sábado, 22 de noviembre de 2014

Limpiando la “casa”

            Me siento a escribir esto y, de manera sorpresiva, me rehúso a hacerlo: “Ya no quiero escribir” me digo “¿Qué caso tiene?” me cuestiono. Como no sé qué responderme, voy al baño, me relajo, twitteo un rato, preparo el traje que me voy a poner el Lunes y encuentro qué responderme “Lo más probable es que no tenga caso, lo más seguro es que sea una pérdida de tiempo pero ¿tienes algo mejor que hacer?”. Como este fin de semana estoy libre, encuentro mi argumento “matón” y, no lo voy a negar, a regañadientes empiezo a teclear.

            Y dije que fue sorpresiva mi actitud a negarme a escribir porque tría un envión anímico muy importante. Hoy, después de no sé qué tanto tiempo, me puse a limpiar mi hogar. Nunca me había dado cuenta lo terapéutico que resulta asear tu morada. Adicionalmente me puse a lavar ropa y a escombrar, sacar cosas para regalar o para tirar; y ya encarrerados, hasta borrar números de mi celular con los que ya no tengo contacto (si ya no hablamos, es por algo).

            Mientras hacia la limpieza, llegó la analogía a mi ser: “También tienes que limpiar lo que estás cargando, también debes limpiar tu dolor. Tienes que dejarla ir”. Al recordar esto, ya tengo otra vez clara la función de este ensayo: Limpiar mi “casa” interna, sacar el dolor a través de los párrafos, tener espacio en mí, que esté pulcro y no con el polvo acumulado. Y no es necesario que ingrese nadie más por el momento, sólo quiero que esté limpio para mí.

            Así que, aclarada la utilidad de este escrito, procedo a desahogarme en este Diario personal público o, su nombre práctico, Blog.

            Es extraño, debería dolerme mucho, y creo que así es pero, convenientemente, se me “olvida”. Por fortuna mis días han estado tan ocupados que no tengo tiempo para pensar en mi duelo (Sólo estos breves momentos en que me permito reflexionar al respecto).

            Creo que, sin hacerlo de manera voluntaria, estoy difiriendo mi dolor a largo plazo. El trabajo (espero) debe estar más tranquilo para Enero o Febrero, que es cuando termina la NFL, entonces veré que tan dañado sigo, qué tanto he acomodado y qué tanto dolor me falta por trabajar. Pero ahora no me preocupo tanto, en un par de meses ya veré qué hago.

            “El problema es que usted piensa demasiado Herr Gutiérrez” solía decirme mi amada Musa, y vaya que tenía razón. Así que ahora procuro no pensar en demasía de hecho, si se puede, trato de no pensar en absoluto, en la medida de lo posible trato de mantenerme en piloto automático.

            En mi interior se están moviendo muchas cosas, situaciones que se están acomodando, personas y actividades que están saliendo y entrando de mi existencia. Y el hecho de que no me flagele tanto con los “hubiera” me está ayudando, porque si soy duro con los demás, no saben lo cruel y/o despiadado que puedo llegar a ser conmigo mismo.

            Tal vez, si sigo así, un día cicatrizará la herida.

            Sólo platico del tema abiertamente con tres personas: una es mi terapeuta, otra es Lesly (que es la mejor amiga que uno puede tener) y la tercera es otra amiga que está en su propio proceso de duelo amoroso, fuera de ellas no trato el tema con nadie y, hasta con ellas, lo hago de manera muy esporádica (a excepción de terapia, en donde es mi asunto principal).

            De hecho, la gran mayoría del tiempo sigo con mi vida normal, pretendo que estos recuerdos no son míos, que le pasaron a alguien más, como si los hubiera leído en un libro o visto en una película. Hago como si mi existencia no hubiera sufrido ningún cambio de dos años para acá, que nunca me crucé con la mirada más hermosa que jamás haya visto, que nunca conocí a la mujer más maravillosa de la existencia. Pretendo que todo está bien y a veces hasta me lo creo. Sólo espero que, con el tiempo, llegue a ser verdad y en lugar de fingirlo.

