sábado, 23 de mayo de 2015

Breve homenaje a San Martín Texmelucan

Es curioso como un lugar puede ser tan importante para uno sin nunca haber habitado en él, aunque sí viví en él porque experimenté muchas cosas en San Martín Texmelucan, Puebla. Lugar del que, con este homenaje, me despido (muy probablemente) para siempre, pero eso lo comentaré al final.
El Zócalo de San Martín Texmelucan

Como he tratado en otros escritos, después de pasar mi infancia en el monstruo que es la Ciudad de México, nos mudamos a un pueblo perdido de la civilización llamado San Matías Tlalancaleca. A pesar de habitar dicho pueblucho, mis padres tuvieron algo de sentido común y me mandaron a estudiar a un pueblo cercano más grande (o ciudad pequeña para que no se ofendan) en donde las escuelas eran mejores, y ahí nació mi relación con San Martín Texmelucan, lugar en donde pasé la mayoría de mi adolescencia, ya que ahí estudie la Secundaria y la Preparatoria.

Los años de adolescencia suelen ser determinantes pero, típico en mí, los míos cayeron en los extremos en San Martín, ya que los seis que estudie ahí se dividen en tres de los peores (la Secundaria) y tres de los mejores (la Prepa).

Como odiaba el pueblo en el que habitaba, trataba de pasar todo el tiempo posible en Texmelucan, mismo que representaba el escape a la realidad que tenía. Inclusive, era tal mi frustración por vivir en Tlalancaleca que muchas veces soñaba “¿Por qué no nos mudamos a San Martín?” pensando que mi existencia no sería tan miserable.
Así me sentía en Tlalancaleca

No tengo muchos recuerdos de Tlalancaleca, porque me enclaustraba mucho en casa y evitaba el contacto con los lugareños, de hecho la mayoría de mis recuerdos de aquella época proceden de Texmelucan.

Para empezar, algo que marcaba mucho mi rutina eran los Martes, día en que se monta uno de los tianguis más grandes de América Latina en San Martín Texmelucan, por lo que el flujo de personas a nivel regional (e incluso nacional) crecía exponencialmente. Durante muchos años me debía tomar tiempo adicional en Martes y salir media hora más temprano, porque el tráfico se incrementaba, los camiones estaban llenos y las calles estaban a reventar (ya cuando iba en la Universidad sacaron el Tianguis de la ciudad y el caos disminuyó un poquito).

Ir a San Martín en día de Tianguis era un martirio, llegar a la escuela o regresar a casa era un logro impresionante por tanta gente que había y la nula civilidad que reinaba. Era tal el estrés que llegué a odiar los Martes, porque mi calidad de vida se veía gravemente afectada. Desde que me mude a Puebla, esos días volvieron a ser como cualquier otro pero, durante muchos años, fue un día que me ponía de malas.
El Tianguis de los Martes

Pero, sí había algo de los Martes que me gustaba: La Lucha Libre. Por algunos años hubo función en el, entonces, auditorio municipal (cuando la presidencia aún estaba en el Centro). ¡Ah! Cómo me encantaban las Luchas, e iban los gladiadores famosos del momento: El Volador, Lizmark, Rayo de Jalisco Jr., Máscara Sagrada, El Vampiro Canadiense, Conan, el Perro Aguayo, Pierroth, Pirata Morgan, Satánico, Octagón, Atlantis, Fuerza Guerrera, los Hermanos Dinamita, los Brazos y demás héroes de mi pubertad.

Cada semana estaba ahí viendo los lances desde la tercer cuerda, zampándome un par de cemitas, usando las máscaras de mis héroes y gritando como desesperado para que los técnicos le ganaran a los rudos (si todavía fuera fan, no dudo que hoy apoyaría a los Rudos). Felizmente mi papá Antonio también nos llevaba al DF a la Arena México y a la Arena Coliseo a ver funciones estelares, pero las de San Martín siempre estarán en mi corazón por sentir más cercano el espectáculo.

Aunque en Tlalancaleca se tenían las fiestas del pueblo, con sus correspondientes Ferias, ir a la de San Martín resultaba más padre, mismas a las que iba con mis compañeros en fin de semana o saliendo de clase. Y, ahora que lo pienso, tal vez no fuera especial por la Feria en sí, sino por el hecho de ir con gente de mi edad.
Eso era Carlos para mí

Antes de que existieran las grandes cadenas nacionales (como Cinemex o Cinépolis) era normal que las salas de cine fueran independientes y muy locales. En San Martin mi cine por excelencia era el Latino Plus, en el que disfrute películas como Batman (de Tim Burton o Michael Keaton) o el Rey León. Esta sala estaba en la calle Libertad, era chiquita y sin nada espectacular, pero que resultaba cómoda para ver los filmes del momento. Dicho cine dejó de funcionar hace un par de décadas y ahora hay una especie de Ferretería o Refaccionara grandota.

