sábado, 3 de agosto de 2013

Máscaras (Lectura 2: La pacheca)

El término “Persona” nació en la antigua Grecia, palabra que mutó del original “Personae” que se utilizaba para identificar a los que actuaban en representaciones teatrales. O sea, el término “Persona” viene de “Personaje” y de eso está llenos el mundo: de (falsas) personas pero no precisamente de humanos (auténticos).

Desde que los humanos inventamos el concepto de Sociedad, ese mismo día debió nacer el concepto de mentiras. Tristemente, para funcionar en este mundo, las mentiras (de todo calibre) son necesarias. En la manera de expresar tus ideas, la gente se puede sentir ofendida así que, a veces, no conviene decir la verdad porque no trae nada productivo, por lo que decimos verdades a medias o hechos reales pero rodeados de falsedades. Dependemos tanto de la mentira que (por lo menos) este país no puede funcionar sin ellas, y diseñamos máscaras para poder funcionar correctamente en sociedad.

Por alguna estúpida razón, se ha perpetuado una enseñanza que no se dice abiertamente pero que todos aprendemos a aplicar: decir la verdad es malo, decir lo que sientes o piensas de manera auténtica puede resultarte perjudicial. Ser tú no es siempre una buena idea, de hecho casi nunca lo es. Se nos ha enseñado, de manera silenciosa pero efectiva, que mentir es la manera más segura de transitar por la sociedad y de acercarte al “éxito”.

No recuerdo exactamente la situación, pero hubo una vez en la que mis padres se enojaron fuertemente conmigo por algo que no debía decir ante cierta persona. Mi lógica infantil no entendía los intereses políticos ocultos del mundo adulto y pregunte indignado “Pero ¿qué tiene de malo? ¡Es cierto!”. Aunque tampoco recuerdo la ridícula explicación que recibí pero, a partir de entonces, aprendí que no siempre decir la verdad está bien porque así funciona la sociedad.

Lo más probable es que esté loco, pero creo que esas máscaras nos ayudan a darle sentido a una vida que carece del mismo, porque nos la hace más interesante. De ser cierta esta afirmación, resulta triste porque nos hemos corrompido como raza, a fin de cuentas, la vida tiene algún sentido con o sin máscaras, pero la opción sana y lógica debería ser sin posturas artifíciales. Sin embargo casi nadie (en realidad nadie) se arriesga a tener una existencia sin máscaras, ya que es demasiado peligroso sobrevivir sin ellas en la actualidad.

“¿Tiene usted miedo a morir?” La respuesta se demoró. Aomame negó con la cabeza. “Comparado con el miedo que tengo a vivir siendo yo misma, no” – Haruki Murakami (1Q84)

Sin personajes que interpretar enloqueceríamos. He tenido la “fortuna” de percibirme sin roles en momentos de soledad, en dónde me he visto como realmente soy, no lo que uno cree ser o lo que los demás nos dicen que somos o para lo que nos educaron ser. Te ves sin protección alguna, simplemente contemplando tus defectos y virtudes sin calificación alguna. A pesar de que me considero un ser humano productivo, al verme sin máscaras me he deprimido por ver en lo que me he convertido. Es ahí cuando el personaje retoma el control, en un “ataque de instinto de conservación” y es que si me mantuviera en ese estado por mucho tiempo enloquecería en una de dos posibles formas: perdiendo los estribos o atreverme a vivir sin poses.

El riesgo es demasiado, ni siquiera con las amistades más íntimas uno puede prescindir de los roles que vamos asumiendo, es verdad que bajo la intensidad y uso personajes bastante relajados y muy cercanos a mi verdadera esencia pero uno pasa tanto tiempo interpretando un rol que el humano dentro de nosotros acaba siendo un desconocido. Creo que la única vía de desahogo para nuestro verdadero ser es a través de los sueños, en dónde nuestro inconsciente nos dice lo que en realidad somos o podemos ser.

Para vivir sin máscaras uno debe tener un amor propio natural impresionantemente desarrollado o simplemente ser un animal al cual no le importen las poses sociales.

