domingo, 8 de febrero de 2015

Entre albures, racismo y nostalgias (Semana 5: Parte 2)

            La ventaja de dividir este ensayo “Semana 5” en dos, es que me di la oportunidad de no ser tan predecible con el título, y me obligue a encontrar algo diferente. Continúo con los temas que captaron mi atención en dicha semana.
El pájaro quema Marías

El oscuro secreto del albur
           
            Supongo que el albur no es exclusivo de México, aunque sí dudo que en algún otro lugar tenga el peso cultural que tiene en esta cultura, sobre todo en la sección masculina. Desde que recuerdo, no ha habido día que no haya escuchado o dicho un albur, no por gusto propiamente, sino para aprender a defenderme y, a base de la costumbre, soy medianamente bueno en esto de alburear (nunca a los niveles master, pero ya no me zarandean como al inicio).
            
            De vez en cuando llegaba a escuchar alguna queja femenina, unas enojadas otras tranquilas, sobre nuestras razones para hacerlo, pero nunca les hice caso porque “eran cosas de hombres” y ellas no sabían nada al respecto. Fue necesario que escuchara una crítica masculina (primera en 38 años) para darme cuenta del secreto oscuro del albur: es una válvula de desahogo para las tendencias homosexuales del macho mexicano.

            Saúl, un compañero muy decente que está cubriendo la incapacidad por maternidad de Luisa, fue quien me abrió los ojos. Él vino a preguntarnos sobre los tamales para el día de la Candelaria y, cuando menciono los de crema, de pronto vino el albur automático de Hans, a lo que Saúl no contestó. Cuando lo increpé a que se defendiera, se limitó a decir “Es que eso del albur es bastante homosexual ¿no crees?”.

            Dicen que no hay nada más engañoso que un hecho obvio, así que la afirmación de Saúl me cayó como balde de agua fría “Tienes razón” le contesté. Y es verdad, a cada rato, nos andamos contestando con referencias sexuales que, la mayoría del tiempo, sugieren que uno penetre al otro, le haga una felación o similares.

            Siempre había dicho que las mujeres desahogan sus tendencias lésbicas al saludarse de beso y andarse toqueteando, cosa que los hombres no hacemos, porque somos “muy machos”. Al final resulta que estas tendencias las tenemos también nosotros, sólo que las encauzamos con el juego de palabras diario que tenemos.

            Y es que el albur siempre se ha identificado como un “juego de machos”, en el que contesta más rápido o más ocurrente, resulta ser el más viril. Algo bastante estúpido, cabe mencionar, porque somos “tan machos que hasta podemos cogernos entre nosotros”, sugerimos que podemos penetrar a otro hombre para evidenciar nuestra virilidad, lo cual es bastante ridículo. Y eso es de todos contra todos, uno de los pocos que se salvan es mi amigo el chaparro, que es gay, así que no puedes decirle “Cómetelos todos” porque te va a contestar “Mmmhh” y pues así le quita todo el sentido al juego, además de que te hace sentir incómodo.

            No niego que resulta muy divertido el albur (en el medio tiempo del Súper Tazón estábamos jugando con que se nos hacía gorda y babosa, mientras veíamos a Katy Perry, o respuestas ocurrentes como “Ya saliste con tu mamá a dar la vuelta”), pero también tiene su lado oscuro.

            Algo se me debe de ocurrir como alternativa a esta situación del albur porque, de entrada, no puedo renunciar de golpe a él (sería masacrado de inmediato en la Oficina), ya que es un signo de poder cultural el que gana la “pelea de albures”, una muestra de malentendida hombría porque nadie le debe rehuir al desafío verbal.

            Tal vez si se los hago evidente le bajen de intensidad aunque, honestamente, no creo que eso pase. El albur está muy arraigado en el inconsciente masculino mexicano.

El Racismo de los negros

            Ya escribí largo y tendido sobre esta tendencia mustia de aparentar civilidad ante la discriminación racial y esa necesidad de pasar por una sociedad respetuosa, aunque no lo seamos. Recientemente me encontré con una nota que en verdad me hizo encabronar, pero ahora con las supuestas “víctimas”.

            Benedict Cumberbatch, actor nominado al Óscar, utilizó el término “Gente de Color” para referirse a los negros, en una opinión que daba sobre que estos no reciben tantas oportunidades de actuar en su natal Inglaterra como sí las reciben en Hollywood.

