sábado, 30 de marzo de 2013

Mi pecado Capital favorito


            Estaba en mi lugar, a punto de comerme una rica rebanada de pastel acompañado por un cafecín. De pronto Peter, el practicante que se sentaba delante de mí, me ve y me dice “¿Qué estás haciendo? ¿Otra vez estás tragando?”. Lo peor del asunto es que ¡tiene razón! ¡Me la paso tragando todo el día!

            Lo digo de todo corazón: en verdad me hubiera encantado que mi pecado capital máximo hubiese sido la lujuria y no la gula; pero, como dice José José, “Uno no es lo quiere, sino lo que puede ser”. Para bien o para mal, la gula es mi más grande pecado capital (seguido por la vanidad).

            Recientemente asistí a una fiesta en la cual había tres niños en la mesa. Veía la vehemencia con la que rogaban a los engendros para que comieran. En ese momento recordé lo feliz que era mi madre conmigo: además de ser un ñoño que obedecía todas las reglas, siempre estaba orgullosa por mi buen apetito y, como quería tenerla siempre feliz, no desperdiciaba bocado alguno, sin importar que ya estuviera lleno.

            Como ya explique en otro escrito, aprendí a comer sin hambre por un simple comentario materno, haciendo alusión a no dejar algo en el plato, por tal motivo estoy programado para dejarlos limpios y no desperdiciar nada. Las pocas veces que he dejado sobras, me siento mal por tirar el alimento, es como si yo solito estuviera matando de hambre a los niños africanos (obviamente sé de dónde proviene dicho sentimiento de culpa).

            Desde pequeño, tengo muchos recuerdos relacionados con mi forma de tragar. Por ejemplo, a los ocho años me zampé media Sandía, lo cual me hizo vomitar durante gran parte de la noche, aunque no por ello me dejo de gustar dicha fruta. También recuerdo que en la adolescencia me desayunaba un litro de licuado de fruta con tres piezas de pan de dulce ¡y en la cena me recetaba la misma dosis!

Otra memoria que tengo respecto a mi glotonería es cuando me compre un kilo de carnitas, con sus respectivos aditamentos y (aunque normalmente prefiero el agua) un refresco familiar, para ver un partido de mis amados Delfines, o tantas veces que me trague una pizza familiar yo sólo mientras el resto de mi familia se consumían otra para ellos cuatro. En fin, tantas y tantas anécdotas que reflejan fielmente mi enfermedad y/o angustia por devorar.

            Volviendo a la oficina, estábamos platicando en Junta Interna sobre alguna reunión de fin de año, cuando mi jefa estaba dijo “Mira Hebert, cuando tengas hambre . . .” de pronto fue interrumpida por alguien “¡Hebert siempre tiene hambre!” y, lo triste de todo es que es cierto.

            Ciertamente no ha de ser muy sano, pero reconozco que me encanta comer. Soy de los que viven para comer en lugar de comer para vivir, no está bien que lo diga, pero no va a dejar de ser cierto con que lo oculte. Podría decir que no estoy orgulloso de eso, pero también sería una mentira, ya que esta “cualidad” me ha traído mucho reconocimiento a lo largo de los años.

            Al igual que todas nuestras desgracias, el comer mucho me da identidad. Siempre he sido “celebrado” por la cantidad que como y al ritmo que lo hago: “¡Mira cómo come!” “¡Yo no podría!” “¡Eres una bestia!” “¡No eres humano!” y demás expresiones que me significaban atención e importancia de los demás. Tal vez de niño no lo entendía así pero, ahora que soy adulto y lo comprendo, ¿Por qué no dejo de comer de manera obscena? A ver si lo averiguamos avanzando el escrito.

“En el fondo, lo que queremos es que se nos quiten los síntomas pero no la enfermedad, porque no nos atrevemos a sanar” – Alejandro Jodorowsky.

            Un hecho triste, y que me hizo notar mi amigo Augusto, es que sólo como porque sí, ya no degusto las cosas: en un Buffet de cortes, me comentaba “Te diste cuenta que te tragaste el último pedazo de arrachera” a lo que conteste “¿En serio? ¡Ni lo note!”. Me da mucho placer comer, algo así como los que compulsivamente compran: el placer no proviene de lo que llevan o para quién lo llevan, sino sentirse poderosos por el hecho de adquirir, de pagar algo. Algo así me pasa con la carne: ya no importa el tipo de carne (aunque soy bastante melindroso con el pavo, cordero y, a veces, con el pollo), ya sólo es el hecho de comer (y mucho) lo que me alegra.