“El que puede vivir fuera de sociedad o es un Dios o es una Bestia” -Aristóteles

Muchos no entenderán lo que digo cuando menciono esos períodos sin máscaras, es factible que estén convencidos de que ellos son auténticos cuando se lo proponen. Sólo me entenderán a los que les ha pasado, aquellos que han bajado tanto la guardia para darse el lujo de quitarse, aunque sea un momento, esa careta que mostramos ante la sociedad. En esas pocas ocasiones que he salido de mi psique para contemplarme tal cual soy he intentado, con toda mi fuerza, quedarme en ese estado. No me importa enloquecer, pero quiero ver qué se siente vivir así, sin embargo, al igual que el respirar, nuestro cerebro está programado para funcionar con roles y, ante la ausencia de alguno, de inmediato te pone el primero a la mano.

Explico la sensación de salir de mi cuerpo y verme tal cual de manera gráfica: estoy viendo una película, a solas en la sala; de pronto volteo y me veo a mí mismo como espectador. Me doy cuenta que al mismo tiempo me veo dentro de la pantalla, lo cual resulta muy impactante; tienes la dicotomía de estar en dos lados al mismo tiempo (tu esencia real y el personaje que interpretas), te das cuenta de lo falso que eres, que todo es ficticio, que no eres ni el espectador ni la pantalla. Estas divido entre el actor y el espectador, sin animarte por completo a concentrar tu esencia en un sólo ente.

Deberíamos ser totalmente auténticos, pero acabamos en una zona gris (la máscara) con la cual acabamos identificándonos y adoptando como nuestra “verdadera” personalidad. Con esa decisión que tomamos, la parte auténtica, que todos tenemos pero que pocos desarrollan (porque nadie te va a permitir salirte del “Guion”)

Caminar no es parte de nuestra naturaleza, es un comportamiento aprendido que hemos ido desarrollando, lo mismo con las máscaras, sin las cuales no podemos funcionar en la actualidad. Por más que lo intente, es imposible mantenerme más de tres segundos con una consciencia desnuda, ya que de inmediato entra un rol a mi cabeza. La primeras dos veces que lo experimente, llore con profunda tristeza; conforme ha pasado el tiempo he ido madurando, lo cual no quiere decir que encuentre dicho estado atractivo o agradable, pero quiero experimentarlo antes de morir, quiero ver que se siente sólo ser humano en lugar de actuar un personaje, esas poses (grotescas o tiernas) que nos sirven para desempeñarnos en la sociedad.

Me frustra no poder mantener ese estado de consciencia o nulidad de máscaras, el instinto de conservación o un mecanismo de defensa me hacen regresar al estado “normal”, pareciera que el mantenerse sin personajes es tan peligroso para nuestra psique como dejar de respirar para el cuerpo. De hecho el mecanismo de adoptar una máscara ya es inconsciente y se activa como cuando respiramos, por más que uno lo intente es imposible dejar los roles atrás. Obvio no nacimos así, sino que fuimos aprendiéndolo a lo largo de años de condicionamiento y programación.

"El caminar erguidos y la moral no figuran en la naturaleza humana, son cualidades aprendidas y desarrolladas por nosotros mismos; sólo que una fue aceptada de manera unánime y la otra de manera aparente" - Hebert Gutiérrez Morales

Vivimos en el país (si no es que el Mundo) de la gente incongruente y mustia. Sólo nos gusta ver la espiga en el ojo ajeno e ignoramos la viga en el propio (que bien que la vemos pero pretendemos que es invisible), no encanta fantasear que somos perfectos y que nuestras acciones no son dañinas, sólo las de los demás (aunque sean exactamente las mismas), como que tenemos una especie de “fuero celestial”, las nuestras no contaminan, no afectan, no dañan, no hieren, etc.

            Pero ¿Qué deberíamos hacer? Podríamos decir “Síp, la verdad es que le hablo bonito a las mujeres cuando sólo me las quiero echar ya que me importan un bledo sus sentimientos” ó “Me estoy casando porque siento la presión de toda mi familia, amistades y sociedad en general, cuando en realidad son tan feliz a solas” o “Vengo a Misa porque me obligan y porque ‘debo’ tener religión, no creo en esto que leo, pero no quiero que me tachen de alguien malo (aunque mis acciones lo sean)” o “Me encanta juzgar a las personas a través de sus defectos, porque así me distraigo y me olvido de los míos”.

