domingo, 27 de diciembre de 2015

El Cuento de la Princesa Kaguya

            Desde hace tiempo dejé de estar al pendiente de las películas de animación japonesa que están disponibles, ahora dejo que los filmes me encuentren a mí. Con muy contadas excepciones, las únicas obras de Anime que me interesan en la actualidad son las de mi querido Studio Ghibli.

             Ya tenía unos meses que me saltaba el nombre de la Princesa Kaguya, algunas personas me la mencionaban (en el trabajo o en clase de japonés) o a veces la veía en algún aparador. Así que estaba dispuesto a comprarla la siguiente vez que la viera a buen precio.

            Para mi sorpresa, vi que los de Cinemex la iban a proyectar un único día y, como trato de aprovechar cualquier oportunidad que tengo para ver Anime de calidad en la pantalla grande, no dude en asistir. Sólo una película así podía terminar con mi ayuno de 9 meses sin ir al cine.

            Amo las obras de Studio Ghibli, en especial las de Hayao Miyazaki, son mis favoritas. Sin embargo, “El Cuento de la Princesa Kaguya” fue realizado por el Señor Isao Takahata, cuyas películas también me gustan, pero siempre han estado detrás de las de Miyazaki, ya que no alcanza la magia de éste.

            No me voy a dejar llevar por el momento, ni me voy a dejar embriagar por el buen sabor de boca que me dejo la historia, pero puedo decirles que “La Princesa Kaguya” es la película de Takahata que más se le acerca en magia y clase a las de Miyazaki y, para mí, es la mejor obra del buen Isao Sensei.

            SPOILER ALERT: Como cada ocasión que trato una obra que me gusta, es mi deber informar que voy a contar con lujo de detalle las escenas más relevantes así que, si pretende ver este filme, deje de leer y algún día, cuando finalmente lo haya visto, le agradeceré que regrese a conocer mi opinión.

            Cuando empezó la proyección mi emoción fue enorme al ver que estaba subtitulada ¡Qué maravilla! Adoro cuando puedo ver la obra en su idioma original porque, normalmente, en México se tiene el prejuicio que todas las animaciones son para niños y, por ende, necesitan ser dobladas. Por fortuna, como esta proyección fue considerada como cine de arte más que infantil, me vi beneficiado con el japonés.

            Y es que “La Princesa Kaguya” puede ser vista por niños, ya que no hay nada inapropiado para ellos, pero creo que el ritmo y la temática es más apreciada por los adultos que por los chamacos.

            Como no había hecho ninguna investigación previa, todo me fue sorprendiendo, en especial es estilo de dibujo, como el de los antiguos lienzos nipones. La estética es una auténtica delicia, porque los trazos parecen estar hechos a pincel por lo que, aunque se ve sencillo, tiene una reconfortante y nostálgica elegancia. Aunque es una obra reciente (2013), te da la impresión de que es muy antigua, ya que el estilo de animación me recordó a muchas de los 70’s (En especial “Kamui: el Ninja desertor”).

            Algo que tienen las obras de Ghibli, y del cine japonés en general, es que los argumentos suelen ser sencillos pero no simples, con mucha esencia. “La Princesa Kaguya” no es la excepción, ya que la historia no es compleja o indescifrable, pero aun así te aporta mucho.

            Por ejemplo, en el “Bullying” que le hacían los niños al llamarla “Niña Bambú” (Take no ko), a pesar de que su papá se ofendía, la princesa no se enganchaba y hasta se reía con ellos. Me sorprendió cómo su falta de resistencia evitó un conflicto o trauma y, de hecho, fue aceptada por su actitud tan relajada. Obvio también pesó Sutemaru y la lealtad del resto de niños, que no se ensañaron con ella y la aceptaron.

            “Se ve más fácil la espiga en el ojo ajena que la viga en el propio”. En el argumento resultaba obvia que la decisión paterna era una estupidez desde su concepción: “Debe vivir como Princesa, no va a ser una chica pueblerina, y así va a ser feliz”. Resulta tan cómica como grosera la analogía con la sociedad humana, sin importar cultura o época, la gente siempre cree que hay una fórmula para la felicidad universal que es deseable para todos.

