domingo, 24 de febrero de 2013

Doña Marina a.k.a. Mi Mamá.


¿Por qué hago este escrito?  Obvio no va a reducir el dolor que sienta el día que ella parta, ojalá muriera yo antes pero, la probabilidad indica, que ella podría irse primero. Ese día me va a doler en el alma y este texto no va a servir de nada para mitigar el dolor. Escribo esto para honrar y venerar a la persona más importante en mi existencia, no sería lo que soy sin sus valiosas enseñanzas que, aunque hoy se puedan considerar burdas o básicas, fueron las que me indicaron el camino, fueron las bases que me permitieron explorar lares distintos a los que ella conoció.

La Maestra Marina nació en un pequeño pueblo de Veracruz llamado Juan Díaz Covarrubias, en donde se crió con mis abuelos y mis tíos. Al ser una familia chapada a la antigua, ella no sólo tenía que hacer sus tareas, sino que tenía que ayudar a las labores del hogar. A pesar de sus actividades caseras, fue bastante tenaz para terminar una carrera y titularse.

Mis padres se divorcian cuando yo era un bebé de un año. Cuando doña Marina se vuelve a casar, le dice a mi papá: “Para evitarle problemas psicológicos a Hebert, no quiero que tenga dos figuras paternas, así que te pido que no tengas ningún contacto con él hasta que sea mayor de edad”. Muchas personas no alcanzan a comprender el acto de amor que mis padres realizaron en ese momento. Ciertamente la visión materna fue acertada ya que, de haber tenido dos figuras paternas tan opuestas, hubiera acabado más dañado de lo que podría estar en la actualidad.

También le agradezco profundamente a mi papá biológico que se haya ido porque, como lo platique recientemente con él, era lo que necesitaba en mi vida. Necesitaba criarme con mi “otro” papá, porque soy tan parecido al biológico, que no hubiese sido una buena idea formarme a su lado, a pesar de todas sus cualidades. Tal vez mi papá adoptivo no estuvo todo el tiempo que me hubiese gustado pero, a su manera, contribuyó a lo que soy hoy en día, al darme bases que aún sigo desarrollando.

            A pesar de estar casada en un par de ocasiones, la profesora Marina siempre la hizo de madre y padre, lo cual no le impedía ser tan excelente profesionista como tutora. Tenía que preparar clases, calificar exámenes, además de que coordinaba la carrera de Enfermería en el IPN, pero NUNCA podré quejarme de una madre ausente. Siempre estuvo a mi lado cuando se requería (y cuando no se requería, también estaba de encimosa): nunca faltó a ninguno de mis festivales, a juntas de padres de familia, cuando tenía un problema personal o duda con alguna tarea, también me daba consejos cuando los necesitaba o reprimendas cuando me las ganaba.

Mi madre llego a nalguearnos (no fueron muchas pero sí hubo las ocasiones), porque nos las habíamos ganado. Afortunadamente esas ocasiones fueron contadas, ya que fue lo suficientemente inteligente para demostrarnos su amor y, al mismo tiempo, imponernos disciplina. Aunado a que mis hermanos y yo éramos muy tranquilos, siempre respetamos las reglas (síp, somos una familia de ñoños). La única ocasión que mi papá adoptivo se atrevió a pegarnos con el cinturón, fue el día que ardió Troya, porque ella se enfureció como nunca la he vuelto a ver, así que él nunca más volvió a pegarnos (pareciera que era una prestación exclusiva materna). Ella es un ejemplo fehaciente que puedes imponer respeto sin tener que hacer uso de la violencia como método, sólo como último recurso.

En una ocasión tome un dinero de forma indebida, la falta de malicia no le quita lo reprochable a la acción, y ella supo cómo manejar la situación. No me golpeó, ni siquiera me gritó, habló conmigo de manera firme y fuerte, me regañó y me expresó su tristeza. Me castigó con una semana sin Televisión ni salir a jugar, y con eso bastó para que el resto de mi vida no tomara nada que no me perteneciera; esto se logró sin ningún resentimiento, sin ninguna escena traumatizante, sin nada que le pueda reprochar, al contrario, se lo sigo agradeciendo hoy en día.