            Pero, por más que diga que estoy con una rutina normal, hay factores que me indican lo contrario. En la semana, y de manera fortuita, terminé comiendo con las mujeres de mi oficina (que son mayoría), y las muy montoneras se me fueron encima con recriminaciones de que he estado muy Grinch “Es natural porque se acerca la navidad” intenté defenderme, pero no se conformaron y me acusaron que ya no era dulce, ni tierno ni no sé qué tantas fantasías frustradas proyectadas en mi persona.

            Idealizaciones aparte, sé que tienen razón, ya no soy tan “lindo” como antes, la verdad no me nace, y no veo por qué serlo si no estoy de buenas. Tal vez siempre he sido un Monstruo, con la diferencia de que al estar con mi Schatzie, todo lo bueno en mí florecía de manera natural. Y ahora que ya no está, es factible que este regresando a mi verdadera esencia, una no tan bella.

            Dicen que lo más parecido a un Zombie son las personas con los corazones rotos, porque te vuelves un monstruo desalmado que sólo quiere dañar a lo demás, y no me gustaría llegar a esos extremos.

            Esa es la gran bendición/maldición de enamorarse intensamente porque, por lo general, no acaba bien: puedes terminar con el corazón y los sueños rotos, retirándote y buscando lo que te queda de dignidad o, si logras tu relación, con el tiempo se puede ir desgastando la magia y también terminas decepcionado de ya no estar con la persona que en un inicio te hacía ver estrellitas (no todas, aclaro, pero sí la mayoría de las que he visto).

            Y aun así soñamos, lo hacemos aunque nos prometamos no volverlo a hacer, aunque el dolor nos carcoma e intentemos blindarnos. Soñamos que podemos ser de ese breve porcentaje de gente que logra una relación estable y productiva, de esas que se nos clavan en el inconsciente gracias a los cuentos de hadas y a los clásicos finales Disney.

            Aunque el dolor sea muy profundo y la herida visible, cuando te enamoras, se te olvida todo y lo vuelves a intentar. Pero hay un hecho irrefutable y que, aunque lo conozco de manera teórica, en la práctica siempre se me olvida: No es lo mismo amar mucho que amar bien, desbordar todo lo que sientes no es inteligente y, casi siempre, logras el efecto contrario al pretendido, por esa falta de madurez y serenidad que juegan en tu contra.

            La otra vez en twitter encontré una idea que me encantó: “Sólo debes andar con alguien con quien te casarías porque, de lo contrario, sólo estás perdiendo tu tiempo”. Puedo decir que lo que pretendía alcanzar con mi Musa era una relación a largo plazo, obviamente casarnos era mi sueño.

De hecho, haciendo memoria, casi siempre he pretendido a mujeres con cualidades suficientes para querer casarme con ellas pero, irónicamente, la única que no cumplía con esas características fue con la que me casé. Sé que suena horrible, pero así fue, aunque sin ese matrimonio no sería quien soy hoy. No estoy exactamente feliz conmigo hoy mismo, pero sé que no habría crecido y aprendido tanto sin esa relación fallida. Eventualmente volveré a estar feliz con quien soy en la actualidad, pero ya me desvié del tema.

            Si todos tuviéramos esa actitud de salir sólo con personas con las que nos podríamos casar, en lugar de salir con lo primero medianamente aceptable que se nos presenta, motivados por ese miedo a estar solos, sin duda el dolor disminuiría en el mundo, y nos ahorraríamos muchas “alas cortadas” o sueños rotos de pobres ilusos que pretenden morder más de lo que pueden masticar.

            En otro orden de ideas, ayer estrenaron la primera parte de “El Sinsajo”, la tercera parte de la saga de Hunger Games y un recuerdo triste vino a mi mente. Hace unos meses estábamos en el cine, abrazados, y vimos los cortos de dicha película y le dije “¿Vamos a verla cuando salga?” y ella, con un tono entre juguetón y recriminador me decía “¡Me encantaría! Sólo espero que aún me hables en esas fechas” Obviamente le contesté que sí le iba a hablar, además de amarla para siempre, y la colme de apapachos.

