domingo, 19 de abril de 2015

Disfrutando Central Park (Nueva York, Parte I)

            Manhattan es, quizás, la zona urbana más famosa del mundo y la más llamativa de Nueva York. Como comentaré ampliamente en el resto de escritos dedicados a esta visita, mi amigo Luis y yo, conocimos infinidad de lugares, todos los días acabamos con los pies adoloridos de tanto caminar al recorrer sitios increíbles de dicha urbe.
Cerca de "The Pond"

            Precisamente porque había tanto por conocer, no repetimos ninguna visita, obvio teníamos que pasar nuevamente por lugares como Broadway o Times Square en nuestros recorridos (y lo hacíamos con gusto). Sólo hubo un lugar que visité cada uno de los días que estuvimos en la Gran Manzana, un lugar que es tan imponente como tranquilo, un lugar mágico y natural, uno que le da un toque totalmente diferente a Nueva York y que te brinda una experiencia más allá de lo urbano: Central Park.

            Para nuestra fortuna, el Hilton en el que nos hospedamos estaba en la calle 57, a un par de cuadras del Parque Central, justo a la mitad del extremo sur. Así que cada mañana íbamos temprano a correr por el parque, regresábamos a bañarnos y desayunábamos en un restaurancito muy económico y delicioso (Atendido por mexicanos) que había entre el hotel y el Parque, para después iniciar nuestra jornada (y así empezábamos cada día).

            Como Luis y yo tenemos distintos ritmos de correr, sólo iniciábamos el trayecto juntos para después separarnos y cada cual vivir Central Park a su manera. El día que llegamos lo caminamos juntos pero, en lo personal, fue el que menos disfrute, y es que ese primer día en NY fue el menos productivo desde mi perspectiva: estaba nublado, estábamos cansados por el viaje, nos habíamos comido un hotdog en la calle bastante caro y el ambiente no estaba muy festivo como para disfrutar todo lo que la ciudad tiene que ofrecer. De hecho estaba muy decepcionado de NY hasta ese momento, pero ya hablaré de esa sensación más a fondo en las siguientes entregas de este viaje.

            Al día siguiente, cuando salimos a correr, todo cambio: la mañana estaba preciosa, con un sol deslumbrante. Empezamos nuestro trayecto y hasta parecía que me habían cambiado la ciudad, porque todo estaba resplandeciente y lleno de vida: la gente, los árboles, los perros, las bicicletas, los caballos, las ardillas, TODO estaba en una armonía impresionante ¡y yo era parte de ello! Ese primer recorrido corriendo en Central Park fue mágico, creo que de los caminos como corredor más memorables de mi existencia. Había tantos lugares que había visto en fotos, en vídeos, en películas, en programas, en comics y demás que no lo podía creer, era como estar en un sueño que jamás creí posible.
           
            Supongo que esa magia del Parque es percibida por todos los visitantes, porque captaba esa felicidad en todos los que ahí estaban, ya fuera corriendo, caminando, paseando al perro, empujando la carriola, en bicicleta o hasta en patineta. Los había de todas condiciones físicas, razas, edades y condiciones sociales, porque Central Park es un reflejo de la urbe más cosmopolita del planeta.

            Me llamaban la atención los de la tercera edad, en especial un par de señores que se veía que estaban en rehabilitación, porque les costaba mucho trabajo caminar y, sin embargo, lo hacían tan rápido como les era posible. También se veían muchos clubs, tanto de corredores como de ciclistas, que iban desplazándose en grupo y entrenaban de manera muy seria.

            Tras esa experiencia tan reconfortante, Luis y yo decidimos volver para ver a detalle tantas cosas que nos habían llamado la atención. Por ejemplo, ese Domingo había un festival japonés muy colorido, con música, manualidades, presentaciones en escena, explicaciones culturales, talleres de dibujo y demás. Para mí fue algo exquisito, sobre todo por ese anhelo que tengo por la cultura nipona, fue un deleite pasar un ratito por los distintos estands y disfrutar un poco de esa cultura que me tiene enamorado.
Mi foto con los cerezos floreciendo :'-)

            De hecho, unos minutos después, pasamos cerca de uno de los Lagos, en La Rambla, ¡y vimos unos cerezos floreando! La imagen era maravillosa y de inmediato le dije a Luis “¡Tómame una foto!”. En el futuro veré los Sakura florecer en Japón pero, en lo que llega ese día, me sentí muy feliz con estar bajo estos cerezos florecientes. Cuando puse dicha foto como perfil de Whatssapp, hubo personas que de inmediato me preguntaron “¿Estás en Japón?”, por lo bonitos que estaban los árboles :’-).

