domingo, 31 de enero de 2016

Misantropía y soledad (Primera Parte)

        “Me alegre de quedarme solo. Por supuesto eso no quería decir que me desagradase estar con Yuki; simplemente me sentía bien solo, no necesitaba consultar a nadie antes de hacer las cosas, ni disculparme cuando salían mal. Si encontraba algo gracioso, podía hacerme un chiste a mí mismo y reírme, nadie iba a replicarme: ‘Ese chiste no me hace ninguna gracia’. Si me aburría podía ponerme a contemplar el cenicero o cualquier otro objeto, porque nadie me preguntaría: ‘¿Por qué miras al cenicero?’ Para bien o para mal, estaba demasiado acostumbrado a vivir solo. También noté que, a mi alrededor, incluso el color de la luz y el olor del viento habían cambiado ligera aunque perceptiblemente. Respiré hondo y me pareció que mi interior se ensanchaba un poco. – Haruki Murakami (“Baila, baila, baila”)

Este blog originalmente se llamaba “Reflexiones de un Salsero Misántropo” para después convertirse en “Reflexiones de un Corredor Solitario”. Aunque dejé el ritmo tropical de lado, nunca he abandonado mi misantropía, al contrario, ha ido creciendo. Así que voy a analizar dos de mis características personales y su íntima correlación.

            Honestamente no recuerdo cuál fue primero aunque, lo más probable, es que hayan venido al mismo tiempo, porque no me críe así, ya que era un niño amigable y bueno (y de alguna manera lo sigo siendo en el fondo).

Tengo claro cuándo empezaron a gestarse estas facciones de mi personalidad: en la secundaria, tema que ya abordé ampliamente en este otro escrito. Aunque, a decir verdad, sólo se puede desarrollar algo que se trae dentro así que, supongo, ya había nacido con la misantropía y soledad latentes en mí.

El vivir en Puebla y su ambiente tan “peculiar” definitivamente potenció el volverme solitario y misántropo, a decir de muchos cúlero. Me cuesta trabajo creer que algo así me hubiera pasado de haber habitado en Veracruz, el DF o cualquier otra parte de la República pero, de igual manera, ese tema ya lo traté ampliamente en otro escrito.

            Mi primer ensayo sobre la misantropía pudo resultar bastante violento, pero este estado no siempre se expresa a través del odio, ya que también puede hacerlo a través del fastidio, la indiferencia o el aburrimiento que puede ocasionar en uno la raza humana. Lo cual no quiere decir que este par de ensayos no vayan a tener sus partes censurables, crueles o inhumanas. Advertidos están si no soportan ideas fuertes.

            Es bastante difícil que me encuentre cómodo en cualquier lugar, en realidad me siento a gusto con ciertas personas, en específico, disfruto su compañía y su plática. Pero no me siento realmente integrado en los lugares donde desarrollo mi vida cotidiana como clase de japonés, clase de baile e incluso en la oficina.

Los de mi trabajo dicen que tengo mi corazón en mi antiguo departamento, porque a veces estos últimos me invitan a sus reuniones, pero si supieran que tampoco ahí me siento del todo a gusto, se llevarían una sorpresa. Es más, ni con mi familia estoy del todo cómodo, porque no veo la hora de escapar y regresar a mi maravillosa soledad.

            Obvio existen lugares en los que me siento muy bien e integrado: en la Huasteca Potosina soy extremadamente feliz, en Veracruz me siento como pez en el agua, mi primera etapa de clase de japonés la guardaré por siempre en mi corazón, los primeros cinco años en el mundo de la Salsa también fueron una delicia, y a partir del segundo año en VW (hasta el doceavo) también me sentí muy a gusto. Pero si paso mucho tiempo en un lugar, eventualmente, acabo por fastidiarme, alejarme, y recuperar parte de mi espacio.

            Aunque eso de las épocas felices es muy subjetivo de mi parte.

Decía Schopenhauer (y si no fue él, seguramente fue Nietzsche), que “el ser humano no se distingue por vivir en épocas felices, más bien vive situaciones o momentos felices” por lo tanto, y esto ya es de mi cosecha, nos gusta recordar el pasado con una mirada aderezada con el tono subjetivo de la nostalgia, y nos gusta fantasear que eran tiempos felices pero, si volviéramos a esos días,  veríamos no fueron tan dichosos como nos gusta rememorar pero, ya pasados, nos gusta pintarlos con tonos más alegres de lo que en realidad fueron.

Aunque, no soy del todo subjetivo, ha habido lugares en donde sí he sido auténticamente feliz, y tengo grabaciones, fotos y escritos que lo respaldan: la Huasteca Potosina, Chicago, Jalcomulco o San Francisco, sólo por citar algunos (y estoy seguro que Japón se va a anexar a esa lista en un par de meses).

