sábado, 29 de junio de 2013

El Ermitaño que quiere ser domesticado

Hace unos días, en la oficina, estaba algo tenso, y llego Gaby a preguntarme sobre algún tema. Mientras buscaba en la PC, de pronto, me empezó a dar un masaje en los hombros y, ante la sorpresa, se me salió una pequeña expresión gutural, así que preguntó “¿No te gusta?” a lo que le respondí “Sí me gusta, lo que pasa es que no estoy muy familiarizado al contacto humano”. No estoy acostumbrado a que me toquen, no sólo de manera física, sino de manera sentimental.

            Hasta hace unos años, era común que pasara mis fines de semana sin ningún tipo de contacto humano, sólo éramos mis libros y yo, sin nadie que interrumpiera nuestra paz. Vino una época extraña en donde los fines de semana dejaron de pertenecerme, siempre tenía actividades que realizar en Sábado y/o en Domingo, alguna reunión, evento, fiesta o cualquier pretexto para integrarme al mundo gregario humano. Aunque anhelaba mis fines de semana exclusivos, también me agradaba convivir con otros congéneres.

            Desde hace un mes, han regresado mis fines de semana exclusivos y, aunque me sentí un poco extraño al inicio, volví a recordar por qué me gustaba mucho estar solo y monopolizar mi tiempo.

            No tengo un gran apego por la vida, mis únicos intereses verdaderos son leer y escribir. Correr y nadar son actividades a las que les he agarrado mucho gusto, aunque en el fondo las hago por vanidad. Sé que suena ridículo, si no me interesa tanto la vida, ¿por qué habría de interesarme mi aspecto? Es algo que he aprendido sobre este mundo visual, materialista y superficial: Como te ven te tratan, lo cual es muy útil para lograr objetivos.

            Habrá quien afirme que me gusta viajar, lo cual es cierto, pero en realidad me he venido obligando a hacerlo, ya que es una manera excelente de aprender. Por eso contraté un tiempo compartido, para obligarme a conocer otros lugares; de no haberlo hecho, no tendría la necesidad de visitarlos.

Me recuerdo como un niño muy sociable, como no podía ser de otra manera al tener mis orígenes en dos familias jarochas muy cálidas y dicharacheras. Pero ahora tiendo a aislarme.

            Muestra del desapego por la vida es mi jardín trasero, en donde crecen hierbas silvestres libremente. Desde que me mude he tenido la intención de traer un jardinero para dejar el lugar bonito pero, ciertamente, no ha sido algo tan vital como para que le dedique tiempo. De igual forma, he querido cambiar las cortinas de la casa (las que dejó el antiguo dueño), pero como me son funcionales y no me afecta que estén viejas, pues ahí siguen. Creo que estoy esperando a que me obliguen a poner bonito el jardín y cambiar las cortinas.

            Veo fríamente mi casa: es bonita pero no le pongo mucho interés a su cuidado. Creo que hago la limpieza necesaria, desde mi perspectiva, pero sé que una fémina de inmediato me crucificaría por el cuidado tan despreocupado que le dedico a mi hogar: no tengo cuadros, no tengo recuerditos ni adornitos que embellezcan mi morada, porque no los siento necesarios. Siempre me he zafado de manera práctica al decir “Mejor no arreglo nada para que, el día que llegue una mujer pueda hacer y deshacer a su gusto” La pregunta es ¿algún día habitará la susodicha en mi hogar?

            De alguna manera vivo en automático, un autómata si quieren verlo así, pero no tan desarraigado como para suicidarme. Como mencione en otro escrito, los suicidas tiene un valor impresionante, porque se requieren muchos huevos para quitarse la vida, por lo que he de ser demasiado cobarde para acabar con mi existencia por propia mano.

Además, siento una esperanza, esa misma de que algo va a cambiar, esa misma que nos embrutece con anhelos futuros y que me hace sentirme tonto por depender de algo que no sé si pasará o no, algo que le crítico a la humanidad y que también me afecta. Al final, me guste o no, también soy un vil homínido, como el resto.

