domingo, 5 de julio de 2015

Jarocho con una misión en Puebla

Aclaración: Hay gente buena y mala en todas partes del mundo, la hay inteligente y pendeja, así como la que vale la pena y la basura humana. Uno de mis defectos como escritor es generalizar pero, viendo el común denominador de las sociedades en cuestión, se entenderá que lo haga por fines prácticos. Tengo excelentes amistades poblanas, pero no entran en el molde de poblano estándar, por eso somos amigos. Y, aunque no conozco a ninguno, seguramente hay veracruzanos que califiquen como escoria. Al final, los no-poblanos que han vivido en Puebla, entenderán el por qué escribo esto. Aclarado el punto, empiezo con mi relato.

Tengo una vecina, que es alivianada y buena gente, misma que tiene menos de tres años viviendo en Puebla. Hace unos días estábamos chateando y, ya en confianza, empezó a despotricar contra los poblanos: “Son corrientes, idiotas, posers, maleducados, mustios, falsos, mentirosos, chismosos, hipócritas, etc.” y lo remata al preguntarme “¿Cómo has podido soportarlos tanto tiempo?”

Su pregunta me toma por sorpresa, pero no le falta razón de ser “¡Es verdad!” me digo “¿Cómo puedo soportarlos?”

Todo se remonta a mi madre, una excelente mujer, con valores sólidos y una fe inagotable en la humanidad, una buena Jarocha. Al carecer de una imagen paterna constante y presente, gran parte de mi educación recayó en ella.

Doña Marina hace el mejor trabajo que puede, dándome valores y principios muy altos, rectos y civilizados. El problema es que se le pasó la mano y, en pocas palabras, me dio en la madre al educarme para un mundo que no existía, nunca ha existido y que jamás existirá. Mi madre hizo el mejor trabajo que pudo pero, no puedo negarlo,  tiene como “defectos” endémicos el ser bastante inocente e ilusa, y no sabía el mal que me estaba haciendo ¿O será que aún no aprecio el regalo que me dio? Al parecer aún no llega dicho momento (y espero que algún día llegue).

Con un poquito menos crema en sus tacos, la educación que me dio hubiese sido ideal para vivir en Veracruz, cosa que nunca he hecho de manera permanente (sólo por breves etapas) y, al ritmo que voy, dudo que lo vaya a hacer en el resto de mis días.

Cuando vivíamos en el DF no todo fue ideal, pero no hubo gran problema, porque la gente allá estaba más enfocada en lo suyo, tal vez no había gran solidaridad, pero tampoco solíamos ponernos el pie si se presentaba la oportunidad.

Pero cuando mis padres tomaron la decisión de mudarnos a Puebla, todo cambió.

Antes de continuar, aunque ya lo han de sospechar, no creo ser del todo objetivo en este escrito ¿Por qué? En primera porque nací en Veracruz, AMO haber nacido ahí y, aunque nunca he vivido ahí, me siento muy orgulloso de que mis raíces y mi pasado se encuentre en un lugar tan bello con gente maravillosa.

Fui educado con valores jarochos y, dentro de ellos, está el odiar y despreciar a los poblanos, por hipócritas, traicioneros, creídos, falsos y demás. Me educaron para odiar a esa gente y a ese lugar. El problema es que, justo ahí, es donde he pasado la mayor parte de mis años.

Pero no soy el único que tiene que pasar por esta situación, ya que somos muchos los jarochos que vivimos en Puebla, ¿Por qué vivir en un lugar que nos enseñan a despreciar? Por conveniencia (Tal vez no seamos tan “lindos” después de todo).

Por falta de una industria desarrollada, mucha gente de Veracruz viene a estudiar y a trabajar a Puebla, lo cual crea una dicotomía muy sui géneris, ya que venimos a comer “del enemigo

El jarocho es dicharachero, fiestero, generoso, cálido y muy abierto, casi todo lo contrario al poblano. Entonces ¿Por qué venir acá? Irónicamente la riqueza natural de Veracruz es nuestra perdición, porque hay mucha gente que se entrega a la vida fácil y no tiene mucha hambre por progresar.

Así que los que tienen ganas de crecer suelen salirse de Veracruz porque, triste pero cierto, en mi amado estado (fuera de Pemex) no hay muchas oportunidades para desarrollarse profesionalmente. Puebla tiene más industria y está cerca de casa, así que es un destino natural para tanto jarocho inmigrante.

Volviendo a mi caso, ya en el estado poblano, empecé a estudiar la Secundaria, en donde mi hicieron pomada, hicieron añicos mi autoestima y pisotearon todo en lo que creía. Tema del que he escrito en otras ocasiones con más detenimiento.

            De alguna manera logré sobrevivir al acoso de Secundaria, pero algo murió en mí o, mejor dicho, algo nació en mí: sed de venganza, sed de justicia y una renovada autoestima, una que no estuvo basada en cuentos de hadas, sino en la realidad poblana. Aprendí a defenderme conforme a sus reglas y empecé a forjar mi máscara para evitar que el poblano siguiera jodiéndome.

            Con el paso de los años la he ido perfeccionando, he aprendido a ser cruel, sarcástico, ojete, cúlero y desalmado, y a la gente le encanta que los trate así ¿Por qué? Porque es su ideal, es lo que aspiran a ser, pero lo mío lo condimenté con un toque de honestidad jarocha porque, cada vez me importa menos el qué dirán.

            Dicen que si no puedes contra ellos, úneteles. No me uní propiamente a los poblanos, sólo aprendí a jugar su juego, y aprendí a ser bueno en ello, con mi propia versión, con mi estilo personal.

            Mi madre me dotó con una piel de oveja para meterme a la cueva de los Lobos, y me destrozaron pero ¿saben qué? No morí, y aprendí a defenderme como nunca hubiera aprendido en casa, en resumen, y de manera indirecta, mi madre terminó por hacerme fuerte, aunque no creo que le guste el método adoptado.

            “Quien con Monstruos lucha, cuide de convertirse a su vez en Monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti” – Friedrich Wilhelm Nietzsche

            Y ahí me resuena la pregunta inicial de mi vecina “¿Cómo has podido soportarlos?” pero, en realidad, la pregunta correcta no es “¿Cómo?” sino “¿Para qué?”

            De tanto convivir con ellos me he mimetizado bastante bien, he aprendido a atacarlos con sus propias armas sin dejar de ser leal a mi esencia. Me he transformado en una especie de monstruo mutante con la esencia jarocha y las herramientas poblanas.

            Aunque todas mis raíces sean veracruzanas, ame a mi estado natal y me sienta profundamente orgulloso de él, sé que he perdido el derecho de llamarme jarocho por no haber vivido lo suficiente en mi adorada tierra. Y, aunque he vivido la mayor parte de mi tiempo en Puebla, NUNCA (y que me parta un rayo si miento) nunca podré considerarme poblano ¿Por qué? Porque no puedo aceptar ser algo tan despreciable como lo es el poblano estándar.

            Estoy agradecido con Volkswagen, por todo lo que me ha dado y ha hecho por mí, tengo una buena vida en Puebla y agradezco lo que me he ganado (porque nadie me ha regalado nada). ¿Soy ingrato entonces? ¡Para nada! Porque también le he pagado de regreso a esta sociedad al ser un buen ciudadano y contribuyendo con mi actitud y trabajo a su desarrollo.

            Pero ¿Para qué sigo en Puebla? Honestamente no lo sé, pero tengo claro que estoy aquí para aprender algo, algo que me haga crecer como individuo, una lección que me va a servir para el resto de mis días.

            ¿Y para qué necesito aprenderla? Para poder irme a otro lugar, hoy me queda claro que necesito terminar mi asunto en Puebla para tener la libertad de mudarme a otro sitio en donde pueda ser yo mismo, en donde mi mascara de crueldad y cinismo pueda descansar en paz y pueda pasar a otra etapa de mi camino. Por eso mismo ya no me interesa adquirir otra casa en esta ciudad para que, cuando me vaya, sólo tenga que preocuparme por vender una.

            Y debo de hacerlo porque esa máscara ha permeado profundamente en mi ser. Cuando llego a ir a Veracruz, debo mentalizarme que no estoy en peligro porque me cuesta trabajo dejar de lado al personaje “Nadie quiere nada de ti, te quieren de manera auténtica” es lo que me digo y paso a ser yo, sin defensa alguna porque sé que nadie se va a aprovechar de mí.

            Tal vez mi inconsciente sabe que no me debo quedar, por eso no me permite relacionarme con mujeres poblanas mismas que, aunque han sido excelente seres humanos, harían que mi estancia en Puebla fuera permanente, cosa que pasaría si lograra relacionarme de manera exitosa.

            Tal vez me gustaría vivir en Chihuahua, Veracruz, Sinaloa, Sonora, Zacatecas, Jalisco o incluso fuera de México, un lugar diferente con una cultura distinta en donde las máscaras no sean tan vitales como en el ámbito poblano, en donde pueda ser más yo y menos este monstruo resultado de educarme con valores jarochos para vivir una realidad poblana.

            Vivir en Puebla y vivir en Veracruz me resulta una analogía muy curiosa entre mis dos padres: El biológico que es de Veracruz (al igual que yo) y el adoptivo que es de Puebla (de igual forma, se podría decir que es la tierra que me “adoptó”). Pero la analogía va más allá de los lugares de nacimiento.

            Mi papá Heber es un bombón, es un pan, es alguien tan, pero TAN, bueno que te da una hueva impresionante. Mi papá Antonio es un ojete, producto de que la vida lo trato peor y mostró mucho de ese resentimiento en su vida familiar con nosotros, en la que resultó alguien difícil y rudo.

            Cuando conocí a mi papá Heber, yo ya era adulto, el impactó fue brutal “¡No mames! ¡Es un ser humano increíblemente bueno!” pero después sentí un pavor retroactivo al visualizar lo que hubiera pasado si él me hubiera criado “¡Qué horror! Con mi esencia y con la suya, hubiera acabado siendo un blandengue ñoño al que todos hubieran pateado a diario”. De por sí fui masacrado a nivel psicológico y moral, pero con él nunca me hubiera aprendido a defender (se hubiera puesto a llorar conmigo en lugar de enseñarme a pelear).

            Ahí es donde entra mi papá Antonio, aunque no compartí su esencia de ojete, de hecho me parecía bastante detestable, consciente o inconscientemente, con su actitud culera me dio algunas armas y bases para aprender a defenderme un poquito más.

            Tal vez por eso me tocó vivir en Puebla: para aprender a defenderme de esta bola de lacras y fortalecerme porque, ciertamente, en Veracruz la gente es más sana, leal e incluso inocente. Seguramente, con mi esencia, viviendo en mi bello puerto, no dudo que hubiera sido una excelente persona, pero no muy adaptado al mundo real y sería constantemente timado por el prójimo.

            Al final, a cada cual le toca vivir algo para aprender de ello, el camino que transitamos normalmente no es el ideal pero es en el que más se aprende. Para bien o para mal, no sería lo que soy de no haber convivido con la sociedad poblana, y ahora estoy abriendo las puertas en mi esencia para que lleguen los cambios y pueda dejar atrás esta etapa de mi vida que tanto me ha enseñado y tanto me ha hecho crecer.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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