lunes, 21 de julio de 2014

Berlín: una Alemania distinta (Parte 1).

La Puerta de Brandemburgo
            München, Agosto 2011. Llego a un cruce peatonal, hay como veinte personas de cada lado en espera de cruzar, el verde está para los autos, sin embargo no hay ninguno a la vista. Me desesperó y me frustro pensando hacia mis adentros “¿Es en serio?” Así que esperamos pacientemente hasta que el semáforo nos indique que podamos pasar.

            Ejemplos como éste los constate durante esos siete días que pase en Alemania, así que ya estaba amoldado a su forma de pensar, por eso (y por cierto pudor) no me crucé la calle, por muy ridículo que fuera esperar aunque no se viera auto alguno, hecho que masacraba a mi sentido común.

            Sin embargo, ésa es la esencia de Alemania: respetar reglas, planear con tiempo, seguir con los planes acordados, respetar reglas, eficientar procesos, analizar con cuidado todas las posibles opciones, respetar reglas, asegurar resultados de calidad a largo plazo y, casi se me olvida, respetar reglas (¬_¬U).
Molino de Viento en Postdam

            Ese comportamiento no sólo lo vi en München, también era evidente en Stuttgart, Ulm, Füssen, Lindau o en Heidenheim an der Brenz. No pensé que dentro del país teutón hubiera un lugar diferente, un lugar con más calorcito, con más flexibilidad y con una personalidad distinta. También un lugar más “desordenado” (y lo entrecomillo porque sólo lo es para estándares alemanes) más libre y menos neurótico, en donde sí se cruzan una calle desierta aunque esté el alto peatonal (¡Aleluya!). Adicionalmente una ciudad tan interesante, alternativa, cultural, profunda y llena de cautivante historia. Todo lo mencionado se reúne en la capital del país: Berlín.

            Mi amiga Dani ya llevaba tres años viviendo ahí y, cada vez que venía a México era la misma cantaleta “¿Cuándo me vas a visitar?” a lo que le contestaba “Algún día”. Este último Diciembre me lanzó un ultimátum “Ya me voy a cambiar de ciudad, así que es tu última oportunidad mi chavo”. Todavía me hice del rogar un par de meses pero, al final, siguiendo con esta dinámica que tengo de conocer lugares nuevos, y escuchando todas las maravillas que me han dicho sobre la capital alemana, pues compré mi boleto y emprendí mi segunda aventura en tierras teutonas.

            La Expectativa previa a través del arte.

Gendarmenmarkt
            No estaba tan consciente de ello, pero en verdad anhelaba conocer Berlín, pero no fue desde que Dani se mudó ahí, de hecho mi anhelo ya se había forjado un par de décadas atrás.

            Como mencione en otro escrito, me hice fan de U2 con el disco “Achtung Baby!” y desde ahí empecé a desear conocer Berlín. De los tres vídeos de la canción “One”, mi favorito es el de los Búfalos corriendo pero, creo, el más conocido es el de los autos viejos, mientras los miembros de la banda están vestidos como mujer, mientras vemos cómo el papá de Bono está en distintas locaciones de la capital alemana.

            En ese entonces no sabía que las escenas pertenecían a zonas de Berlín, sólo me parecía una ciudad vieja pero con cierto aire de misticismo, aunque no me imaginaba que fuese una ciudad alemana.

            Años más tarde, en el disco “Zooropa” (tal vez el peor) de la misma banda irlandesa, la única canción que es una belleza es la de “Stay (Far away, so close)”, y el vídeo también se hizo en locaciones Berlinesas, al ser parte del Soundtrack de la película del mismo nombre de Wim Wenders. Ahí ya tenía un poco más de noción que era Alemania, y desde entonces aprendí a ver con cierto cariño y anhelo al Siegessaule, el muro de Berlín y a la puerta de Brandemburgo
Postdam

            Finalmente, otra obra que me empujaba a conocer la capital alemana fue el libro de Douglas Kennedy  “El momento que todo cambió” (del cual saqué dos escritos), y al estar en una edad más adulta, ahí sí me hice la promesa de conocer algún día Berlín. Así que sentí mucha emoción cuando estuve en Postdamerplatz, Alexanderplatz, en los restos del muro o en el Checkpoint Charlie, misma emoción que no hubiera sido igual si no hubiera leído el libro antes. Lo mismo me pasó cuando vi la puerta de Brandemburgo o el Siegelssaule, las lágrimas casi se me salen pero, de no haber sido por la expectativa previa que me plantó U2, tal vez el gusto no habría sido el mismo.