            Esa espera por alguien que me haga tomarle cierto aprecio a respirar, lo cual está mal, porque debo lograrlo por mí mismo, aunque ya me guste la lectura y mis ensayos. Tengo buen trabajo, buena vida y potencial endemoniado. Estoy consciente que no he alcanzado mi máximo, puedo conseguir muchísimo más de lo que actualmente tengo y soy, pero no quiero caer en esa dinámica que te consume al sentir que necesitas más a toda costa, acabando en algo que no es vida: tal vez lleno de posesiones materiales y un status alto, con un nivel opulento pero con un alma vacía, carente de paz y sentido.

            ¿Cuándo me convertí en un Ermitaño? Tengo muchas teorías: cuando pedía que me encerraran en casa para no convivir con la familia de mi papá adoptivo, cuando nos mudamos a un pueblo que aprendí a odiar con toda mi alma, cuando el bullying recibido en Secundaria dejo heridas morales que me marcaron o, tal vez, tras un matrimonio que no debió ser y que me dejó serias dudas sobre la existencia de mi supuesto criterio.

Mis capacidades sociales no están del todo invalidadas, porque convivo con bastantes personas a lo largo de la semana. Considerando que era un niño tan tierno, sociable y lindo para pasar a ser un adolescente uraño, pues es fácil señalar la época más oscura de mi vida (La secundaria), tema sobre el cual ya escribí largo y tendido.

Algo perdí, o guarde, en ese tiempo que me aísle y dificulté la convivencia. Guarde mi corazón y mis sentimientos más puros, junto con mis actitudes gregarias en una cajita; misma que guarde en espera de mejores tiempos para ejercerlas. El problema es que olvide dónde dejé esa cajita, y vaya que en estos últimos meses me ha hecho falta recuperarla para volverme a sentir humano y que pertenezco a esta raza que desprecio.

Este camino que he escogido puedo seguirlo hasta la muerte. Más que en un Ermitaño, me he convertido en una especie de Zombie. Puedo ver todo lo que le acontece al resto y me es intrascendente o los juzgo por encontrarle sentido a una vida que carece del mismo; por ello, me consideraré superior aunque, en realidad, los envidio, porque también quiero estar con alguien que me haga levantarme con gusto  a diario. La vida carece de sentido porque, al final, todos vamos a morir y todo lo que hagamos va a valer pepino. Pero quiero experimentar un poco de ese engaño y creer que estoy vivo y que no sólo existo.

            A pesar que no me importa mucho mi bienestar corporal, al exigirle mucho a mi cuerpo, he logrado una salud envidiable. No le temo a la muerte, mientras no sea dolorosa, no habrá problema. Si tuviera alguien por quién vivir, seguramente sí  temería fenecer pero, por lo mientras, lo tomo como parte de un ciclo natural. No soy temerario, sólo me falta de aprecio por la vida, por lo fácil que me ha resultado; porque soy consciente que hay quienes sí han tenido una existencia difícil. Tal vez de ahí viene la falta de aprecio, por la falta de dificultad.

Muchos se sorprenden de la excelente salud de la cual gozo, y de los pocos cuidados que me confiero para conseguirla. No lavo frutas ni verduras, no hago caso de campañas de vacunación, no me da miedo comerme algo que cayó al suelo o del plato de alguien más, si aparece algo extraño en mi cuerpo (alguna bolita de grasa, algún síntoma extraño, alguna fiebre o resfriado) normalmente lo ignoro argumentando “Mi cuerpo se encargará de ello” y así suele suceder.

            Me enorgullezco de no pertenecer a esa psicosis colectiva que te hace ir al doctor por una simple gripa, una fiebre o diarrea. Seguramente, para esas personas está bien ir al médico, porque aprecian vivir y, por lo mismo, se preocupan por estar bien. Lo irónico es que al no preocuparme, poseo mejor salud que la gran mayoría, en especial de los que se la viven con medicinas y en el consultorio.