            Mi amigo Luis me dijo en alguna ocasión: “La carne para ti es como el alcohol para los borrachos”. Soy honesto, he aprendido a identificar cuando he tenido suficiente y ya no comer más pero, cuando se trata un Buffet, puedo ignorar el sentido común y seguir comiendo como si nada, porque he aprendido a devorar aún sin apetito.

            ¡Malditos Buffets! Los odio con todo mi ser, porque me dan la posibilidad de tragar todo lo que quiera o pueda. Al entrar a ellos bloqueo toda responsabilidad de medir mi consumo y simplemente me atasco tanto como sea posible, para demostrarme que sigo siendo una monstruosidad en cuanto a comida se refiere. Si ordeno a la carta puedo controlarme, porque no siento esa necesidad compulsiva de comer, por lo que regulo la cantidad a ingerir. Por lo mismo evito, en la medida de lo posible, cualquier tipo de Buffet.

            Seguramente soy un comedor compulsivo. “Mal de muchos, consuelo de tontos” reza el dicho, como mi comportamiento es tan generalizado a mi alrededor, no es tan notorio como un fumador o un alcohólico (ya no digamos un drogadicto). Sé que no importa cuántas dietas, rutinas de ejercicio, complementos alimenticios o pastillas maravillosas llegue a consumir. Básicamente la solución a mi problema está en mis manos: comer de manera inteligente para, como digo que quiero, bajar de peso.

            La segunda vez que fui hacer Rafting a Jalcomulco uno de los guías, Christian (de nacionalidad argentina), me comentaba de manera amigable: “No entiendo esa necesidad de los mexicanos de comer demasiado” y tiene razón. Hemos aprendido a comer sin hambre, a servirnos generosamente sin tener el apetito que respalde nuestras porciones. Si fuésemos más racionados, seguramente no padeceríamos de sobrepeso y no habría tanto desperdicio de comida, y es que también somos inconscientes y egoístas con todo lo que desperdiciamos en perfectas condiciones.

            La Gula está propiciada por la sociedad consumista en la que vivimos, en dónde siempre se anhela más aunque no sea necesario, al igual que el dinero: No importa que tengamos la cantidad económica suficiente para vivir con plenitud, si alguien te llega a ofrecer más, lo vas a tomar sin importar que haga o no falta. Con la gula pasa igual, uno ya sabe cuando ha comido suficiente y que, pasados 15 minutos, la sensación de saciedad llegará a tu cerebro pero, ¿por qué desperdiciar la oportunidad de atragantarte?, así que te atascas todo lo que puedes al momento, quién sabe si el día de mañana haya esta cantidad de comida. Esto demuestra una miseria muy marcada propiciada por el consumismo insaciable.

            Alguna vez leí, en mis años universitarios, que uno debe masticar el bocado entre 18 y 20 veces (como si fuésemos vacas). Así que mis amigos y yo teníamos que comprobarlo, y fuimos a comernos unos tacos al centro de la ciudad. Lo intente a la primera “una, dos, tres . . .¡glup!”, así que lo intenté otra vez “Una, dos, tres, cuatro . . . ¡glup!” y así seguí tragando tacos intentando (infructíferamente) llegar a las mentadas 18 masticadas. Mi récord máximo (y con un esfuerzo consciente) fueron siete antes de tragarme el bocado, en verdad no entiendo cómo hay gente que puede mascar su bocado 20 veces, por lo menos para mí es física y psicológicamente imposible.

            De hecho no me molesta seguir tragando a ritmos bestiales e inhumanos, por el placer obtenido. Lo único que me molesta es el subir de peso. He llegado a la conclusión que mi peso no importa tanto sino cómo están distribuidos los kilos y cómo me veo, pero me sigue importando el pinche número en la báscula. Sigo siendo talla 32, la gente me dice que me veo bien y, a un nivel consciente, sé que no estoy obeso (o por lo menos no lo aparento), porque me veo al espejo y me gusto.

Sin embargo, todas esas evidencias pasan a segundo término cuando una triste cifra en una báscula me angustia. Me apena que el peso (ya sea que suba o baje) tenga tanta relevancia en mi estado de ánimo, me avergüenza estar en un nivel tan primitivo e infradesarrollado como para que algo tan irrelevante sea primordial en mi bienestar.