Doña Marina NUNCA ha dicho que tuviera hijos feos, gordos, tontos, malos y demás. Ella SIEMPRE se expresaba, con nosotros y los demás, de que sus hijos son guapos, inteligentes, buenos y fornidos (nunca obesos). Sé que caía mal, nosotros mismos le poníamos límites “¡Ya mamá! ¡No exageres!”, porque nunca ha variado la opinión que tiene de nosotros (desde niños hasta adultos). Cuando llego a encontrar a algún(a) neurótico(a) que descalifica a sus hijos (ya sea en privado o en público), no sólo con palabras “inofensivas”, incluso llegando a insultos y golpes, humillando en la medida de lo posible al pobre engendro; es cuando agradezco que la “exagerada” de mi madre se esmerara tanto en demostrarnos su amor, en lugar de tener la desgracia de una estúpida que me esté menospreciando y dañando todo el tiempo.

            Honestamente no sé cómo le hizo para lograr equilibrar tan sobresalientemente sus roles como madre y maestra de enfermería, porque trabajar y educar a tres engendros no ha de ser una tarea sencilla. Veo a muchas profesionistas que crían a uno solo y, pareciera, tienen las manos llenas, obviamente los niños son diferentes, las épocas son distintas y los estilos de vida varían en cada caso. A pesar de ello, debo reconocer la sabiduría práctica que ella demostró al formarnos con calidad, todo mientras mantenía una vida profesional productiva.

A pesar de traer una educación chapada a la antigua, nos educó de una manera muy democrática: tanto sus hijos varones como su hija, a todos se nos enseñó a levantar los trastes, a lavarlos, recoger nuestra recamara, poner la ropa sucia en su lugar, barrer, trapear, lavar, planchar y algunas nociones de cocina (no es una gran cocinera, pero sus guisos me saben deliciosos). No formó hijos inútiles, a los que se les cae la mano por hacer labores del hogar, por lo mismo hoy en día me encargo del aseo de mi casa; nunca escuchamos que se hiciera una diferenciación en actividades por ser hombre o mujer. Este es otro ejemplo de la sabiduría materna al momento de educarnos.

            La Profesora Marina fue muy hábil para manejar la cuestión de Los Reyes Magos y Santa Claus. A mediados de año nos decía “Miren hijos, como se han portado muy bien, Santa y los Reyes le dan chance de escoger: Pueden mandar su carta desde Septiembre, y les van a traer exactamente los juguetes que ustedes pidan. De lo contrario, pueden mandar su carta en Diciembre con el riesgo que algunos de sus juguetes ya estén agotados”.

            Obviamente la ambición infantil en el tema de juguetes nos ganaba, así que mandábamos nuestra carta con anticipación y nos traían exactamente lo que decían. Naturalmente, las campañas publicitarias en Diciembre son intensas y, cuando queríamos cambiar nuestra carta, hábilmente, mi madre nos decía “La cartita ya se fue”.

            Pero el show no acababa ahí, ya que en las madrugadas del 25 de Diciembre o del 6 de Enero, no sólo recibíamos nuestros juguetes, también recibíamos una carta personalizada de los fantásticos personajes. Eso era muy especial, ya que la ilusión se incrementaba al ver que los Reyes, Santa y hasta el ratón de los Dientes, te dejaba una carta diciéndote que habías sido un buen niño (ingenuos de nosotros al no reconocer la letra materna, pero me alegro de ello).
La Maestra Marina

            Algo que me encanta de este pasaje es que mi madre nunca cayó en algo que me ofende mucho: regalar ropa. Como niño quieres que te regalen juguetes, no ropa. La vestimenta es parte de las obligaciones de los tutores y, utilizarla en lugar de juguetes, siempre me pareció muy mezquino y un gran asesino de las ilusiones infantiles.

            Pero la generosidad de mi madre no terminaba ahí, ya que acostumbraba darnos regalos en el día del niño o el día de la amistad. Nunca nos prometía nada por sacar buenas calificaciones, y eso que siempre estábamos en el cuadro de honor pero, sin aviso previo ni razón aparente, nos regalaba algo cada fin de curso. Esto siempre lo hacía de sorpresa, así que siempre quedaba como bonito detalle (que valoraba mucho) en lugar de una obligación premeditada y sin chispa.

"El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices." – Oscar Wilde

Fue tan grande el amor que he recibido de mi madre a lo largo de mi vida que, a pesar de mis constantes críticas a las convenciones sociales consumistas (Navidad, San Valentín, Día del Niño, Día de la madre, etc.) tengo tan buen sabor de boca de esas épocas que, si llego a engendrar, no tengo por qué privar a mis hijos de toda esa ilusión que disfrute, y eso se lo agradeceré eternamente a doña Marina, misma que no escatimó en amor y recursos, para ver una sonrisa llena de ilusión en sus hijos. Podré mentar madres (y lo seguiré haciendo) para encauzar mi neurosis y ácidamente seguiré criticando al mundo pero, toda esa ilusión que mi mamá me regaló, sigue intacta e inmaculada, aún percibo el sentimiento auténtico con el que fui tratado y amado.