            Fue impactante el momento en que arrancaron a “Take no ko” de su tranquila existencia: en uno de los días más felices que había tenido. Justo entonces llego su papá para llevársela “a que fueran felices” en la capital. De hecho me resulta violento, moralmente hablando, cómo le dice “Deja todo y vámonos”, pero me rompió el corazón cuando la princesa pregunta de manera inocente “¿Estaremos de regreso para la cena con mis amigos?” Fue una escena enternecedora y, al mismo tiempo, cruel.

            Soy amante de la cultura japonesa, pero no precisamente de las costumbres antiguas, y mucho menos de las cuestiones machistas que los caracteriza. A pesar de ello, resultaron fascinantes todos esos aspectos que se cuidaban en la alta sociedad nipona de la antigüedad. Tantas costumbres y creencias que, aunque ahora nos parecen estúpidas a muchos, la gente se los tomaba con total solemnidad (y no quiere decir que muchas de las actuales no sean estúpidas por el hecho de ser más recientes).
Sutemaru empieza a ver con otros ojos a Kaguya

            “Si me depilas las cejas me va a caer sudor en los ojos” reclamaba Kaguya, “Las Princesas no sudan” le respondía su institutriz “Yo sí sudó cuando corro” le replicó la chica “Las Princesas no corren” recibió como respuesta. Un diálogo sencillo pero que nos demuestra la eterna lucha entre el sentido común y los dogmas. La etapa de la “educación” de la princesa me resultó muy reveladora en cómo los humanos nos esforzamos en anular lo natural, lo auténtico o real en nuestro ser, para sustituirlo con las convenciones sociales que todos “deberíamos” aceptar como incuestionables.

            Pero la institutriz sólo hacía el trabajo que le encomendaron los padres. A veces a los progenitores se les olvida que son una especie de “facilitadores” para que sus hijos crezcan y salgan adelante, no unos administradores o dueños de los mismos para dictaminar el resto de su camino. Así que es fácil tomar a los engendros como un medio para satisfacer los sueños o anhelos frustrados propios.

            Me resonaba mucho cómo el papá le decía “Tienes que aprender a ser una princesa para que seas Feliz”, “Debes casarte con un noble para ser feliz”, “Debes vivir en un castillo para ser feliz”, puras ideas preconcebidas, pero NUNCA le preguntó a ella qué quería para ser feliz, porque en la cabeza paterna no entraba la posibilidad de aceptar que la felicidad de la jovencita estaba en la rutina sencilla del campo.

            Y eso no quiere decir que todos debamos mudarnos al campo, sólo significa que la felicidad de unos (aunque sean la mayoría) no significa la de todos. Mis padres nos sacaron del DF a un pueblo por calidad de vida, nosotros no lo pedimos, de hecho lo sufrimos. A la larga fue una buena decisión, pero no resultó en la felicidad automática que ellos esperaban “Porque deberíamos ser felices de vivir en un pueblo”. Resultó positivo porque nos sacaron del Caos de una gran urbe como la capital mexicana, ya de ahí cada cual encontró su camino, pero fuera del Pueblo en cuestión, en donde nunca encontré la pretendida felicidad.

            En la presentación ante sociedad de Kaguya, unos borrachines cuestionan a su padre sobre la falta de nobleza de la chica. Al escuchar esto, la princesa se enoja, pero no por ella, sino por la estupidez de la gente que estaba haciendo sufrir a su papá, sobre los prejuicios pendejos de entes ignorantes y corrientes que consideran que la valía de un humano está en el origen, un nombre o un cargo. Y ahí se dio la que, para mí, es la escena maestra de esta obra, una que podría resultar irrelevante pero que expresó mucho sin necesidad de dialogo.

