jueves, 12 de septiembre de 2013

Alcoholismo

            ADVERTENCIA: Sin duda alguna, la objetividad no va a ser mi fuerte en este escrito aunque, de todas formas, lo voy a intentar. No va a ser bonito leerlo, además de que va a traer una carga emocional fuerte. Lo siento, soy hijo de alcohólico y no voy a disimular mi animadversión con el tema por intentar agradar a alguien.

            El año pasado ví, con unas amigas, la película “Flight” (El Vuelo) con Denzel Washington, misma que trata de un piloto aéreo alcohólico. Durante el filme me enoje e indigne bastante con las irresponsabilidades del personaje, todo producto de su vicio, mientras que mis amigas reaccionaban de manera distinta a la mía. Al final estuve feliz y dije “¡Sí! ¡Qué se pudra en la cárcel y pague por sus pecados!”. A mis amigas les sorprendió mi reacción tan pasional, y desde ahí empecé a gestionar el presente ensayo.

            Muchos justifican, sobretodo los que no se criaron con uno, que el alcohólico es un enfermo que merece comprensión y apoyo, y no lo niego pero, de eso a tratarlo como víctima, es algo en lo que estoy totalmente en desacuerdo.

            Obviamente el drogadicto, el neurótico, el comprador compulsivo, el fumador y demás también sufren de una enfermedad pero, bajo esa perspectiva fácilmente podemos justificar al violador, al asesino, al pedófilo, al misógino que golpea a su mujer y demás trastornos. Todos se justifican fácilmente bajo la etiqueta de “Enfermedad” y con eso somos dados a librarlos de la responsabilidad de sus decisiones y acciones.

            ODIO a los alcohólicos, los odio a todos sin excepción. El ver a alguien borracho me asusta y me repugna. Todo esto producto de criarme con un padrastro alcohólico, proveniente de una familia de borrachines en donde, adicionalmente, todos son corrientes y patéticos.

            Creo que todos tendremos material para quejarnos de nuestros padres, el que me crió (que es distinto al que me engendró) fue un borracho. Seguramente me pudo ir peor de haberme criado con un drogadicto o violador, no lo niego, pero también me pudo haber ido mejor de no haber tenido a un borracho misógino. Es verdad que los hijos somos ingratos, porque somos muy buenos para quejarnos y obviar lo bueno que sí recibimos, pero eso no quiere decir que un porcentaje de nuestros reclamos carezcan de veracidad y justicia.

            ¿Por qué me parecen patéticos los borrachos? Porque necesitan algo para escapar de la realidad, para hacerse los chistositos (o ponerse violentos), para expresar sin inhibiciones todo eso que no dirían en su sano juicio. Sin embargo, todo lo que expresen en ese estado es inútil: si es bueno pierde credibilidad al decirlo intoxicados, si es malo, uno lo toma peor porque lo dicen con una intención de herir que difícilmente igualan en sobriedad.

            Tal vez, en respuesta al padre alcohólico que tuve, intento ser todo lo insensato que puedo, que vean que soy capaz de decir tantas imprudencias de manera consciente, que no necesito de algún estimulante para expresarme con honestidad. Que vean que lo que digo es con intención y consciencia, que no necesito de la “ayuda” de alguna estúpida droga que me “motive” a decir idioteces. No necesito del pinche alcohol para hacerme el chistosito.

            El mismo alcoholismo contribuyó fuertemente a que mi vida social fuera muy limitada. Estúpidamente hay muchos, demasiados de hecho, que piensan que la única manera de divertirse o socializar es bajo los estímulos del alcohol. Con esa postura tan dogmática opte, por mi propia tranquilidad, a no salir mucho, lo cual acomoda a mi esencia tranquila, así que nunca me ha quitado el sueño (literalmente) salir a “parrandear”.

            De hecho, revisando a mis amistades, ninguno de mis verdaderos amigos se podría considerar alcohólico, casi todos beben, pero no son adictos. Creo que me costaría llevar una relación importante (ya sea amistad o pareja) con alguien alcohólico.

            Tengo la teoría de que los hijos de alcohólicos sólo pueden crecer con el mismo vicio o como abstemios empedernidos, porque cada cual escoge la manera de combatir (o aceptar) al demonio que se mudó a la familia con ese mal.

            En Prepa, empecé a tomar en las fiestas, de hecho me emborrachaba hasta las manitas, y nunca llegaba a casa (no le podía hacer eso a mi madre: lidiar con otro borracho). Me sentía muy popular, muy graciosito, la gente me festejaba mis borracheras, cuando compraba alguna botella, se las mostraba a todos y ellos movían la cabeza en son de desaprobación, pero con una sonrisa cómplice que te festejaba la “gracia”

            La sexta y última vez que me emborrache, me dio la única cruda que he experimentado en mi vida. Así que me dirigí a casa con el peor dolor de cabeza que haya sentido. Al llegar, encontré a mi papá inconsciente, rodeado de botellas y en un estado deplorable. El efecto fue devastador en mi psique “¡Ya no! Y ¡Yo no!” me dije y desde ahí me la pase más de 15 años sin probar gota de alcohol.