            Más adelante vimos que se estaba organizando una carrera a través del parque, algo que es muy cotidiano. En esa ocasión era para apoyar a algún político pero, platicando con los del Hotel, me decían que casi cada Domingo se organiza alguna carrera a beneficio de algo, y no sólo carreras, también hay campos deportivos, zonas infantiles de juegos, jardines temáticos, torneos de ajedrez, festivales culturales y musicales, en fin, que Central Park siempre tiene algo que ofrecer que puede interesarle a cualquiera.

            Esa mañana dominical fue la más maravillosa en el Parque, pero no fue la única especial. Como ya mencioné, todos los días recorría el parque corriendo. En realidad el trayecto es relativamente corto (10 kilómetros de diámetro) lo cual es una distancia muy asequible para mí. Por tal motivo me permití recorrer distintos caminos y recovecos para intentar conocer la mayor cantidad posible del Parque, mismo que es ENORME: dos veces más grande que Mónaco y ocho veces más grande que el Vaticano.

            El parque central tiene tantos puentes, esculturas y jardines que puedes dedicarle un día entero a recorrerlo todo, a paso rápido, claro está. Además, como está estructurado, es como ir en un laberinto enclavado en la naturaleza, lo cual le da un toque mágico e infantil al conocerlo. Y no sólo son los lugares famosos como la Terraza Bethesda (muy linda), el Castillo Belvedere (nada espectacular pero un detalle elegante enclavado en el Parque) o Strawberry Fields (que muchos van por el mosaico sin notar la belleza de los árboles alrededor). Central Park tiene tantos rincones, tantos espacios, tanta vida y ambientes tan variados, que fácilmente encuentras un rinconcito para ti, para disfrutarlo y entrar en comunión con la naturaleza.

            El resto de los días también tuvieron su toque especial, dejando a un lado el ambiente festivo que vivimos ese Domingo, el recorrer el parque entre semana me brindó la posibilidad de ver una faceta de la vida cotidiana de esta urbe, al ver cómo le gente iba a hacer ejercicio antes de entrar al trabajo o, inclusive, viendo gente yendo a la oficina y tenían que pasar por el Parque, ya fuese caminando o en Bici, así como los que iban con el tiempo medido pero se daban su espacio para ejercitarse antes de entrar a una jornada laboral absorbente.
Shakespeare's Garden

Fueron esos días en lo que, sin ser tan espectaculares, me permitió una visión más íntima y analítica del neoyorkino y es que, vamos a admitirlo, no creo ser el único, pero la gran mayoría de los que se ejercitan en Central Park son locales, muy pocos turistas lo harán, por tantos lugares que hay que conocer en NY y el tiempo limitado para hacerlo.

            Ahora, antes de continuar, tampoco voy a ser mustio. En toda la semana en Nueva York ví una cantidad increíble de mujeres atractivas por todos lados, Luis y yo estábamos como perritos en carnicería: sólo salivábamos de ver a tanta bella fémina a donde volteáramos, y el parque central no era la excepción, de hecho, el fenómeno era más notorio, porque las hermosuras estaban por doquier y con sus atuendos deportivos, resaltaban aún más H_H.

            En una de esas ocasiones en las que iba apreciando la belleza del parque, incluida la femenina, vi que se aproximaban un par de chicas bastante atractivas, las vi y ellas me vieron de vuelta ¡y me saludaron! Casi me da un paro cardiaco por el susto que me llevé ó_O.
El Zoo que ya ni tan Zoo es

Un par de meses antes de Nueva York había ido a Las Vegas. Algo que procuro en cada viaje es salir a correr, y en la ciudad del Pecado también lo hice cada mañana. A diario, en mi trayecto, me encontraba con un par de chicas a las que les daba los buenos días y ellas me lo regresaban amablemente. Resulta que eran neoyorkinas y habíamos coincidido en Las Vegas durante esa semana, por lo cual me reconocieron y saludaron.

-“Hey! We saw you in Las Vegas!”
-“Yeah, right! I remember you Girls! Are you from New York?”
-“Yes, we live here. Are you on vacation here?”
-“Yes”
-“Well, enjoy the City”
-“Thank you, I’m on it”
-“Ok, bye”
-“Bye bye”

            Fue un “small talk” que no duró ni un minuto, pero fue una sorpresa agradable (y poco probable) encontrarte con alguien en dos lugares distintos en dos fechas distintas. El mundo se mueve con coincidencias, por lo que puedes compartir anécdotas con personas de las que no sabes nada (ni siquiera su nombre), sólo que viven en NY y que les gusta correr.

