domingo, 9 de noviembre de 2014

Apatía existencial

            Manejando de noche, las últimas dos semanas he estado pasando cada tercer día por el que fue mi hogar durante casi nueve años: El Centro de Idioma Japonés de Puebla. Cada vez que pasaba, me ponía triste, ¿Por qué? Por la nostalgia, por los recuerdos, por las felicidades pasadas y los sueños que tenía en aquel entonces.

            Como ya me había cansado de pasar y ponerme triste (hasta las lágrimas), decido meterme en la privadita y echarle un ojo: me sorprende ver lo grande que está, ¡ha crecido mucho! Y pensar que, cuando empecé, sólo eran dos salones adaptados en una cochera a un par de cuadras de lo que ahora es una escuela en sí.

            Desde mi vouyerista posición le echo un ojo a los salones (están tomando clase), al jardincito, el estacionamiento que tenía medido al momento de meter aquel Jetta TDI que tanto me gustaba, las oficinas en donde tantas veces platique con mis queridos Sensei. Para mi fortuna, parece que no había nadie que atendiera, así que puedo salir tranquilamente después de haber “stalkeado” a gusto el lugar de tantos recuerdos, tantas experiencias, tantas vivencias. El saloncito en donde entró Harumi y mi vida fue feliz, el lugar en donde fuimos a un festival de Tanabata, las empanadas de la esquina, la tiendita a la vuelta. Qué bueno que nadie reparó en mí, no sabría explicarles el por qué pasé, lo que ahí viví y todo lo que significaron en mi vida.

            Empecé a estudiar japonés en Enero del 98, ¡hace toda una vida! En un abrir y cerrar de ojos han pasado casi 17 años desde aquel primer día en que nos dio clase Kumon Sensei, y yo ni en cuenta. Recorriendo ese lugar, también iba recordando lo que me era importante en aquella época: mis amigos, mis sueños, mis miedos, mis anhelos y demás. Aunque hoy ya nada de eso importa, la nostalgia que siento al recordarlos me pone triste y me hace preguntarme ¿Seguirá siendo importante lo que hoy me acongoja dentro de 10 años? Probablemente no.

            Tal vez en una década pasaré por Rumba Mía y rememore estos días, y me acuerde de todo esto que hoy desborda mi pecho y me reiré de mí mismo por ahogarme en un vaso con agua . . . . . por lo menos eso espero.

            ¿Por qué estoy pasando por ese lugar tantas veces a la semana? Porque es mi camino de regreso obligado de clase de Jazz. Sip, no me equivoque al escribir, clase de Jazz. Desde hace un mes dejé mi hogar salsero por casi ocho años: Rumba Mía.

            No es un secreto que la Salsa ya no era tan vital para mí desde hace tiempo, escribí unos tres ensayos al respecto, sin embargo no dejó de ser triste porque tuve que dejar a gente a la que quería de manera abrupta, pero como me quiero más yo, tuve que tomar esa difícil decisión. Creo que todavía hubiera aguantado un par de años más en la academia, sin problemas, al fin que ya no iba por el baile, sólo iba a ver a mis amigos.

            ¿Y por qué dejé tan repentinamente mi ex-hogar Salsero? Por ella, por mi querida Na.Ni.

            Todavía recuerdo el día: viernes cuatro de julio, justo a media clase, Paco nos informó un cambio en los horarios y en las maestras, fue entonces cuando me enteré que ella venía a mi refugio. Para mí fue un shock, un impacto tremendo, debía estar feliz pero en realidad estaba muy ansioso y angustiado.

            Las ocasiones anteriores se me había facilitado alejarme porque tenía mi Templo sagrado al cual ella no iba a entrar: Rumba Mía. O por lo menos así lo creía, la vida me daba nuevamente la oportunidad de encontrármela, pero ahora la apuesta era clara: todo o nada, debía lograrlo o ahora tendría que huir más lejos, porque ya no tenía en donde guarecerme si no funcionaba.

            Es tonto, pero aquella noche me deprimí, sabía que ahora sí no había adónde escapar y como estaba acorralado, decidí dar el primer paso y ser el primero en retomar la comunicación, misma que reanudamos como si nada hubiera pasado, al ritmo de antes y con mucha alegría.

            ¿Saben? Esos tres meses fui feliz, ¡vaya que fui feliz! No imaginan la felicidad que alguien le puede inyectar a tu mundo con su sonrisa, no importan los problemas que tengas, en automático todo estaba bien, todo era maravilloso, todo era perfecto, ¡Sólo por verla! Es increíble como la existencia de una mujer en particular le puede dar sentido al simple hecho de tu nacimiento.

            Tres meses de felicidad que también tuvieron sus momentos de tristezas, dudas y demás. Obviamente, como han de imaginar, hay una razón para que hable en pasado porque, al final, no se logró concretar nada y nuevamente estamos separados aunque, al parecer, en esta ocasión es diferente el sentimiento.

