martes, 20 de enero de 2015

Miseria y generosidad

            Una compañera de trabajo me comenta que su hijo ha empezado a coleccionar unos casquitos de NFL que vienen en el pan Bimbo, y me dice que tiene repetidos “¿No te interesan?” me los ofrece, obviamente sólo quería los de los Delfines de Miami, pero no los tenía, pero tenía de los Bills, así que pensé en Ponchorris y se los acepté “Son $12 pesos por los tres”

            Me llamó la atención que me los cobrara, sobre todo por el monto tan irrisorio (considerando el salario que esta mujer percibe), pero se los pagué momento. De todas formas se los regalé a Poncho sin mencionarle costo alguno, además me hubiera dado pena cobrarle por algo tan pequeño e insignificante. Sin embargo el hecho del cobro me llamó poderosamente la atención y me hizo recordar la miseria que yo mismo experimentaba.

            Como he comentado en otras ocasiones, la miseria estuvo presente en mi educación, todo porque el Dios de la casa era el dinero, así que era un bien muy preciado, llegando a límites de pelearnos por 5 pesos. Esa actitud me acompaño gran parte de mi existencia, cuando les llevaba la cuenta a los que me pedían dos, cinco o diez pesos, y no los dejaba en paz hasta que me pagaban el monto solicitado (ya ni hablemos de montos mayores, porque en verdad mordía).

            Eso no quiere decir que ahora me dedique a regalar mi dinero, sólo digamos que he aprendido a identificar a quien te pide una moneda sin malicia alguna y a los gandayas que siempre te piden y nunca se acuerdan, mismos que nunca “arrancan una flor de su jardín”.

            En fin, como ya expliqué en otro escrito, ya me he curado de esa programación tan mezquina y ahora estoy enfocado a invertir en experiencias en lugar de acumular dinero (más adelante retomaré este tema). Sin embargo, al ver la actitud de mi compañera de trabajo, veo que es algo muy arraigado en la educación de muchos y he visto caso extremos en mi trayecto laboral.

            En específico tengo dos exjefes que son mezquinos como pocos, a pesar de ganar mucho más que sus subordinados (o séase nosotros), siempre que podían se hacían mensos para no dar la cooperación de los pasteles de SU grupo de trabajo, misma situación cuando se encargaban tortas, tamales y cualquier cooperación grupal, así que siempre terminábamos absorbiendo la diferencia entre todos o al pobre desafortunado que le tocará organizar la comida. Inclusive uno de ellos llego a cobrarnos unas galletas que su esposa (ella sí era una Dama) nos horneo como regalo, y el muy gandaya, hijo de puta, de su esposo nos las cobro.

            Algo de lo que más me impresiona es que estos sujetos ni siquiera invierten en viajes porque, las pocas veces que han estado en el extranjero, son por temas de trabajo pero, por su cuenta, jamás han salido del país, es más, cuando salen de vacaciones lo hacen a lugares cercanos y económicos.

            Pero estos individuos no sólo eran mezquinos con su dinero, en general, les cuesta dar algo. Por ejemplo, en cuestión de aumentos o promociones NUNCA recibimos mis compañeros ni yo algo más allá de lo que la empresa da de cajón, y no estoy exagerando. Hasta que tuve otros jefes me enteré que podías recibir incrementos por un desempeño excepcional, nivelaciones si tu salario estaba muy bajo y otras formas de motivación que, con ellos, nunca se hicieron presentes. Esto daba como resultado que puestos similares de otras áreas tuvieran un ingreso mucho mayor a lo que se percibía en mi entonces grupo de trabajo.

            Ya no voy a ahondar en dichos personajes, porque podría llenar un ensayo con más ejemplos y actitudes míseras, pero sólo me pondrían de malas. Así que vamos a enfocarnos en mí para continuar con este análisis, para después cerrar con dos casos de generosidad inteligente.

Recientemente, en Palo Alto, con una simple acción me hicieron reflexionar sobre mucho del origen de la miseria que experimente durante muchos años. “¿Quieres estas galletas Hebert?” me ofreció Hans, mismas que no acepté debido a la mustia campaña que tenemos para bajar de peso en el área (y digo mustia porque, a la primera oportunidad, nos vamos a atiborrar de comida) “Ok, entonces las tiro” y antes de que completara el rápido movimiento al bote de basura, grite con desesperación “¡¡¡NNOOO!!!”

“No te atrevas Hans, dámelas, le voy a encontrar un hogar”, mismo que fue el Pokemón a los cinco minutos. Tanto Iván como Hans quedaron sorprendidos con mi reacción tan exagerada y, obviamente, me lo hicieron notar. “Es que me educaron para no desperdiciar la comida” les explique.

