martes, 28 de mayo de 2013

Monstruos

            El pasado Domingo, cual cazador moderno, fui en busca de comida. La única diferencia con los cazadores de la época de las cavernas es que iba armado con un pedazo de papel al cual llamamos dinero y que nos facilita mucho las transacciones.

            Se me antojaban unos tacos que están a unos 800 metros de mi casa pero, al llegar, ví que tenían suficiente gente como para desanimarme, así que opte por caminar unos 400 metros más hasta un restaurante en donde me gusta la comida corrida.

            En esta ocasión no me gustó el menú, así que seguí de largo a otro negocio de tacos árabes, pero no me agradó que la dueña estuviera en la entrada platicando con sus empleados, como que no quería “interrumpirlos” en su plática, así que seguí de largo y regresé sobre mis pasos.

            Tenía dos opciones: regresar al puesto de tacos original o comer atún en casa. Al visualizar el negocio de regreso note que había un poco menos de gente, pero seguía habiendo demasiada a mi parecer y, como no quería compartir la mesa con nadie ¡seguí de largo!

            “¡No puede ser Hebert! ¡No mames! ¿Acaso estás wey?” a lo que me contesté “No quiero esperar a que me sirvan y no quiero compartir mesa con nadie” a lo que me revertí “¿Y acaso es mejor comer atún?” pregunta a la que ya sabía la respuesta al no detener mi trayecto a la casa. Y así fluyó el diálogo en el cual me daba argumentos sin validez pero suficientes para sustentar mi decisión. Afortunadamente en casa tenía latas de pechuga de pollo y otras de verduras, así que no fueron tan escuetos mis alimentos.

            Otra vivencia, hace unas tres semanas tuve el pesaje final de la quiniela para bajar de peso con mis amigos de la Disposición. A pesar de que había reducido 8kilos, quedé en segundo lugar, mismo que acepte con resignación. El premio que me correspondía era un Buffet en el Pampas, cortesía de mi amiga Camelia.

            Ante el poco interés del resto de los integrantes, se pretendió cambiar el lugar y el día por uno más cómodo y barato, hecho que activo mi “Diva’s mode” y me puse digno, argumentando que no era lo acordado y que si querían ahorrarse dinero, mejor que lo dijeran de manera directa.

            Esto último ofendió a Camelia, ya que le correspondía pagarme, así que optó por darme el dinero de lo que costaba el buffete de Espadas, el cual tome con toda tranquilidad mientras ella, que esperaba una reacción más sensata de mi parte, se iba furiosa mentándome la madre (literal).

            Unos días después, Camelia y yo arreglamos nuestras diferencias y volvimos a ser los amigos que siempre hemos sido; claro está que me dijo cómo se sintió con mi desplante y lo injusto que fui, hecho que no negué y ofrecí las correspondientes disculpas.

            En un momento sigo con las anécdotas para documentar este escrito, sólo quiero hacer un paréntesis para plantear una pregunta: ¿Saben lo desgastante y frustrante que es vivir con el enemigo en casa? Porque me doy cuenta de lo infantil de mi comportamiento en estos y los siguientes ejemplos y, lo que es peor, lo disfruto a pesar de saber que estoy comportándome como un imbécil. Bueno continuemos con más casos de mi malentendida dignidad.

            La siguiente semana cumpliré trece años trabajando en VW, sin embargo no es mi primer empleo, ya que trabaje un año en Herramientas Stanley (hoy Black and Decker). Mi objetivo al entrar a dicha empresa era claro: obtener el año de experiencia que te piden en todas las vacantes y largarme a buscar una mejor empresa.

            Durante ese año, y fiel a mi esencia, trabaje con toda la seriedad y profesionalismo posible, dando todo lo que estaba en mí para demostrar mi valía, y era feliz, no lo voy a negar.

            Una semana antes de mi programada renuncia, me empezaba a cuestionar la validez de mi plan, pero entonces corrieron injustamente (y sin previo aviso) a uno de mis amigos, así que la bestia interna se fortaleció y reafirmó mi postura, así que al cumplir mi año renuncie de forma natural.

            Mis jefes (que no eran los que me habían contratado originalmente), me dieron un sermón de la seriedad, del profesionalismo, del respeto y demás falsedades viniendo de su boca y sólo se callaron cuando les repliqué: “Claro, la misma seriedad, profesionalismo y respeto con el cual corrieron a Humberto sin previo aviso ¿cierto?”. Inmaduro o no, ésa contestación aún me sigue llenando de orgullo, seguramente mi renuncia no resultó vital para la empresa, por ser un simple asistente administrativo de almacén, pero en mi pequeño e inexperto mundo, creí que le hacía un poco de justicia a mi amigo.