Si todos fuésemos honestos, ya no digo congruentes, es posible que fuera impactante pero creo que sería más sano, sin embargo nadie lo hace y, cuando llegas a hacerlo, la gente se escandaliza como si anduvieras desnudo por la calle (aunque sólo sea desnudo de máscaras). Somos víctimas y verdugos del sistema restrictivo que hemos perfeccionado a lo largo de los años.

Hay quien piensa que soy dogmático, necio, vil, cruel, deshumanizado, cínico y demás linduras. Por otro lado también hay quien piensa que soy bondadoso, comprensivo, solidario, generoso, leal, honorable, etcétera. Es factible que ambas partes estén simultáneamente en lo correcto y en un error. El problema de las máscaras es que puede ser que yo sea todo eso que mencione o tal vez no. Se nos olvida cuando éramos auténticos (o sea en la infancia primera), época que está enterrada en años y años de condicionamientos sociales, prejuicios, posturas, ideologías, lealtades y demás. Creo que dejamos de saber qué somos y qué no somos, esto por tantos años de ejercer y/o actuar estos roles que nos hemos diseñado de acuerdo a los designios de la sociedad.

Para que una máscara sea creíble, debe estar basada en una parte real nuestra. Por ejemplo, me encantaría tener una máscara de mujeriego pero, como no está en mi esencia, no me queda (sólo me conformo con estar con la mujer que amo algún día).

No voy a hablar por los demás, porque desconozco sus motivaciones y vivencias. Por mi parte resulto patético, dejando a un lado mi acostumbrada soberbia, por todas las cualidades que llevo en mí; sólo porque un par de ocasiones he sido sacudido por la vida, opte por una máscara para proteger mi esencia de recibir más daño, pero también de recibir más amor. He cometido una de las peores vilezas que un humano puede cometer: no he vivido.

"Hubiera dado el mundo por haber tenido valor para decir la verdad, para vivir la verdad." – Oscar Wilde

Claro que actúo muy bien al dar a entender una vida plena y en equilibrio, pero no es cierto. Las escasas personas (a lo más tres) que han tenido la oportunidad de conocerme a profundidad, saben que muestro muy poco de lo que en verdad soy y, por lo mismo, he desarrollado muy poco de lo que en realidad soy.

Es ridículo optar por una máscara que muestra muy poco de mi esencia, la cual se conforma con las migajas que recolecta, en lugar de atreverme a ser quien puedo ser. Aunque eso enoje al resto, a pesar del riesgo y dolor latente, el cual resulta insignificante contra las potenciales satisfacciones.

Por eso mismo me gusta estar a solas, porque no tengo necesidad alguna de usar una máscara pública, sólo uso la de origen, la que se parece a algo auténtico pero no lo es del todo. Cuando no estoy solo, y dependiendo de quién me acompañe, siempre voy a interpretar un personaje, algunos más atractivos que otros, algunos más positivos que el resto, pero siempre con una careta que proteja mi desnudez personal.

Me he forjado una faz basada en el ego y para proteger lo limpio que quedaba de mi alma. A una altura de mi vida me di cuenta que la gente no es buena por naturaleza, como se me había inculcado con tanto énfasis; en realidad la gran mayoría se mueven por intereses egoístas. Por eso, en un acto de superviviencia o de instinto de conservación, desarrolle personajes parecidos a los que usan los demás para proteger lo auténtico que quedaba de mi ser.

El problema es identificarse tanto con el personaje que acaba siéndolo en realidad, aunque uno sabe que queda un pedazo de alma pura y auténtica. Es triste que a uno se le va olvidando que queda ese oasis de integridad entre un desierto de falsedad por lo que ya no es tan fácil sacarlo a relucir con facilidad.

Esta ridícula sociedad no ha corrompido tanto que nos hemos vuelto unos mitómanos profesionales. Desconozco el porcentaje del tiempo en que decimos la verdad y la que mentimos. No dudo que haya personas con el porcentaje mayor del lado de las falacias. También he encontrado, como dos en toda mi vida, esos seres extraños que siempre dicen la verdad, lo cual no siempre es conveniente en este mundo basado en mentiras.