            No sé cómo explicarlo, pero las veces anteriores siempre había la sensación de que en cualquier momento podríamos re-encontrarnos con cualquier pretexto ahora, repito, es distinto.

            Los detalles sólo nos incumben a ella y a mí, pero a veces es triste cómo funciona la vida en que, por más que lo intentes, hay cosas que simplemente no están destinadas para ti o, por lo menos, no en el momento exacto en las que las deseas.

            Recalco lo que he expresado de ella en innumerables ocasiones: es una dama, la mujer más tierna, bella, sensible, honesta y leal que he conocido. Bien pudo haberse aprovechado de esa avalancha de amor que me desbordaba cada vez que quería consentirla, y no lo hizo. Simplemente me permitía avanzar lo que consideraba correcto y eso para mí ya era una oportunidad maravillosa, porque su felicidad era mi felicidad.

            ¿Qué pasó entonces? Que no puedes obligar a nadie a sentir lo que no puede. Y por más que quieras forzar la situación, hay un punto en que debes detenerte, porque ya empiezas a mendigar amor o a malbaratar el propio con tal de ser medianamente aceptado, y eso no es correcto. Al final tal vez se diera una relación pero, en definitiva, no iba a ser una sana ni productiva.

            A veces parecía que sus demonios se acomodaban con los míos pero, al final, había algo que no acababa de embonar, por lo menos para ella. Y no tengo nada que reprocharle porque, en esta ocasión, avanzamos y ambos lo intentamos, simplemente hay algo que no le hizo clic y sólo me queda respetar su sentir.

            Le comentaba a mi terapeuta que aunque no estoy llorando como las ocasiones anteriores, el daño es más profundo. En mi duelo anteriores con Na. Ni, era común que me la pasara llorando y deprimido, ahora es extraño; estoy triste y deprimido, no lo niego, pero no a los niveles pasados, tal vez por la tranquilidad de saber que hice lo que pude, o tal vez por la certeza de que no soy lo que espera mi amada.

            El caso es que antes sentía en mi duelo a flor de piel, ahora sé que está ahí, pero no se manifiesta o, mejor dicho, se está manifestando de una manera nueva para mí: Apatía. No me importa nada, el mundo y lo que lo compone ha dejado de ser importante para mí, ya nada tiene sentido.

            Para empezar, la gente cada vez me importa menos, le comentaba a Lesly (del puñado de personas que aún valoro) que está regresando mi faceta misántropa, pero no de manera militante, simplemente en un cinismo callado  al sentarme al ver cómo la humanidad se destruye a sí misma.

Gracias a esa actitud siento que navego con el piloto automático, nada me importa en realidad, pero sigo realizando mis actividades rutinarias porque aún tengo la esperanza que algún día mi existencia vuelva a tener algo de sentido, me convenzo de seguir porque sé que eventualmente debo “sanar”, aunque eso de sanar es relativo, sólo creo que nos acostumbramos a vivir con nuestras heridas.

Fuera de las frases, no he escrito nada porque, de pronto, me parece tonto e inútil ¿Para qué escribir? En realidad no tiene ningún sentido, no cambia nada y sólo me consume tiempo pero ¿saben qué? Por alguna razón que no puedo explicar, necesito hacerlo, algo interno me pide escribir, aunque sea inútil, aunque nada cambie. Tal vez ya no vuelva a publicar al ritmo de antes, pero me conformo con sacar eventualmente algún ensayo que me haga sentir orgulloso.

Tal vez debería volver a escribir en mis pseudodiarios en donde plasmaba mis ideas antes del blog pero creo que soy demasiado egocéntrico, y tengo esa faceta exhibicionista que me hace escribir en público y exhibirme. Además, los escritos se ven más bonitos en el blog, con las imágenes los enlaces y demás.

Sip, aún me queda algo de ánimo para hacer bromas y creo que eso es parte del problema, me siento mal de no estar llorando (tanto) de no estar sufriendo (tanto) con esta apatía que me invade y que me tiene muy tranquilo cuando debería estar desgarrándome las vestiduras por no haber logrado la relación con la mujer más maravillosa que he conocido. Tal vez me he vuelto muy cínico, de hecho a ella le gustaba llamarme “Sr. Cinismo” de cariño y creo que tenía razón.

Afortunadamente esta apatía no va a afectar mis escritos sobre San Francisco, Nueva York o las cataratas del Niágara, porque las impresiones de esos viajes quedaron plasmadas en grabaciones al momento y lo que grabé lo voy a respetar al transcribirlos en un ensayo. Sin embargo, el relato de mi viaje a Chicago, sí se puede ver afectado porque allá viví algunos momentos dolorosos y derrame algunas lágrimas.