            Con ese pasaje me hice consciente que la sociedad misma es cómplice en esta enfermedad, hay muchos que te festejan el vicio, tal vez no de manera abierta, pero sí de manera vedada. Eres aceptado si le invitas o le aceptas una copa a un amigo, a tu jefe o inclusive a un desconocido. Todo esto empieza en la adolescencia, en donde buscas aceptación externa, aunado a hacer algo prohibido, la motivación es total para emborracharte, fumar o drogarte, todo con el afán de parecer malo y ser aceptado/admirado/temido por el resto de tus compañeros.

            Lo que más odio del alcohol es que aceleró la desmitificación de mi papá. Ver al que se supone que es tu mentor y tu guía en un estado tan deplorable, tirado en el suelo de la casa o de la calle resulta impactante para el pedestal que lo tienes desde la infancia. Es un espectáculo deprimente, chocante, patético, fastidioso, horrible pero, de alguna forma extraña, enternecedor (aunque no de manera positiva). Es una imagen que no vas a olvidar el resto de tu vida y es cuando aprendes a odiar al alcohol.

            Dentro mis traumas, también aprendí a despreciar los grupos de Al-Anon, Alateen y a los Alcohólicos Anónimos. ¿Por qué? No pongo en tela de juicio la función para la cual fueron creados: apoyo y orientación moral del adicto y su familia para superar la “enfermedad”. Pero YO personalmente, los odio por el ambiente tan triste, tan deprimente, tan extraño que priva en dichos lugares.

            Fui a reuniones de dichos grupos y siempre lo mismo: Escuchar a la “víctima” plantear su caso y conmiserarse de su propia desgracia, mientras que todos ponen cara de pena (pareciera velorio) y le dan por su lado al orador. Para mí, y recalco PARA MÍ, esa dinámica es patética y enfermiza. Voy, les expreso cuánto sufro, me revuelco en mi miseria, en mi mierda personal, y sé que con ello voy a recibir la atención y el cariño de mi público.

            Muchos de los que ahí se expresan no están realmente arrepentidos de lo que han vivido, al contrario, lo usan y lo disfrutan para recibir la atención externa y sentirse importantes para alguien. ¿Y en qué me baso para afirmarlo tan categóricamente? En que recaen fácilmente en el vicio (no todos, pero sí muchos).

            El vivir con un alcohólico te afecta a varios niveles, de entrada tu amor propio, porque uno siempre vive con la incertidumbre de cuándo se va a emborrachar y cómo demonios se va a comportar cuando esté ebrio. Como ya comente más arriba, tu sociabilidad ya no es la misma, ya no vas con gusto a fiestas o reuniones porque, si hay alcohol, es seguro que tu borrachín termine en estado inconveniente y te haga shows ante los demás (igual y te acostumbras a los espectáculos dentro de casa, pero hacerlos en casa ajena es muy bochornoso). La integración familiar es otro tema que te acaba dañando, cuando todos los demás están en una dinámica y hay un ente interno que no le interesa el bienestar del resto, es difícil hacer equipo, especialmente si no puedes expulsar al cáncer del núcleo familiar. A fin de cuentas todo se resume en tu tranquilidad, cuando vives con un adicto, sabes que pasas a segundo término, porque él va a hacer o gastar lo que sea necesario para satisfacer su necesidad de autodestruirse, sin importarle lo que a ti te afecte.

            Es por eso que ya no disfrutas fiestas ni vacaciones, cuando ves la primera copa o la primera botella aparecer, ya sabes que valió madre; te empiezas a mentalizar del espectáculo patético que está por venir, en donde tu ser amado deja la mascara de decencia atrás y empieza a sacar todos sus traumas de forma abierta e insensata. Lo peor del asunto es que el alcohólico no se acuerda (o dice no acordarse) pero tú sí tienes muy presente el dolor, la vergüenza, la ira, la rabia y demás sentimientos negativos que te provocan las acciones que hizo durante su embriaguez.

            Otro show igual de patético que los grupos de Alcohólicos Anónimos son las promesas para dejar de tomar, mismas que cada borrachín hace en la Iglesia de su preferencia. Las dos o tres primeras veces lo acompañas con la esperanza que sus creencias sean suficientemente fuertes para ayudarlo a dejar el vicio. Las ocasiones subsecuentes ya lo ves como un circo, una acción ridícula que sirve para perpetuar el engaño de que el borracho está preocupado por su salud, su familia y su vida.