"Hay pocas razones para decir la verdad, pero para mentir el número es infinito" - Carlos Ruiz Zafón ("La Sombra del Viento")

Eso demuestra una falta tremenda de amor propio, como no te valoras a ti mismo, tienes que valerte de un personaje ficticio para parecer medianamente interesante.

Me levanto de la cama y me pregunto “¿Quién eres?” Hebert es un nombre, una etiqueta asignada por alguien más, un nombre con el cual me identifico pero que no soy yo, un nombre que me asignaron al nacer para identificarme con mi padre biológico.

Me siento feliz porque cada vez son más las ocasiones en las que puedo percibirme fuera de la máscara, sólo por breves instantes ya que mi psique no soporta más. Me hago consciente que todo el mundo tiene una imagen de mí, unas expectativas y unos prejuicios hacia mi persona, mismos que acabo comprando y adoptando. Nadie de ellos sabe quién soy y, lo que es peor, a veces ni si quiera yo mismo sé quién demonios puedo ser.

Todos nos vamos formando una identidad alrededor de las opiniones ajenas de nosotros, por lo que nuestra aportación es ínfima, siempre por la necesidad enfermiza de cumplir con los deseos, anhelos o exigencias de alguien más, de lo que “deberíamos” ser, son escasas las ocasiones en la que tenemos un ataque de valentía o autenticidad, para atrevernos a hacer lo que en realidad queremos.

Desde el segundo o tercer año de vida nos van diseñando unas facetas que nos abandonaran hasta el día de nuestra muerte (y a veces ni ese día nos dejan descansar). Lo malo de vivir en sociedad es que hemos hecho vitales a las máscaras, es nuestra protección para poder funcionar en un mundo basado en apariencias y mentiras.

“Nadie dice lo que quiere decir. Eso es algo importante que te enseña la vida. Todo iría mejor si más gente lo aprendiera” - John Katzenbach (“El Psicoanalista”)

Al igual que el Ego, que es la base de las mismas, no es que las máscaras sean malas, el problema es el abuso que ejercemos sobre ellas (o ellas sobre nosotros), al grado que creemos ser la máscara, respiramos la máscara y dejamos atrás nuestro lado auténtico, mismo que nos da miedo, que no da vergüenza y bastante pudor. Por eso generamos versiones genéricas de autenticidad, un personaje diseñado para decirle al mundo “¿Ven? A diferencia de ustedes yo sí soy de verdad?” ¿En serio? ¿Alguien en verdad podría ser auténtico al 100% en este mundo de poses y apariencias?

No presumo de ser honesto ni auténtico, sólo estoy empezando a hacerme consciente de mis máscaras, en espera de que algún día encuentre algo de verdad en mi ser y no algo que haya sido instalado por alguien más. Tengo una infinidad de personajes: el dramático, el sarcástico, el ecologista, el misántropo y demás roles que me identifican ante el mundo.

Pero dichos roles no son del todo falsos, a veces son magnificaciones de características que ya tenemos, sólo que las adornamos con accesorios que van a llamar la atención de los demás, porque para eso tenemos máscaras: para buscar la atención ajena, para sentirnos vivos a través de sus miradas.

Por eso han proliferado los medios de promoción a últimos años (el mail, el Facebook, el Twitter, el What’s app, los blogs, el YouTube y demás), por esa necesidad de promovernos, de buscar que la atención externa confirme nuestra efímera existencia en este mundo falso, ¿Para qué? No lo sé, desconozco de donde viene esa necesidad endémica que la gente nos vea, tal vez porque nosotros mismos no somos capaces de hacerlo, con eso de que ignoramos nuestra esencia auténtica, pretendemos que los demás la capten a través de las pistas que damos con las máscaras.

No debe de haber un acto más grande de amor, valentía, honestidad o intimidad que mostrarse sin máscaras ante alguien más. El problema es que lo que se han atrevido a mostrarse así, normalmente, son consideradas locos y encerrados en un manicomio. Y es que dentro de los roles están las buenas costumbres, la educación, la moral y las acciones políticamente correctas, todos esos convencionalismos sociales que nos permiten vivir de manera “civilizada”.