Cada mañana llegaba muy entusiasmado y lleno de energía del parque tanto que, al regresar al hotel, omitía el elevador y me iba a la habitación a través de las escaleras, sin importarme que el cuarto estaba en el piso 19, mismos que me echaba con mucho gusto gracias a lo feliz que llegaba de mi recorrido.

            Ya con Luis, de camino al Museo de Historia Natural, pasamos por el Shakespeare Garden, ¡pero qué lugar tan hermoso! Es relativamente pequeño pero rebosante de color, lleno de vida y de esencias florales. Todos los sentidos se te llenan con tanta belleza, no sólo por la plantas, sino por la cabañita que está al lado, te sientes transportado a otra época. Creo que me conmoví más porque esa misma mañana había tenido otro pasaje especial mientras corría.
Foto que me tomó Luis corriendo

Tal vez (o tal vez no) algún día les comparta la cualidad para las premoniciones que tengo, lo cual me ha pasado algunas veces y ésta fue muy especial: Un día, corriendo al lado de “The Lake”, me llegó un flashazo y experimenté un sentimiento de Déja Vú y me dije “Esto ya lo viví”, ese momento lo había (literalmente) soñado años antes. “Wow, wow, wow” años antes ya sabía que iba a visitar Nueva York, aún antes de iniciar mi gusto por viajar, aún antes de siquiera imaginarme que podía llegar a la urbe más importante del planeta. Ese sentimiento inundo mi pecho con una sensación cálida y, de inmediato, me conmoví (sobre todo porque recordé otro Déja Vú que había experimentado unos meses antes y que me deprimió un poco, pero ése es otro tema del cual ya escribí bastante).

Hubo un día que amaneció nublado y con mucho viento, la verdad no estaba muy cómodo para salir a correr, de hecho fue el único día que Luis no me acompañó y se quedó a dormir un poco más, pero como sentido común es algo que a veces me falta, salí de todas formas, y fue de las mejores decisiones que pude tomar. El clima me regaló un paisaje totalmente distinto al de los días soleados, porque iban cayendo los pétalos de las flores junto con las hojas, y el aire las capturaba para formar pequeños remolinos, dando como resultado una escena como de película ¡y yo estaba en medio de ella!
Alicia con la liebre y el Sombrerero loco

Ese día, por las condiciones, fue significativamente menos gente a ejercitarse, lo cual resultó perfecto porque el pasaje resultaba más íntimo, más nostálgico y, extrañamente, más acogedor. Correr ese día también fue maravilloso, con el paisaje digno de postal, de hecho no me importaba si uno que otro pétalo se me metía al ojo, porque todo ese trayecto fui especialmente feliz por presenciar un Central Park menos luminoso pero, curiosamente, más bello.

En uno de mis recorridos me sentí muy identificado con un señor, mismo que iba caminando antes del Met, no iba corriendo, de hecho iba en jeans, pero con una sonrisa de oreja a oreja y yo comprendía a la perfección su felicidad y, de la nada, se me salió un “Good Morning!” el cual me respondió con mucha educación y alegría. Y es que me sentía cómplice de su sentimiento: el estar estúpidamente feliz por estar en un lugar tan bello y especial.

Todos los días veía algo que me llamaba la atención, como las mamás corriendo a una velocidad impresionante llevando a sus bebés en sus carriolas deportivas, un anciano que apenas si se podía mover, pero que corría con una pasión que me inspiró a dar lo mejor de mí, e inclusive ver a un señor excéntrico con una bicicleta con llantas enormes pero que iba fascinado de la vida y con un atuendo muy elegante y clásico.

El día de regreso, Luis fue a Times Square por una camisa padrísima que había visto, pero yo opté por usar la  mañana para irme a despedir de “mi” Parque (o por lo menos lo había sido una semana), y a recorrer algunos lugares que me hacían falta. Al ser Sábado, volvía el ambiente festivo al Parque, complementado con un día hermosamente soleado, lo cual me encantó porque mi amado parque me despedía con una sonrisa.

Aunque me estaba despidiendo de Central Park, y de Nueva York, mi estancia había sido tan placentera y feliz, tanto en la ciudad como todo el tiempo que había disfrutado en el Parque, que mi caminar era tan ligero y mi sonrisa tan natural, incluso me sorprendí tatareando canciones en mi trayecto, algo que me gustó mucho y continué así el resto de mi camino.
El Jardín del Conservatorio

            Algo que pude ver con mayor detenimiento fueron los “Playgrounds” o zonas de juegos para los niños, mismos que estaban tan bonitos, tan bien cuidados, tan bien hechos, que tuve envidia de los infantes que ahí disfrutaban, porque me hubiera encantado en mi infancia visitar, aunque sea una vez, un lugar así de bonito y cuidado. Cuando uno es niño se la pasa disfrutando tanto, que ignora lo feliz que en realidad es y se da cuenta de ello hasta que crece.