            Y bueno, se alzó el revuelo porque el término “Gente de Color” ahora resulta que es racista. Algo que es un común denominador en la sociedad gringa es la mustiedad, los golpes de pecho y una exagerada reacción cuando alguien se atreve a “descalificar” a un negro.

            El actor tuvo que ofrecer disculpas, proclamarse estúpido y casi casi quemar su capucha del Ku klux klan por haber cometido un pecado tan grave en contra de la comunidad negra mundial, ya que sus comentarios echaron al traste con tantas décadas de igualdad (perdón por el sarcasmo, no lo puedo evitar con temas tan imbéciles y pendejos).

            A ver, se les llama “gente de color” y se ofenden, de igual forma si se les llama “afroamericanos”, ya no digamos si se les llama “negros” ¿Cómo carajo quieren sus majestades que se les llame? ¿Gente sensible con piel más pigmentada? ¿Los que no deben ser nombrados? ¿Las eternas víctimas? ¿No es acaso igual de intolerante estarse ofendiendo por cualquier adjetivo que se les intente aplicar? ¿Ahora nosotros debemos ponernos pendejos cuando alguien nos llame “latino”? ¿Y por qué no se ofenden los “blancos” de ser llamados así si en realidad son rositas? Al rato me voy a ofender si alguien me dice moreno.

            ¡Ah! Pero los negros sí se llamar así entre ellos, es como un término exclusivo para su raza, es más, he visto cómo disfrutan llamarse y ser llamados “Negros”, mientras lo haga un “hermano”, no un pinche blanco de mierda que se crea igual que ellos ¿Acaso eso no es racismo hacia al blanco? ¿Eso no califica como discriminación? Y nadie la anda armando de pedo, ¿verdad?

            Como bien decía el Sr. Einstein “El Universo y la estupidez humana son infinitos, y del primero no estoy tan seguro”. Cuando uno piensa que ya no es posible alcanzar nuevos niveles de idiotez, vienen notas como éstas y me corroboran que para la ignorancia, dogmatismo y estupidez humana no hay imposibles.

            Vamos a llegar al punto en donde nadie pueda decir “Esa persona me cae mal” o “No estoy de acuerdo contigo” porque seremos tachados de intolerantes y como un cáncer para la reputada sociedad tan civilizada y avanzada en términos de igualdad.

            Como comente en el caso del “Nito”, en la oficina nos decimos de todo, con frases altamente hirientes y expresiones políticamente incorrectas (algunas muy manchadas). Sin embargo, no hay dolo, y ahí radica la diferencia. ¿De qué sirve que uno se ande cuidando de no decir una palabra si por dentro tiene creencias altamente racistas? ¿De qué sirven las expresiones reprobando al actor británico cuando resultan igual de intolerantes? ¿Por qué se quejan los negros de ser llamados así cuando ellos se lo dicen a diario?

            Es ridículo que la gente negra sólo se hubiera fijado en lo de “gente de color” y no leer todo el discurso y que el Sr. Cumberbacht los estaba apoyando en realidad. Pero una estúpida palabra causó más revuelo que el apoyo que les expresaba. Y es justamente este tipo de actitudes mojigatas las que despiertan comentarios negativos hacia un pueblo (llámese negro, judío, latino o lo que se les ocurra).

            Al final todas son etiquetas y éstas, normalmente, siempre tienen un tono prejuicioso, por lo que cualquiera se puede sentir discriminado o agredido por ellas. Pero no ves que un salvadoreño la haga de pedo si alguien lo llama latino, o un filipino si alguien le llama asiático. Al final los negros están promoviendo ese racismo al reaccionar de manera tan exagerada ante los comentarios, y la postura correcta es que deberían ignorar dichas etiquetas.

No cuenta tanto cómo te llamen, sino cómo te tratan. Y es que los negros NO quieren un trato de igualdad, quieren uno preferencial, porque creen merecerlo por todos los años que fueron sometidos, pero no creo que sea justo tratarlos con algodones por lo que sufrieron sus antepasados (y porque ellos cosecharon dicho algodón (perdón, minichiste racista que no pude evitar)), lo que sí creo es que deben ser iguales que todos, y para ello deben aceptar que son igual de importantes que el resto.