También, en mis últimos meses de católico, recuerdo que iba a la Iglesia que está sobre la misma avenida Libertad. Me gustaba porque tenía toques franciscanos (ya expliqué mi identificación con Francisco de Asís) pero, lo que más me gustaba, sin duda eran los muéganos que vendían a la salida de Misa, mismos que eran mi postre predilecto cada Domingo.

Mi dicotomía con San Martín es que fue el lugar en que aprendí que no todo el mundo es bueno, con el Bullying que sufrí en Secundaria, época en la que perdí la alegría por vivir. Pero, años después, la recuperé, en la prepa, en gran parte a la ayuda del que, por tres años, fue mi mejor amigo: Carlos, al cual le debo un escrito por todo lo que hizo por mí.
Convento Franciscano al que iba

En los años de Prepa, San Martín se convirtió en el lugar que tuve mis primeras fiestas como adolescente así como mis primeras (y únicas) borracheras. Como terminaban tarde, y ya no había camiones de regreso al pueblo, me daban asilo en casa de Carlos, lugar en que han de haber creído que era un alcohólico de primera.

Con mi mejor amigo aprendí inglés, gracias a las clases privadas que nos daba Laura, hermana mayor de una de nuestras compañeras. Laura era maestra novata, con mucha habilidad para enseñar y, por lo mismo, acabé hablando muy bien inglés, ¡ah! Y también acabé prendado de ella (aunque era 8 años mayor que yo).

Y es que no podía pasar mi adolescencia sin chicas que me quitaran el sueño, mujeres que me encantaron en mis años mozos como Isela, Lisseth, Adriana o la ya mencionada Laura, mismas con las que nunca logré nada, pero con las que me ilusioné en sus respectivas épocas.
Así es la vida

De igual forma, me acuerdo un par de chicas dos años menores (lindas hermanas de dos de mis compañeros de clase), mismas que estaban muy interesadas en mí, aunque nunca entendí por qué, pero por respeto (y algo de miedo) nunca les hice caso. Tal vez suene tonto pero no creí correcto salir con las hermanitas de mis amigos (y tampoco quería que me golpearan por ello) ¬_¬U.

Hubo muchas personas que, sin ser amistades, podía platicar ávidamente de algún tema como lo hacía con el peluquero con el cual iba cada dos meses, el del puesto de revistas con el que adquiría mis comics, el de la veterinaria con el que compraba el alimento de los perros o el encargado de la alberca en donde aprendí a nadar.

Y ya que lo menciono, en San Martín hice una de mis mejores inversiones al aprender a nadar, actividad que me da mucha alegría y profunda paz interna que valoro bastante hasta el día de hoy. Pasando a otro deporte, aunque nunca fui bueno, me la pase esos seis años jugando basquetbol, con muchos momentos penosos pero, el que más recuerdo, es el más glorioso que he tenido hasta el día de hoy (deportivamente hablando) con los otrora Vampiros.
El escudo de mi Preparatoria

Y es que en Prepa, siempre me la pasaba en bolita con mis cuates, e íbamos a echarnos una pizza, a atascarnos una de las Tortas Tony, unos tacos, unos hot dogs o, cuando había poco dinero, preparábamos palomitas y veíamos alguna película en casa de alguno de ellos.

En el último año de Prepa, empezamos a viajar a Puebla solos, a veces por tareas para la clase de arte y en otras ocasiones a investigar sobre las universidades en que queríamos estudiar. En esos viajes nos sentíamos grandes, poderosos e independientes por ir sin maestros (chamacos ilusos e ignorantes a fin de cuentas).

A partir de que entré a la Universidad Interamericana en Puebla, San Martín me dejó de resultar tan básico, cada vez se volvía más un lugar de paso, pero no por ello dejaba de ser relevante.
Unos llegan y otros se van

Por ejemplo, en las madrugadas era un gusto encontrarme a mis amigos de prepa en el camión a Puebla, mismos con los que platicaba todo el trayecto sobre cómo iban en su nueva escuela (nadie de la prepa me siguió a la Universidad), así como nos enterábamos de los chismes de los demás. Lo mismo pasaba en el camino de regreso, siempre me sentí feliz de platicar con algún conocido en el camión, convivíamos como los chiquillos pueblerinos que éramos, que estudiaban en la gran ciudad y que se acompañaban de regreso a casa, en medio de conversaciones sin sentido pero que significaban mucho en aquel entonces.