            Cuando conozco a alguien que come a mi nivel pero de constitución delgada, producto de un metabolismo envidiable, empiezo a fantasear de todo lo que haría (y no haría) al carecer de esa tendencia a engordar. Si fuese delgado por naturaleza, creo que no haría ejercicio, aprovecharía todo ese tiempo para leer, escribir o ver películas; además de que tragaría como cerdo y sin limitación alguna ¿Ensaladas? ¡Olvídenlo! Devoraría todo lo que fuera delicioso sin importar lo malo que fuera para mi salud.

            Por tal motivo debo de estar agradecido con el metabolismo que me tocó, ese mismo que tiende a engordar porque, gracias a ello, hago ejercicio y cuido (en algo) mi alimentación. Y es que, como ya mencione en el escrito de la Obesidad, no hago ejercicio por salud, lo hago por vil vanidad, aunque los beneficios son los mismos sin importar las motivaciones (felizmente).

            Soy producto de dos grandes males de la sociedad capitalista actual: por un lado sufro la presión de ser delgado, mantenerme en forma, para ser amado, querido y mejor humano que los obesos (una verdadera idiotez que tenemos tatuada en el inconsciente); por otro lado, también tengo esa necesidad de comer como si estuviera en el último día de mi existencia, tanto como puedas, como si mañana no fuera a haber.

Todo radica en esa necesidad de gratificarte, de sentirte premiado, de sentirte bien, de consentirte, no sé por qué lo hacemos a través del alimento. Obviamente esa insaciable hambre es el reflejo de alguna angustia, los motivos son variados (y por lo mismo voy a terapia). Es reflejo de alguna carencia, una angustia que me atormenta. no es dejar de comer porque sí, el meollo del asunto es resolver esa angustia para que, de manera natural, deje de atragantarme compulsivamente y regrese a estándares humanos, al superar la necesidad de comer más de lo que puedo o necesito.

            El problema no es tragar, sino la culpa que genera. Después de tantos años de ser tragón, he aprendido a comer sin (tanta) culpa: simplemente gozo mis alimentos, y después lidiaré con las consecuencias. Antes, cuando comía con remordimientos, ni disfrutaba mi comida, de todas formas engordaba y me sentía mal. Quité prejuicios, o sea todos los “deberías”, y así me sabe más rica la comida; con esto he recuperado la dignidad al comer o, en mi caso, del tragar.

            “¡Cabrón! ¡Ya deja de comer!” Es lo que me dice el Pokemón

            Me he dado cuenta que estando solo puedo ser lo suficientemente disciplinado para cuidar mi alimentación, lo cual me da mucho gusto. Por lo mismo es que el melox y los chicles los tengo en la oficina, ya que ahí es dónde se presentan las mayores tentaciones culinarias. Pareciera que en el trabajo nos pagan por comer, a tal grado que llegamos a hacer nuestras quinielas para bajar de peso (Llamadas “Reto Pachoncito”), el problema es que resulta contraproducente ya que, en lugar de ayudarnos unos a otros, tendemos a complotearnos con conchitas, tamales, tortas, cuernitos, pastel, orejas, donitas, panques, etc. Lo cual se torna en una vil tragadera que te hace luchar contra corriente ya que, en lugar de preocuparte por bajar de peso, ahora debes de cuidarte por no subir más.

            No les achaco nada a mis compañeros ya que, como se dice popularmente, “El llamado a Misa se hace para todos, ya va el que quiera”, así que la decisión sigue siendo mía, por lo que la falta de voluntad juega en mi contra. Igual y ellos podrán ofrecerme todo un banquete, pero ya está en mí aceptar o no. Nadie me pone una pistola para tragarme una tortita, una tamal, una dona o cualquier otro pan de dulce.

            La comida es un medio ideal para socializar y expresar nuestro cariño, de hecho yo expreso mi amor con comida, ya que cuando quiero a alguien lo llevo a comer o consiento a mis compañeros al llevar comida a la oficina. ¿Es eso correcto? Por lo menos sé que todos se sienten bien cuando les llevo pan de dulce, y a mí me complace que se sientan a gusto comiendo algo que les traje. Supongo que ellos sienten lo mismo cuando nos engordan al resto.

            Hay días que me dan ataques de amor propio y me pongo a rechazar toda la comida que amablemente tienden a regalarme. Me doy cuenta que todos los días siempre hay un(a) buen(a) samaritano(a) que me regala empanadas, tortas, tamales, pasteles, churritos, etc. El problema es que estas porciones son adicionales a mis normales del día, por lo que ahí empieza la gula, ya que estoy comiendo sin importar que no lo necesite.