En dichos lugares puedo sentirme en exceso alegre, a gusto, real, pleno y auténtico. Pero he sido feliz en esos sitios porque no vivo en ellos. Cuando uno encuentra su paraíso, no puede vivir en él porque, cuando te mudas a ese lugar, de inmediato deja de ser un “paraíso”, ya que la familiaridad le quita esa cualidad.

Es por eso que los humanos, dentro de nuestras mitologías religiosas, plasmamos que Adán y Eva fueron expulsados del paraíso porque, en primer lugar, no lo merecemos y, en segundo, no sabríamos cómo sobrevivir en un lugar tan utópico (sin duda terminaríamos suicidándonos). Nuestra rutina y lo ordinario de nuestra existencia nos impide habitar dichos lugares, por lo que no estamos hechos para ello, ya que somos demasiado comunes y corrientes (aunque a nuestro inflado ego le disguste admitirlo).

            Volviendo a esto de sentirse integrado.

            En Diciembre pasado hubo un día que tuve desayuno con los de la oficina, comida con los de mi trabajo anterior, y cena con los de mi departamento actual, por lo cual me pase todo ese día, tragando, conviviendo y riendo con gente que aprecio mucho en lo que, para la mayoría, sería un día memorable o feliz. En mi caso, ya de regresando a casa, el pensamiento en mi cabeza era “¡Por fin acabó!”.

            Mientras manejaba de vuelta, a través del tráfico de Viernes en la noche, veía a muchos apresurados por llegar a algún lado, negocios atiborrados, y todos en una especie de éxtasis por socializar “¡No mamen!” pensé “¿Acaso están locos?”. Eso de ir a lugares a reventar en lugar de dormir temprano no lo entiendo. Obviamente soy alguien diurno pero también me agobia soportar a tanta gente, tanto tiempo, en lugares tan atiborrados.

            Personalmente me desgastan mucho ese tipo de días en donde estás en constante convivencia. Sé que a la mayoría le gusta eso de estar en fiesta todo el tiempo, pero yo me engento muy fácil, de hecho no me gustan las reuniones, por lo menos grandes.

            Una semana después del día al que hago referencia, tenía una reunión de NFL en casa, y me estresaba bastante. ¿Por qué? Porque debía limpiarla, aunque no es un cuchitril, tampoco está impecable. Sin embargo, por las apariencias sociales, era mi obligación ofrecer la mejor versión posible de mi morada para que mis invitados vean que no soy un animal, para que crean que vivo civilizadamente a diario. Por eso no me gusta traer externos a mis dominios, porque prefiero estar a solas en mi cuchitril, sin tener que complacer a nadie, haciendo lo que crea y sienta necesario. Es por eso que recibo, cómo máximo, una visita al año (aunque la casa la limpio un “poquito” más seguido).

            Por eso, después del día de fiestas, cuando llegué a mi casita encontré una profunda paz. Me gusta estar solo, tener a mi disposición tiempo, espacio, libertad y demás recursos. Sin embargo, como la otra vez me dijo mi comadre Les “Para lo solitario que eres, resultas bastante sociable” y tiene razón: me la paso en comidas, convivios, eventos y demás. Lo más curioso es que esa sociabilidad se me da natural, lo cual no sé si sea frustrante o reconfortante porque, sin pretenderlo de manera consciente, siempre interactúo con diversas personas.

            Y sí, para ser tan “antisocial” he recibido asilo en Berlín, en Washington y, próximamente, en Japón. Y ahí recordé las palabras de alguien “Para lo ermitaño que dices ser, tienes bastantes amistades dispuestas a darte asilo”. Si les soy honesto, no pretendo ser agradable aunque, supongo, lo he de ser (aunque suene muy pinche mamón). Sin embargo, la gente me busca, y resulta curioso, ya que esa actitud mía de “¡No me estén chingando!” inexplicablemente resulta atractiva para el resto, lo cual es una muestra de la contradictoria psicología humana.

En ocasiones, con tanta insistencia, logran sacarme un “sí” para algún evento social, normalmente me agarran de buenas pero, cuando vuelvo a mi centro, hago lo imposible para que me “indulten” de ir a dicha reunión. A veces lo logro, a veces me friego (porque me gusta respetar mi palabra) y, en ocasiones, lo consigo con el poder de mi pensamiento, ya que es tanto mi deseo de no asistir que “mágicamente” me cancelan, y no hablo sólo de fiestas, también son citas para tomar café con amigas que están bien guapas (y buenas) pero, ahí compruebo que, la necesidad de estar solo es mayor que mi potencial calentura.