En fin, cada cual vivió lo que le tocó así que, dentro de mi envidia y nostalgia, sólo me quedo decirle a esos niños de manera silente: “¡Qué afortunados son niños! ¡Vívanlo a más no poder!”

            Sin duda alguna, mi sección consentida del parque fueron los North Woods ¿Por qué? Primero, cuando corría era la zona con menos gente, con pendientes más inclinadas (que me encantan como corredor) y, por lo mismo que no estaba tan concurrida, era la sección en la que en realidad sí sentías que fuera un bosque.
El Jardín del conservatorio

Los North Woods era una zona más “exclusiva” de Central Park, porque la gran mayoría de personas sólo quiere conocer “Strawberry Fields”, “La Terreza Bethesda” “El Castillo Belvedere” y demás, por eso no pasan de la mitad del parque. Pero los North Woods tienen un ambiente muy distinto que la parte centro y sur, es un parque más sereno, más tranquilo, más maduro y más natural (aunque eso suene ilógico). Además en los North Woods encontré mis dos lugares favoritos de todo el parque.

Central Park tiene infinidad de estatuas, a mí me habían gustado dos que no eran de las más vistosas como la del Perro Balto (que vi el primer día cerca de “The Pond”) y la de un Puma que estaba en posición de ataque junto al camino que recorría. Sin embargo tenía pendiente una muy importante: “Alice in Wonderland”, en donde Alicia está montada sobre una Seta, junto a la liebre y el Sombrerero Loco.
El Castillo Belvedere

Junto a la estatua había placas con algunos pasajes de la historia. Sólo por unos instantes estuve a solas con Alicia y sus amigos, porque después llegaron unos chiquillos a jugar ahí, pero esos breves momentos de soledad que tuve con ella, me llenaron bastante, porque recordé todo lo que disfruto (aún en la actualidad) la historia de Alicia en el País de las Maravillas, y el ver esa estatua era un merecido homenaje a una historia inmortal que seguirá llegando al corazón de muchas generaciones (y prometo que alguna vez le voy a dedicar un ensayo).

Pero mi lugar favorito del Parque (sin contar los Museos, claro está) fue el Jardín del Conservatorio. Un lugar tan irreal, tan bello, tan lindo, tan de cuento de hadas que es imposible que no saques un “¡Wow!” cuando entras a recorrerlo. En verdad me conmovió la armonía, la serenidad que sientes al estar ahí y es que experimentas una tranquilidad en el alma que no puedes (ni quieres) evitar. Yo creía que esos lugares no eran reales, que sólo existían en libros y en películas, pero visitar el Jardín de Conservatorio ya justifica toda la visita al Parque, por la magnificencia que emana.
           
            Aunque Central Park es enorme, no lo es tanto como para no permitirte recorrerlo, y creo que ahí radica parte de su magia: su democracia. Porque puedes recorrer lo que se te antoje y acabarás encontrando algo que te fascine. Es grande como para maravillarte y te motive a conocerlo, pero no es tan enorme como para desanimarte y que te de hueva el hacerlo.

            Ahora, no los voy a engañar porque, aunque me enamore de Central Park, no me dejo llevar por el sentimiento: he conocido parques más grandes, como Chapultepec en el DF o Lincoln Park en Chicago, e inclusive más bellos, como el Golden Gate Park en San Francisco o el Tiergarten in Berlín. Pero no se puede negar el sentimiento especial del parque central neoyorquino, tal vez por ello es el más famoso del mundo y, por lo mismo, el más visitado.

Y aquí hay un efecto “¿Qué fue primero? ¿El huevo o la gallina?” Porque no sé si la Magia de Central Park es de origen natural y por eso es constantemente mostrado en la cultura pop gringa (y por ende mundial) o es que debido a esa constante exposición se nos instala en el inconsciente colectivo la magia intrínseca que percibe uno en este parque. Aunque la respuesta más probable sea la segunda, en realidad no es muy relevante, porque lo especial que sentí en el pecho cada vez que recorrí Central Park, nadie me lo puede quitar y será un recuerdo que llevaré conmigo hasta el final de mis días.

En esta liga pueden leer la segunda parte de este viaje a Nueva York.

Hebert Gutiérrez Morales.

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