            Tal vez me odio mucho o tengo una alta autoestima. ¿Por qué menciono esto? Desde hace un par de años he ido incrementando las distancias que corro de manera paulatina (ya me echó hasta 30kms de un solo jalón) Hace unas semanas, mientras iba en mi ruta, sentí un dolor inusual en el pecho, pero no me alarme y seguí mi camino hasta que desapareció. He experimentado dolores internos en el pecho o en algún brazo y, simplemente, dejo que desaparezcan.

            ¿Acaso fui al doctor? ¡Nop! ¿Acaso soy un irresponsable con mi salud? ¡Sip! ¿Acaso me importa mi vida? No lo sé. El no temer a la muerte no quiere decir que busque la adrenalina como loco ya que me considero alguien muy tranquilo. Esto que voy a escribir está mal, pero no deja de ser cierto: Si tuviese una relación de pareja con la mujer que amo, sin duda hubiese ido a revisarme para que se hicieran todos los análisis necesarios y asegurarme que no había nada malo.

¿Soy negligente? Seguramente ¿Me pueden culpar? ¿Quién? Incluso con mis amistades más cercanas tengo una distancia saludable. Cuando uno necesita del otro, nos hablamos, pasamos tiempo de calidad juntos y me vuelvo a alejar. La única vez que tuve un amigo con el cual pasaba casi todo el tiempo fue en la Prepa y, por cuestión de mujeres, no acabó muy bien la cosa. Años después aclaramos los malos entendidos pero la amistad ya estaba perdida.

            Tengo un cuerpo noble, que siempre ha reaccionado notablemente a los pocos cuidados que le doy. Obviamente me ejercito constantemente y, trato, de cuidar mi alimentación, pero de medicinas, doctores y cuidados extraordinarios, estoy alejado por completo. ¿Acaso mi soberbia llega a tanto que desdeño hasta alguna enfermedad mortal que pueda afectarme? La respuesta es obvia.

            No recuerdo si lo comenté en este blog o en el otro, así que perdón si repito, muchos se admiran que desde hace más de dos décadas me baño con agua fría, sin importar el lugar o la época del año, hecho al cual estoy más que acostumbrado. Recientemente me dí cuenta que dejé el agua caliente porque no “merecía” ser apapachado, el agua fría representaba la disciplina y dureza que necesitaba para enfrentar a un mundo que no había cumplido con mis expectativas y que se mostraba cruel y frío, a comparación de los cuentos de hadas que me habían programado a creer.

            El agua fría también me ha dado argumentos perfectos para prolongar mi soledad, ya que a todas las mujeres que conozco le gusta bañarse con “agua para pelar pollos”, o sea, hirviendo. Adicionalmente, nadie se queda a visitarme porque no toleran bañarse fríamente.

            Así que ahí lo tienen, me baño con agua fría porque soy estricto conmigo y porque me ayuda a perpetuar mi soledad. Estoy feliz con mi disciplina porque me permite alcanzar la mayoría de mis objetivos además, cuando es necesario, también puedo llegar a congelar mis sentimientos y tener atole en las venas. El típico extremista que habita en mí: o soy todo corazón o soy todo cabeza, no hay puntos medios.

            Me he desarraigado tan bien, que no me interesan mis familias paterna ni materna como en mi niñez y juventud. Estratégicamente vivo alejado de ellos, y no solo en distancia, sino de manera emocional. A la que más quiero, mi hermana paterna, la veo muy poco y, aunque la amo con toda mi alma, cada cual hace su vida sin ver al otro durante años, traducción: ella puede vivir sin mí y yo sin ella.