Mi madre es maestra de enfermería, por lo cual me dio una educación sexual muy completa desde temprana edad: nos hablaba con naturalidad del sexo, sin morbo alguno. También recibí una educación política profunda, ya que era activista tanto en el sindicato de la Escuela de Enfermería, y también participó en las Elecciones del 88. Aunque mis formas de pensar puedan diferir mucho de las de ella, siempre respetó mi individualidad. La prueba de amor más grande que cualquier ser humano puede profesarle a otro es el respeto de ser lo que desea, sin importar que esté o no de acuerdo.

            La maestra Marina logró una de las cosas más difíciles entre las madres mexicanas: nos enseñó a no tener “mamitis” (por lo menos a mí). Supo que había tenido éxito cuando, a los 18 años le dije: “Mamá, nunca me pongas en posición de escoger entre mi madre o la que vaya a ser mi mujer porque, invariablemente, voy a estar del  lado de mi pareja. ¿Y sabes por qué te digo esto? Porque es lo que tú me has inculcado desde pequeño”.

            Esto se vio reflejado en mi breve vida marital, ya que doña Marina nunca se inmiscuyó ni en los peores momentos del matrimonio, ni en el subsecuente divorcio, o de otras situaciones sentimentales que experimenté. Nunca se metió porque no se lo pedí, si hubiese requerido consejo, sé que me lo hubiera dado gustosa. Aún recuerdo la noche que se selló mi separación: al ser incapaz de encontrar a alguna amistad cercana, mi madre aguantó estoicamente todo mi desahogo, a pesar de que le debió doler lo que escuchaba.

La Maestra Marina presenció, muy de cerca, un par de casos de Mamitis, por lo mismo tenía muy claro que sus hijos no deberían padecer del mismo mal. No se puede todo en la vida y lo logró con dos de tres, el caso de mi hermana no lo voy a comentar. Sin embargo, doña Marina hizo mucho más de lo que podía hacer, en verdad me sorprende toda la astucia y recursos que tiene esa admirable mujer.

Voy a decirlo abiertamente: odie intensamente a mis papás cuando nos sacaron del DF para vivir en un pueblo perdido llamado San Matías Tlalancaleca. Mi vida en la gran ciudad era muy feliz, y fui extirpado de mi ambiente a uno que aprendí a odiar por el simple hecho de ser diferente (y muy infradesarrollado), dicha animadversión me duró muchos años, hasta que hace poco pude apagarlo en mi ser. Sé que mi reacción fue muy dolorosa para mi madre, porque ya estaba entrando en la pubertad, aunado a que su sacrifico fue mayor al renunciar a su trabajo, a su status quo y comodidades, todo por el bienestar de sus hijos al criarlos en un ambiente más “sano”.

Pude acabar con ese odio porque, al final, comprendí el por qué lo hicieron, es más, estoy agradecido que nos hayan sacado de la caótica Ciudad de México (aunque no estoy tan agradecido del lugar al que nos llevaron). Ya no podría vivir en el DF pero tampoco podía vivir en ese Pueblo, así que por lo mismo me mudé a Puebla hace más de una década.

Doña Marina no es perfecta, al igual que el resto de nosotros, tiene bastantes errores. Durante muchos años me dedique a analizar cada una de sus falencias, inclusive me atreví a culparla de mi divorcio (por seguir su ejemplo). En muchas ocasiones los hijos somos muy ingratos, porque damos por sentado que todo lo bueno que recibimos era una obligación, en cambio, remarcamos especialmente todo lo que nos hizo falta. Honestamente, no pude haber tenido mejor madre para mis características, gracias a ella pude explotar mucho de lo que traigo conmigo, dejando bases muy importantes para que me desarrollara. Hoy en día sigo encontrándome con enseñanzas maternas que he aprendido a valorar.

Debido a circunstancias, que no voy a ventilar en este blog, la situación económica de mi madre no fue muy buena después de dejar el DF, de hecho quebraron una papelería y, recientemente, una miscelánea que tenía a su cargo. A pesar de esa falta de abundancia económica, a ella siempre le ha gustado viajar. Ahí es donde aflora esa creatividad y voluntad que le admiro ya que, a pesar de carecer de recursos, ella se las ingeniaba para organizar excursiones a varios lugares (Cancún, Acapulco, Chiapas, Puerto Vallarta, Oaxaca, Veracruz, Morelia, Guanajuato, etc.) Gracias a esa voluntad de hacer las cosas, mi madre viajaba a los lugares de su interés y, adicionalmente, sacaba alguna ganancia económica con los tours que organizaba.