            La muchacha se enfurece y sale huyendo. La secuencia de la huida es soberbia, excepcional, orgánica, violenta, desesperada, caótica y demás. Resulta frenética sin cambiar el estilo de dibujo, respetando la pinceladas la animación; una genialidad gráfica que nos expresa lo inexpresable del sentimiento de Kaguya: toda su ira, su pena, su indignación, su libertad, su frustración y tantas cosas que no se podían explicar con palabras, así que lo hicieron con una escena excepcional, una de las mejores secuencias cinematográficas que haya visto desde que tengo memoria, y no sólo me refiero a animaciones, sino al cine en general. Dicho pasaje me dejó tan perplejo como emocionado, tan afectado como aliviado, todo el torbellino de emociones que recibes es un logro excepcional que hay que reconocerle al realizador.
Parte de una secuencia genial

            Pero la genialidad no acabó ahí. Cuando Kaguya regresa a su lugar de origen, encontrando que sus amigos se han marchado, tiene un dialogo profundo con un lugareño que, sin pretenderlo, le abrió los ojos hacia la paciencia, la comprensión, la empatía y a que la vida sigue su curso, a que no debemos oponernos a ella, sino aprender a fluir con la corriente y ésta nos pondrá en donde debamos de estar.

            Y así encontramos a Kaguya, caminando en la nieve, con el alma más tranquila tras emociones tan intensas, encontró respuestas en un extraño que sólo vio unos segundos, pero le brindó una tranquilidad inesperada, así que se rinde y acepta el destino que le ha tocado por el momento, y decide fluir para ver a dónde la lleva este camino.
Rendida en la nieve

            Kaguya le entra al juego de la nobleza, rinde su resistencia y empieza a moverse conforme a las reglas. Sin embargo no renuncia a su esencia, sólo aprende a expresarla con las herramientas que le están dando (como su magnífica interpretación del Koto).

            Me encantó cómo manejó la situación con sus nobles pretendientes, poniéndolos en su lugar y dándoles unas bofetadas con guante blanco, esto al evidenciarles que las palabras son fáciles de pronunciar, pero respaldarlas con hechos ya resulta más difícil. Tal vez no haya sido un humor hilarante, pero resultaron chuscas las situaciones en que cada cual se puso para alcanzar su amor.

            Mientras todo eso acontecía, Kaguya y su madre tenían su rinconcito de sencillez, un escape a todo ese mundo frívolo y hueco, un lugar dentro de la mansión que les permitía ser ellas, quitarse las máscaras y no complacer a nadie. Un lugar sencillo, sin ninguna pretensión, que emulaba a la perfección su rutina en el campo. Y al ver esto, la pregunta es obligada, ¿Por qué sacrificar lo que te hace feliz por algo que te “debería” hacer feliz?
Aprendiendo el arte de la vida a través de las flores

            Pero no todos lo entendían así, como el papá de Kaguya cuando dice “Es que no podemos regresar con esos simples y burdos campesinos”. Qué fácil se nos olvida que no hemos nacido en cuna de oro. Y recordé la comida que tuve unas horas atrás ese mismo día.

            Gokú, Pokemón, Hans y yo fuimos a un Buffet en La María, una zona sencilla (por no decir pobre) de Puebla, por lo que Gokú dijo “Vamos a ver qué gestos hace Hebert”. Obvio resulta incómodo cuando todos se te quedaban viendo por ir de traje en una fondita sencilla, pero dejando ese detalle atrás, no me afecto comer en un lugar así. Una cosa es que hayas ido superando las posibilidades que te dieron en casa y otra muy distinta que olvides tus orígenes, así que comí muy a gusto.
¿Qué le podía decir Sutemaru a Kaguya?

            Volviendo con el tema de los pretendientes, veamos al principal, el que nunca lo fue oficialmente pero que era el elegido. Cuando Kaguya se encuentra con Sutemaru en el marcado, mientras éste robaba un pollo, fue un momento extraño. Dos seres que comparten un pasado están alejados por barreras sociales, mismas que son invisibles pero que te impiden acercarte. Ambos se quedaron impávidos, sin nada qué decir pero, honestamente,  ¿Qué se podían decir? Una escena que parece muy superficial pero que después comprendes todo su impacto.

