantarnos más tarde, encontrarnos a más gente y tener más sol, pero entre más temprano, mayor es el gozo de sentir la intimidad de la fresca naturaleza.

            Me encanta correr solo, no lo niego, pero también tiene sus ventajas el hacerlo acompañado. Al inicio del trayecto, todo salimos en bola, a un paso lento para calentar durante el primer kilómetro, después cada cual avanza a su ritmo. Algunos se van quedando atrás y otro se van adelantando, cada cual tiene su propia meta. Todos llegamos juntos y nos vamos juntos del lugar, aunque en el camino se van formando pequeñas asociaciones, te vas emparejando con alguien que mantiene un paso parecido al tuyo.

            Durante el camino, tanto en coche como a pie, obviamente la plática inicia con temas que involucran correr (competencias, tenis, entrenamiento, anécdotas, aventuras, tips, experiencias, etc.). Eventualmente la plática desemboca en hechos de la vida, las experiencias, puntos de vista, ideales, valores, la educación que uno recibió y que se la transmite a los hijos, vivencias en el trabajo, en la casa, con la familia, confesiones y demás. Esta dinámica es muy padre ya que, por un lado, te aligera la corrida y, al mismo tiempo, te aligera el alma. Vas corriendo y abriéndote, y te das cuenta que hay más personas que comparten muchos de tus puntos de vista o te comentan otros que resultan muy enriquecedores.

En una de esas pláticas, en mi primera visita, íbamos el “Quechas” y yo subiendo por la montaña, cuando una chiquita (nunca mejor dicho) con unos shortsitos muy coquetos, nos rebasó y “mágicamente” nuestro paso se avivo. Casualmente, era el mismo ritmo que la chica adelante de nosotros. Creo que ella “malinterpreto” que lleváramos la misma velocidad así que, instintivamente, la disminuyó y, no nos quedó más remedio: tuvimos que rebasarla :-(

            Una gran ventaja de correr en La Malinche es que, al estar rodeado de puro bosque, hay mucho lugar para “salvar” esas ocasiones en la que la fisiología es más fuerte que la voluntad. Esas mismas que resultan incómodas cuando se presentan en la ciudad, así que caminas unos cuantos metros, escoges un árbol y haces tu aportación a la naturaleza.

            Correr me ayuda a despreocuparme de muchos problemas, pero hacerlo en el bosque resulta doblemente relajante y te ayuda a poner las cosas en perspectiva. Estaba preocupado porque iba a hacer un viaje al extranjero, el cual estaba planeado para cuatro personas y, al final, me lo eché solo, con todos los gastos que eso implica, los cuales no estaban planeados y eso me tenía muy molesto. Conforme iba avanzando, me fui tranquilizando y me dí cuenta de lo afortunado que era por salir de viaje, por tener el chance de conocer nuevos lugares y acumular experiencias.

A veces perdemos la perspectiva y nos estresamos por situaciones que nos deberían alegrar: “Te vas a ir de viaje, no me fastidies con tus preocupaciones. Si alguien te quiere acompañar ¡Perfecto! Y si no ¡También!” ahí agradecí estar vivo y poder viajar. Todo esto se lo debo a la serenidad que te regala el bosque, con una tranquilidad que empapa tu ser, con tanta limpieza, tanto verde que te alegra el alma. Comprendes que hay tanto que agradecer en la vida y que nos preocupamos por tan poco, que es muy fácil olvidar lo afortunados que podemos ser.

En esta cuarta visita descubrí algo que podría hacerme cambiar de opinión respecto a las carreras que tanto evito. En esta ocasión, vino un grupo de corredores acompañados con su entrenador, como eran de distintos niveles, traían distintos ritmos y pasos para el trayecto.

Esto me sirvió para hacer mi mejor tiempo en la ruta desde la segunda pluma al albergue, y es que el ir alcanzando y rebasando a distintos corredores me motivo mucho, pero lo hizo aún más encontrarme con uno que me rebasó y, por más que intente alcanzarlo, sólo logré que me “arrastrara” unos cinco kilómetros a un excelente paso.

Cuando uno acaba de correr, te pones a platicar, a enfriarte, a sacar fotos y demás, en ese momento no notas el esfuerzo debido a toda la adrenalina segregada por correr en un lugar tan bello. Normalmente nos regresamos rapidito porque alguno de nosotros tiene algún compromiso que atender pero, cuando tenemos tiempo, nos vamos a desayunar unos jugos y unas orejas de elefante para concluir con éxito nuestra visita a la hermosa Malinche.

Un par de horas más tarde empiezas a sentir en las piernas el esfuerzo de correr a 3000 metros de altura; ese dolor no se siente por la belleza que a uno le llena los ojos pero que, al volver al ámbito normal, uno lo siente, pero con cierto orgullo, digamos que “me lo he ganado”, porque eso quiere decir que la visita valió la pena y eso me dá mucha alegría.

Me gusta ir a La Malinche y, cada vez que sea posible, iré con mis amigos a nutrirme de la naturaleza.

Hebert Gutiérrez Morales.

2 comentarios:

varelad1 dijo...

Muchas Felicidades Atleta...

Qcho dijo...

Mí estimado Heberto:
Ciertamente concuerdo contigo sobre como la naturaleza te produce cierta tranquilidad, como algunas de las principales preocupaciones de la vida cotidiana se diluyen por momento, ya te he comentado en varias ocasiones sobre mi estancia en la sierra, a lo mejor no aproveche para correr dentro de la naturaleza pues para mi fortuna tenía una unidad deportiva con pista de tartán a unos cuantos metros de la unidad habitacional de donde vivía, pero, si recuerdo esas largas caminatas en las comunidades cuando íbamos de gira con el presidente municipal o bien, en los recorridos que ahora hago por el trabajo.
Sobre los mareos producidos por la altura, en Mineral del Monte en Hidalgo vaya que si los sentí, fue pesadísimo, detalle que también indicaba mi muy mala condición física, correr en playa tampoco lo he practicado, sin embargo largas caminatas si, aunque hace unas semanas que fui a la playa no pude hacerlo, de lo cual si me arrepiento un poco, no del todo pues me la pase muy ameno con las persona que me acompaño.
Esperemos que tus recorridos en la Malinche siempre sean satisfactorios que las chiquitas siempre sobren. Je!