viernes, 10 de mayo de 2013

El Gran Gatsby


            Creo que mi autor favorito es Haruki Murakami, ya que sus novelas son tan extrañas como mi personalidad, además de que percibo mucho sentimiento envuelto en una bola de pachequeces pero, al final, siento que la obra es auténtica.

“No juzgar es motivo de esperanza infinita” – F. Scott Fitzgerald (“El gran Gatsby”)

            En varios de sus libros, Murakami siempre hace referencia al “Gran Gatsby”. Cuando escuchaba ese nombre siempre me venía a la mente alguna especie de luchador enmascarado o un héroe de historieta. Al final mi percepción fue correcta, pero de una manera distinta a lo que imaginaba en un principio (Ver mis comentarios al final).

            Al terminar cada libro de Murakami me decía “Debo conocer a ese Gatsby tarde o temprano”, pero era un pensamiento que no me apremiaba, sólo era una especie de nota mental que podría cumplir en un futuro lejano.

            Hace un mes ví que ya venía la película de este libro, lo cual me apremió a leerlo, ya que quería ver el filme (con lo poco valioso que hay en estos días, aprecio mucho las pocas filmaciones interesantes que encuentro). Así que fui y me compre una edición de pasta dura con ilustraciones de un tal Jonny Ruzzo.

            La lectura resulta agradable y fluida, sin grandes complicaciones, por lo cual me eche el libro de un solo sentón. Me encanta que la historia esté narrada por Nick Carraway y, de alguna forma, aunque es su vida, es una especie de actor secundario. No todo el tiempo se habla de Jay Gatsby, pero siempre está presente, está en el ambiente tan snob de los años 20, en la exclusividad de West Egg, en la inocencia de una época (en teoría) de perdición pero que aún mostraba algo de respeto y elegancia. Obviamente se vivía de apariencias pero, creo, aún se nos permitía un poco de esencia y no andar todo el tiempo en la máscara social, pero ya me desvié del tema.

            La manera de contar las cosas es lo que distingue a la novela, Fitzgerald muestra un anhelo por lo elegante, por lo sincero, por lo auténtico y, al mismo tiempo, una admiración a todo lo “bonito” de aquella época, en la cual te describe con lujo de detalle desde una taza, el atuendo de alguna fémina, un espectacular al lado de la carretera, los detalles de un auto o los atributos de una casa. Es como si te pintara con palabras toda la historia, es como si te contara una especie de cuento de hadas, pero con la variante que la magia viene de lo cotidiano, de nuestra existencia con fecha de caducidad.

            Los diálogos tampoco tienen desperdicio, van desde las posturas más falsas hasta las honestidades más crudas. A veces pareciera que son diálogos en broma, yo mismo me decía “No sé cómo hubiera reaccionado si alguien me hubiese dicho tal barbaridad”, pero todo era parte del ambiente tan sui géneris y optimista que se vivía en Estados Unidos antes de la Gran Depresión del 29.

            Como historia alterna, también tenemos el flirteo que hubo entre Nick y Jordan Baker, la cual podías amar u odiar, pero nunca resultarte indiferente, un complemento perfecto para la personalidad tan tranquila y común del buen Nick. En algún momento todos conocemos a alguna chica que nos resulta refrescante y maravillosa pero que, al final, sabemos que nuestros caminos solo van a coincidir por breves momentos, esto ya lo sabía Nick con la locuaz Jordan.

            Hay algunas escenas que no aportaran mucho pero que se agradecen como lector, como cuando Nick va a comer con Tom y su amante, todo en una reunión en su departamento de New York con los amigos de ésta. Desde el ambiente hasta como te lo describen, es una auténtica pachequez, pero con ideas muy claras y sin perder la sutileza y elegancia que describen esta obra.

            El primer diálogo de Gatsby con Nick, en una de las tantas fiestas, es muy agradable y no esperas que conozcas al protagonista de forma tan casual. Toda la descripción que Nick hace de Gatsby te va preparando pero, cuando lees los diálogos de éste, sientes una extraña empatía hacia tan misterioso personaje.

“Era una de esas raras sonrisas capaces de tranquilizarnos para toda la eternidad, que sólo encontramos cuatro o cinco veces en la vida. Aquella sonrisa se ofrecía – o parecía ofrecerse – al mundo entero y eterno, para luego concentrarse en ti exclusivamente, con una irresistible predisposición a tu favor. Te entendía hasta donde querías ser entendido, creía en ti como tú quisieras creer en ti mismo y te garantizaba que la impresión que tenía de ti era la que, en tus mejores momentos, esperabas producir” – F. Scott Fitzgerald (“El gran Gatsby”)

            Dicen los alemanes que el diablo se esconde en los detalles. Me queda la sensación que el autor tuvo una historia estándar, pero la hizo grande a través de los pequeños detalles, esas anécdotas que te van compartiendo los personajes, esas cavilaciones que comparten entre ellos, esas experiencias que los va marcando e indicando el rumbo de sus vidas. Pero no sólo está eso, cuando un autor se toma la molestia de describirte un atardecer, el camino, los efectos del tráfico o el ambiente en una terminal, es más fácil adentrarte en la historia y en el sentir de cada escena.

            El reencuentro entre Daisy y Gatsby, con Nick como alcahuete, resulta una escena llena de expectativa, de nervios, de ternura y de impaciencia (ésta es endémica mía). No sabes si quieres que las cosas avancen o que se acabe todo de un golpe. No sabes si están haciendo bien o están haciendo mal. Sin tener que hacer algo inmoral o incorrecto, te sientes como cómplice de dicho encuentro, pero agradeces poder presenciarlo.

Al 75% del libro comprendí por qué Murakami está tan enganchado a esta obra. Al leer la prosa, todas esas herramientas literarias que muestra Fitzgerald, toda esa elegancia para describir las situaciones es algo que no aportará mucho al argumento, pero sí a la degustación del mismo. Tal vez la historia no sea la octava maravilla del mundo, pero es la forma en la que es contada lo que vale la pena de leerla.

“La ciudad vista desde el puente de Queensboro es siempre la ciudad vista por primera vez, virgen en su primera promesa de todo lo misterioso y maravilloso del mundo” – F. Scott Fitzgerald (“El gran Gatsby”)

            La historia se desarrolla intempestivamente hacia el final. Toda esa tranquilidad o parsimonia con la que fue contada en un inicio, en donde parecía que no pasaba nada, toma un ímpetu vertiginoso para cerrar. Uno se empieza a enterar de todo lo que ocultaba el origen del Sr. Gatsby, su relación infructuosa con Daisy, los motivos de ésta para casarse y las motivaciones de aquel para reencontrarla.

            Sin quererlo, Nick Carraway, que es de esos sujetos prudentes que saben mantener su distancia, acaba siendo el único amigo que Jay Gatsby tuvo en toda su vida, el único que lo aceptó, no como el personaje frívolo y misterioso que percibían y “amaban” los demás, sino como alguien auténtico que lo conoció tal cual y, gracias a que le mostró su verdad, es que lo apreció más. Así Gatsby, al final de su jornada, se sintió un poco menos solo en este mundo de porquería.

            De hecho cuando Nick le grita en su despedida “Tú vales más que todos ellos juntos” se me soltaron las lágrimas sobretodo al leer lo que siguió: “Siempre me alegre de habérselo dicho. Fue el único halago que le hice nunca, porque me parecía censurable de principio a fin. Primero asintió, muy educado, y luego se le iluminó la cara con una sonrisa radiante y cómplice, como si en aquel asunto hubiéramos sido en todo momento compinches inquebrantables” y ya no se volvieron a ver.

“Tenemos que aprender a demostrarle nuestra amistad a un hombre cuando está vivo y no después de muerto” – F. Scott Fitzgerald (“El gran Gatsby”)

            Fue triste la primera despedida entre Nick y Jordan, una de esas escenas que a nadie le gusta presenciar pero que, invariablemente, alguna vez tendremos que protagonizar. Ojalá Jay hubiera tenido alguna oportunidad similar con Daisy pero, de alguna manera, era un destino acorde a su personalidad entre heroica y trágica.

            Me conmovió de sobremanera la intervención del papá de Gatsby al final de la historia, en unas escenas y diálogos cargados de nostalgia, orgullo, tristeza, abandono y demás. Sentía una empatía total con el señor, porque a mí también me dolió la partida de Jay Gatsby.

            En este mundo de poses y apariencias, hay muchas imitaciones baratas de Gatsby, muchos que pretenden ser más de lo que son, pero carecen de la elegancia, personalidad y principios del Sr. Gatsby. Él no lo hizo por fama, status, popularidad, vanidad o demás, su objetivo estaba más allá de todas esas estupideces. Al principio parecerá un personaje despreciable, pero en verdad era uno admirable: el sólo quería estar con su amada.

            No soy de los que seguiría el camino de Gatsby para conseguir sus objetivos, soy más del tipo Nick Carraway. Pero aun así, en este mundo cada vez hay menos lugar para personas del calibre de Jay Gatsby,  mismas que estén dispuestas a cambiar todo lo que son, desde el nombre hasta su vida entera, por alcanzar lo que quieren. Una decisión valiente que muy pocos están dispuestos a tomar. La bendición/maldición de Jay Gatsby era la elegancia, no sólo la que aparentaba sino la que de facto tenía en su gran carisma, ya que en este mundo que cada vez se torna más corriente, es difícil que la elegancia se mantenga.

“El más elemental sentido de la decencia se reparte desigualmente al nacer” – F. Scott Fitzgerald (“El gran Gatsby”)


            Para la película que está por venir. No debe ser gran problema adaptar una historia tan sencilla, el reto es emular el sentimentalismo, la elegancia, la clase, la sofisticación con que el autor adornó el argumento. Y no me refiero a los trajes, autos lujosos y lugares “nice” en los que se desarrolla el argumnto, hablo de la forma de expresarse de cada personaje y de plantear los hechos. Ya veremos cómo percibo el filme.

“Debió sentir que había perdido su antiguo mundo, su calor, y que había pagado un precio muy alto por vivir demasiado tiempo con un solo sueño” – F. Scott Fitzgerald (“El gran Gatsby”)


            Este libro no es para cualquiera, sé que es una obra clásica de la literatura universal, pero no creo que cualquiera alcance a comprender el mensaje que el autor nos quiere transmitir. Obvio que cualquiera la puede leer y entender (por ser una lectura relativamente accesible), pero tengo la sensación que Fitzgerald quería transmitir algo más allá de lo escrito. Me parece que quería dejarnos un mensaje de amor o autenticidad, de que no te rindas para conseguir tus sueños, sin importar lo detestable que sea el camino que tomas para conseguirlo. Tal vez ni siquiera yo haya encontrado el mensaje que Fitzgerald quería transmitir.

            A fin de cuentas, El Gran Gatsby sí era un luchador enmascarado, un personaje de historieta. Pero no porque llevara una máscara tipo El Santo o porque tuviera superpoderes. Fue un tipo que luchó por lo que quería, logró amasar una fortuna, pero no por el placer de poseer, el simplemente quería reunirse con el amor de su vida, lo cual es, desde mi punto de vista, el argumento más loable que puede justificar cualquier acción.

            Muchos dirían que Jay Gatsby era un fantoche por pretender ser alguien que no era, y puede que así sea. Decía Nietzsche “Todo lo que se hace por amor está más allá del bien y del mal” y cuánta razón tenía. Gatsby se escondió en una máscara de frivolidad y opulencia para acercarse a su amada sin que ésta se diera cuenta. Al final era un alma solitaria en busca de una razón para existir. Cuando uno encuentra esa razón para vivir no se puede detener hasta que la consigue o que la muerte nos aparte de ella.


            “Había hecho un largo camino hasta aquel césped azul y su sueño debió parecerle tan cercano que difícilmente podía escapársele. No sabía que ya lo había dejado atrás, en algún sitio, más allá de la ciudad, en la vasta tiniebla, donde los oscuros campos de la república se extienden en la noche” – F. Scott Fitzgerald (“El gran Gatsby”)

            Hebert Gutiérrez Morales.

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