domingo, 13 de abril de 2014

¿El fin del Duelo?

            “Y te llevaré conmigo y con mis pasos, y con ello he de aprender a vivir” – Fernando Delgadillo (“Noche sin luciérnagas”)

            Es triste escribir esto pero, al mismo tiempo, necesario. Puesto que hoy, tras casi tres meses, me encontré de frente con la mujer que me robó la cordura durante casi un año. Pero vayamos por partes.
           
            ¿Saben? Sin duda una de las mejores inversiones que he hecho en los últimos años, han sido las sesiones con mi terapeuta, así como los talleres a los que me invita (sobre todo Constelaciones familiares).

            A pesar de ello, hay algo que me fastidia de los psicólogos que conozco: todo lo quieren resolver escudriñando tu niñez. No importa que tu problema sea que perdiste el trabajo, te atropellaron al perro, tu hijo huyó de la casa, tu esposa te engañe, tu hija salió embarazada, sin importar la situación, cuando se la planteas al terapeuta, invariablemente va a empezar “¿Cómo fue la relación con tus padres?” ¬_¬U

            Menciono esto porque fui a otras Constelaciones familiares con otra terapeuta, le expliqué que ya llevaba años trabajando en terapia, por lo que el tema de mis padres ya lo tenía muy masticado así que, por favor, le pedí que se enfocara en mi Musa y la necesidad de llorar mi tristeza, misma que sólo he podido desahogar en episodios.

            ¡Pero no! Valiéndole madre mis prioridades, mis sentimientos y mis necesidades, se puso a constelar a mis padres. Honestamente me he vuelto muy mamón y, al ver que la terapeuta hizo lo que se le pegó la gana, ya no me enfoque con seriedad ni compromiso en su trabajo.

            Eso en verdad me enojó ¿Dónde carajo había quedado el servicio al cliente? Si quiero llorar por mi Musa, si quiero berrear por todos mis sueños no cumplidos, si por una vez en la pinche vida no quiero hablar de mis padres, si sólo quería llorar, tan fácil como eso ¿Por qué chingados no me escucha y hace lo que ella quiere?

            Estaba fúrico pero, más tarde ese mismo día, me tranquilicé. Ciertamente estaba decepcionado de no poder llorar, que era mi principal meta pero, al final, comprendí que desahogar los sentimientos es mi obligación, no le puedo dejar esa responsabilidad a nadie más. Así que me resigné y seguí buscando otras opciones que me ayudaran a llorar.

            Pasando a otro tema, aunque no es algo nuevo sí es algo que me ha molestado a últimas fechas. Debido a que nunca he tenido muchas novias (Tres), la mayoría del tiempo me la paso solo (por lo mismo estoy muy adaptado a mi soledad). Sin embargo, para la Sociedad (o mejor dicho “suciedad”) estar solo es algo inaceptable, algo malo debes de tener para estarlo. En mi caso, como no soy el clásico Neanthertal que abunda en México, como mi estilo es más civilizado e inclusive refinado (aunque a veces peco de corriente), entonces la explicación lógica es que debo ser gay.

            Como leo, viajo, trato de ir a eventos culturales, me llevo bien con las mujeres, hago ejercicio, no fumo ni tomo, trato de cuidar mi aspecto y no me gusta el fútbol, pues es obvio que sea gay ¿No creen?

            Normalmente suelo ser tolerante con la estupidez de la gente, pero en estos días no he tenido mucha paciencia que digamos. Recientemente tuvimos una comida con mis compañeros de oficina, mismos con los cuales me llevo pesado.

            Es común que nos enfoquemos en uno y lo freguemos a más no poder, así que cuando te toca, debes aguantar vara y esperar a que el ataque se enfoque en alguien más.

