sábado, 20 de febrero de 2016

Consecuencias previas del viaje a Japón

            Ya sé lo que han de pensar “¿Cómo que ‘previas’? ¡Las consecuencias siempre son posteriores! ¡Ahora sí enloqueció este sujeto!”

            Aclarando el hecho que ya estaba loco desde la niñez, el título tiene una explicación: De alguna manera, este próximo viaje a Japón está moviendo algunos hilos y está acomodando cosas en mi interior. Pero antes de pasar con los tres casos, quiero mencionar algo.

            En teoría el Blog es para que exprese ideas sobre lo que veo en mi entorno, aunque admito que en la mitad de las ocasiones lo tomo como una especie de diario personal. Al final sólo puedo hablar del mundo por la forma en la que lo percibo, y eso es a través de mis experiencias. El blog es un intento por trascender de mi parte y, aunque para muchos mis vivencias deben ser irrelevantes (como para mí lo es la mayoría de humanidad), es factible que, algún día, alguien resuene con mis textos.

            En fin, pasemos a las tres situaciones que originaron este ensayo que, hoy en la mañana, no estaba planeado.

            El precio de la amistad.

            Me escribe alguien que fue mi amigo hace unos años pero que, con el tiempo, nos hemos ido distanciando. Dice que me tiene una molestia “¿Otra vez dinero?” pensé, y cuando estaba dispuesto a mandarlo a la chingada, me aclara “Quiero que me traigas un imán de Japón”.

            Al ver que no era dinero, accedo con gusto a su solicitud. Con la cantidad de gente solicitándome imanes de Japón, he decidido que ya no voy a compartir mis viajes hasta que regrese de los mismos.


            Posteriormente “salió el peine” y me pidió dinero, lo que me resultó muy curioso porque es la primera vez que alguien me pide un favor “chiquito” para matizar un favor “grande”. No supe si enojarme por la desfachatez o admirar la creatividad. La cantidad no era tan grande como las que suele pedirme, y que siempre le niego, pero ahora me agarró de buenas, así que accedí a prestarle.

            Más que sentirme enojado, me sentí triste. Soy persona de pocas amistades, literal tengo dos o tres reales (a las cuales les prestaría dinero, o lo que necesitasen, sin chistar), el resto son camaradas, compañeros de trabajo o gente con la que simplemente tengo que convivir. Hay quienes que fueron mis amigos y que, a pesar de la distancia (porque se fueron lejos y ya no los veo) seguimos manteniendo el contacto, ahí es donde veo que les interesa mi persona y me interesa la de ellos, porque ha sido mucho mayor el tiempo que hemos estado separados que el que estuvimos juntos.

            Normalmente me enoja mucho que la gente sólo me busque cuando necesita algo: un favor, dinero, que les traiga un imán o que simplemente los escuche. Son tan cínicos que se acercan como si nada y me expresan su necesidad como si el tiempo, y la cercanía, no hubieran pasado ya. Cuando obtienen lo que buscan, me vuelven a ignorar hasta que se les vuelve a ofrecer algo.

Me doy cuenta que el mantener una amistad verdadera puede percibirse como algo muy fácil pero, cuando te haces consciente de los factores que influyen, en realidad es un equilibrio muy delicado, por lo que es difícil de mantener.

            Al final, conforme avanzas en tu camino es difícil mantener a los mismos amigos, todos tuvieron su tiempo y no dudo que tuviste mucha confianza con ellos pero, en mi opinión, hay que saber tener el buen gusto de identificar cuando algo acabó y seguir adelante. Tal vez no sea bonito, pero no todos están destinados a quedarse en tu vida para siempre.

            No voy a ahondar más en el tema porque, tal vez, me aviente todo un ensayo al respecto, además me prometí que este escrito no debe estar muy largo (estoy algo cansado). Lo único que me quedará por ver es que si mi “amistad” con esta persona vale el dinero que le presté o efectivamente me va a pagar. Ya lo averiguaré.