            ¿Saben? Odio romper mis promesas, con cualquier persona, pero en especial, odio romper esta última, y me duele más por el comentario que ella hizo “si es que aún me hablas” Y no la podía culpar, ya nos habíamos separado un par de ocasiones (¿o ya iban tres?) ¿Quién la podía culpar por dudar de mí? Me siento terrible con dicho recuerdo pero, irónicamente, ahora debo de ver dicha película aunque sea sin ella ¿Por qué? No lo sé, pero creo que me haría daño si me niego a verla sólo por haber roto una promesa.

            Tal vez por ese historial de “reconciliaciones” es que mis (arriba mencionadas) confidentes me llegan a preguntar “¿Y no te ha contactado?” me resulta contraproducente cuando me cuestionan eso: primero viene un amago de pequeña sonrisa, con la simple idea de que volvamos a retomar el contacto, pero es un pensamiento muy breve porque, de inmediato, recuerdo que me dejó claro que no siente lo mismo que yo y mi tristeza interna vuelve a retomar su trono. Tendré que aprender a vivir con el remordimiento y la tristeza que yo mismo generé.

            Además de estos escritos, hay una herramienta que me está sirviendo para sacar el dolor de manera paulatina: la música. De vez en cuando encuentro canciones ya conocidas pero que, en el momento en que estoy, parecieran nuevas o, mejor dicho, les pongo una atención diferente y me llegan a lo más profundo del pecho.

            La versión en concierto de “Here comes the Flood” es una belleza que me caló hondo, el sentimiento con el cual la interpreta Peter Gabriel es magistral, una honestidad inigualable, una pureza inmensa que motivó que mis lágrimas brotaran y llorara junto al reproductor mientras duraba la melodía.

            Otra obra de arte que me taladró el corazón fue “Black” de Pearl Jam. Una canción tan sublime, tan real, tan potente, tan dolorosa, tan humana, tan triste, tan perfecta que ha quedado tatuada en mi inconsciente, la verdad es que no pude (ni intenté) evitar el cuantioso llanto que me provocó.

“I know someday you'll have a beautiful life,
I know you'll be a sun in somebody else's sky,
But why, why, why can't it be, can't it be mine?” from the song “Black” (Pearl Jam)

            Y así voy, me conecto con alguna canción, me desahogo mientras dura, me repongo y vuelvo a pretender que todo sigue normal.

            Regresando al ahora, se siente bien tener una casa limpia, espero volver a hacer el aseo con la frecuencia de antes. De igual forma se debe sentir volver a tener el alma limpia, obvio aún no llego a ese punto, pero hoy saqué un poquito de ese pesar y me siento un poquito mejor. Me consuela que estoy volviendo a agarrar ritmo de escritura, igual y vuelvo a la fluidez de antes e, incluso, volver a escribir en mi otro blog que lo tengo abandonado.

            Lo que sí extraño, y espero retomar pronto, es leer. Vaya que extraño leer pero, por el momento, no estoy fluyendo con las lecturas. Tengo muchas libros pendientes que quiero empezar, quiero olvidarme de mi y perderme en la historia de muchos otros personajes y vivir, a través de ellos, esos ideales de la humanidad que cada vez encuentro más difícil de encontrar en la realidad.

            Y también quiero recuperar esa hambre por viajar, mi jefa ya me pidió que planee mis vacaciones del próximo año pero, por más que busco a dónde ir, no más no hay nada que me llene el ojo como en su momento me apasionó el planear los viajes que realicé este año.

            Paulatinamente debo recuperar mi vida. Ya no puedo volver a ser el de antes, no después de conocerla, pero puedo volver a recuperar mi paz interna y tener una existencia plena (o por lo menos eso espero).

            Bueno, logré el objetivo de este escrito: sacar algo de lo que llevo dentro. Como exprese en el de “Apatía existencial”, ahora sólo me queda seguir escribiendo de otros temas (aunque no tenga sentido), para empujar éste y enterrarlo, y así reducir el número de potenciales lectores que se enteren de mi patética forma de reaccionar ante el amor de mi vida (aunque yo no sea el de ella).


            Hebert Gutiérrez Morales.

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