            Cuando me tocó a mí, era obvio que empezaran con que soy gay “¿Cuándo te vamos a conocer una novia? Si yo estuviera en tu lugar me la pasaría cogiendo a diaria con una distinta ¿Te han dicho que tu situación es sospechosa? ¡Ya sal del clóset!” En fin, aguante vara, y vaya que se pusieron intensos, me defendí hasta que uno de ellos me preguntó “¿Cuándo vas a superar tus miedos?” Fue cuando ya no pude más pero, en vez de contestar con violencia, lo hice con tristeza y sólo dije “La herida sigue abierta”.

            Aunque contesté sin pensar, creo que fue suficiente, la gran mayoría de mis compañeros no saben de mi Schatzie, pero sospechan que algo me tenía en manos. Mi respuesta sincera bastó para que se callaran un momento y, en un acto de piedad, se enfocaron en fregar a alguien más. Por unos minutos me mantuve callado, en lo que acomodaba mi tristeza y no desarmarme en plena reunión.

            Otra de las cosas que no es nueva son las críticas que recibo por ir al cine solo (ya ven que la Sociedad critica todo lo que no es “correcto” ni “bien visto”). El hecho de que para alguien sea imposible ir a solas al cine no quiere decir que sea ilegal o que alguien más no pueda hacerlo.

            Este fin de semana vi tres películas a solas (“Ilusión Nacional”, “Capitán América” y “Divergente”) mismas que me gustaron. La mayoría de las películas que he visto en mi vida (como un 80%) las he visto solo, es algo que se me da natural, además de que no tengo que discutir por lo que hay que ver ni adaptarme a horarios. Sin embargo, me encantaría que ella me volviera a acompañar.

            Por lo mismo, recientemente, hay otro motivo para ir al cine solo: no me nace ir con nadie más. La última película que vi acompañado (“La ladrona de libros”) fue con mi Musa y, desde entonces, no quiero volver a ver alguna película con nadie más. ¿Por qué? No lo sé, carezco de una explicación convincente, sólo no me nace ir acompañado.

            Ayer, saliendo del cine, recordé otras películas que había visto en ese lugar con ella, las pláticas después de las mismas y tantas otras cosas que, sin querer, las lágrimas brotaron y no se detuvieron en un rato, lo cual me hizo bien.

            Poco a poco estoy desahogando un poco más. Camino a acupuntura, que está muy cerca de donde vive mi Schatzie, recordé esos Rides que le daba a su casa y todas las veces que nos quedamos platicando por horas frente a su casa. Cuando llegue con mi acupunturista, mis ojos estaban rojos.

            Y, aunque estoy desahogando más seguido, aún no sale toda la tristeza, pero ya he encontrado el motivo. Por alguna razón, y de manera inconsciente, quiero que el dolor se quede en mi interior, como una penitencia, como un castigo.

            Cuando me hice consciente de ello, decidí que ya no debería buscar más ayuda para desahogar, ya no me importaba si se queda dentro y se pudre, lo tengo bien merecido. La única que se opone es mi cabeza, ya que sigue intentando que vaya a terapias para desahogar la tristeza.

            Así que ya he empezado a cerrar a la herida, enterrando tranquilamente mis sentimientos, sin haberlos sanados, como quien entierra a un moribundo, a alguien malherido, pero aún vivo, aún no ha muerto y así, con todo el cinismo que eso implica, estoy fastidiándome la existencia con pleno uso de consciencia.

            Eso fue ayer.

A veces, como dice Fritz Perls, “La vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas” y hoy vi a la mujer que vino a cambiar mi vida con una simple mirada.

            Me levante un poco más tarde de lo habitual, así que inicie mi corrida una hora más tarde de lo acostumbrado (el destino tiene sus formas de actuar).

            Iba corriendo pendiente arriba, mientras me motivaba a mí mismo, aunque correr siempre me pone de buenas, así que no era tan necesario. De pronto, en una esquina, veo una silueta familiar esperando el camión.

            Cada vez estoy más convencido que uno atrae las cosas con el poder de la mente, creo que la pensé tanto que, eventualmente, la acabé atrayendo a mi camino, inclusive en un lugar, una hora y un día en el cual era poco probable que la encontrara.