            El aislamiento me ha servido para que lo que le pase a la familias Gutiérrez o Morales, no me afecte. Tal vez sea despreciable esto que escribo, pero simplemente es una forma de demostrar que padezco “El Dilema del Puercoespín”

Los puercoespines viven comunalmente en sus madrigueras, en Invierno tienen mucho frío, así que se juntan unos con otros para transmitirse calor corporal. El problema con esto es que, debido a las púas, tienden a lastimarse, ese dolor que se infligen los hace separarse. Sin embargo, el frío vuelve a hacer mella y no tienen de otra que volverse a flagelar para sobrevivir.

Comparto el dilema de los puercoespines, ya que no me gusta ser lastimado, por lo cual corro el riesgo de morir congelado, ya que si no me involucro para que nadie me importe, sé que tampoco le voy a importar a nadie. Por lo efímero de la vida, el máximo anhelo de muchos seres es vivir a través de los recuerdos de los demás: por eso tienen hijos, en un intento por trascender, en lugar de hacer algo valioso por lo cual seas recordado por quien que no comparta lazos sanguíneos.

Por ese mismo desarraigo, me choca que cualquiera me pregunte qué voy a hacer en mi fin de semana o cómo estuvo el que recién pasó, de igual forma me purga que me pregunten cómo estoy. Sé que lo hacen como vil convención social, porque en realidad a pocos les interesa saber cómo estoy, mientras que el resto quieren pasar como civilizados preguntándole como está a alguien que no les interesa.

Si no me importa qué van a hacer en su tarde, no entiendo por qué es importante que sepan qué demonios voy a hacer en mi tiempo libre. Por mi pueden irse a picar los ojos, desplumar pollos o tragar sin pudor. Intento, no siempre lo logro, dejar de hacer esas preguntas, pero debo de utilizarlas para librarme de los que insisten en utilizarlas como medio de “socializar”, para no tener que entrar en una conversación profunda con quien no me interesa. MUY pocas personas en realidad me importan para interesarme por lo que hacen, sienten o piensan; de hecho hay una en especial de la cual me interesa TODO lo que hace.

Vivo aislado tanto de la Sociedad y la humanidad, por lo que tengo una facilidad pasmosa (creo que los que lo han experimentado, lo podrán constatar) para desconectarme de quien sea, así sea mi mejor amiga, con sólo desearlo, me alejo sin problemas, sin remordimientos ni la necesidad urgente de verla, y es que siempre tengo mucha gente a la cual acudir. Sé que esto no es para presumirse, en realidad me debería dar vergüenza, pero esto demuestra que (en realidad) no dependo de nadie.

Dicha frialdad impresionante con la cual me puedo alejar es un reflejo del profundo egocentrismo que he alcanzado. Sé que eso es deseable (no depender de nadie), pero el exceso en el que he caído puede ser antinatura, porque es como si me dejaran de importar, lo cual no es correcto, tal vez sea desleal o de mala educación.

Debería sentirme mal por la capacidad de ser frío y cruel pero, tristemente, no siento remordimiento alguno, lo que es peor, hasta orgulloso estoy de la capacidad para extirpar y someter mis sentimientos, y alejarme sin importarme nada ni nadie. No sé de donde viene esto: de un amor propio profundo o un odio artero por mi ser.

Esta misma actitud ha acrecentado mi Misantropía, honestamente, sí quería que se acabara el mundo el pasado 21 de Diciembre, aunque hacia mis adentros sabía que era una estupidez infantil y sensacionalista, sin alguna razón de peso para sustentarlo, pero quería que todo acabara. ¿Por qué? Tal vez por carecer del valor para acabar con mi propia existencia o por la egolatría de no morir solo. Recuerdo que a Lesly le enojaba tanto el ahínco con el cual deseaba el fin de la humanidad, que poco le faltó para mentarme la madre, aunque lo que me dijo fue más hiriente (y me lo había ganado)