            Como he comentado en ocasiones anteriores, siempre viví con la creencia que esta desmedida soberbia se había generado en respuesta al bullying que sufrí en secundaria pero, en realidad, parece que este monstruo nació conmigo.

            Mis padres tenían mucha ilusión de enseñarme a andar en bici y en patines. Recuerdo con dolor ese día, porque mi paciencia sólo dio para un día, aterrice tantas veces en mi trasero que explote (algo raro en un niño tan cándido como fui) y mande al demonio la mentada bicicleta nueva con los patines tan bonitos.

            A pesar de la insistencia paterna, me monte en mi macho y cuando me pongo de necio es casi imposible convencerme de lo contrario. Así que la bici y los patines esperaron a que mis hermanos menores los disfrutaran.

            Hoy en día, cuando alguien se entera que no sé andar en bicicleta o en patines, se sorprenden, y casi todos me dicen que soy la única persona que conocen que no sabe andar en bici lo cual, estúpidamente, me causa una especie de orgullo retorcido. ¿Por qué? Les contesto que he podido tener una buena vida sin la mentada bicicleta, y así ha sido, sólo la vez que visite Alemania ha sido la única que me ha hecho falta la bici.

En fin, el caso es que tengo una seria deficiencia de humildad, por lo mismo, me he sentido orgulloso (muy orgulloso, cabe recalcar) de mi Autosuficiencia desde edades muy tempranas. Como comente en otro escrito, de hecho era común que me echará trabajos grupales en la Universidad con tal de no acarrear con gente inútil.

Este monstruo orgulloso y soberbio se ha ido afianzando con el paso de los años en mi inconsciente, sabedor de que normalmente me alineó a sus deseos y ordenes, por lo que mi parte humana y positiva, muchas veces ha trabajado de buena gana en conjunto.

            Es aquel monstruo estructurado y dogmático que quiere que las cosas salgan exactamente como quiere y que todos reaccionen de la manera que prevé. Recuerdo que un profesor alguna vez me dijo “El día que tenga su Universidad, hará lo que su regalada gana se le pegue, mientras llega ese día, se amuela y va a hacer lo que le diga”. Como recuerdo ese momento, tanto por la fuerza con la que me le dijo, por el mensaje y, sobretodo, ¡porque no me dejo hacer lo que yo quería! ¬_¬U

Pero sería injusto señalar sólo lo negativo de este querido monstruo (porque, a pesar de todo, lo he aprendido a querer). Gracias a esta bestia interna (que muchos llaman ser inferior) he obtenido muchos logros en este mundo tan cruel y despiadado, enfocado a objetivos materiales. Así que en cuestión laboral y material no me puedo quejar, ya que mi ser superior e inferior trabajan perfectamente en conjunto para mi desarrollo profesional.

El problema con el monstruo soberbio es que, de alguna estúpida manera, siempre se las arregla para obtener victorias morales huecas en las que me mantengo muy digno, aunque los “perdedores” se la pasen muy bien en mi ausencia. Mal haría en contar la cantidad de eventos que rechacé cuando por dentro quería ir, pero no me lo permitía mi tonto orgullo.

            Mi ser inferior me ha programado toda la vida para hacerme sentir valioso en mi soledad, me ha hecho creer que estar solo el resto de mi vida es lo deseable (y así he vivido muchos años). No niego que he disfrutado mi soledad, el problema radica a la hora de relacionarme.

            Afortunadamente, mi ser superior siempre me ha dado una irracional certeza de que, pase lo que pase y de alguna manera, voy a acabar mis días lado de la mujer adecuada.

Recientemente me han puesto una prueba en la oficina que me va ayudar a trabajar esto. Mi jefa me asignó un proyecto al lado de la compañera de trabajo que más me fastidia, aunque su comportamiento no sea a propósito.

¿Por qué me fastidia esta fémina? Porque es dogmática, intolerante, cree que sólo ella tiene la razón, quiere hacer las cosas a su manera y los demás no están a su altura. ¿Les suena conocido?

