miércoles, 16 de diciembre de 2015

El ciclo de la vida

Un año en mi niñez tomaba mucho tiempo porque se me hacía eterno el período entre los cumpleaños o entre Navidades. Conforme crecía los años tomaron velocidad, pero no porque sean más cortos (siempre tienen 365 ó 366 días para todos en el planeta), sino por la ley de la relatividad que entre más grandes somos cada año representa una porción más pequeña de nuestra existencia.

A lo que voy, normalmente esa rapidez en el correr del tiempo no te preocupa hasta que pasas de los 30, o por lo menos así fue en mi caso, pero después de los 35 me torné cínico y ya no me importó que pasaran tan rápido, al fin que “nada cambiaba”, o por lo menos eso pensaba.

En el escrito anterior hable que a Polo Polo ya se le notaban los años acumulados, pero esto no es un fenómeno exclusivo del cómico. Les comparto tres casos cercanos.

Risa de Viejita


Estaba platicando . . . ejem . . . corrijo . . . Estaba escuchando el monologo materno por teléfono cuando de pronto se echó una carcajada que me dejó pasmado, una que escuchaba por primera vez y que me impactó por lo inesperada: Mi mamá sacó una risa que sólo le he escuchado a los ancianos.

¿Por qué me impactó esto? Aunque soy consciente de su edad (64), nunca la había considerado una anciana. Esa risa me disparó un pensamiento que me estrujó el corazón “Mi mamá se va a morir”.

Y no quiere decir que vaya a partir mañana, el otro mes, en 10 ó en 20 años, pero se va a morir. Sé que suena estúpido, porque TODOS vamos a fenecer eventualmente, pero esa risa materna me abrió los ojos y me indica que ya está pasando a otra etapa.

Supongo que es el efecto contrario de lo que uno siente cuando su bebé dice su primera palabra: te emocionas porque el engendro está avanzando en su recién iniciado camino. La risa de mi madre me indicó que ella está alcanzando las etapas finales. Obvio yo me puedo morir primero, nadie tiene seguro nada en este mundo, pero la ley de probabilidades indica que ella se podría ir antes.

Esta situación para mí fue una alarma y, aunque ya he ido previniendo algo así, tendré que actuar al respecto y mejorar mi relación con ella.

La Sustituta de Dori

Pero la risa materna no fue el único impactó en dicha llamada telefónica, ya que me enteré que recién adoptaron una cachorrita de tres meses, y están buscando otro para que le haga compañía. Aunque mi progenitora no lo dijo, ya se está cubriendo para la muerte de Dori que se aproxima.

Mi querida muchachita ya cumplió 13 (unos 73 humanos), aunque siempre ha sido muy fuerte por lo que, para su edad, sigue siendo sólida. En mi haber, sólo he conocido un can que ha llegado a los 16. De hecho, si Dori llega a los 14, sería la segunda perra más vieja que haya conocido.

            Cuando supe de la nueva cachorra, recordé la ilusión con la que trajimos a mis dos peludas (Dori y Osa) a la casa, y surgió una profunda nostalgia en mi pecho que se convirtió en tristeza. Y la nueva bebita no tiene la culpa, ella inicia su aventura por este mundo, y me alegra que haya alguien que acompañe a mi madre y la haga sentir útil y necesitada.

            La ilusión cuando llegaron mis cachorras era diferente a esta ocasión, porque no llegaron a ocupar el lugar de nadie, como sí es el caso de la recién llegada; por lo mismo no puedo estar 100% feliz con la llegada de la nueva pequeñuela, ya que es una alegría agridulce.

            Tendré que aprovechar cada ocasión que tenga para consentir a mi (otra) “viejita”.

¿Galletas o té rojo?

Hasta hace tres años la palabra “Té” no figuraba en mi vocabulario, porque era algo insípido, sin chiste y que definitivamente no tenía necesidad de consumir. Pero, cuando la edad te empieza a alcanzar, tienes que hacer cambios en tus hábitos.

Un día cualquiera, a media mañana, había llegado la hora de mi colación, y tenía dos opciones: Prepararme un capuchino de sobre con galletitas o prepararme un tecito rojo para engañar al estómago y llegar a la comida más pleno.


Y ahí estaba el primer problema porque, antes, la pregunta nunca incluía la opción té, en realidad la cuestión era cuántas galletas me iba a zampar y la respuesta solía ser “Todas las que puedas tragarte antes de terminar el café”

Honestamente no elegí el Té por gusto, sino por salud, y este tipo de decisiones las tomas cuando te das cuenta que ya no es tan fácil bajar de peso, que el cuerpo ya no es igual de eficiente y notas que el efecto de esos años acumulados se va haciendo presente de manera silente, porque nunca lo viste venir.

Así que he tenido que aprender a aplicar trucos para contrarrestar años de malos hábitos, sobre todo alimenticios. Antes mis visitas a los Buffets significaban que debía comer tanto como me fuera posible, sin importar que sintiera morirme después de una indigestión.

Debido a esta actitud aplicada por tantos años, tengo atrofiada la señal del estómago que le indica a tu cerebro que ha tenido suficiente, y es que la ignoré tantos años que (supongo) dejó de emitirse. Como expliqué en otro escrito: aprendí a comer sin hambre.

Es por ello que, a últimas fechas, mi estrategia ha cambiado: ahora como dos platos repletos (que es mi límite aceptable) y, para generar una señal artificial, me sirvo el postre. Mi organismo tiene dos señales para dejar de comer: cuando recibe el cierre dulce o cuando me lavo los dientes. Así que comerme algo dulce manda una señal a mi cabeza para que me detenga. Tal vez suene una estrategia muy obvia, pero tarde un par de años en adaptarla a la perfección.

            Más allá de la comida, hay otros indicadores que demuestran que Cronos no me está dando ningún trato preferencial: como que ya no aguanto lo mismo corriendo, ya no digiero igual de fácil o que ahora tardó más recuperarme de un esfuerzo grande o de alguna desvelada.

            Pero ése es el ciclo de la vida, y sólo me queda cuidarme para retrasarlo tanto como sea posible. Así que debo seguir viajando y escribiendo tanto como pueda mientras pueda, para tratar de reponer tantas experiencias que no realicé en mis años dilapidados de juventud.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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