            “¡No! ¡No puede ser!” fue mi primer pensamiento, y en realidad no pensaba que fuera ella pero, conforme me acercaba, iba corroborando lo que sospechaba con mi primera impresión: Era ella.

            ¿Qué debía hacer? Iba hacia a ella y no podía cruzar la calle. Me invadió un sentimiento mixto entre terror, tristeza, alegría, esperanza pero, sobre todo, el más grande de todos y el que, al final, acabó imponiéndose: el maldito y omnipresente miedo.

            Se veía hermosa, como siempre, no importa lo que use o que tanto se arregle, ella siempre será la mujer más hermosa que jamás haya visto. Eso hacía más difícil mi situación. Para mi “fortuna” iba corriendo con lentes oscuros y una gorra, lo cual hacía que no fuera tan reconocible a primera instancia.

            Un “hola” y un “adiós” se gestaron en mi garganta pero, por alguna extraña razón, se quedaron atorados antes de llegar a la lengua. Me miró, la miré ¡y pasé de largo!

            ¿Cómo se puede concentrar toda tu vida en un instante? ¿Cómo hay momentos determinantes en tu existencia para lo que nadie te prepara? Antes de conocerla ¿Cuántas veces nos habremos cruzado sin conocernos? Y, después de hoy ¿se volverán a encontrar nuestros caminos? Son preguntas sin respuesta que me atormentaron.

            Mi miedo era múltiple y variado. Temía que me contestara si la saludaba, pero temía aún más que me ignorara. Temía que esto fuese el pretexto para retomar el contacto, pero me atormentaba más que no se reanudara. Temía no poder dejarla ir si la volvía a contactar, y eso era verdad. No sé si ella me reconoció, vi que me vio, pero los lentes son como espejos, así que no pudo ver mis ojos ni mi cabello.

            Los siguientes 300 metros fueron fatales. Hice todo cuanto estuvo a mi alcance para seguir corriendo como si nada. Tenía un dolor insoportable en el estómago, mi corazón estaba latiendo tan fuerte que parecía que iba a escapar de mi pecho y mi cuerpo clamaba por detenerse, aventarse al suelo a llorar, vomitar o cualquier otra cosa distinta a correr.

            Pocas veces en mi vida algo me ha costado tanto trabajo como contenerme, no deje que mi ser se derrumbara, me decía “Tranquilo Hebert, sigue corriendo, sigue corriendo, respira y tranquilízate”. Con cada paso iba recuperando mi cordura y tranquilidad.

            Lo único malo de este encuentro es que me vacío por completo. Suelo correr a un ritmo muy tranquilo, para aguantar los 30 kilómetros que me tocan en fin de semana. El estrés provocado me cansó, me desgastó a tal nivel que dudaba acabar el trayecto entero, además el calor estaba intenso y mis sentimientos eran una maraña sin solución.

            Mi mente intentó martirizarme, algo que clamaba todo mi ser, ¡pero no lo permití! Por fortuna, esa bola de pensamientos pululando en mi cabeza y esos sentimientos explorando en mi pecho, me dieron el combustible suficiente para seguir mi camino.

            Durante el camino pensé muchas cosas, recordé hechos, situaciones y todas las veces que la regué con ella. De hecho un pensamiento me surgió “Hasta cuando no estoy con ella la sigo regando”.

            Pero, a diferencia de ocasiones anteriores, no me martirice, no me torturé, no dejé que el sufrimiento tomará su lugar de honor y me fastidiara la existencia. Dentro de las muchas cosas que pensé, sin darme cuenta, un pensamiento empezó a monopolizar mi mente “No necesitas a nadie”.

            Al inicio me escandalicé pero, con el paso de los kilómetros, me di cuenta que era cierto. En realidad no necesito a nadie, ésa fue la razón de que no se dieron las cosas con ella: por mi incesante necesidad que la agobiaba y que me hacía anular mi amor propio con tal de agradarle (y obvio lograba el resultado contrario).