La Maestra Marina siempre tuvo muchas inquietudes políticas, lo demostraba desde sus tiempos en el sindicato de su escuela, por lo mismo se involucró en la política del pueblo en donde dejó de vivir recientemente. Gracias a ella se pavimentaron muchas calles (las primeras en la historia del pueblucho ése), se dedicó a recolectar firmas, enviar documentos al congreso del estado, visitar al gobierno municipal y estatal en busca del apoyo para la pavimentación. Se la pasó chingue y chingue (y vaya que es buena para eso) hasta que nos pavimentaron la calle, y posteriormente siguió presionando para lograr que las principales de la población también lo fueran.

Sin ser presidente municipal, consiguió muchas obras para el pueblo (escuelas, pavimentaciones, campos deportivos, entre otras), sin embargo, pudo más la desidia de una población mediocre que el empuje de una mujer admirable y luchona. Doña Marina se cansó de luchar contra corriente, de las traiciones, de la falta de reconocimiento y de todo lo que ella invertía a nivel personal y se retiró del mundo de la política, el cual es asqueroso por naturaleza.

Gracias a ella se hicieron muchas cosas en el beneficio de esa población ingrata por eso mismo es una heroína. Si nunca nos hubiésemos mudado ahí, puedo asegurar que dicho lugar seguiría en las mismas condiciones deplorables; sin embargo a mi madre (por ser mujer y foránea), casi nadie la va a recordar por esos logros en dicho pueblo. Por lo mismo incluyo este párrafo en el ensayo para que algún día alguien se entere que un pueblo, llamado San Matías Tlalancaleca, le debe mucho a la Profesora Marina (como le gusta que la llamen).

Mi madre es una maestra nata y, aunque renunció a su trabajo en el IPN, no podía dejar de ser educadora. Su fuerte no era el administrar negocios (por algo tronaron), así que le hizo caso a su vocación. Encauzó su necesidad y empezó a dar clases de regularización a niños pueblerinos. Muchos podrán pensar que lo hacía por negocio pero, en realidad, había ocasiones en que sólo tenía dos alumnos y a veces ni le pagaban. Pero dedicaba sus dos horas con la misma seriedad y pasión así fueran dos o quince chamacos. Al ver el interés que le ponía al aprendizaje de esos niños ajenos me dije a mí mismo “¡Wow! ¡Que afortunado fui de tenerla como madre!”, si esa pasión le pone a la educación de niños desconocidos, imagínense lo que hacía con los propios.

            Doña Marina es Ultramocha, no a los niveles de mi difunta abuela (que seguramente debería ser beatificada), a pesar de ese defecto, reconozco que el amor que tiene por nosotros es mayor que su fanatismo religioso; por lo mismo puede ser sensata, con visión y criterio. Menciono esto porque dejé la religión a los 15 años para convertirme en ateo/agnóstico. A pesar de esto, mi madre siempre respetó mis decisiones, nunca intentó obligarme ir a misa o convencerme de algo en lo que ya no podía creer.
Su Cédula

            Dentro de todo lo que debo agradecerle es que sin ella jamás me hubiera titulado. Desde el primer día que acabé la escuela, ¿cómo decirlo con elegancia?, me estuvo chingue y chingue y chingue y chingue hasta que presenté la tesis y conseguí el título. No había día en que no me acosará con “¿Cuándo te titulas? ¿Ya tienes fecha? ¿Ya acabaste la tesis? ¡Ya titúlate!”.

Si no me hubiera estado hostigando, seguramente no habría conseguido mi cédula profesional, porque ya trabajaba y percibía un salario, por lo cual es fácil olvidarse del papelito. Ella tenía presente casos muy cercanos, en los que la ausencia del título fue un obstáculo en la vida profesional, por lo mismo me estuvo acosando hasta que le mostré el mentado documento. Cuando acabe la maestría no me espere a que Doña Marina me estuviera fregando, aunque ya no podía decirme nada porque yo me la pague, pero tenía muy presente el interés materno en la licenciatura y eso me impulsó a obtener el Posgrado.