Aunque mi itinerario en Chicago estuvo bastante atiborrado, donde casi no tenía tiempo de pensar en nada más, de vez en cuando venía algo que me traía su recuerdo, sobre todo cuando encontraba algo que, normalmente, le hubiera comprado como souvenir, y esa sensación de ya no poderle dar nada a una mujer que te dio tanta felicidad te acaba destrozando (aún más) el corazón. Pero no sólo era eso, en mi semana en la ciudad de los Vientos vi un montón de chicas guapas, pero de inmediato venía a mi mente el cuestionamiento “¿Para qué?”

No me interesa fijarme en nadie más, algo he aprendido de esta experiencia, es que sólo vale la pena estar con alguien que ilumine tu mundo con su sola presencia, que te haga desear ser mejor, que te haga anhelar verla tanto como sea posible, no con alguien que sea “conveniente”, ya no quiero elegir con el cerebro. Después de esta segunda vez que me enamore de manera auténtica, ya no puedo ser tan cínico como para intentar relacionarme con nadie más “sólo porque se ve bien o tienen intereses en común” como la mayoría de las personas me aconsejan (porque parece que es muy placentero tratar de buscarme potenciales parejas).

            Además, no es buena idea relacionarme, no por el momento. Sé que algo malo debo de tener, no es lógico que a mi edad sólo haya logrado un matrimonio fallido y un noviazgo de un mes aunado a muchos amagos de relación. Obvio no soy perfecto, pero por más que he trabajado y avanzado, pareciera que siempre hay algo que impide que las mujeres se queden a mi lado.

Para empezar sé que soy orgulloso, el problema es que no sé “administrar” mi orgullo y sacarlo de a poco pero ¿han intentado racionar su amor ante la persona que les alegra el día? Si saben cómo hacerlo, pásenme el tip por favor.

Y ahí radica gran parte del problema: no sé fingir mis sentimientos. Cuando alguien me gusta, soy muy obvio, pero cuando alguien me encanta, soy gratis, soy muy fácil, soy suyo totalmente, no hay trabas, no hay encrucijadas, no hay juegos y eso no es interesante, de hecho lo fácil es aburrido y nada apreciado. El problema es que, cuando recupero mi orgullo, suelo ser muy determinante y lo saco de un solo golpe, de manera inesperada y desconcertante, considerando que venía de una postura en la que aceptaba todo sin chistar.

Pero ha de haber algo más, he visto a gente que es más orgullosa que yo conseguir pareja. ¿Qué será? Aunque, en realidad, ya no importa qué es eso. En realidad ya nada me importa.

Es chistoso, todo ha perdido sentido, recuerdo algo (lo que sea) y carece de lógica, mi vida de pronto paso a ser algo irreal y cómico, ¿para qué sigo viviendo? No lo sé, pero supongo que aún queda algún resquicio de esperanza, porque cuando uno ya no la tiene, es cuando opta por suicidarse y, por el momento, esa idea me parece demasiado extrema o grotesca para siquiera considerarla.

Aunque todo ha dejado de ser importante, creo que la flama que me mantiene con vida es el conocimiento que la realidad va cambiando que, de pronto, algún día inesperado llega un vuelco inesperado y de pronto todo es diferente.

Así que sólo me quedan hacen algunos cambios, para empezar estoy alejándome de las que sólo se acercan cuando necesitan algo y que nunca tienen la iniciativa de acercarse por cuenta propia, así me quede con un puñado pequeño de gente a mi lado, serán de calidad.

También me está ayudando mi nuevo comienzo en el Jazz, durante la clase vuelvo a tener destellos de felicidad. Es muy padre volver a bailar sin que la música te recuerde a tu amor frustrado, porque no podré volver a escuchar Salsa o Bachata sin que ella venga a mi memoria (y es obvio decir que ya guarde toda mi música de Salsa por tiempo indefinido).

Me interesaba seguir bailando porque es algo que me ha ayudado al amor propio, a la motricidad, al porte y es que, cuando empiezas a bailar, te das cuenta que la mayoría de la gente en el mundo es torpe, es burda y carece de gracia al moverse.

En fin, recalco que este escrito es para mí, aunque lo comparto en un blog público, pero me va a ayudar a seguir escribiendo, porque tengo la intención de escribir mucho para enterrar este texto patético y que sólo quede para mí.

Espero, de a poco, recuperar mi vida y volver a leer, volver a escribir y, eventualmente, encontrarle sentido a esta existencia vacía. Mientras seguiré viajando todo lo que me lo permita el presupuesto, los días de vacaciones o las ganas de hacerlo, que es una de las ventajas de tener todo mi tiempo y dinero para mí solito.

Por fortuna el trabajo ha estado muy ocupado y la temporada de la NFL está muy interesante, así que no tengo mucho tiempo libre como para deprimirme y autoconmiserarme.

“En ocasiones uno debe de olvidar lo que siente para tener presente lo que uno vale” – tomado del Twitter.


Hebert Gutiérrez Morales.

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