            Lo bueno es que hoy me tocó correr largo, así tuve mucho tiempo para pensar y acomodar cosas. Los últimos kilómetros fueron en exceso pesados, pero el llegar a casa, poner en orden mis ideas y desahogar todo esto en las líneas presentes me dio fuerza para seguir.

            Ya en casa estaba tranquilo, aún con mi decisión de pasar de largo y no saludarla. Por alguna extraña razón estaba experimentando una tranquilidad que no gozaba hace mucho tiempo.

            Este encuentro fortuito, sin pretenderlo, fue un adiós. Sin decir una palabra, sin forzar una expresión, sin gesto alguno de por medio, fue una despedida. No sé si ella me reconoció, pero yo sí la reconocí y decidí no hablarle ¿Por qué? ¿Acaso la deje de amar? ¡Al contrario! Aún estoy loco por ella y, si retomáramos el contacto, volvería a esas actitudes que me trajeron a esta situación, así que no tiene mucho caso retomar el intento de relación.

            Por alguna razón he entendido que no es nuestro tiempo, ¿alguna vez lo será? No lo sé, tal vez nunca la vuelva a ver o, tal vez, el destino actúe de manera distinta.

            El haber estado con ella me hizo notar lo mucho que me falta crecer, aprender y, sobre todo, darme mi lugar, fortalecer mi amor propio y dignidad porque, como me dijo alguna vez mi primera novia, “¿Cómo quieres que te quieran si no te quieres tú mismo?”

            Sé que en la vida no hay garantías. Mi Musa es tan maravillosa que no le faltan pretendientes y no me extrañaría que encuentre a alguno a su altura. Obvio la idea no me encanta, pero no puedo hacer nada por el momento, aún me queda mucho por trabajar en mí y tratar de ser mi mejor versión, y no para nadie más, sino para mí mismo y así no agobie a una potencial pareja con mis anhelos.

¿La volveré a ver? No lo sé, como escribí en otra ocasión, aunque tenemos lugares en común, nuestros horarios y días son distintos, debido a que nuestras actividades y mundos lo son.

Por lo mientras ya no voy a buscar terapias para que me ayuden a llorar, me he dado cuenta que así como voy, poco a poco, es el ritmo que necesito. Sin darme cuenta he cambiado y ya no soy el que podía llorar hasta quedarse sin lágrimas, ya no necesito desahogarme así.

Cada ocasión que recuerde algo, le lloraré un poco, lo necesario, sin forzar nada. Poco a poco ira sanando mi alma e irá acomodando todo lo que pasó.

No tengo prisa alguna por sanar mi herida, al fin no tengo una intención plena de volverme a relacionar (por lo menos no en el corto ni en el mediano plazo), así que tengo tanto tiempo como me quede de vida inclusive. Es más, si no me vuelvo a relacionar, no me preocupa en lo absoluto.

¿Podré olvidarla? Eso es imposible, además no quiero hacerlo. Si recuerdo a amores de primaria, a mi primera novia e inclusive a relaciones frustradas, ¿Por qué debería olvidar a la mujer más maravillosa que he conocido? ¿Por qué privarme de los recuerdos más felices de mi existencia?

Mi amiga Ari, misma que me da acupuntura, me cuestionó si no la odiaba, ¡y me sentí ofendido! ¿Cómo podría odiarla? ¿Alguien puede odiar lo más maravilloso que le pasó en la vida? Es algo tan antinatural que no sé cómo se atrevió a hacer semejante pregunta.

¿Por qué las mujeres son tan perras entre sí? ¿Por qué se deben de atacar directamente a la primera oportunidad? Es algo que al día de hoy no entiendo y que me gustaría que dejaran de hacer, por lo menos con ella.

En fin, así serán mis días sin ella y con ella. Tal vez ya no la vuelva a ver, pero su recuerdo siempre me acompañará. Si nos volvemos a encontrar y me siento listo para ella, sin duda buscaría retomar el contacto y conquistarla, pero no puedo vivir de esperanzas, sólo puedo manejar lo que me vaya encontrando.



            Hebert Gutiérrez Morales.

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