Alguna vez mi hermano me escribió que mi madre es inmune al fracaso y es que lo ha experimentado tantas veces que ya ni la despeina. Doña Marina ha cometido muchos errores, ¿quién no?, muchas de esas pifias fueron hechas con la intención de conseguir lo mejor para nosotros. Ha hecho sacrificios que no cualquiera haría, tiene acciones que serían juzgadas por esta “intachable” sociedad pero (ya) no la juzgo, porque ahora entiendo que sus decisiones fueron basadas en el amor que nos tuvo a mí y a mis hermanos, es como decía Nietzsche: “Todo lo que se hace por amor está más allá del bien y el mal”.

Aunque la Profesora Marina es una mujer apasionada, también es un ejemplo de civilidad remarcable. A los 24 años conocí a mi hermana paterna (la hija de su primer esposo), ella vino junto con su mamá (la esposa de mi papá biológico) y se hospedaron en nuestra casa. Todos salimos a pasear, platicaron las señoras y se llevaron de maravilla. Cuando compartía esto con conocidos,  se me quedaban viendo e invariablemente preguntaban “¿Cómo? ¿Tu mamá hospedó en su casa a la hija y esposa de su exesposo?” para mí resultó algo muy natural, sin morbo ni resentimiento alguno, pero el resto del mundo nos tachaba de locos (y seguramente tienen razón, pero en realidad no me interesa lo que opinen).

Hablando de la notable resistencia de doña Marina, aún recuerdo el día que me mude de su casa: a pesar de haberle avisado con tiempo, de haber hecho mudanza hormiga y de irla terapiando paulatinamente, le dolía en el alma que su primogénito dejara el nido. Así que aguantó hasta el momento que partí, acto seguido se echó a llorar (esto me lo contaron mis hermanos). Ese hermoso detalle lo agradecí con profundidad, primero por aguantar las lágrimas para facilitarme la partida y, después, el que las haya derramado en honor a todo el amor que siempre me ha regalado esa admirable mujer.

Sé que soy un hijo ingrato al no entender la magnitud del amor que mi madre tiene por nosotros pero, de una manera más racional que emocional, puedo admirar la magnificencia y valentía de las acciones que esa maravillosa mujer realizó por sus engendros.

Mi madre ha cargado con muchas culpas a lo largo de su vida, ella es consciente de las repercusiones negativas de sus decisiones y, tristemente, no siempre se reconoce el impacto positivo de sus aciertos que, por mucho, son mayoría. De por sí la vida te castiga por tus pifias, pero ella se flageló adicionalmente al no perdonarse las fallas, mismas que no cometió con intención de dañar a nadie.

Por esos mismos errores vivió tantos años en un lugar que le quedaba chico para todo su potencial. Recientemente regresó a nuestra tierra: Veracruz, una de las mejores decisiones que ha tomado, y ahí creció la admiración y amor que tengo hacia mi madre; y es que acabó con su encarcelamiento, dejando atrás muchos intereses y anhelos de muchos que querían que se quedara dónde estaba. Dejar el lugar en donde has vivido 23 años, considerando que es una mujer de 61, requiere un valor impresionante, sin importar que regreses a tu lugar de origen.

Este homenaje que hago a mi señora madre es para inmortalizarla. Si este blog es mi boleto para la inmortalidad, quiero llevarla conmigo, necesito que se sepa la calidad de mujer por la que fui criado. Creo que puedo ser muy objetivo, ya que he mantenido una distancia sana desde que salí de su casa, por lo mismo la visitaba cada 15 días. Ahora que vive en mi amado puerto, tal vez la vea dos o tres veces al año.

Es factible que mi madre no tenga el buen concepto de ella que estoy expresando en este escrito, ni siquiera yo lo tenía tan claro pero, recientemente, cuando se regresó al puerto, lo acabe de descubrir. La considero como una auténtica heroína anónima (como la mayoría de las mamás), ya que hizo todo por sus hijos sin importar que reciban o no el crédito merecido.

Todos somos producto de la educación que recibimos.

Doña Marina es un dechado de generosidad, en mi opinión exagera, ya que es capaz de quitarse el bocado con tal de dárselo a alguien más necesitado. El problema con esa actitud es que ha encontrado mucha gente gandaya que se aprovecha de su bondad y, en consecuencia, no ha tenido tanta abundancia como merecen sus acciones; aunado a que en un país como el nuestro nunca se acaba la gente pobre a la cual ayudar.

Mi madre no sacrifica sus intereses sólo con su familia, sino con cualquier alma necesitada. Sé que soy muy mezquino al recriminárselo, pero siempre le digo “Mamá, ya deja de creerte la Madre Marina de Calcuta, ¡ya es hora de que veas por ti!” pero le cuesta mucho trabajo, todo debido a su educación, su personalidad, sus creencias pero, sobre todo, por esa naturaleza generosa que trae en su esencia.