            Alemania a nivel de piso

            Algo que ya me resulta vital en cada viaje que emprendo es correr por el lugar que visito, es una manera más terrenal de sentirlo, una manera más callejera y real. Casi todos los días corrí por el Tiergarten, a excepción del primero que, al ser Domingo temprano, aproveche para correr por las calles intermedias entre Mehringdamm y el Postdamer Platz, para disfrutar de la ciudad mientras dormía, y gocé mucho su arquitectura, no la que iba a descubrir días después como la Puerta de Brandemburgo, el Palacio de Charlottesburgo o el Alte National Galerie; me refiero a la arquitectura cotidiana, a las casas “normales” ésas que la gente que ahí vive no valora pero que un extranjero sabe percibir la elegancia y la nostalgia que emana cada una de las estructuras.
Universidad Humboldt en Unten den Linden

Mientras iba fascinado por la clase y personalidad de las calles berlinesas, percibí un olor que recordé de la visita anterior, una esencia que no sé explicar qué es pero que en mi inconsciente sólo encuentra una definición “Huele a Alemania” y con ese pensamiento corrí muy feliz ése y todos los días siguientes. Estaba muy pletórico de regresar a tierras teutonas.

            Esta visita a Alemania resultó más enriquecedora al quedarme en un departamento en lugar de un hotel, porque me empapé un poco de las costumbres alemanas al momento de habitarla. Por ejemplo, al igual que en Japón, los alemanes acostumbran quitarse los zapatos para estar en casa, pero esta costumbre es por cuestiones prácticas ya que, cuando hay nieve, al dejarse el calzado resulta en que la casa se ensucia bastante. Así que se ha quedado la costumbre sin importar la época del año.

            Otra situación que me costó mucho trabajo adoptar, es el tomar agua de la llave, Dani me decía todo el tiempo que el agua era potable mientras me mostraba cómo la tomaba del grifo pero, para mi paradigma mexicano, tomarla de la llave era algo impensable (por lo menos lo es en donde vivo), pero al final cedí un poco y aprendí a beber de ahí.
Junto al lago Templin en Postdam

            Como sigo corroborando en cada oportunidad, primera vez sólo hay una. Ciertamente Berlín me fascinó, pero no al mismo grado que mi primera vez en Alemania hace ya tres años, en la cual estaba literalmente idiotizado por tantas cosas nuevas y diferentes (aunado a que era mi primera vez fuera de México).

            Ya no me impresionó ver tanta limpieza y orden aunque, a decir verdad, Berlín no es tan ordenado ni limpio como Bayern o Baden-Wüttemberg. Ya ví con naturalidad los Mercedes Benz como Taxis. También vi muchas mujeres guapas, pero ya no me quede embobado como la vez anterior (con una sola excepción), además de que Dani (que está muy guapa y estaba todo el tiempo conmigo) me hacía mosca y, sin querer, me las espantaba :’-(

            Tal vez no sea tan sorpresivo como la primera vez, pero también tiene sus ventajas ya haber conocido algo antes. Gracias a mi experiencia pasada, ahora la comida me supo mejor, porque no sentía la necesidad imperativa de compararla con la mexicana, debido a que ya sabía lo difícil que es igualar la de mi país. Y como ya no me embelesó toda la novedad alemana, siento, ahora pude percibir dicha cultura más real y me permitió enfocarme en detalles que no percibí la primera ocasión y que ahora me resultaron muy evidentes.