Y es por eso mismo que no tengo pareja: porque en el fondo no quiero.

Vamos a poner los hechos sobre la mesa: hago ejercicio, tengo un buen trabajo, no tengo vicios (fumar, tomar o drogas), no estoy apegado a mi familia, leo, viajo, escribo, tengo conversación, no estoy tan pinche feo, bailo y tengo algo de cultura. ¿En verdad creen que es lógico que me haya mantenido soltero tantos años? Obvio que no.

A un nivel he intentado relacionarme, en algunos casos con más intención que en otros pero, al final, mi inconsciente se impone y acaba boicoteándome, así logro que ninguna relación sentimental se dé. ¿Por qué? Supongo que valoro más la soledad que una potencial relación, me es más importante el espacio personal que la compañía humana, incluso más que el sexo porque, me conozco, si sólo tuviera “amigas con derechos” sin duda habría un peligro de prendarme de ellas y sacrificar mucha de mi libertad.

Volviendo a los eventos sociales.

No le encuentro lo maravilloso a las fiestas, he ido a muchas y de todo tipo. Aunque en algunas me he divertido, normalmente me aburro y sólo espero el momento oportuno para huir. Mi máximo NO es ir a una celebración, en especial en donde hay mucha gente, las detesto. Prefiero reuniones pequeñas con gente inteligente, en donde una plática interesante sea el mayor atractivo. Es más, todavía encuentro más deseable ir a comer con alguien a solas y tener una conversación más profunda e íntima, que reunirme con decenas  de personas, bailando y riendo a lo pendejo. Por eso, si puedo, evito las reuniones a toda costa.

El humano está muy encantado, enviciado, estupidizado, dogmatizado y maravillado con su propia existencia, es por eso que convivir con otros homínidos es lo máximo para ellos. No voy a negar que hay cosas que me gustan de la humanidad, sobre todo ciertas expresiones de genialidad o incluso de brutalidad (porque por algo me gusta la NFL o las películas de Tarantino).

Pero, ya en la intimidad, no necesito estar con otros para que validen lo que creo aunque, por otro lado, tal vez sí lo hago, por eso escribo en el blog y lo comparto por todos medios posibles para que la gente piense que soy maravilloso (que lo soy, pero no es momento de andar de presumido), pero ése es otro tema de discusión.

El humano se maravilla de su propia existencia, por eso se reúnen cuantas veces pueden para alabar su paso por este planeta, por ello creen que engendrar y fundar una familia es el logro más importante que pueden alcanzar. Y puede que tengan razón, tal vez hay algo faltante, sobrante o chueco en mi ser que no comparto esa perspectiva, incluso puede ser que haya evolucionado o involucionado porque me parece estúpido creer que sólo nacimos para engendrar a más homínidos ¡y ya!

Aunque, debo admitir, resulta “útil” tener una familia con la cual distraerte. Te concentras en educación, cuentas por pagar y compromisos sociales que cumplir que evitas cuestionarte sobre el sentido de la vida, si tienes que trascender o atormentarte porque eres un engrane más de un sistema absurdo. Cuando tienes preocupaciones más básicas, dejas de cuestionarte por las más elevadas.

Pero, por más evolucionado que pueda creerme, tengo instintos. Es por eso que cuando nos enamoramos, literalmente, nos apendejamos y dejamos de ver los hechos obvios e irnos sobre nuestro objetivo sin mayor miramiento. Normalmente, cuando el efecto del enamoramiento pasa, muchos ya están casados y con hijos.

Son bastantes los que me han confesado que, si volvieran al pasado, no tendrían hijos. Y que conste que son excelentes papás con sus engendros, sólo que con el tiempo se han dado cuenta de todo el sacrificio que eso implica y, de tener opción, no lo volverían a hacer. Por eso nos enamoramos para que, precisamente, nuestra (vanagloriada) inteligencia se vea anulada y no interrumpamos el ciclo de la vida.

Si pudiera librarme de estos instintos animales, de las reacciones químicas que nos apendejan, creo que mi existencia sería perfecta, o tal vez no a tal grado,  pero sí tendría un paso tranquilo por este planeta pero al final, me guste o no, soy humano. Por lo que estoy expuesto que un día vuelva a encontrar a una fémina que me enloquezca, anule mi sentido común y dé al traste con todas estas lúcidas ideas que les estoy compartiendo.

Por suerte, y por desgracia, tengo sentimientos. Por más inteligencia emocional que desarrolle, estoy en riesgo de caer redondito en cualquier momento, así que sólo me resta cuidarme y poner atención de evitar riesgos. Probablemente sea una batalla pérdida, pero no me pueden culpar por intentarlo.

