martes, 19 de noviembre de 2013

Momentos de empatía y catarsis

            Martes y Jueves corro en la Madrugada, dentro de mi trayecto incluyo la pirámide de Cholula para meterle dificultad a mi ruta. Desde hace más de un año, cuando voy subiendo las escaleras, invariablemente me encuentro un señor oriundo del lugar, que se ve que ya está rondando los 50. Desde la primera vez que me lo encontré me daba los buenos días.

            Algo que me he dado cuenta mientras corro es que, cuando alguien (sin importar quién sea) me saluda o me da los buenos días, siempre acabo avanzando con más intensidad, tal vez por el hecho de que alguien se interesa lo suficiente para molestarse en notar mi presencia. Sin embargo, cuando un desconocido lo hace, resulta más especial, porque no tendría por qué hacerlo.

            Son esos contactos con desconocidos que son especiales, no sabes sus nombres, sus historias ni sus problemas, sólo comparten un momento de ejercicio en la madrugada y se expresan buenas vibras para el resto del día.

            Así que dos veces a la semana nos deseamos los “buenos días”. En una ocasión me dijo el susodicho señor“¡Buenos días Jarocho!” ¿Cómo supo que era de Veracruz? No lo sé, así que se lo pregunte y me dijo que se me notaba por la fisonomía. Eso me reconfortó bastante porque, aunque ya no viva en Veracruz, se me sigue notando que soy de ahí.

            Hoy me lo encontré y me dijo “¡Buenos días Jarocho!” y agregó “¿Estudias aquí?” Me sentí halagado porque me considerara tan joven como para ser estudiante, así que le dije “Nop, yo ya trabajo”, a lo que él contestó “¡Ah! Pero estudiaste aquí ¿cierto?” lo cual confirme, así que su siguiente pregunta fue “¿Y dónde trabajas? ¿En Volkswagen?”. Desconozco como este señor adivina tantas cosas mías pero me sentí halagado porque se interesara por mi vida.

            Este breve diálogo me cargó mucho las pilas y, cuando deje a mi amigo matinal unos escalones atrás, aprovechando que el lugar estaba desolado, me puse a llorar mientras corría. Sé que suena tonto, pero así fue ¿Por qué lloraba? Por toda la sensibilidad que traigo de haber dejado a mi amada atrás.

            Tal vez no tenga explicación mi comportamiento, pero voy a tratar de analizarlo: me siento algo chipil (sensible), y el que un desconocido sea amable conmigo me hace reconforta, siento bonito de que alguien se interese en mi vida. Simplemente me sentí bien de que el señor haya tenido una amabilidad hacia mi persona, y con lo sensible que estoy, fue entendible mi reacción.

            He decidido que este Jueves, cuando lo vuelva a ver, le voy a regalar un chocolate alemán, ese mismo que le estaba guardando a aquella mujer que tantos sueños me provocó, y le voy a agradecer al señor por saludarme cada vez, porque me hace sentir bien y le quedo a deber con una triste golosina. La próxima vez le voy a preguntar algo de su vida.

            Esos momentos de empatía que, normalmente, no valoro pero que ahora veo lo afortunado que soy. Eso me hizo recordar un episodio que pasó hace un mes en la oficina.

            Como fue característico en los últimos nueve meses, estaba en uno de esos sube y baja emocionales, porque no me sentía correspondido en mis sentimientos. Así que decidí ir a ver a mi amiga Camelia, misma que me notó bajo de pilas y me pregunto qué pasaba “Cosas del corazón” le contesté a lo que me preguntó “¿Qué te hizo ahora esa pinche vieja?” lo cual me afectó bastante y le dije “¡No le digas así!”, pero estaba tan sensible que ya no le pude decir más y me retiré al baño a descargar mi tristeza.

            Pero no sólo me fui por sentirme agredido que le dijeran “pinche vieja” a la que creía el amor de mi vida y, sin duda, la mujer más valiosa e importante que he conocido, por lo que no aplicaba el insulto. Sin embargo, me sentí halagado por la preocupación de mi amiga por mi bienestar; tal vez su manera de expresarlo fue ruda pero, al final, su empatía me reconfortó bastante, y ese día la quise más.

            Volvamos al día de hoy.

            Iba manejando de camino al trabajo mientras escuchaba mi carpeta de Phil Collins. Empezó a sonar “You can’t hurry Love”, una tonada muy positiva y movida que me puso de buenas y me hizo pensar “¡Vamos Hebert! ¡Cabeza arriba! El amor no se puede forzar, ya vendrá el día en que encuentres a alguien que te acepte y quiera como eres”.

            Todo iba perfecto, el problema es que la siguiente canción que inició fue “You know what I mean” misma que cuando empezó a sonar pensé “¡Demonios! Esa canción es una crueldad . . . . . . ¡Vamos a escucharla!” ¿Por qué me hice eso? No lo sé, tal vez por esos instintos masoquistas y autodestructivos en los que uno incurre cuando está en duelo. Porque, por ridículo que suene, en ocasiones es muy rico revolcarse en esos charcos de sufrimiento.


            Pésima idea escuchar una melodía con sentimiento tan profundo y auténtico, sobretodo cuando dice: “Oh leave me alone with my heart. I’m putting the pieces together again. Just leave me alone with my dreams, I can do it without you. I wish I could write you a love song to show you the way I feel. Seems you don’t like to listen, Oh but like it or not, take what you’ve got and leave. You’ve taken everything else, you know what I mean”

            Fui un mar de lágrimas casi todo el camino restante. Sé que yo fui el que decidió irse, pero eso no quita todo el sentimiento que me invade el pecho y me estruja el alma.

            Comentaba ayer en terapia que no estoy soltando del todo en mi duelo, por alguna estúpida razón, me estoy conteniendo ¿Por qué? No lo sé, sólo es una sensación que me dice que aún no es momento de desahogar todo mi dolor ¿Para qué esperar? Tampoco lo sé. Tal vez estoy esperando algo que aún desconozco.

            A pesar de esta postura, llego a tener breves pasajes en que me invade el sentimiento y recuerdo lo que no quiero recordar. A veces tengo el anhelo de volverla a ver y a veces recuerdo por qué me fui.

            En fin, es algo con lo que tendré que lidiar algún tiempo. Apenas han pasado tres días y, con cada día que pasa, la situación se vuelve más fácil de llevar. No podré olvidarla, sólo aprenderé a vivir con su recuerdo.

            Por eso no me quería enamorar pero, en realidad, nadie pidió mi opinión. Al final, a nadie se la piden.

            Y así, sin querer, ella vuelve a inspirarme un escrito más.


            Hebert Gutiérrez Morales.

1 comentario:

miguel cañedo dijo...

Solo hay que ser oruga y transformarse