domingo, 30 de diciembre de 2012

Toallitas húmedas y recolección de basura.


           En mi fraccionamiento la recolección de basura puede darse muy temprano (6:45am), así que algunos vecinos “prácticos” (o flojos) dejan sus desperdicios desde la noche anterior. El problema es que los perros callejeros llegan y esparcen la basura por todos lados, dando una escena deplorable frente  a nuestro fraccionamiento. Obviamente la situación no es la deseable, así que constantemente se les dice a los vecinos que saquen la basura temprano y no desde la noche.

¿Por qué les comento esto? Porque, aunque no fueron ellas, tengo unas vecinas bastante acomedidas que se ponen a barrer toda la basura frente al fraccionamiento, obviamente están molestas de recoger algo que ellas no provocaron. Les he comentado que no barran, que dejen todo tirado y que quedemos como unos cochinos debido a un par de imbéciles que no se pueden levantar temprano, pero su respuesta me dejo clara la situación: “No podemos dejar así, van a creer que todos somos unos cerdos”.

Personalmente, a mí me vale pepino quién crea que soy un cerdo, porque sé que no lo soy pero, para mis vecinas, sí es un tema vital. La imagen que ellas deben mantener es mucho más importante que la realidad en sí, la opinión de los demás tiene más peso que su amor propio. Por todo eso prefieren tragarse su frustración al barrer algo que ellas no provocaron, en lugar de aguantar “la pena” de que vean que son sucias (aunque en realidad no lo sean).

Esto me trae un recuerdo específico de mi infancia. Aclaro que este pasaje no mancha la imagen de mi madre, porque no pude tener una mejor, la cual me dio más de lo que cualquiera otra hubiera podido. Recientemente alguien me encargo unas toallitas húmedas en el Costco. Al verlas recordé a mi progenitora.

Cuando vivíamos en el DF, en nuestro camino a la escuela, ella usaba dichas toallitas para limpiarnos la cara con bastante ahínco, ¡Cómo odiaba esas toallitas! ¡En verdad me encabronaba que me estuviera limpiando con tanto interés!

            A pesar de que lo decía todos los días, mientras nos limpiaba, hasta ahora me hago consciente de la letanía que nos soltaba: “¡Miren nada más que caras tan sucias! ¿Qué van a decir de su madre, que es enfermera, cuando vean a sus hijos todos sucios?”

            Hasta ahora me cae el veinte que mi madre no estaba (tan) preocupada por nosotros, estaba preocupada por ella, por su nombre ante la sociedad y, sobretodo, por su imagen. Conscientemente ella estaba convencida que lo hacía por nosotros pero, inconscientemente, nos revelaba la verdad. Es chistoso, podemos aparentar preocupación por los demás cuando en realidad somos egoístas, porque tememos perder status Quo.

            Cuando eres niño no te importa si estás sucio, la ropa está rasgada o si nadie te va a invitar a cierta fiesta, todas esas son estupideces. Tanto a mí como al resto de niños nos valía gorro la imagen, el nombre o el status, porque lo importante era jugar, divertirse, comer y descansar. El problema era con las otras madres, las cuales se criticaban por la apariencia del niño, no por lo feliz que era. Vamos aprendiendo actitudes socialmente aceptadas gracias a las programaciones que los adultos nos van inculcando.

            Esa autenticidad y libertad de ser niño la añoro, misma que vas perdiendo mientras permites que te pongan las cadenas y tú mismo acabas asegurándolas, al someterte a estúpidas reglas, todo con tal de obtener la aceptación de los demás, aunque eso no nos haga felices.

            De niño eres libre, y no hay nada de malo en serlo, es más, te sale bastante natural, lo cual hace decir a los adultos “¡Oh sí! La frescura de los niños” ¿Y por qué chingados nos empecinamos en quitárselas y volverlos como nosotros? Tal vez por frustración, por envidia o por mezquindad. En realidad sí podemos ser libres y auténticos, sólo hay que estar conscientes que al serlo (estar con la cara sucia pero feliz) vamos a incomodar a muchos que tiene la cara limpia, pero el alma insatisfecha. Nosotros mismos hemos creado un sistema en el que nos aprisionamos unos a otros, todos nos quejamos amargamente, mientras que ayudamos a cerrar las rejas.

            ¿Voy a extirpar este comportamiento neurótico de la sociedad con este escrito? ¡Claro que no!, apenas logro que un puñado de gente me lea. Sólo quiero dejar una evidencia de lo que nos hemos hecho al vivir en una sociedad que depende de las apariencias en lugar de las autenticas esencias, así que luego no nos quejemos del mundo en que nos toca vivir lleno de gente falsa y traicionera.

            Hebert Gutiérrez Morales.

1 comentario:

varelad1 dijo...

Hola Hebert,
Cuando leí el título pensé que se trataba de un ensayo ecológico, aunque tiene algo de ello.
Con tu ensayo y tu referencia a tu mami, recordé a la mía, cuando hablaba con mi padre acerca de sus vecinos y compadres. Cuando nos decía: "no entren a ese baño porque la reunión de hoy es aquí", compraba las galletas más finas, hacía los platillos más gourmet y deliciosos en esas ocasiones y procuraba hacer ver a los invitados que todo estaba perfecto.
Era una gran anfitriona, y muy generosa, pero también sufría mucho pensando en lo que los demás dirían o juzgarían. Y en verdad que eso la hacía sufrir, al grado de que, cuando ella fue despedida de su empresa y enfrentó por unos años limitaciones económicas y endeudamientos, prefirió irse de Puebla hacia Veracruz, a verse "juzgada" por sus "amistades" por vivir una vida con más limitaciones.
En resumen, creo que es un problema muy generalizado en nuestra sociedad, y mi experiencia me dice que es mayormente común en las mujeres, aunque cada vez hay ya más hombres "Metro" o "Chic" que se desviven en mostrarse como lo mejor.
Muchos saludos,
Daniel