“El que convierte no se divierte”
Jardines de Charlottesburgo

            Es una frase que me dijeron cuando empecé a viajar al extranjero y, con el tiempo, he aprendido a aplicar y a corroborar su verdad, misma que es más válida en Berlín donde los precios son carísimos, y eso que es una ciudad “barata” para los estándares teutones.

            Admito que al inicio me era imposible no convertir los precios de Euros a pesos pero, como me decía Dani “No pienses los precios en pesos, piénsalos en Euros” y tenía razón porque, de lo contrario, no iba a gastar en nada porque todo iba a resultarme excesivamente caro (a excepción del exquisito chocolate).

            Aunque, en mi defensa, debo decir que ayuda a pensar en Euros cuando ganas en Euros, porque gastar en Euros y ganar en “mexican” pesos, resulta una diferencia enorme. Al final logre adaptarme y disfrutar mi vista pero, ciertamente, hacer turismo en Europa es mucho pero MUCHO más caro que en el continente Americano (incluidos los Estados Unidos).

Majestuosidad de Palacios y Jardines
Palacio de Sanssouci de Federico el Grande

            Creo que los europeos y los americanos compartimos algo: la fascinación por los tesoros históricos del otro. Por ejemplo cuando ellos vienen a México, lo primero que quieren ver son Pirámides y, cuando por fin las ven dicen “¡Wow! ¡Pirámides!” Mientras que nosotros contemplamos con cierta ternura porque para nosotros ya no son tan impactantes (a menos que sea tu primera vez en Palenque o Chichen Itzá, en donde te vuelves a sorprender).

            Lo mismo pasa con nosotros cuando vamos a Europa, y es que nos morimos por ver castillos y palacios de verdad así que, cuando por fin los vemos decimos “¡Wow! ¡Castillos!”, mientras que los europeos nos ven con cara de hueva porque para ellos es algo normal.

            Los castillos los disfrute hace tres años, cuando vi Neuschwanstein y Hochschwangau, y quede maravillado de dichos lugares. En Berlín y sus alrededores lo que hay son palacios, que también son majestuosos, elegantes e irreales.
Palacio de Charlottesburgo

            Empecemos por los palacios de Postdam, a las afueras de Berlín, mismos que están enclavados en zonas llenas de árboles y cuidadosamente mantenidas. Creo que un sueño generalizado en la niñez es vivir en un palacio y/o castillo, así que cuando ves uno de verdad, y contemplas lo imponente y majestuosa vida de los jerarcas de aquel entonces, no puedes evitar recordar tus sueños infantiles y decirle a tu niño interno “¡Mira qué bonito palacio! ¡Por fin vimos uno!”

            Cuando entramos al Palacio de Charlottenburgo, también es imposible no quedarse con la boca abierta, todos la decoración, el inmobiliario, las obras de arte, la historia de cada una de las recamaras, las cuestiones políticas que involucraban las decisiones, las promesas, las lealtades y demás. Te das cuenta que la vida de la aristocracia, dentro de toda la parafernalia, las poses, los banquetes y el glamour, tampoco era tan fácil con tantas cosas que cuidar y súbditos a los cuales guiar y mantener medianamente felices.

            Pero no son sólo los palacios, sino sus hermosos jardines. Debido a que apenas entraba la primavera de forma tímida, honestamente no pude disfrutar de toda la grandeza de los jardines de estos lugares, pero tan solo con ver las zonas verdes de Charlottenburgo y Sanssouci, me prometí que la próxima vez que venga a Berlín será en Verano, para contemplar la abrumadora belleza que dichas locaciones pueden ofrecer. Uno ve el diseño y la distribución de los jardines y ya está deseando que todo florezca para presenciar un espectáculo de la naturaleza con la ayuda de las manos humanas.
El Trabant de la RDA (Trabi pa' los cuates)

Inclusive el Reichstag (o el Parlamento) es un edificio impresionante e imponente que, obviamente, no es un palacio pero debido a sus dimensiones y diseño, te deja igual de impactado que los palacios antes mencionados.