Al parecer es una calca mía, de ahí viene mi repulsión. Lo peor del asunto es que, aunque la desprecio, ella me aprecia de manera honesta, y eso me hace más difícil la situación, porque cuando el odio es reciproco, es más fácil llevar una guerra. Pero eso es una fortuna, ya que eso me indica que debo ceder, y debo aprender a trabajar con alguien tan complicado como yo. Tal vez así llegue a entender a las pobres almas que se atreven a confrontarme (ñaca, ñaca. Perdón por la risa macabra, pero es que quedaba ad hoc a la última línea).

Pero, si he sido así 36 años, ¿por qué ahora estoy escribiendo todo esto si, en el fondo, me ha dado tantas satisfacciones (huecas, pero satisfacciones a fin de cuentas)? Fue necesario que conociera a una maravillosa mujer que ha envalentonado a mi ser superior para darle batalla al inferior, por una vez he encontrado un argumento suficientemente poderoso para vencer mi orgullo o, por lo menos, aprender a domarlo.

No voy a negar que desde que alcancé la resolución del Sábado pasado, me había sentido más tranquilo. Y es que, de alguna manera, me había rendido a mi bestia interna, dándole el placer de retirarme y, posiblemente, dejar a la mujer de mi vida en el camino. ¿Qué cambió este Lunes?

Siempre he agradecido el tiempo que he invertido en terapia. Gracias a la guía de Ana hemos vencido creencias familiares, personales, hemos revalorizado mi amor propio, superado introyectos infantiles y lealtades energéticas, además de que hemos mejorado mi manera de relacionarme con el mundo, de canalizar mis virtudes, hemos ido domando a muchos monstruos internos pero ahora sí tenemos un trabuco enfrente.

En la sesión de este Lunes, Ana logró hacerme ver muchas cosas de mi postura. Creo que ahora habló más el cariño que me tiene que la terapeuta, ya que su fervor por convencerme me conmovió en verdad, y es que ella capta lo especial que me resulta esta mujer. Por primera vez no sé si estoy haciendo lo correcto al seguir sus consejos pero, basándome en las vivencias pasadas, voy a confiar en su experiencia como psicóloga y como mujer.

Al final de la terapia me sentí un poco horrorizado por lo que el monstruo ha hecho en mi psique. Ana me dijo “Hebert, atrévete a enamorar a la mujer que tanto amas (en lugar de huir)” a lo que le conteste “¿Sabes lo que siento cuando me dices eso Ana? Como si le dijeras a un niño con polio y en silla de ruedas que corra el maratón

Ahí fue cuando Ana evidenció lo nociva que ha resultado esta parte soberbia: “No Hebert, una cosa es que seas inexperto y otra que seas incapaz. No eres un niño con polio, eres un niño que está aprendiendo a caminar”. Ahí me sentí profundamente afectado, me daba cuenta de todo el mal que me he hecho, de todas las creencias que me he contado y todo el amor del cual me he privado por el tonto orgullo.

Es estúpido que este ser inferior me hace sentir superior por mantenerme lisiado, por poder vivir sin lo que los demás necesitan, el que me quiere hacer creer que soy una especie de raza superior que puede vivir sin amor.

            Y gracias a este monstruo, me he provocado tanto sufrimiento en los últimos días, esa maravillosa mujer a la cual amo en secreto (bueno, ni tan secreto) no ha hecho nada para que yo me flagele tanto pero, al estar ante las puertas de algo tan maravilloso, mi monstruo ha entrado en pánico y no quiere perder su identidad.

            Y hablando de identidades, le comentaba a Ana que sé que podría andar en bici, gracias al baile he adquirido un control maravilloso de mi equilibrio corporal, así que no tengo duda de que podría andar en bici fácilmente. Pero mi respuesta honesta es “Tengo miedo de perder mi identidad” y creo que ése es suficiente motivo para intentar andar en bici y empezar a cambiar algunas actitudes de raíz.

            En fin, una vez más,  me veo en la conocida postura de aguantar. Me siento feliz de que voy a estar más tiempo viendo a mi amada, la mejor mujer que haya conocido, pero no niego que me asusta un poco volver a enfrentarme a la bestia que tanto me flagela con el sufrimiento. Sé que no puedo extirparla, porque es parte de mi ser, en terapia vamos a trabajarla, mientras tanto sólo me queda decirle “Mira, si no me quieres ayudar ¿por lo menos podrías callarte? En verdad estoy en algo importante aquí y, te pido de todo corazón, ayúdame en esto”. Hebert, invocando a todas las partes de mi ser, ayúdame a lograr esto.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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