Mucha gente cree que la miseria se origina en la pobreza pero, en mi experiencia, no he visto gente más generosa que la de clase humilde misma que, a pesar de tener poco, normalmente no dudan en compartirlo. Personalmente, creo que la miseria surge en las clases sociales solventes, ya que te acostumbran a recibir más de lo que mereces o necesitas, y de ahí tu necesidad de tener/acumular más de lo que en verdad requieres.

Así pasaba con mi madre y la comida, tema del cual escribí ampliamente en otra ocasión, ya que ella siempre me chantajeaba con todos los niños del mundo que morían de inanición, y ahí aprendí a comer sin hambre, además de adquirir el fuerte dogma de que la comida no se desperdicia; creo que me sobran dedos de una mano para contar las veces que he dejado algo en el plato o tirado algo comestible a la basura (con su consecuente sentido de culpa).

Obviamente la intención de mi madre era noble: asegurarse que su chamaco se alimentara bien para crecer sano y fuerte. Lo que ella ignoraba es que tenía un pequeño engendro que había heredado la neurosis familiar, mismo que se lo tomó muy a pecho.

Ahora, no estoy sugiriendo que haya que desperdiciar comida (lo cual me sigue pareciendo un pecado mortal dentro de mis principios), sino enseñarles a los niños a medir sus necesidades y no pedir más de lo que requieren (tanto comida como lo demás), para que les sea más fácil desde pequeños y no tener que estarse reeducando en plena adultez, como es mi caso, en donde he aprendido a medirme a pesar de que mi estómago siempre pide más y, a veces, tiendo a complacerlo (ya no tanto como antes, eso sí)

Pero este fenómeno que experimenté no es tan raro en una Sociedad que te presiona a que anheles más aunque, en realidad, no lo necesites. Es como menciona Lou Marinoff: “Sin importar lo considerable de tu patrimonio, si alguien te pregunta si quieres más, la respuesta omnipresente será: ¡Por supuesto!”, así que desde que surgió el capitalismo el sentido común y la mesura pasaron a segundo término para dar paso a una insaciable codicia en la generalidad del mundo occidental (y no dudo que en el Oriental también).

Y no está mal poseer, la pregunta es “¿Para qué?” Porque muchos tienen por el simple hecho de poseer sin gastar ni un céntimo en su bienestar o en el de los demás. Pero lo contrario tampoco es deseable, como gastar lo que no tienes en lo que crees merecer. Se trata de un equilibrio.

Por muchos años me dedique a acumular sin razón ni motivo, teniendo una existencia mezquina y pobre a nivel personal. Es hasta que aprendo a invertir el dinero en mí, que empiezo a experimentar la verdadera riqueza: ya no llevo un control estricto (centavo por centavo) de todos mis ingresos y egresos; casi todos los días como en Restaurant; si me gusta algo (lo que sea) me lo compro, así como procuro viajar mucho. A pesar de todo esto, aún hay gente que califica mi existencia de austera. (no estoy de acuerdo, pero todavía hay quien me percibe así).

Ahora, no estoy diciendo que mi manera de vivir sea el ideal, porque baso muchos de mis lujos en mis fortalezas: Soy muy mesurado, así que sé que nunca voy a desorbitarme en gastos que estén más allá de mis posibilidades; no soy alguien “fancy”, así que los restaurantes en donde como no son elegantes pero la comida es muy buena; y para los viajes que hago trato siempre de encontrar buenas ofertas. Se trata de gastar inteligentemente no simplemente tirar el dinero. No se trata de acumular a lo menso, ni gastar lo que no tienes, se trata de invertir en ti, de acuerdo al momento de vida que experimentas.

¿Acaso yo soy un ejemplo de equilibrio? ¡Claro que no! Aún tengo muchas manías y creencias que superar, porque puedo ser muy generoso, pero sólo con los que me interesan y/o quiero, porque los demás difícilmente me sacaran un céntimo (a menos que me agarren muy de buenas). Tal vez nunca logre el equilibrio óptimo, pero sé que cada día que pasa estoy más equilibrado de lo que jamás había estado.

Pero ahora les voy a hablar de dos ejemplos que están más equilibrados que yo, y que son modelos a seguir para mí: mi amigo Beto y mi jefa actual.

            Algo que se me quedó muy grabado en la celebración de las bodas de plata de Beto es que no nos pidió regalo, en su lugar nos dio un sobre en el cual pusiéramos el monto que nos naciera. Los sobres cerrados se le entregaron, en ese mismo momento, al director de un orfanato, el cual recibió la donación con mucho agradecimiento y decencia.