“En estas calles hay tanta gente que tiene el alma manchada de sangre, que ya no se atreven ni a recordar y, cuando lo hacen, se mienten a sí mismos porque no se pueden mirar al espejo” – Carlos Ruiz Zafón (“El Juego del Ángel”)

Tal vez por ello la gente tiene miedo de dejar sus personajes de lado porque, en teoría, sin esos roles seríamos una especie de salvajes, por lo que nos tornaríamos peligrosos. Y optamos por todas esas facetas artificiales que permitimos que nos diseñen, para interactuar “pacíficamente” entre nosotros.

El exceso de máscaras acaba afectando nuestra dignidad y dañando severamente nuestro amor propio, porque siempre queremos aparentar ser más guapos, más ricos, más felices, más interesantes, más inteligentes, cultos, decentes, morales, sanos, divertidos de lo que en realidad somos, y demás características “deseables” por la “reputada” sociedad. Al actuar algo que no somos le manda un mensaje a la autoestima de “Como no eres valiosa, tengo que ponerme este disfraz para que no pasemos vergüenzas”

El aceptar nuestras limitaciones o defectos no quiere decir que nos tengamos que conformar, el aceptar que no somos perfectos nos da una dignidad impresionante. Las máscaras son dañinas por exigirnos perfección con algo que (en teoría) “deberíamos” ser. De a poco, y de manera diaria, nuestra psique va siendo mermada y mancillada por esos mensajes diarios pero constantes de que nunca somos lo suficientemente buenos para un mundo que aparenta ser perfecto, por eso mismo nos la creemos cuando somos señalados. Por eso mismo enloqueceríamos sin máscaras.


Hebert Gutiérrez Morales.

2 comentarios:

paqui dijo...

ME HA ENCANTADO TANTO QUE LA HE PUBLICADO EN MI MURO DE FACE XD , SIP ES MI CHUTE CASI A DIARIO QUE LE VAMOS A HACER. ESE SENTIR DE QUERER OBTENER ESA VIVENCIA SIN MASCARAS QUE TIENES EN LA NIÑEZ SE SIENTE CON MUCHA FUERZA CUANDO TE VES IMPOTENTE ANTE LA SOCIEDAD QUE TE IMPONEN LA PUESTA DE TU PRIMERA MASCARA, ME HAS RECORDADO ESE TRAGICO MOMENTO QUE DURO 13 AÑOS DE MI VIDA CON LA MISMA MASCARA Y AUNQUE ES CIERTO QUE SOLO ES EN LOS SUEÑOS DONDE REALMENTE SOMOS VERDADEROS, TE PUEDO GARANTIZAR QUE SI TIENES RECUERDOS DE TUS SUEÑOS VAS A RECORDAR QUE INCLUSO EN ELLOS TAMBIÉN SE UTILIZAN MUCHÍSIMAS MAS MASCARAS PERO ESTAS SON TAN EXTRAÑAS Y COMPLEJAS COMO LOS CUADROS DE DALÍ . SALUDOS AMIGO CORREDOR.

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Muchas Gracias Paqui, tu comentario tan refrescante me ha puesto de buenas. Es triste, pero creo que como humanidad hemos involucionado al grado que ya no concebimos la vida sin máscaras, un juego neurótico y nocivo que hemos perfeccionado con el paso de las generaciones y es triste ¿sabes? Creo que no hay etapa de la vida más bonita que la niñez, aquella en la que éramos auténticos y estábamos llenos de ilusiones, y con el tiempo lo cambiamos por roles y por intereses, dejamos de soñar y empezamos a competir, a canibalizar y a destrozar. Al final, somos seres ridículos pero nos tomamos tan en serio nuestro papeles, que no nos damos cuenta y desperdiciamos tantas oportunidades de ser felices con tal de cumplir un papel determinado por la sociedad. Tal vez nunca deje de usar las máscaras pero, espero, suavizarlas lo más posible y tratar de ser congruente entre lo que pienso, siento, digo y hago. Un abrazo Paqui, gracias por tu tiempo al leerme y comentarme :-)