            El problema con las promesas es que, cuando cedes a la tentación, no piensas “¡Chin! ¡Me tome una copita! Bueno, no se acaba el mundo, voy a seguir con mi compromiso” ¡¡¡NNNOOO!!! Ahí es donde la mente convenenciera del alcohólico dice “Pues ya da igual una copita que toda la botella ¡A chupar!” Así que resultan contraproducentes dichas promesas, porque incrementan el placer de ingerir alcohol al sumarle la culpa (gozosa a nivel inconsciente) de romper un compromiso con “Dios”

            Pero luego vienen los ataques de remordimiento y tienes que chutarte el choro de “Voy a cambiar, ya no voy a tomar, les ofrezco disculpas por todo el daño que les he hecho .bla bla bla” casi se ponen a llorar como María Magdalena y, de nuevo, les crees el teatrito las primeras veces y piensas “¡Vaya! Por fin hizo consciencia, ahora sí todo va a ser diferente” pero, con el tiempo, aprendes a ser un poco cínico y hasta cruel cuando te vienen con la misma letanía, y creo que la actitud que uno toma es justificada, por todo el mal que te han inflingido y por jugar con tus ilusiones de que todo va a cambiar.

            Pero la enfermedad no sólo te afecta cuando se está briago. Cuando mi papá estaba largos períodos de tiempo sin ingerir alcohol, su endémico mal humor se potencializaba y hasta nosotros mismos decíamos “Mejor que ya se emborrache, porque está insoportable sin su vicio”, creo que nos caía mejor borracho que con ese humor de la chingada.

            La cuestión de respeto es otra que acaba afectándote, ¿Cómo puedes respetar a alguien que se destruye de manera constante? ¿Cómo vas a respetar y querer a alguien auténticamente que te dice que no hay para cierto juguete o dulce que quieres cuando ves las fortunas que tira al momento de embriagarse? ¿Cómo puedes darle su lugar como mentor cuando lo ves tirado en el suelo en un estado deplorable? La verdad es muy difícil respetar o querer a un alcohólico.

            Honestamente estoy traumatizado, veo a un borracho y, en automático, surgen mis defensas y busco la primera oportunidad para alejarme de él (casi siempre es un “él” pocas veces es “ella”). De hecho, al escribir esto, estoy recordando tantos y tantos pasajes que lamenté por vivir junto a un alcohólico y me alegro de que haya pasado esa etapa de mi vida.

            El día que él dejó la casa me sentí muy ofendido, no porque la dejara, sino porque no lo hizo antes, ya se iba cuando ya estaba trabajando en VW y sabía que pronto iba a dejar el nido materno: Ya para qué se iba, ya todo el daño estaba hecho.

            Sí, ya sé, he ido a terapia y ha salido el tema como problema periférico a otros que he tratado. Hoy en día puedo tomar una copita en ocasiones muy, pero en verdad MUY, especiales y la dejo de lado, porque nunca aceptaré al alcohol como algo “bueno”, siempre le voy a tener un prejucio que me haga odiarlo. Por lo mismo, hay algo de lo que no quiero librarme: de mi enseñanza que el alcoholismo destruye familias e individuos.

            Eso es algo que valoro de tantos años de vivir en esa situación: la tranquilidad. No saben cómo valoro y procuro mi tranquilidad personal y espiritual, prefiero una vida solitaria y en paz que una tormentosa que me haga la vida imposible. Por eso mismo, cuando me relaciono, trato de rodearme de gente positiva y pacifica. Inclusive estoy saliendo con una mujer (que me trae loco) que comparte esa forma de ver la vida tan pacífica y civilizada.

            Ya para cerrar, personalmente me vale un reverendo pepino si los alcohólicos quieren destruir su salud, su economía y sus relaciones sociales pero, ojalá, tuvieran algo de respeto para irse al infierno ellos solitos, en lugar de arrastrar a sus seres queridos con ellos. Eso sí es no tener madre.


            Hebert Gutiérrez Morales.

2 comentarios:

VENEZUELA dijo...

vaya! esto si me impacto, mi papa no llego a alcoholizarse nunca pero si me toco verlo varias veces en ese estado deplorable, por eso me imagino un poco como fue tu vida, si que has tenido muchas cosas que superar!

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Hola Venezuela, pues mira, con el paso de los años uno aprende a aceptar lo que vivió y hasta aprende a restarle importancia. Creo que el adulto de hoy te podría decir que no fue tan grave pero, si le preguntas al niño/adolescente que le tocó vivir eso, te podría decir que fue una auténtica mierda y que hubiera dado lo que sea por salirse de esa casa. Tal vez, por el hecho de que esos años han quedado tan atrás, es que ahora lo puedo trivializar. Además, de no haber vivido lo que me toco vivir, no sería quién soy hoy y, a pesar de todos mis defectos, creo que estoy feliz con quien soy hoy (y sé que aún puedo mejorar mucho más). Gracias por leer este escrito que fue tan importante para mí.