            Otro pasaje que a primera vista es irrelevante pero que tiene mucha “carnita” es cuando Kaguya sale con su madre al Hanami, y mientras disfruta de manera natural de la belleza de los Cerezos, se topa con gente humilde que le ofrece disculpas por haberla importunado. Nuestra protagonista se enoja, pero no con los campesinos, sino con la estúpida sociedad que por su belleza, vestimenta o lo que la rodea, le dan una importancia exagerada, cuando todos tienen derecho a disfrutar del mundo, y no sólo los afortunados o acaudalados. Entendiendo que su sencillez y naturalidad han sido cubiertas por los ropajes elegantes y los maquillajes sofisticados, se enoja y pide regresar de inmediato.

            Los humanos queremos lo que no podemos tener, es algo universal en nuestra naturaleza. Cuando el emperador se entera de toda la atención que genera la chica, ordena que se integre a su corte; al negarse ella, encendió más el deseo del Gobernante, y fue a buscarla de manera personal. “Es que tú vas a ser feliz conmigo” le dice Su Majestad mientras la abraza de manera intempestiva y agobiante, y Kaguya huye de manera elegante.
Viendo las cosas desde otra perspectiva

Esta escena me deja en claro que todos tendemos a creernos el rol que nos da la sociedad; al Emperador en Japón se le consideraba un Dios, éste se la acababa creyendo, por eso la observación tan pretenciosa de “Vas a ser feliz conmigo”. La gente sigue sin entender, desde tiempos inmemorables, que en los sentimientos humanos no se manda.

            Decía Kaguya que cuando sintió el abrazo tan invasivo del Emperador, lanzó su plegaria a la Luna de “Quiero irme”, y la entiendo. La escena fue muy sutil, pero sientes lo gandaya del abrazo y la actitud tan irrespetuosa del Monarca. Aunque la chica ya había tenido pasajes desagradables durante la historia, ese apretón resultó desconocido y violento moralmente hablando.

Comprendió que hay gente en el mundo que no respeta tu integridad, tu privacidad, tu espacio ni tu bienestar. Entender eso es un golpe tremendo a tu inocencia, y cuando pierdes un buen tramo de esa limpieza en tu ser sólo te queda ese sentimiento de (parafraseando a la querida Mafalda) “¡Paren el mundo! ¡Me quiero bajar!”. Casi todos nos amolamos y debemos seguir en este planeta, porque no tenemos a dónde escapar, pero a Kaguya sí se le hizo realidad y va a volver a casa.
Momentos de simple felicidad

            “No vamos a permitir que te lleven” le dice el papá. Es gracioso lo prepotentes y ególatras que somos los humanos, que nos creemos todopoderosos y soñamos que podemos controlar todo a nuestro alrededor. Y fue tal la ceguera que, en lugar de disfrutar los últimos días de su hija en la tierra, se enfocó más en montar una defensa, de antemano, era inútil.

            Kaguya sí entendía que era el final, y regresó a su hogar a despedirse. Y es cuando se encuentra con Sutemaru, su verdadero amor, del cual fue separada sin mayor explicación. Es un reencuentro bonito, pero el momento más bello fue cuando le dice “¡Huyamos a donde nadie nos encuentre!” y ella le responde que es imposible, que no pueden huir “Porque ya me han encontrado”.

            Sutemaru insiste, y esa actitud comprometida y auténtica conmueve a la princesa ¡y huyen! Dando una secuencia muy bella y enternecedora. Al final ambos sabían que no podían escapar de sus respectivos destinos, pero el hecho de permitirse, tan sólo un momento, huir de sus realidades, fue un detalle tan valioso, que Kaguya le siguió el juego lo más posible.
 
El Reencuentro
Después de ese pequeño idilio, ese breve permiso que se dieron para consumar su amor platónico, regresaron a la realidad para afrontar sus respectivos destinos: Kaguya volviendo a la Luna y Sutemaru con su familia. ¿Fue algo breve? Ciertamente ¿Fue injusto? Hay quien ni siquiera tuvo esa oportunidad, así que para ambos fue un tesoro invaluable, al cual no todos tienen acceso en su paso por este planeta.