            Creo que lo último relevante que tuve en San Martín fueron mis primeras prácticas profesionales, mismas que hice en “Agua Purificada San Martín” (Aunque cuando estuve ahí se llamaba “Los Volcanes”). De hecho, al terminar la carrera, busque trabajo en dos empresas locales: una de levaduras y otra de frenos automotrices, en la primera no quise y en la segunda no me aceptaron. Y me alegro de no haber quedado ahí, para que mis fronteras se incrementaran un poco y dejar atrás a San Martín. Estuve muy cerca de perpetuar dicho lugar en mi vida pero, por fortuna, acabé por dejarlo atrás; y no digo “por fortuna” porque sea un mal lugar, simplemente mi época ahí ya había llegado a su fin.

            Desde que me mudé a Puebla, San Martín dejó de ser importante, ni siquiera se volvió un lugar de paso, en realidad se volvió un obstáculo molesto que debía sortear para visitar a mi madre.
Secundaria Alfonso Briseño Ríos (la odie en verdad)

            En los últimos años, en los breves momentos que iba de pasada, llegaba a ver a los “fresitas” del pueblo, los que se creen dueños del mismo, y es que son fáciles de identificar con su actitud de perdona vidas a los que sólo les falta decir “Este es mi territorio y se chingan”, montados en sus coches o sus motos. Ahora me rio pero, no puedo negar que en Prepa o Secundaria anhelaba ser como ellos y sentirme dueño del pueblo.

            Ahora que los veo me parecen ridículos, obvio porque mi mundo ya no está ahí y me vale un soberano pepino lo que pase o deje de pasar con dicho lugar. Y no sólo me parecen ridículos por sus actitudes superficiales, sino porque percibo claramente las fronteras de la pequeña población en la cual se mueven. Pero, recalco, no los puedo criticar tan ácidamente, porque también hubo un punto en donde anhelaba quedarme dentro de los límites texmeluquenses.

            Obvio Puebla no es la megaurbe cosmopolita que está a la vanguardia internacional, porque la gente de aquí también suele estar limitada a sus fronteras. Pero aquí he encontrado las posibilidades de salir del estado, del país y hasta del continente para ampliar mi visión del mundo, y darle a Puebla su importancia y lugar exacto, ya que tengo contra qué comparar a nivel internacional.

Esa consciencia me ayuda mucho para poner las cosas en perspectiva y no creerme mucho por mi trabajo, status social o posibilidades que tengo para viajar. De haberme quedado en San Martín, nada de esto hubiera pasado y sería (aún) más ignorante por mis autoimpuestos límites.

            Pero San Martín también tiene su importancia ya que sin todo lo que experimenté en él, no sería quien soy. Y, aunque ya no es importante, alguna vez lo fue. Y aquí viene la razón de este homenaje: a menos que pase algo extraordinario, ya no tendré que pasar por dicho lugar el resto de mi vida.

            En Semana Santa fui a visitar museos al DF en coche, y me di cuenta que había una salida recién abierta en la autopista cerca del pueblo en donde vive mi madre, atajo que me permitiría saltarme todos las poblaciones/obstáculos que me echaba por el camino normal.
El Mercado de San Martín

            Este hecho lo corroboré con mi progenitora y, desde este pasado día de las madres, he estrenado dicho camino, que es más rápido y me ahorra el pasar por San Martín y demás poblados en el camino.

            Aunque pago $30 pesos más, no me importa, porque el trayecto es directo y eficiente. De hecho, la primera vez que lo tomé sentí una alegría impresionante pero, cuando pasé a la altura de San Martín, sentí una especie de nostalgia retroactiva que me obligó a despedirme con este escrito.

            Es lo menos que puedo hacer por un lugar que me dio una luz de esperanza, de un mundo mejor, un ideal a alcanzar para no hundirme en el pueblo miserable en el cual vivía. Me brindó los años más oscuros, pero me los compensó con los más brillantes de mi juventud, por lo que ese lugar resultó vital para mi existencia.

            Algún día, cuando mi madre ya no habite en Tlalancaleca, dejaré de ir a ese lugar y (probablemente) también le haga un escrito a ese pueblucho tan despreciable. En lo que llega ese día, hoy le hago este escrito a esa otra población que fue muy importante sin haberla habitado nunca.

            Gracias por todo San Martín Texmelucan.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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