Producto de tanta gente que se ha aprovechado de su bondad, mi madre ha quedado un poco marcada, porque a cada momento sospecha de que alguien le está haciendo (o deseando) el mal. No la puedo culpar, ya que ha sufrido muchas traiciones, algunas fuertes y otras leves; y no la puedo juzgar, porque yo mismo estoy ciscado por algunas malas experiencias. A pesar de todo lo que soportó, siempre sigue adelante (como Remi), cualquier otra persona hubiera acabado destrozada, me sorprende su temple, ya que saca fuerza quién sabe de dónde, y sigue luchando. Por todo ello, aparte de quererla más, he aprendido a admirarla.

Mucha gente quiere, aprecia y admira a mi madre, obviamente no todos lo hacen, porque siempre habrá seres miserables que envidian la estrella, la personalidad y la luz que irradian ciertas personas. Como ya mencione, ha sido atacada por seres mezquinos que intentan mancillar la felicidad natural que es inherente a ella. A pesar de tantas deslealtades que ha sufrido, sigue avante, da la impresión de ser indestructible y cuesta creer que un día se vaya a morir (con lo necia que es, igual y se le impone a la muerte para que no se la lleve). La admiro porque, a pesar de las innumerables situaciones adversas, sale airosa o, por lo menos, con un aprendizaje.

Debo reconocer que alguna vez le reclame: “¡Ay Mamá! No es posible que nos hayas inculcado tantos valores que resultan inútiles en un mundo de gente podrida”. Ella estaba consciente de que nos estaba educando con valores de cuentos de hadas pero, al final podía estar tranquila de que cuando saliéramos al mundo, de alguna manera, acabaríamos haciendo lo correcto. No lo voy a negar, muchas veces me ha encabronado hacer lo correcto, y es que esos valores y principios inculcados me impiden hacer lo incorrecto, seguramente he hecho mal a alguien en alguna ocasión, pero difícilmente habrá sido con premeditación.

A veces me gustaría hacer lo que la mayoría hace, acciones que casi todos disfrutan, y me suelo decir “¡Demonios! ¿Por qué me estoy perdiendo de toda la ‘diversión’?” Sin embargo, al final del día, le agradezco mucho esos valores, porque no hay mejor almohada que una consciencia tranquila.

No entiendo cómo mi madre siempre anda de buenas, se la pase chifle y chifle (parece que en su vida pasada fue un gorrioncillo), se la pasa cantando y en las fiestas anda bailando y echando relajo. De niño me avergonzaba mucho de su comportamiento tan desenfadado, también me daba pena que se pusiera a llorar en las películas (aunque ahora hago lo mismo), a veces como hijos somos muy estúpidos, y no valoramos todo lo que tenemos en nuestras madres. Tal vez tarde, afortunadamente no “demasiado tarde”, me he dado cuenta de lo afortunado que fui por recibir a esta mujer excepcional que guió mi camino con mucho amor y con mucha sabiduría.

Veo a las mamás de algunos de mis amigos, señoras de la misma generación que Doña Marina, que son independientes, generan recursos y mantienen una vida profesional activa y exitosa. No lo voy a negar, a veces he pensado “¿Por qué mi madre tuvo que renunciar a su trabajo y someterse a un yugo? Bien hubiera podido llegar a un mejor status”

Seguramente hubiéramos tenido una gran vida, ya que mi madre demostró que podía mantener una vida equilibrada entre su carrera y sus hijos. Tal vez por las razones equivocadas o tal vez por las correctas, mi madre renunció e inició otro camino, mismo que nos fue dando lecciones de vida invaluables. La Profesora Marina nos ha dado muchos ejemplos conscientes e inconscientes, de palabra pero sobretodo con vivencias. Tal vez mi madre pudo ser más exitosa pero, el camino por el cual nos llevó, nos hizo más sensatos y conscientes de cómo funcionan muchas cosas en el mundo real.

Nunca nos dio algún discurso inspirador, ni nos contó alguna bella y llamativa historia de nuestros antepasados; pero eso no importó, su vida nos han servido de una lección invaluable. Ciertamente las palabras convencen, pero el ejemplo arrastra. A pesar de todos los errores que pueda tener (sin importar su magnitud), la calidad moral y la sabiduría práctica (de las que seguramente no es consciente) de Doña Marina han pesado más de lo que cualquier error podría significar.
Doña Marina con mis tíos Toño, Fredy y Micky

Hay quién dice que me paso de cabrón con mi mamá, sólo por verla como humano y comentar algunos de sus errores (aunque no siento que la esté evidenciando). Personalmente creo que mi actitud es la más amorosa de todas, porque no la tengo idealizada, puedo verla como el bello ser humano que es y, aunque no es perfecta, la amo. Voy más allá, la quiero aún más por sus defectos y errores, precisamente porque no es perfecta, dentro de su imperfección hizo un trabajo impresionante con nosotros, a pesar de tener mucho en contra, siempre salimos ganando a nivel personal.