¿Socialismo? Bitch, please!

            Aunque ya comenté ampliamente, en dos escritos anteriores, sobre algunos de los museos que visite en Berlín, no comenté todos. Uno de los que más me recomendaron fue el Museo de la República Democrática de Alemania (o el DDR Museum en alemán), que es uno de los más populares aunque para mí no fue tan maravilloso.

            Es un museo que nos muestra la vida en la antigua RDA, sus orígenes, sus ideologías, sus restricciones, su manera de vivir, vacaciones, escuela, deportes, política, economía y demás. ¿Por qué no me pareció la gran maravilla? Por dos razones: en primer lugar, muchas características de lo ahí mostrado eran perfectamente normales en el México de inicios de los 80’s (mi niñez), así que no me pareció tan curioso como para alguien que ha vivido toda su vida en un país desarrollado. Esa escasez de productos, de variedad, de calidad y de tantas cosas que hay en el primer mundo, la viví plenamente en mis primeros años de vida, así que no me asustó ni sentí empatía o lastima por los antiguos habitantes de la RDA.
Así estaba conformado el Muro del lado de la RDA

            Sin embargo, hubo otra razón poderosa para no asombrarme: mi visita a Cuba. Tuve la fortuna de ver el último bastión vigente del socialismo en vivo, y en condiciones mucho más extremas de lo que se vivía en la DDR, así que por ello no me asusté de lo que vi en dicho Museo.

            Para mi fortuna, mi visita no fue en vano ya que, justamente al final del recorrido, me llevé algo valioso. La parte final está dedicada a la caída del Muro de Berlín y la reunificación alemana ¡y me emocioné! Tenía trece años cuando cayó el Muro, por lo que aún recuerdo muchas imágenes y reportajes que vi en TV aunque, honestamente, me valía pepino qué pasaba en esos lejanos rincones (mocoso estúpido e ignorante a fin de cuentas).

Casi 25 años después, con un poco más de camino recorrido y un poco menos de inmadurez, entendiendo lo que representó para el pueblo alemán, ahora sí pude empatizar con el sentimiento tan profundo y catártico que significó para los teutones su reunificación tras tantos años de una separación tan agria. No sé cómo explicarlo, pero me sentí parte de ello y fui muy feliz, de manera retroactiva, por haberlo visto en directo a través de la TV. Me sentí más identificado con un pueblo que hasta llegue a odiar de pequeño y que ahora he aprendido a querer, respetar y admirar, como es Alemania.

            Extranjeros en Berlín
Puerta del Medievo (Neues Museum)

            Resulta increíble pero platique muy poco en alemán (sólo “small talk”), es más en una semana normal de trabajo hablo más alemán de lo que hable en la capital europea, otro ejemplo, creo que conversé más en alemán en San Francisco y Nueva York que en la capital alemana, porque platique con algunos turistas germanos en dichos lugares a diferencia de la propia Berlín.

            En primer lugar porque me la pase todo el tiempo hablando español con Dani pero hubo un par de días que me quede solo e inclusive ahí, por más que intentaba hablar alemán, la gente me respondía en inglés. Y es que en Berlín hay una gran cantidad de extranjeros y como no me veo muy ario que digamos, la gente daba por sentado que era foráneo y, en una actitud muy amable, me hablaban en el idioma que creían me parecía más cómodo, algunos hasta en español me contestaban (supongo que mi acento latino está muy marcado ¬_¬U).

            Esta situación me frustró un poco porque en mi visita anterior al sur del país, TODOS me hablaron en alemán por lo que incrementé mi nivel bastante y hasta mi pronunciación perfeccione, algo que ahora no se dio :’-(

            La comida a través de los barrios.

Entrada al Altes Museum

            Dani también puso mucho énfasis en que conociera algunos de los barrios más significativos de Berlín. Obviamente Unten den Linden lo transitamos casi a diario al igual que el Postdamer Platz, pero hubo otros lugares igual de interesantes.