            Cuando los llego a rechazar, la gente se molesta, porque saben que soy un tragón y no les agrada que no acepte su muestra de afecto. El problema es que su “afecto” me afecta en el peso y en la salud. Es como si le regalaran a un drogadicto algo de cocaína porque saben que lo harán feliz, y seguramente así será, pero eso no quiere decir que le estén haciendo un bien.

            Pero eso sólo pasa en los días en que me hago consciente, lo que quiere decir que en un día normal acepto todas esas dádivas con una glotona sonrisa, por lo cual es fácil de entender por qué no bajo de peso, cuando mi gula se deja querer por los demás.

            El hecho de que me controle estando solo no significa que coma cantidades decentes. De hecho sigo tragando demasiado, pero lo hago con cosas naturales: un melón entero, una mega ensalada, un súper licuado y demás. La cantidad es importante para mí, ya que me he dado cuenta que no puedo comer poquito, y es que la cantidad (y no tanto la calidad) es lo que me satisface. Desde la infancia se me tatuó esta necesidad inconsciente, por ello necesito porciones abundantes. Así que, cuando encuentro un lugar en donde sirven platos generosos, pasa a ser de mis preferidos.

            No funciono con dietas, producto de la reacción humana de desear lo que te prohíben. Al sentirme limitado en mis alimentos, más angustia se me crea por consumirlos. Por lo mismo, aunque no lo expresen, estoy seguro que las únicas dos nutriólogas con las que he ido en mi vida, se han de haber frustrado bastante con mi falta de compromiso hacia el régimen que intentaron inculcarme.

            No me gustan las dietas, cuando quiero bajar de peso sólo trato de “portarme bien” con mi alimentación, sin ninguna limitación, pero sabiendo en dónde están mis excesos. Las dietas me parecen una aberración a la naturaleza (por lo menos contra la mía), eso de andar comiendo “100gr. De pechuga de pollo, con un botecito de Yoghurt natural y media manzana” me parece ilógico ¿Quién se come media manzana? Yo me como una manzana entera y si quiero comerme un pollo entero, ¡lo voy a hacer! No me gusta limitarme, prefiero portarme bien y tomar consciencia de mis actos.

Tengo mis épocas en las que puedo controlarla y otras en las que se desborda, pareciera que nunca podré extirparla del todo, así que sólo me queda aceptarla e integrarla porque, entre más la combata, más se fortalece mi necesidad de atascarme.

            Afortunadamente mi segundo pecado capital favorito es casi tan grande como el primero: La Vanidad. De no ser por lo insoportablemente vanidoso que soy, seguramente sería un marrano de unos 120 kilos, porque mi físico pasaría a segundo término ya que el placer de comer sería mayor. Agradezco profundamente que otro de mis pecados capitales pueda mitigar el impacto del primero.

            Como sé que no puedo controlar tan fácilmente mi hambre, trato de tomar decisiones inteligentes al evitar las tentaciones (como el ejemplo que ya mencione de evitar los Buffets). Una de esas acciones es dejar todas las monedas en el coche ¿Por qué? Cuando me da un ataque de hambre, de inmediato voy a la maquinita de comida chatarra y, al buscar las monedas, recuerdo que las deje todas en el auto para no tener que tragar comida chatarra, así que regreso a mi lugar, frustrado por no haber conseguido porquerías que comer, pero feliz por haber logrado mi objetivo.

            Otra acción que hago es evitar comprar fresas “¡Pero si las fresas no engordan!” es lo que podrían pensar, pero no son las frutillas, sino sus acompañantes. Me encanta la fresa, definitivamente es mi fruta favorita, el problema es que tiendo a comprarla de a dos kilos. Así que, antes de que se me echen a perder, consumo tantas fresas como me es posible, en las dos presentaciones que más amo: en malteada y con crema. Un pecado enorme para mí es consumir el licuado de fresa sin pan o galletas, así que consumo generosamente los carbohidratos para acompañar a mi batido. En el caso de la fresas con crema paso algo parecido, ya que me las debo comer con galletitas y, como suelo prepararme porciones generosas, la cantidad de galletas también lo es.

            En el pasado, tomaba decisiones extremas como dejar de comer pan, huevo, leche o alguna otra opción engordante de mis alimentos preferidos; extirpándolos abruptamente en un intento desesperado por bajar de peso. El problema se presenta con el síndrome de abstinencia, ya que al recaer me justificaba “¡Ya ni modo! ¡Me rindo!” y me atascaba todo lo que podía del alimento vetado.