Esa misma actitud me ha dado la oportunidad de que platiquemos de adulto a adulto, lo cual ha resultado muy liberador para ella, porque sabe que no tiene que ser la madre perfecta, que siempre debe mantenerse inmaculada para mantener nuestras idealizaciones infantiles. La quiero más porque, sin importar sus falencias, siempre sé que cuento con su apoyo para todo lo que yo haga (aunque ella no esté de acuerdo).

En esos momentos cuando la dejó descansar de su rol de “Mamá” y la dejó ser por unos instantes simplemente Marina, ese rol que dejo de ejercer hace muchos años y que se llega a anhelar después de tanto tiempo en el papel de madre; valoro mucho que me hable de sus problemas como si fuésemos amigos y que olvide, aunque sea por un momento, que soy su primogénito, porque a veces necesita un poco de comprensión y empatía con su carga.

No soy el mejor hijo, ciertamente he de ser muy ingrato para la maravillosa madre que me tocó tener. Obviamente ella dirá lo contrario y hablará maravillas de mí, pero sé que pudo merecer alguien mejor que yo, porque su calibre humano, moral y sentimental no tiene par.

La imagen favorita que tengo de mi mamá es la que tenía cuando vivíamos en el DF: una mujer profesionista, plena, realizada, alegre, independiente, activa, admirada, progresista y que tanto me enseñó. A pesar de ello, independientemente que haya algunas más sobresalientes que otras, siempre amaré cada etapa en su vida, por darme la libertad de ser quién yo quisiera; inclusive sacrificando idealizaciones que ella tenía hacía mi o que yo tenía de ella, todos esos apegos que puede haber en una relación madre-hijo, con tal de que tomara mi propio camino. Hoy en día, gracias a esa independencia que me heredó, es que la admiro y la quiero más que si me hubiera pegado a su regazo todo el tiempo y me hubiera provocado mamitis aguda.

Como se han dado cuenta en el escrito, a ella le gusta que la llamen de distintas maneras: Doña Marina, la Señora Marina, Rosa Marina, la profesora Marina, la Maestra Marina entre otras, pero a mi me gusta simplemente llamarla “Mamá”

Hebert Gutiérrez Morales.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Hebert, me gusta la forma en la que te expresas de tu mama, das un informe general de la vida de tu mami y es una persona ejemplar, pues me da gusto saber que fue una persona luchona y que dio los mejores valores a ustedes como hijos, es un gusto ver en tus blogs y conocer la persona que eres, gracias por la información. Saludos..!! Y estamos en contacto..!! Kikin

GUILLERMO ESTUDILLO dijo...

Esto es lo que llamo honestidad,transparencia.Tienes una vida que deberías utilizar para escribir una novela,y aunque de estas historias está plagada la vida,percibo que sabrías imprimirle algo mas,pues tienes los argumentos,talento , formación y deformación académica para hacerlo.Me gustaría leerte en algo así, que pasaras del ensayo a la creatividad utilizando los recursos que de sobra tienes -eres escritor irremediablemente, no trates de evadirlo.Cada vez que leo un ensayo me convenzo mas

Marlene Arteaga dijo...

Primo, la última vez que te ví tenías un añito precisamente. Tengo bien grabada en mi mente la visita que mi mamá y mi papá les hicieron porque tus papás habían decidido divorciarse. Recuerdo casi nada de tu mamá, sin embargo, sí recuerdo que ir a verla significaba estar con una persona cálida y que siempre fue muy amable conmigo. No sé si ella aún me recuerde, pero siempre que tú y ella venían a mi infantil memoria, venía una tristeza por no saber cuándo volvería a ver a ese bebé de cabello chinito del que alguna vez tuve que despedirme. Ahora no te he visto personalmente, pero ya sé de ti y te prometo que le puso un analgésico a esa memoria de esa última vez que los ví.
Dale mi recuerdo cariñoso a tu mami. De niña la extrañé... y a ti también.
Un fuerte fuerte abrazo para ambos. Tu prima.

varelad1 dijo...

