domingo, 6 de diciembre de 2015

Saldando cuentas pendientes

            El día de ayer sólo tenía planeado un evento especial pero, para mi sorpresa, hubo uno más, incluso más personal. Pero empecemos con el planeado que no trajo lo esperado pero sí brindó aprendizajes.

No es lo mismo Los Tres mosqueteros que 20 años después.

            Desde que era pequeño los chistes de Polo Polo y Jo Jo Jorge Falcón fueron parte de mis diversiones ocasionales, ya que a mi papá y a mis tíos les gustaba mucho. Siempre me moría de risa al escuchar sus grabaciones o verlos en Televisión, por lo que se me creo un anhelo de verlos en vivo y me prometí que algún día lo haría.

            Durante mi vida estudiantil jamás hubo oportunidad cumplir mi promesa y, ya viviendo solo, siempre pasaba algo que me lo impedía cuando venían a Puebla. Así que, por fin, los astros se alinearon en el caso de Polo Polo y pude ver su presentación en el Recinto ferial el día de ayer. Estaba tan emocionado y con altas expectativas que compre lugar lo más cerca posible (en la cuarta fila) para disfrutar el show más a gusto.

            La organización y logística fueron deficientes: el estacionamiento, la llegada, el escenario, el sonido, etcétera. Del público ya ni me quejo, porque ya estoy acostumbrado a la apático y nefasto público poblano pero, a pesar de ellos, mis ganas de ver al cómico eran mayores que mi aversión por su actitud.

            Este público corriente me recordó a las presentaciones de Delgadillo, ya que constantemente interrumpían al cómico con peticiones, pero digamos que el ambiente del espectáculo se prestaba para que les respondiera igual de grosero y complementaba la presentación.
 
            Durante el show me di cuenta la influencia cultural que representa Polo Polo para una gran parte de la población mexicana, ya que tengo muchas expresiones suyas, por lo que su manera de hablar se parece mucho a la mía (Sí, efectivamente, adivinaron, a veces soy un albañil para expresarme).

            “El que tuvo, retuvo” reza un dicho y, ciertamente, aún gozaba de cierta gracia y picardía que me hicieron tan feliz por tantos años pero, siendo honestos, fue un espectáculo algo triste y, por momentos, patético. La gente reía más por lo que fue que por lo que es hoy en día, ya que se le olvidaban los chistes, pronunciaba mal, se le iba la idea, no le ponía la intención o fuerza necesaria a la interpretación porque se cansaba con frecuencia, todo esto a pesar de la pantalla que tenía enfrente para ir leyéndolos.

            Uno cree que contar chistes es una habilidad atemporal pero, para desgracia del artista, esa vitalidad para contarlos (a la cual nos acostumbró) ya casi no está presente a sus 71 años. Los chistes de Polo Polo son sencillos, lo importante de sus relatos es la forma en que los narra, no la historia en sí, por lo que ahora le ayudan con efectos de sonido cuando él solía hacerlos con su propia voz, y eso también demerita la experiencia.

            Es una lástima que no haya podido verlo hace unos 20 años, para presenciar toda esa potencia, vitalidad e irreverencia de la cual hizo gala durante tanto tiempo. Sí reí, no lo puedo negar, pero muy leve, nada que me sacara las lágrimas como en el pasado. Conforme pasaba el show, ya rogaba porque terminara porque estaba aburrido por un lado y triste por el otro.

            Mi salida vino con su “Gracias por venir” más para un Encore que porque fuera a finalizar la presentación, pero aproveche para salir disparado, mientras veía que el resto se quedaba. Sabía que venía un Pilón, pero ya no me quería quedar, ya había tenido suficiente.

            Al final me alegra haber ido, no por la presentación en sí, sino por todas las alegrías que me dio este señor a lo largo de las últimas tres décadas, y verlo en vivo fue mi forma de agradecerle por tantas risas que me regaló, además de cumplir la promesa que me hice.

            Gracias Señor Polo Polo, estaré o no de acuerdo en que se siga presentando, ése ya es tema suyo, por lo mientras ya cumplí mi deuda con usted y lo vi en vivo aunque sea una vez, todo sea “por los buenos tiempos”.