            Hoy en día trato de no extirpar nada, sólo trato de controlar. Todavía no soy muy bueno pero hoy administro mejor mis comidas y las comilonas ya no son tan frecuentes. Los problemas no se extirpan, se afrontan. La única manera de resolver estas cuestiones personales es integrándolas a nuestro ser. Si hacemos como que no existe el problema es contraproducente porque, entre más los ignoramos, crecen en nuestro interior sin control, para regresar con una fuerza avasalladora.

            Mi gula está conectada con el hecho de no dejarme querer: en la adolescencia no me sentía querido, así que me “consentía” (aún más) a través de la comida. Fue tan marcado ese comportamiento que, hoy en día, mucha gente intenta quererme y apapacharme, pero no me dejo. Mucha de esa autosuficiencia sentimental, radica en que me “consiento” con los alimentos. Tal vez no necesitaba tanto el contacto físico porque desde hace mucho tiempo he aprendido a “premiarme” con la comida.

            Admito que el pesarse, el cuidar la cantidad y calidad de la comida, los lugares en donde cómo, las calorías, grasa y demás, se ha tornado en una obsesión. Cuando deje de darle importancia, mi felicidad se incrementará exponencialmente. El día que deje de importarme el acoso que se nos hace por estar delgados y, al mismo tiempo, dejen de influenciarme por comer como si el mundo se fuera acabar, será el día que haya encontrado mi paz interna, mismo día en que agradezca el simple hecho de estar vivo y tener la suerte de tener los recursos para comer lo que quiera.

            ¿Qué pretendo con este escrito? Honestamente no lo sé. Creo que mi gula está tan arraigada a mí como el respirar. Tal vez lo hago público en un intento de avergonzarme de mi glotonería y, probablemente, controlar mi forma de comer. O solamente lo externo para hacerme consciente de este comportamiento autodestructivo que he llevado a lo largo de mi vida, en un grito desesperado de amor propio, para cambiar una de tantas cosas que debo mejorar en mi ser, y que no he querido hacerlo desde hace tiempo.

            Hebert Gutiérrez Morales.

2 comentarios:

Yoghurt McCloud dijo...

Resulta que al final todos somos "pecadores", de una u otra forma todos tenemos alguna debilidad que nos hace más humanos y que debiese ser, precisamente, lo que nos ubicara en nuestra realidad.
Cómo se define el pecado? realmente existe algo como tal?
O es más bien una auto crítica por hacer algo que la sociedad nos dicta no hacer...

varelad1 dijo...

Hola Hebert,
Pues me has sorprendido, pensé que tu pecado capital iba a ser otro menos la gula.
De hecho tampoco pensaba que tu otro pecado capital fuera la vanidad. Ojala escribas algo de este otro dizque pecado capital que tienes para opinar si creo que realmente lo tienes o no.
En cuanto a tu "gula" pues no sé qué tan real o fuerte es tu problema, pero bueno, te gusta comer, disfrutas comer y eso es padrísimo. Yo también disfruto muchísimo comer, aunque no en exceso, pero me encanta comer exactamente lo que quiero aunque tenga que ir al otro lado de la ciudad para conseguirlo.
Ojala un día platiquemos más de este tema para darte unos tips de lo que me gusta y en dónde comerlo.
En este punto, no sé si tu gusto es comer mucho o comer cosas que te gustan y disfrutarlas.
Pero bueno, creo que todos tenemos pecados, unos más arraigados que otros, pero vuelvo a mi comentario del blog anterior, los extremos son malos. Tal vez a veces los excesos no son tan malos, hay que disfrutar una buena tragada, una buena emborrachada, una buena sesión de sexo, etc. etc. Pero pienso que no puedes vivir en el extremo o en el exceso siempre.
Gracias a Dios tengo mis vicios y malos hábitos más o menos controlados, me conozco muy bien y siempre busco ponerme un límite auque a veces me los salto.
Al leerte, siento que sí tienes un problema en este tema de la comida, pero no alcanzo a percibir realmente qué sientes, cómo te afecta en tu vida, en tu día a día este "problema".
Tal vez es solo una forma de ser o de vivir, la que, aunada a tu gusto y práctica de correr, pues se complementa y no te "afecta". Pero te repito, no percibo la gravedad del asunto.
Un abrazo y ay luego platicamos.