Ahora que me enamore y recordé lo importante que puede ser una persona para uno, el que alguien desee la muerte de un ser querido es indignante, por eso entendí mejor la furia de mi amiga. A raíz de mi enamoramiento, cambié mi postura respecto al fin de la humanidad: “Qué bueno que no se acabó el mundo, porque ella no se murió y tuve la dicha de conocerla”

Por la identificación que tengo con la soledad, cada vez que me gusta una mujer, me invade la angustia. La soledad no ha de ser deseable pero, al final del día, es una tranquilidad emocional y serenidad espiritual que se han vuelto un lujo en este caótico mundo tan violento a todos los niveles. Tampoco ayuda el ver a tantas parejas que se provocan dolor a diestra y siniestra. Esas mismas que, supongo, también han de conocer un tipo de felicidad que desconozco.

Para los que han leído los pasados escritos, saben que me he boicoteado constantemente con la mujer que amo. Aunque ya lo trate en otro texto, esa orgullosa bestia interna me es fiel, ya que sigue mis creencias y mis miedos al pie de la letra. ¿Cómo voy a convivir con otra persona tras tantos años en soledad? Esta segunda vez que me  enamore noto que desde el primer escrito, estaba mentalizado para que no se diera la relación. Es triste que esta reacción o mecanismo de defensa esté tan fuerte en pro de mantener mi Status Quo de soledad perpetua, estoy tan identificado que me da miedo dejar esa identidad, por eso tanto stress que me he provocado desde que la conocí: todo por no querer dejar las bondades de estar solo.

Ya no quiero ser Ermitaño, es muy padre sentirme superior por vivir en la sociedad sin ser parte de ella, por tener mi espacio que si quiero lo comparto y si no, pues no. Dentro de mí hay un niño herido y decepcionado que es auténticamente sociable y que le encantaría salir a jugar. Creo que algún día me encantaría que alguien me “obligue” a bañarme con agua caliente nuevamente.

Aclaro, me gusta mi soledad, me resulta muy fácil vivir por mi cuenta. Lo difícil, para mí, es vivir en pareja, y es algo que quiero aprender a hacer. No por el anhelo de estar con alguien sólo porque sí. Sino por la posibilidad de ser un mejor humano al verme reflejado en los ojos de alguien que también me ame.

Aunque sea difícil, y me aterre, de alguna manera me quiero integrar a la humanidad, ya quiero amar y ser amado (sin importar que se me claven las espinas de los otros puercoespines). El amor no debe ser dependencia, pero sí debe haber cierto grado de apoyo, sentir que tu vida es importante por el hecho de amar a alguien, ese nivel de empatía, conexión o relación, es algo que me gustaría experimentar de manera sana, constante y, de preferencia, hasta el final de mis días. Es algo que me da miedo vivir y, al mismo tiempo, anhelo hacerlo.

No es casualidad que sea tan llorón con series, películas o libros, por esa necesidad de sentir, de que algo me importe, que mi corazón se inunde de algo cálido, por lo mismo lloro cuando veo una historia externa a mí, porque me reflejo en ella. Me gustaría que me conectaran al mundo, sé que no debo esperar que alguien más lo haga por mí, pero sería muy lindo si así fuese.

Quiero ser importante para ella y que ella lo sea para mí, quiero compartir mis días con esa persona que me resulta vital y yo a ella. Ahora comprendo más al Zorrito del Principito, y comparto el anhelo de ser domesticado, pero no por cualquiera.

Por cierto, si usted tiene contacto conmigo y de pronto viene ilusamente a abrazarme, a menos que sea algo que yo le permita normalmente, tenga cuidado. Una cosa es que haya decidido cambiar y otra que vaya a dejar mi máscara de dureza de la noche a la mañana. Tengo mis tiempos y mis procesos y esto puede ser tardado. Lo importante es que ya tengo la voluntad de cambiar, ahora veremos cuánto tiempo toma.


Hebert Gutiérrez Morales.

No hay comentarios: