domingo, 9 de agosto de 2015

La nostálgica Chicago (Parte 6 de 6)

Chicago y yo :'-)
             En este enlace pueden leer la quinta entrega de esta serie.

            Cerrando este maravilloso viaje, viene todo lo intangible que me regaló la ciudad, con un paisaje, un sonido, un olor, un recuerdo. Llegaba sensible y la ciudad me arropó con aquello que necesitaba pero que no sabía que buscaba. Es increíble como una mole citadina tan enorme e impersonal te puede consolar sentimentalmente.

            Solo

            Originalmente no estaba planeado que fuera a este viaje solo, el “Quechas” iba a venir conmigo pero, por gastos de su casa, me canceló y ya no busqué remplazo, que fue lo mejor.
La Torre de Agua y el John C. Hankock

            Esta ciudad es tan bonita, con una personalidad tan suya, que cada cual debería vivirla a su manera. Sus calles tan elegantes, con una esencia tan clásica, te invitan a recorrerlas a tu ritmo, perdido en tus pensamientos mientras disfrutas de su estética, dinámica ideal para que fluyan las reflexiones.

            Hay tanto en esta urbe que me hubiera encantado compartir, por lo que algún día volveré y guiaré a alguien por los sitios en los que estuve, mismos que recordaré por haber visitado a solas la primera vez, con un sentimiento distinto pero, sobre todo, necesario en ese momento. Una ciudad tan generosa que te sientes acompañado por ella en cada paso que das.

            Al no adaptarme a los intereses de nadie más ni llegar a una negociación intermedia, pude ver TODO lo que quise, sin tener que preocuparme por nadie ni que nadie se preocupara por mí, lo malo es que, al no ponerme límites, en verdad terminaba MUY cansado cada día, pero feliz en la misma proporción.
La Fuente Buckingham

            Sin compañía mi ritmo se torna más intenso. Sólo me hacía consciente de esa exigencia al regresar al hotel porque, al no tener a nadie que me frenara tantito, era un tirano con mi físico y lo llevaba más allá de lo normal. Al final, estuvo bien porque fue un viaje muy egoísta al hacer mi santa voluntad, al ritmo y en el orden que mejor me pareció lo cual resultó simplemente delicioso.

            En verdad necesitaba este viaje a solas ¿Cómo lo sé? Viendo las fotos que saqué y los recuerdos vinculados, se me salieron las lágrimas al redactar este escrito. Fui feliz de una manera extraña: Una felicidad diferente, emergente, nostálgica e íntima, producto de encontrarme en Chicago con el estado de ánimo en el que iba, el “rico” frío que hacía y el hermoso aspecto otoñal que lucía la ciudad en ese momento. Fui demasiado feliz en Chicago y me he prometido volver a un lugar que ahora me significa mucho.

Runner Mode y Tourist Mode
Los caminitos por los que corría

Me encanta el “Modo corredor” que vas adquiriendo con los años. El clima de Chicago más el itinerario brutal que me eché, hicieron mella en mí pero, a pesar de ello, al calzarme los tenis no importaba qué tanto me dolieron los tobillos o los pies, ignoraba lo cansado que estuviera, ya que ni siquiera la gripe de dos días que tuve me detuvo.

Salía muy temprano, antes del amanecer, y el frío era terrible, pero habíamos muchos que no nos detenía el clima y corríamos de todas formas. Recordé que muchos corredores somos muy “rudos”, que nos enfocamos en nuestro objetivo y dejamos del lado el resto de inclemencias. En todas mis visitas utilizaba suéter por el frío, la excepción era la madrugada cuando salía correr me iba destapado porque no me hacía falta, gracias al “Runner Mode”, que me hace sentir malote (Hell Yeah!)

Correr en Chicago es un privilegio: todos los días iniciaba por la avenida Michigan y luego me bajaba en un canal que tenía unos caminos que lo flanqueaban simplemente hermosos, con una vegetación y diseño muy sencillos pero estructurados de tal manera es inevitable recorrerlos con una sonrisa. Y después me echaba los tres parques del Loop embobado y extasiado con tan bello paisaje.
 
En el Observatio John C. Hankcock
De igual forma, amo entrar en el “Modo Turista”, porque hay tantas cosas que ver que ni tiempo te da de comer, por lo que solo te echas un buen desayuno y una comida fuerte alrededor de las 5pm, con una que otra golosina durante el día. Y es que te sientes tan lleno de tantas cosas bonitas y nuevas que se te olvida que llevas horas sin ingerir alimento.

Ciertamente te sabes cansado, pero con la voluntad y emoción de ver lugares nuevos ignoras el desgaste. Sólo hasta que llegas a un momento de relajación, recuerdas que tienes pies y que te están mentando la madre por las inhumanas jornadas a los que los has expuesto, además de que también te das cuenta que te estás muriendo de inanición.

Ya estaba tan acostumbrado a caminar largas distancias que, el penúltimo día, sentí que había caminado muy poco, así que me baje al inicio del Millenium Park para completar mi cuota de kilómetros diarios. Y es que me dije “¿Cómo? ¿Ya vamos a llegar y aún no me duelen los pies? Algo está mal” porque sentía que no había valido la pena el día si no llegaba muerto de cansancio (sip, sé que soy un masoquista -_-u)
 
Los únicos testigos de mi catarsis
En mi defensa debo decir que, en ocasiones, caminar en Chicago no es un gusto sino una necesidad, porque el tráfico se llega a poner pesado, inclusive hubo un par de ocasiones en que me bajaba de los camiones y avanzaba más rápido a pie.

Osaka Japanese Garden

Al ver la primera foto no pude contener el llanto.

Era Jueves por la mañana por lo que había poca gente en las calles. Antes de visitar al Museo de Ciencia e Industria, quería pasar a un jardín estilo nipón que había cerca de él: El Osaka Japanese Garden.

¿Han entrado alguna vez en una catarsis tan profunda que no pueden contenerse? Eso justamente me pasó en este lugar. No al nivel del Jardín Japonés de San Francisco (Que es uno de los más bellos en los que he estado), pero este sencillo Jardín cerca de la Universidad de Chicago tiene una belleza inexplicable.
La entrada al Jardín

Me encontraba completamente solo en dicho lugar, los únicos que me acompañaban eran unos gansos junto al río, el pasto estaba cubierto de hojas caídas de los árboles y, aunque había sol, estaba muy fresco.

En el jardín me encontraba tan tranquilo, tan seguro y tan aislado que sentí que podía soltarme, fue algo inconsciente, así que se desbordó mi tristeza acumulada. Desde México no había llorado tanto por mi amago de relación frustrada, era extraño pero aunque había estado triste, no había llorado con tanta intensidad.

Al recorrer este jardincito tan bello, tan silencioso, tan tranquilo y tan extrañamente acogedor, sentí como si me abrazara y me dijera “Ya pasó, anda, no te pongas triste”, y ese confort me hizo desahogarme. Aunque el lugar es pequeño, tome mi tiempo al recorrerlo lentamente en lo que purgaba mi tristeza.
El sentimiento ahí dentro era diferente

En los 20 minutos que estuve ahí, nadie llego a interrumpirme, me sentí eternamente agradecido por tener un momento a solas ahí, en verdad lo necesitaba. Obvio, en todo el viaje estuve solo, pero ese jardín tenía algo que me conmovió muy profundo.

Repito, era muy sencillo, pero los detallitos japoneses los agradecías. El Japanese Tea Garden de San Francisco es una maravilla pero este Osaka Japanese Garden se sentía más real, más urbano, menos idealizado, más alcanzable, más terrenal y eso lo hacía muy especial, porque su belleza era natural (por muy estúpido que eso suene), no era algo celosamente cuidado, es como una flor silvestre que crece sin precaución alguna.

Al terminar mi recorrido entraron unas personas, pero ya había terminado, así que salí e hice una pequeña reverencia a un lugar que me arropó y que me dio un regalo valioso. Un obsequio sencillo pero en extremo necesario. El Osaka Japanese Garden siempre habitará en mi corazón :’-)
Gracias Osaka Japanese Garden

El Señor Sonriente de Walgreen’s

            Cuando estoy en el Gabacho, soy tan asiduo al Walgreen’s que ya hasta tengo mi número de membresía. Y no lo hago por economía, sino por comodidad ya que, casi siempre, tengo uno cerca de los lugares en los que me hospedo, así que me sirve de base para comprar mis botanas, bebidas o cenas ligeras cuando voy de viaje a Estados Unidos, incluso llego a comprar ahí souvenirs que son buenos, bonitos y baratos.

            A lo largo del Loop pasaba al primer Walgreen’s que se me atravesara y, en cuatro distintas ocasiones, en cuatro distintos locales, me encontré a un Nito muy amable. El señor era una especie de supervisor, mismo que siempre me saludaba de manera muy educada y me reconocía en cada ocasión “Hey! Are you visiting all our Stores?” Y me sorprendía que me identificara cada vez que se cruzaban nuestros caminos.
 
Vista desde el John C. Hankock
            Aunque fuera un detalle insignificante, y que de todas formas iba a comprar ahí, fue un aliciente para que consumiera con gusto, me sentía bienvenido y hasta halagado de que me reconociera en cada ocasión. Inclusive me atrevería a decir que influyó para que llevara más cosas que las planeadas, por lo cómodo que me sentía, sobre todo en una tienda tan grande e impersonal.

Es más, ya cuando entraba a un Walgreen’s, ponía atención por si me encontraba a mi amigo (del cual nunca supe su nombre) y, el par de ocasiones en que no coincidí con él, hasta triste me puse :-(

Escape de la vida Cotidiana

Mientras corría durante las madrugadas de Chicago, veía como la gente se dirigía a sus trabajos o escuelas, se les notaba el frenético estrés de inicio de jornada. Ahí me hacía consciente de lo afortunado que soy al tomar vacaciones, porque rompes con ese ritmo. Obviamente, al darte identidad, lo acabas extrañando y hay un punto en donde anhelas regresar a él.

Sabiduría del Maestro Sagan (Museo de Ciencia e Industria)
También agradecí que el estrés que sentí esos días era distinto “Ya mero abren el museo”, “No quiero perder el camión”, “No me va alcanzar el día para ver todo lo planeado”, “Debo aprovechar mi tiempo” pero era una presión más gozosa, en pro de conocer una ciudad tan bonita. Naturalmente una semana después mi estrés iba a volver al de “Debo llegar a mi TEKO”, “Hay que entregar el reporte” “Tengo una junta”.

Agradeces verlo en alguien más para hacerlo consciente en ti, para ver lo ridículo que te ves en ese ritmo frenético que pocas veces cambia algo, en realidad te hace perderte de muchas cosas. Por ejemplo, en una de esas corridas, me toco un amanecer hermoso en el lago Michigan, mismo que era ignorado por toda la gente que iba rumbo a su trabajo. Me detuve un momento para disfrutar el espectáculo natural en todo su esplendor, lo cual se me facilitó ya que no era mi ciudad, no era mi vida cotidiana y estaba de vacaciones, parte de los placeres de romper con la rutina.

El Navy Pier
Pero tampoco estoy exento de ese efecto de ignorar la belleza por tener cosas “importantes” que hacer. Una vez, llegando al trabajo, una amiga me habló específicamente para decirme “Mira el hermoso amanecer en la Malinche”, la tiré a loca porque tenía una llamada “muy” importante con Alemania.

Otro ejemplo. Recientemente, dándole un ride matutino a practicantes alemanes, una señaló al Popocatépetl y al Iztaccíhuatl diciendo “¡Pero que paisaje más hermoso!”. Creo que me emocioné más por la reacción de la chica que por la imagen en sí ya que, al verlo todos los días, hasta normal me parece.

Es triste que la rutina nos haga insensibles a la belleza que nos regala a diario este hermoso planeta.

La última tarde

Esa última tarde en Chicago, me baje en el Museum Campus, era Viernes alrededor de las 6 pm y la mayoría de gente estaba en otros lugares más fancys. Volví a recorrer el Soldier Field y nuevamente quedé maravillado por su belleza pero, ahora que no había gente, pude disfrutarlo en total tranquilidad.
 
Un momento de intimidad junto al Lago Michigan
Una vez más me nació pasar cerca del Field Museum, ver una última vez la playita detrás del Planetario Adler y disfrutar del Skyline de la ciudad desde su mirador. Y no era el único, había algunas personas echadas en el pasto contemplando el atardecer sobre la ciudad, un espectáculo silencioso e íntimo.

Frente al mismo Planetario había una estatua de Nicolás Copérnico, así como doce cabezas de animales, representando al horóscopo chino mismas que, en mi visita a dicho lugar, no había podido ver por no perder el camión; ahora perdí el camión, pero fue adrede, ya que quería regresarme caminando una vez más, recordando la primera tarde noche que camine por el Millenium Park.
Este no es Copérnico, pero la postal está chida

Sólo habían pasado siete días pero sentía que había pasado toda una vida. Chicago había sido muy generoso conmigo y no tenía como pagarle, más que ir recorriendo el camino de regreso al hotel y agradecer a cada lugar que me regaló algo en esta maravillosa semana.

Un pensamiento seguía constante en mi mente “¡Pero qué hermosa es esta ciudad!” Y me refiero a todo: sus calles, sus edificios, sus museos, sus parques, sus negocios, su transporte y, sobre todo, su gente. Personas amables, educadas y con clase, dispuestas a orientarte si estás perdido o a darte un tip para hacer más completa tu visita.

Y así camine todo el Magnificent Mile despidiéndome de uno de los lugares más maravillosos e inolvidables en los que he estado. Chicago me recibió con los brazos abiertos y fui auténticamente feliz en los siete días que estuve en él.

Conclusión

Chicago debe ser una ciudad maravillosa, en primer lugar, porque la conocí poco después de visitar lugares como Berlín, Nueva York, San Francisco, Niagara o Las Vegas. Y a pesar de haber estado en sitios tan maravillosos en tan poco tiempo, Chicago fue un lugar que me fascinó de manera muy especial, con su propia esencia y personalidad.
Hermosos caminos de la Universidad de Chicago

Seguramente si la hubiera conocido primero, el impacto hubiera sido mayor pero, el haberla conocido al último me corrobora su valía porque nunca fue menos que los sitios tan importantes ya mencionados, y seguí encontrando lugares, situaciones o cosas que me hacían emocionarme y me conmovieron profundamente.

No saben cuántas sonrisas me sacó redactar esta serie de escritos. Y es que, al ver las fotos, recordaba sentimientos, momentos, situaciones o incluso reflexiones. Sonreía de manera auténtica, inclusive algunas lagrimillas se me salían.

Chicago siempre estará en mis recuerdos, fui muy feliz en esa semana en que me adoptó, sobre todo en un momento que en verdad necesitaba serlo, en un instante en que la vida me debía algo, y merecía que mi alma se sintiera llena. Qué bueno que este hermoso lugar me recibió en ese instante de mi existencia porque era justamente lo que necesitaba, porque llegué con una tristeza profunda en mi ser, y este sitio mágico tuvo la facultad de alegrarme a pesar de llevar el corazón roto.

¡Gracias por todo lo que me diste Chicago! :'-)
Ese hecho me corrobora lo especial y maravillosa que es esta ciudad: a pesar de haber ido en un estado sentimental bajo y bastante deprimido, me divertí, y encontré muchas razones para sonreír cuando tenía muchas razones para llorar.

¡Gracias Chicago! Siempre habitarás en mi corazón :’-)


Hebert Gutiérrez Morales.

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