Cambiemos de ámbito.

Me gusta mandar chistes por WhatsApp, en una manera de estar en contacto con la gente que aprecio, y nunca espero una respuesta. A veces quieren iniciar conversación y, si estoy de buenas, accedo pero, si estoy ocupado, se los hago saber y la mayoría respeta. El problema es que hay quienes creen que si les mando un chiste es una invitación expresa a platicar un rato “¡Wey! ¡No!”, sólo estoy mandando un chiste, así que no me agobies si no quiero platicar, sólo ríete conmigo.

Hay quien lo entiende y hay quien no, ya en un par de ocasiones he tenido que ponerme rudo para defender mi espacio. Admito que me gusta socializar, pero cuando quiero, por lo que no permito que invadan más de lo que abro. Es una manera de “Te mando esto para que no me olvides, pero tampoco me estés chingando”.

Como lo mencioné en los ensayos previos de “soledad”, por eso me acomodan tanto los deportes que práctico, como lo son correr o nadar, e incluso el jazz que, aunque es baile, no tiene la misma interacción humana que requiere la Salsa.

Por tal motivo, desde que regresé a clase de japonés, he mantenido una sana distancia, y me siento bien así. De hecho, siempre que llego a un lugar nuevo, me gusta “pintar mi raya” y cuidar mi espacio pero, de alguna manera, la gente acaba por integrarme.

Eso se me facilita mucho, porque no tengo que hacer nada. Eso es chistoso porque siempre llego con una actitud de “Estoy aquí porque lo necesito, interactúo con ustedes porque es un requisito, no por gusto. Lo hago porque es mejor para mí”. Sin embargo, por alguna razón, siempre acabo interactuando más de lo que me había propuesto.

Pero en clase de japonés mi aislamiento es diferente: no me voy a relacionar porque, al regresar de mi viaje de Japón, pienso dejarla, ¿por qué? Porque ya no pertenezco a ese ámbito. Así que al no relacionarme con ellos, el irme se me va a facilitar más a que si fueran mis amigos.

Volvamos a la oficina.

Todos los días como con alguien diferente, sin proponérmelo, simplemente pasa, ya sea por iniciativa propia o de los demás, ya que no es raro que alguien llegue y me diga “Oye, ¿puedo comer contigo hoy?”. A veces se me llena toda la semana, e incluso la siguiente, lo cual es padre pero, en ocasiones, no tengo con quién comer y no digo nada al respecto, así que me voy a algún lado para disfrutar un poco de mi compañía, y en verdad no me molesta hacerlo.

Pero pareciera que a la sociedad sí le molesta mi soledad porque en cuanto comento de algún viaje, evento o clase a la que voy a solas, siempre hay quien me dice “no puedes seguir viviendo solo” y complementan “Algún día vas a encontrar a alguien, y vas a ser feliz con una familia”. Ya estoy acostumbrado a dichas expresiones y mi respuesta es casi la misma (con variaciones según el interlocutor): “Pero ya soy feliz estando solo ¿Acaso está prohibido ser feliz por uno mismo? ¿Es incorrecto, ilegal o inmoral?”.

Al final la gente se sigue molestando (aun no entiendo la razón) con mi libertad, soledad o independencia. Estoy consciente de mi edad (39) pero eso no debe ser una razón para querer relacionarme o engendrar.

Precisamente por eso ya no me quiero enamorar (sí, sé lo que escribí y lo sostengo). Cuando me he enamorado en automático pierdo mi centro, tranquilidad, objetividad, inteligencia, personalidad, prioridades que dejan de serlo, ideas que se desestabilizan y empiezo a existir en función de alguien más: el pecado más grande que puedes cometer.

Como las féminas nunca se quedan, regreso al mismo punto que antes de conocerlas, sin ganar nada y lo único que pierdo es tiempo: el recurso más valioso que tenemos. Además del que pierdes tratando de enamorar a alguien, a quien no le interesas, lo pierdes tratando de recuperar tu plenitud y paz interna.

No sé cuál sea mi misión en este mundo, ni siquiera sé si tengo algo así o si me creo mucho por creer que la tengo pero, definitivamente, el enamorarme no contribuye a eso aunque, siendo justos, son pocas las cosas que me hacen sentir que avanzo hacia algo relevante (como escribir, por ejemplo). El enamoramiento, para mí, es una pérdida de tiempo, he comprobado que no tiene caso, así que me es más fácil soportar la presión social que insiste en que me relacione.

Y bueno, este escrito que nació como algo breve creció bastante, a tal grado que tengo que dividirlo para que no resulte (en exceso) cansado. Pueden leer la segunda parte en este enlace.


Hebert Gutiérrez Morales.

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