            A ver cómo me va el día que vea el show de Jo Jo Jorge Falcón.

Carta al pasado

            En psicología hay una herramienta muy sencilla que sirve para sanar heridas al expresar cosas que no podemos (o queremos) a alguien en particular. El método consiste en escribirle una carta a esa persona y pretender que se le manda, ya que el inconsciente va a registrar que la misiva fue entregada, junto con su mensaje, y dejará el tema por la paz.

            Ayer fue el último día del curso de Otoño en mi escuela de japonés. Satou Sensei estaba algo sentimental ya que en Enero vamos a cambiar de Sensei y ya no nos vamos a ver en el salón (aunque sí en la escuela). Por tal motivo, además de un chocolatito, nos regaló una postal de Japón a cada cual y nos pidió que escribiéramos una pequeña carta en ella para quien quisiéramos.

            “¿A quién demonios le voy a escribir una carta en japonés?” pensé y, de manera automática empecé a redactarla, y me sorprendió mucho la destinataria. Desde hace mucho cerré círculos con Harumi chan: le escribí un mail y hasta un ensayo, ambos con acuse de recibo. De hecho ya pasó otro gran amor en mi vida, pero el lugar de Harumi seguirá en mi corazón hasta el día de mi muerte, y eso es algo que no me molesta ni me impide relacionarme con otras mujeres.

            ¿Por qué escribirle la carta? Honestamente no lo sé, tal vez fue la nostalgia de estar en un lugar que me significó mucho a su lado, en donde tuve tantas alegrías con ella y al cual tuve el atrevimiento de regresar, lo cual me motivó a escribírsela.

            Mientras la redactaba me sentía como Hiroko cuando le escribía su carta al Cielo a Fujii, en mi película favorita “Love Letter”. A continuación les comparto mi breve carta, obviamente traducida al español. Aunque es una misiva sencilla, tiene un gran significado para mí.

Querida Harumi chan,
            ¿Cómo estás?
            Hace unos meses regresé a la Escuela de Japonés. Este lugar está lleno de recuerdos tuyos que llevo en el corazón.
            Aunque antes era muy bueno en el idioma, ahora soy muy malo.
            No sé si hice bien en regresar aquí, porque ya no pertenezco a este lugar. Cada vez que entro por la puerta, extraño mucho a los muchachos y, por supuesto, a ti. Y también me extrañó a mí, sobre todo a mi yo que estuvo contigo en aquella época.
            Después de que regrese de mi viaje por Japón voy a decidir si sigo en clases o las dejo de lado.
            Me dio mucho gusto saludarte Harumi chan.
            Cuídate por favor,
            Hebert

            Sencilla ¿no creen? Y a pesar de ello me significó mucho, sentí como si en realidad se lo hubiera escrito a ella y se lo hubiera enviado. Cuando Satou Sensei checó mi carta, vi una expresión de ternura en su cara y me dijo “Se ve que era especial Harumi chan ¿verdad?” y sólo me quedó asentir con algo de pena.

            Satou Sensei me devolvió la carta con una sonrisa complacida y una expresión cálida en su cara, como que captó a la perfección el sentimiento con el cual la escribí. Después entendí por qué se la escribí a mi primer gran amor.


            Fue un capricho regresar a clase, porque quería llegar a la tierra del Sol naciente con un buen nivel en su idioma. Pero, como dice Fernando Delgadillo, “No debes regresar al lugar de tus viejas alegrías”. La escuela ha cambiado pero, en esencia, sigue siendo la misma. Yo también he cambiado, pero mi esencia ya no es la de antes, ha mutado lejos de aquel Hebert que vino a aprender japonés y que, sin esperarlo, encontró al (primer) amor de su vida en aquellas aulas.

            En fin, esa carta al pasado fue una manera de ofrecer disculpas por mancillar lugares antiguos con recuerdos presentes, con otras personas y otras situaciones. A menos de que algo extraordinario pase, creo que dejaré la clase cuando regrese de Japón.


            Si dejo en paz los lugares del pasado, dejaré de estarle escribiendo a gente de la misma época ¿no creen? Una carta inesperada me abrió los ojos a algo que no quería ver, un pecado que cometí de manera inconsciente y egoísta.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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