            Por ejemplo, cerca del Gendarmenmarkt, había unas edificaciones muy bellas, las calles con aire comercial viejo muy acogedor, además de la tienda más grande de chocolate que jamás se imaginarían: un auténtico paraíso :’-)

            En Mehringdamm nos comimos la que, en teoría, es de las mejores Curry Wurst de Berlín. Debo admitir que la Curry Wurst no me sorprendió bastante (y no hablo de la de Mehringdamm, sino del platillo en sí, mismo que probé en otras dos ocasiones). En realidad fue como comer una salchicha con chile piquín, nada del otro mundo.

            También en Mehringdamm, que es un barrio bastante agradable, clasemediero pero muy bonito, con un ambiente relajado y hasta bohemio, nos echamos un capuchino delicioso, junto con unos pasteles exquisitos. Sin embargo, lo que más disfrute de dicho lugar fueron las meseras, en verdad me costaba ponerle atención a la plática con Dani, porque quede embobado con las chicas tan atractivas que nos atendieron O_O.

East Galerie

Kreuzberg es la zona en donde abundan los turcos, lo cual noté de inmediato cuando llegamos, porque pensé que me habían trasladado al DF al ver tanta mugre, caos, ruido, desorden y basura en las calles. En ese lugar comimos unas hamburguesas deliciosas, además de que me llevó a una especie de Cafecito-bar alternativo muy ad hoc al ambiente berlinés. Pero hay otra sección de Kreuzberg más fresa, más cuidada y más elegante, en la cual comimos una pizza muy rica y nos la pasamos muy a gusto Dani, David (su esposo) y yo.

También me llevo a un llamado Beach-bar cerca de East Galerie, una zona en verdad alternativa, con mucho Reggae, mucho punketo, darketo, hippioso y demás fauna urbana. Ahí no comimos nada, pero tan sólo de percibir los olores raros de lo que estaban fumando junto al río, tuvimos para justificar la visita. Honestamente me di cuenta de mi freses, al no sentirme tan a gusto en dicho lugar, sobre todo al sentir que no era tan seguro (que al final sí lo fue)
Pecera gigante en Hotel Radisson

En Alenxanderplatz, una de las zonas más comerciales, populares y turísticas de la ciudad, por fin probé el tan afamado Donner Kebab. No está mal, no me fascinó y no creo volverlo a probar, pero ya sé a qué sabe este platillo que es tan aclamado en Europa y, sobre todo, en Alemania (aunque aún sigo sin explicarme la razón de ello).

Entre el Alexanderplatz y el Lust Garten, está un hotel Radisson, mismo que muestra una pecera enorme, sin duda una de las más grandes del mundo (ojo, no confundir con un Acuario). Se veía padre la pecera pero no estaba dispuesto a pagar 20 Euros para pasar a través de ella, así que nos conformamos con verla por fuera.

            Otra sección popular y comercial es Ku’Damm, por la cual pasamos un rato pero en realidad no me intereso mucho verla. Además, para hacer Shopping, como Estados Unidos no hay dos, ciertamente, los precios no iban a estar igual de baratos. Cerca de ahí, en el Gedächnisse Kirche, nos comimos una crepas muy ricas y no tan caras.
 
¡Albricias! Un día soleado en Berlín ó_O
            Y en la zona de Postdamer Platz (nuestra base de operación), Dani me llevo al restaurante de un escritor judío en donde comí un delicioso Schnitzel (creo que lo mejor que degusté en todo el viaje), también compramos pan delicioso y en la última noche, con David, nos tomamos un café muy rico.

            La visita a Berlín fue de las más interesantes, profundas y nutritivas de mi vida, por lo cual me veo en la necesidad de cortar este escrito en tres pedazos. En la siguiente entrega develaré por qué los alemanes aman comer papas, por qué están obsesionados con el clima, su relación con el consumismo entre otros temas. En el siguiente link pueden acceder a la segunda parte.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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