Si los negros insisten en ponerse en plan de víctimas cada vez que alguien los “discrimina”, lo único que van a lograr es una animadversión generalizada, porque en ningún momento permiten que los trates como gente normal, sobre todo cuando ellos resaltan la diferencia en cada puta oportunidad que tienen.
A veces el inconsciente traiciona al momento de redactar

Creo que deberían quejarse por cosas realmente importantes, como el que no hay un muñequito negro en el Whatssapp, ¡eso sí es racismo! Hay chinos, hay hindúes y hay blancos pero, cada vez que me refiero a los Nitos, no tengo muñequito negro para expresarme. ¬_¬U (para quien no entendió, estoy siendo sarcástico otra vez)

            Si quieren igualdad, empiecen a comportarse como iguales, porque el hecho de que hayan sido esclavizados tantos siglos no los hace merecedores a un trato preferencial. Obviamente no lo van a hacer y en cada oportunidad la van a hacer de jamón pero eso a la larga, y desde mi perspectiva, resulta más perjudicial para su causa en lugar de ayudarla.

Los tamales de la nostalgia

Como ya mencioné en el primer apartado, Saúl fue el encargado de comprarnos unos tamales deliciosos. El Domingo por la mañana fue por ellos y nos envió una foto por Whatssapp del lugar: reconocí de inmediato esa esquina y lo cuestioné “¿Oye? En las noches ahí venden unos esquites y elotes deliciosos, ¿verdad?” Él me contestó afirmativamente y, después de darme más referencias, no tenía duda: yo visité algunas veces dicho lugar hace unos 14 años en compañía de Harumi.

Sé que es tonto, pero no pude evitar ser feliz porque un puesto de esquites siga funcionando. Es una nostalgia muy bonita corroborar que los lugares de tus recuerdos siguen ahí, mismos que funcionan como antes, como si nada hubiera pasado. Te alegra que personas que, indirectamente, forman parte de tu historia y, sin saber sus nombres, sigan existiendo. Es bonito saber que una parte de mi pasado sigue tal cual, a pesar de haber transcurrido tanto tiempo.

El que aún vendan esos esquites tras 14 años me causó una pequeña felicidad. Lugares que en su momento fueron intrascendentes, años después, forman parte de tu mitología personal, que sigan funcionando como antes, aunque ya nada sea igual, te da una ilógica felicidad, aunque suene cursi y ridículo (si no es que son la misma cosa ambos adjetivos)

La profundidad de Charlie Brown

Desde mi niñez hasta la actualidad, una de mis historias favoritas es la de “Peanuts”, o sea, las aventuras de Charlie Brown y Snoopy. Me atraparon desde la primera vez porque en sus diálogos había cosas “diferentes” algo que no podía identificar, pero que sabía que había más sustancia que la mostrada a simple vista.

El año pasado me compré algunos capítulos y, con algunos lustros más encima, corroboro esa genialidad con la que se expresaban ideas profundas sin necesidad de incurrir en un lenguaje rebuscado, valiéndose únicamente de diálogos infantiles entre Charlie Brown y sus amigos.

Independientemente que haya nacido el mismo día que yo (4 de Octubre), mi personaje favorito, por mucho, es Peppermint Patty, misma que me sorprendió cuando se puso a llorar, al conocer a la chica pelirroja que le gusta a Chuck. Aquí la explicación que le da a Linus:

“Cuando vi que era tan hermosa, comprendí de inmediato por qué Chuck la amaba tanto, y me puse a llorar. Lloré porque comprendí que nadie jamás me iba a amar con la misma intensidad que Chuck a su pelirroja. Soy fea, tengo pecas y mi cabello es un desastre. Y por eso me puse triste, porque nunca voy a saber lo que es ese sentimiento”.

A lo que Linus le contesta con un beso en la mejilla y le dice:

La belleza esté en los ojos de quien la ve. Va a llegar el día en que alguien te encuentra y grite ‘Miren, he aquí la mujer más bella del Universo’ y lo dirá porque así lo siente”. Peppermint Patty se queda anonadada, pero no le da tiempo de responder porque Marcie llega para llevársela.

Cuando vi por primera vez dicho capítulo, hace unos 30 años, me sentí profundamente conmovido al igual que ahora pero, viéndolo hoy, el sentimiento es más completo, por entender perfectamente lo que querían decir ambos personajes, cuando en mi niñez sólo podía imaginármelo.

Aunque Peppermint Patty es un personaje ficticio, sin importar que sea una “Tomboy” o “Marimacho”, de haber sido real, creo que sería la más bella de todos los personajes de la serie. Además siempre me gustó por ser diferente, por ser la única en una casa “rota” (sólo vive con su papá) y por ser la más auténtica de todo el elenco.

En fin, Peppermint Patty me regaló un momento de reflexión muy lindo de manera inocente.

            Hebert Gutiérrez Morales

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