Antes de pasar a la escena final, quiero comentar un poco de la música. Joe Hisaishi es un genio, uno de los compositores más virtuosos que me ha tocado escuchar. Su música siempre acompaña de manera soberbia la acción en la pantalla. El Score de la película no es el mejor de su extensa y sublime trayectoria, pero no por ello deja de ser una música hermosa.

Parte trasera del Soundtrack
Dentro del Soundtrack, está “Warabe Uta” que Kaguya canta desde pequeña y en otras ocasiones durante el filme. Melodía que le escuchó a otra mujer en la luna (¿Acaso su verdadera madre?) y de ahí le surgió el anhelo de visitar este planeta del cual se expresaba con tanta nostalgia. Sentimiento que le ocasionó lágrimas la primera vez que la cantó de niña humana (y que no comprendía por qué lloraba), pero que acabó de comprender antes de regresar a la Luna. Una simple melodía de amor, pero no de pareja, sino de un espectro más amplio: el que se siente por estar vivo.

De igual manera, otra hermosa canción es la de los créditos finales: Inochi no Kiuku (Memorias de Vida). La letra tiene una belleza y profundidad que te complementa la sensación tan cálida que tienes en el pecho tras haber disfrutado una obra de arte tan íntima y humana. Un Soundtrack que definitivamente vale la pena.

Ahora sí, pasemos al cierre de la obra.

            Cuando vienen por Kaguya desde la Luna acabé de comprender la analogía de la historia: es el ciclo de la vida en sí. Al final todos tenemos una existencia, que a veces aprovechamos y la mayoría del tiempo desperdiciamos, porque creemos que será eterna, que ahí estará siempre que queramos aprovecharla, por lo mientras nos perdemos en rituales, apariencias, creencias, eventos y demás. Se nos olvida lo que es importante para nosotros y empezamos a poner atención en lo que los demás nos dicen que debe ser valioso.
Se da cuenta de la estupidez humana

            Al ponerle el manto que le hace olvidar todo, el mensaje es aún más profundo: hagas lo que hagas (o dejes de hacer) en este mundo, al final es irrelevante, porque todo va a quedar en el olvido, va a quedar atrás. Todos tus aciertos y errores, lo bueno y malo, las risas y lágrimas, los sentimientos más puros y los más oscuros, todo va a quedar en el pasado y se desvanecerá. No habrá nadie que siga juzgándonos o aplaudiéndonos. Sólo importará lo que aprovechaste en el momento que tuviste la oportunidad, sólo ese momento y nada más.

Pero no entendemos, y creemos que nuestra existencia es en extremo importante, nos estresan las consecuencias de nuestros actos porque vamos a quedar “marcados” el resto de nuestros días. ¿Recuerdan la actitud de Kaguya cuando le llamaron “Take no Ko”? No le importó y simplemente fluyó. Y esa actitud es la que seguimos sin aprender (y tal vez nunca asimilemos), porque nos tomamos demasiado en serio como para permitirnos vivir.
Huyendo con Sutemaru

Eso fue lo que no entendía Kaguya, porque intentó disfrutar tanto cómo le fue posible, pero la sociedad le ponía trabas para ello. Habitar un mundo que no entendía podía llegar a ser frustrante, aunque ella tuvo suerte, porque pudo regresar a la Luna. Habemos otros que tampoco entendemos este lugar y debemos seguir en él.

“El cuento de la Princesa Kaguya” no es, por mucho, una película comercial, pero es una excelente obra en general. Sin duda habrá animaciones que recauden más dinero, fans, premios o aplausos alrededor del orbe, y no por ello son mejores que esta bella obra de Isao Takahata que simplemente ame. :’-)


Hebert Gutiérrez Morales.

2 comentarios:

Ondinaverde RCD dijo...

Maravillosa crítica. La he visto hoy y me encanta cómo has descrito esta preciosa obra. Muchas gracias.

Hebert Gutiérrez Morales dijo...

Muchas gracias a ti por leerla. En verdad es una película hermosa del Gran Studio Ghibli.