            “¿Por qué no pidieron regalos Beto?” le pregunte un par de días después “Porque no necesitamos nada más Hebert” fue lo que tranquilamente me contestó. Beto y Ari tienen una buena vida sin ser millonarios, tienen una buena casa y salen de vacaciones cuando pueden, tanto dentro como fuera del país. Son muy generosos y se brindan con gusto, y lo veo cuando me invitan a comer, en donde no me piden ni exigen nada a cambio (aunque siempre encuentro la forma de compensarles, porque no me sentiría tan bien de sólo recibir).

¿Beto gana más dinero que los personajes mencionados al inicio? Para nada, en realidad percibe menos que ellos. De hecho Beto es la única fuente de ingresos de su hogar y, aun así, tiene una vida más rica (en todos los aspectos) que mis exjefes arriba mencionados. La que sí tiene un ingreso similar a esos sujetos es mi actual jefa pero, al igual que Beto, ella es muy generosa al momento de dar.

Cuando llegue mi área actual, hace ya tres años, me empecé a llevar muchas sorpresas, sobre todo con el trato de la Gerente hacia su grupo. Para empezar, en tu cumpleaños, ella te invita a comer; en las cooperaciones siempre aporta una parte muy superior a la que le toca; a veces, de la nada, tiene detalles con todo el grupo (como traernos un recuerdito de su viaje o comprarnos tamales), además de que en fin de año nos realiza una comida tan rica como abundante en su hogar, en donde nos da unos regalos muy buenos a cada cual (somos 15 en el grupo), y para esto no nos pide ni un centavo, todo lo pone de su bolsa.

Pero no sólo es a nivel ambiente, en cuestiones laborales hay reglas muy claras para dar incrementos, nada se basa en su criterio, sino en cifras claras. Aquí no hay eso de “No hay presupuesto chavos, así que confórmense con el incremento general”, en esta área se premia a quién más se esfuerza.

De hecho, cuando llegué al departamento, recuerdo que me dijo “Hebert, ¡ganas muy poco!” algo que me sorprendió, porque sabía que mi salario era “normal” en mi área anterior, así que mi jefa hizo gestiones para “nivelarme” al resto de su grupo. “Si haces un trabajo similar a mi equipo, es justo que tengas un ingreso similar a ellos” me argumentó.

Ahí me di cuenta que mi jefa es generosa por naturaleza porque no tenía ningún motivo para ver por mi situación, como de hecho hacen los otros individuos. Pero ella se esforzó y se peleó por mi caso. Lo mismo pasa con nosotros como grupo: si ella quisiera, se limitaría a dar su cooperación en cada comida y pagar su parte en un Restaurante en la comida de fin de año (como a veces hacían mis exjefes), pero no va con ella, porque cuando uno aprende a ser generoso, lo es en todos los aspectos y, normalmente, la vida es generosa contigo de vuelta.

Si con nosotros es dadivosa ¿se imaginan con su familia? Pues lo es aún más. Su casa está hermosa, hacen buenos viajes (en México y el extranjero), no escatiman en educación, ropa o comida y, en general, tratan de obtener el mejor valor por su dinero.

¿Acaso mi jefa está endeudada? Para nada, una cosa es ser generoso y otra es tener una mala administración, porque ella sabe ponderar lo que valen las cosas y, aunque siempre busca lo mejor, tampoco va a pagar precios ridículos por algo que no lo vale.

Aunque esto parezca una porra para mi jefa (que la tiene bien merecida), la intención de esta sección no es quedar bien con ella (porque ni siquiera lee el blog), sólo es para tomarla como ejemplo.

Al final, un buen ingreso no te asegura una existencia de lujos, el dinero per se no trae la prosperidad, sí lo hace una buena administración. No se trata de gastar irresponsablemente, porque también es estúpido caer en esa postura (y si algo me cagan son “Los ricos de tres días”), pero es ser lo suficientemente inteligente para sacar lo mejor de la vida y darte una existencia “lujosa” sin que tengas que ser millonario.

Es cuando entiendo que hay personas tan pobres que sólo tienen dinero, porque no lo transforman en algo que enriquezca su alma, sólo se preocupan por tener más ceros en su cuenta bancaria, y eso les infla el ego, pero no trae un beneficio real a su alma o sus seres queridos.

Se dice que les niegas a los demás lo que te niegas a ti mismo, una actitud mezquina hacia los demás refleja lo mismo hacia ti. Como, también, ya comente antes, desde que me volví más generoso conmigo y los demás, tengo la sensación que mis recursos rinden más y tengo una vida mucho mejor y con más abundancia que cuando cuidaba cada centavo.

En fin, espero que la compañera que mencioné al inicio de este escrito utilice esos doce pesos para algo productivo pero, sobre todo, espero que su hijo no aprenda esas mañas mezquinas porque a uno le cuesta “deseducarse” de esas cosas, cuando uno tiene la fortuna de hacerlo, porque hay otros que se mueren en esa dinámica y eso sí es triste.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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