viernes, 14 de junio de 2013

Despidiéndose con tiempo

            En “Las Intermitencias de la muerte”, José Saramago nos narra la historia de un país en donde la gente deja de morir. Hay un punto en que vuelven a fenecer, pero se les avisa con una semana de anticipación. ¿Qué haríamos si tuviéramos la certeza de nuestra fecha de caducidad? Personalmente me gusta más “Ensayo sobre la ceguera”, pero este otro libro de Saramago está interesante.

            Podría dedicar todo un escrito al tema, pero voy a desviarme un poco. Esta breve introducción es para hacer una analogía con mi situación, ya que en dos semanas me voy a despedir de mi amor.

            Es extraño, tal vez estoy sensible y por lo mismo más perceptivo, pero siento que en clase me aceptan cada vez más, en especial las mujeres. Cada vez bromean más conmigo y, siento, me apapachan más.

            Después de que me vaya se me echará de menos en la clase, no tanto por mí, sino por esa tendencia humana de encariñarse con lo cotidiano, pero después se acostumbrarán a mi ausencia y va a ser como si nunca hubiese estado ahí.

            No es tan dramático como un fallecimiento, pero es chistoso saber que te vas y que el resto de las personas dan por sentado que vas a estar ahí indefinidamente, incluida mi amada.

Es raro y, al mismo tiempo, me alegro de haber tomado esta decisión, estoy disfrutando estas clases como no lo creía. Es una especie de gozo travieso infantil matizado con algo de nostalgia añeja (aunque sólo tenga algunos meses con esta situación).

            El Martes, en un intento de tomar distancia, me porté un poco frío con ella, pero se me pasó la mano. Así que el Jueves corregí mi comportamiento y me acerque un poco, intercambiamos algunas sonrisas y bromas, lo cual fue muy agradable.

            He estado muy tranquilo, todo por la certeza que me voy, por lo mismo puedo soportar con serenidad las clases sin flagelarme al verla. Creo que cualquier tortura es llevadera cuando estás seguro de la fecha en que va a terminar.

            Claro que soy un dramático al calificar lo mío como tortura, porque me encanta verla. Aunque tengo bien controlados mis sentimientos y anhelos, hay algo innegable: es demasiado atractiva, realmente irresistible.

            Tengo claros los motivos de mi partida, pero eso no impide maravillarme con su belleza, su personalidad, su humor, carisma, calidez y demás cualidades. Por lo mismo me enamore una y otra vez de ella: por su perfección.

            Sigo enamorado, pero mis sentimientos están bien contenidos. Desde la serenidad emocional que maneje en esta semana, me fascine con ella como lo hice el primer día. La estoy viendo desde un lugar frío, pero no le encuentro defecto alguno, es impresionante.

            Por esa razón me tengo que retirar, no puedo ser “sólo” su amigo, mi amistad no sería honesta, porque viviría eternamente enamorado de ella, sólo en espera del primer descuido para ver si puedo convertirme en algo más, y eso es desleal para la amistad que me ofrece.

            Es frustrante alcanzar la tranquilidad emocional sólo con la certeza de mi partida. ¿Por qué no fui capaz de contenerme en los meses anteriores? ¿Qué caso tiene estar tranquilo después de tantos errores? La respuesta a dichas preguntas ya carecen de importancia.

            A veces me embarga un poco de culpa, por planear mi salida de manera abrupta pero, sin ninguna razón en particular, siento que así debe ser. Entregarle mis escritos con unas breves palabras y seguir mi camino.
Este es el tipo de mensajes que no me ayudan

            Esta primera semana me fue bien, las clases estuvieron amenas, nos sonreímos y no dí muestras de que algo fuera de lo común estuviese pasando. Obviamente no la estoy llevando a casa, no sé si podría contenerme tanto teniéndola a solas.

            Otra vez me acosan las imágenes en Internet como una de Snoopy que dice “¡No te rindas!” u otra que dice que la vida te da opciones pero uno toma las decisiones. Estoy plenamente consciente de las consecuencias de mis actos, y no culpo a nadie más.

            No lo voy a negar, un par de ocasiones, después de ver su hermosa sonrisa y su profunda mirada, me hizo dudar. Pero recordé la actitud que tuvo la última vez que la lleve a su casa y eso me regresa a la normalidad.  Además de parte de lo que me escribió hace unas semanas:

“Eres una persona muy linda, tienes muchísimas cualidades que a cualquier mujer le puede gustar, pero sabes muy bien que sólo te puedo ver como amigo y no quiero lastimarte de ninguna forma ni hacerte pensar cosas que no sean”

Cómo odio ese discurso, porque no es la primera vez que lo recibo, y el que ella me lo diera fue más lastimoso. Al recibirlo en diversas ocasiones, esa cantaleta me resulta en uno de los mayores insultos. Claro que ella no tiene por qué saber lo que me purga este mensaje Standard que tienen las féminas para rechazarme de manera bonita, pero eso no disminuye mi indignación.

            Ya pasó la primera semana, faltan dos más.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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