Caramba mi querido Hebert, me hiciste estremecer con el amor y admiración que expresas hacia tu hermosa Mamá.
No cabe duda que es un ser humano excepcional, como lo eres tú.
También me hiciste recordar a la mía, quien falleció hace más de 3 años.
Pero no solo me hiciste recordarla a ella, sino también a la relación que manteníamos ella y yo, tanto de niños, pubertos y adultos.
Gracias por tu escrito, me alegró el día por recordar cosas muy padres de mi vida pasada.
Te mando un abrazo.
Daniel

VENEZUELA dijo...

hola caballero, otra vez por aqui y me arrugaste el corazon con este escrito una vez mas, ojala mis hijos lleguen a apreciar cada cosa que hago por ellos de esa misma manera, por lo que describes no creo que vaya errando en mi rol de mama, con muchiiiisimos errores, no puedo negar mis tropiezos porque de la misma manera ellos han sido mi escuela, pero si con mucha pasion y amor. felicitaciones =) lo lograste una vez mas, este es mi correo, te lo debia melyvera2007@hotmail.com

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Muchas gracias Venezuela, has leído uno de los escritos más íntimos e importantes que he redactado pero, a pesar de ello, creo que no soy el hijo que mi madre merece. Sobre los tuyos, con lo sensata y clara que eres en tus ideas y por tu manera de ver la vida, estoy seguro que a la larga te agradecerán todo el esfuerzo, interés y/o amor que inviertes en ello, aunque tal vez tengas que esperar mucho para constatarlo. Un gran abrazo y gracias por pasarme tu mail, te escribo luego para explicarte sobre el fútbol americano.

VENEZUELA dijo...

Ojala logre hacer de ello seres humanos sensatos, que como minimo pongan su cabeza en la almohada libres de remordimientos y preocupaciones por algo indebido como lo expresas tu alli! Te confieso q me imagine a tu mama de contextura delgada y pueblerina (no lo tomes a mal) pero sabiendo lo q implica criar hijos practicamente sola, la admiro despues de lo q lei, creo q me identifico mucho con tu mama, yo deseo mudarme a un lugar mas modesto, un pueblo, precisamente tratando de escapar de tanto vicio y malisia, criar a mis hijos mas humanos, q vean el trabajo y lo duro q es la vida para muchos, esa vision no se la da su vida dentro de un urbanismo cerrado donde todos sus vecinos como minimo comen todas sus comidas, no se si me explico. Ah! Gracias por lo q me toca :D

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Al final nadie nace sabiendo ser padre, uno va aprendiendo en el camino y hace lo mejor que puede con lo que tiene, independientemente del ámbito creo yo. Te podría decir que nuestra familia se acabó al salir de la gran ciudad para irnos a un pueblo, aunque ésa es sólo mi perspectiva de la situación, cada miembro de mi (Ahora rota) familia te podría dar su propia versión de los hechos. Mi madre fue delgada en su juventud pero, según la bioenergética y la psicología, no es casualidad que ahora sea gordita, después de tanto maltrato psicológico y moral que le tocó vivir para sacar a flote a su familia, a pesar de las circunstancias, y aunque logró su objetivo a media, creo que pagó demasiado por ello. Creo que vas a ir encontrando la mejor forma para sacar adelante a tus hijos, a veces no será fácil pero, mientras sepas que es por su bien, creo que pagaras gustosa el precio de hacerlos buenos humanos. Un gran abrazo. :-)

VENEZUELA dijo...

yo puedo entender a tu mama, la decision que tomo al salir de una gran ciudad para criar a sus hijos de una manera mas modesta alejandolos de la loca sociedad consumista, pero ahora me pones a pensar, no es lo mismo mudar a tus hijos a un pueblo cuando ya tienen una vida hecha en la ciudad que mudarte cuando aun no tienen nocion de nada y criarlos desde pequeño en un lugar modesto, pero tambien esta la otra parte, que ellos entiendan por que se mudan, cual es el fin y que quiere su mama lograr con eso, aunque lo que no comparto con ella es anularse como mujer, como profesional y menos siendo tan emprendedora y activa (ojo: esto lo saco de tus lineas)pero no somos quien para meternos en las cabezas de las mamas, no sabemos que las llevan a actuar de cual o tal forma, la vida en pareja y familiar es muy complicada y a veces nos vemos forzadas a tomar decisiones insospechadas e incomprendidas, deja que te toque

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Gracias Venezuela, tienes razón. No lo entenderé hasta que me toque, si es que alguna vez me toca experimentarlo. Un gran abrazo.