            Harumi X

            Cuando me reuní con mis excompañeros de clase de japonés hace un par de meses, recibí una opinión que me tomó por sorpresa. Carlos Kun recordó que yo salía con Harumi y me expresó algo que se me perturbó: “¿Oye? ¿Acaso ella no era muy ‘X’?” Para la gente que no es de México le aclaro que ser ‘X’ no tiene  que ver con mutantes (¬_¬), significa que no tienes mucha personalidad, no inspiras mucho y das “algo” de hueva.

            En ese momento defendí a mi primer amor, sin apasionarme, sólo con argumentos. El tema fue efímero y continuamos con nuestra plática. Como mencione en “El auténtico amor eterno”, recientemente vi las fotos de Harumi y mencioné la impresión que me dieron en ese mismo escrito.


            Pero no mencioné todo lo que sentí al verla tanto tiempo después.

            Algo que me ha dado tantos años de baile (tanto en Salsa como en Jazz) es que te resulta muy fácil “leer” a las personas por su lenguaje corporal y lo que vi de HaruChan es que ciertamente era algo “retraída” o, como bien dijo Carlos, me dio la impresión que era una persona ‘X’.

            Dice Paulo Coelho que el amor es el mayor alucinógeno del mundo, ya que te hace ver personas y situaciones que jamás existieron, y vaya que tiene razón. Estaba tan idiotizado con Harumi que jamás percibí su verdadera esencia aunque, ahora que hago memoria, sí podía verla, sólo que mi cerebro decidía maquillarlo todo con la óptica del enamoramiento.


            ¿Acaso iba a dejar de amarla si la hubiera visto como era desde el inicio? Lo dudo, porque eso fue amor a primera vista, jamás tuve la oportunidad de verla objetivamente. Lo que sí, hay que admitir, es que las personas más carismáticas resultan más atractivas que las que no lo son. O sea que, el día de hoy, difícilmente caería flechado por alguien como ella aunque, a nuestro favor, he de decir que mi esencia ha cambiado radicalmente desde la primera vez que la vi.

            Era tal mi enamoramiento que este viaje a Japón se iba a dar desde hace 14 años para pasar tres semanas con ella pero, por circunstancias que ya explique en su momento, tuve que retrasar mi viaje unos “cuantos” años.

            Al ver este fenómeno, aunque aún es muy pronto para averiguarlo, me pregunté ¿Cómo sería la verdadera Nadia? Misma que jamás vi por estar perdidamente enamorado. Honestamente espero nunca conocer la respuesta porque, poco antes de nuestra última separación, justo en el día de mi cumpleaños, tuvo un “detalle” tan notorio que a pesar de mi enamoramiento pude darme cuenta.


            Si ese día me di cuenta, ¿qué tanto habrá pasado antes que opté por ignorar o simplemente no noté? Así que, como bien reza el dicho “La ignorancia es la felicidad” y espero mantener mis bonitos recuerdos intactos y no enterarme de cosas, en el futuro, que le quiten parte de la inmaculada aura con la que la me gusta adornarla.

Esto del amor suele ser un negocio muy riesgoso porque nadie sale ileso.

La nostalgia de lo que no debió ser

            Estoy comiéndome una rica torta cubana en un lugarcito que me gusta: humilde pero con comida rica y generosa. Era el último cliente por lo que, mientras comía, se preparaban para cerrar, aunque nadie me estaba apurando.

            Tal vez porque no había gente en un lugar que suele estar concurrido, tal vez porque la tarde estaba muy tranquila, o tal vez por ese ambiente que priva al final de un arduo día de trabajo (obviamente para los de la tortería), pero sentía que la nostalgia me invadía de manera profunda. Pero el ambiente era el pretexto, en realidad sabía por qué estaba melancólico: hoy fue mi penúltima clase de japonés, o sea que la otra semana me despido de mi escuela.

            Hasta hace un par de semanas iba muy bien, ya que mantenía mi distancia con el resto de mis compañeritos y profesores, así la despedida se me iba a facilitar. El problema es que una chica nueva, Deborah, se le ocurrió hacer un grupo de Whatsapp en el salón, y desde entonces la integración creció horrores.

            Esa chica ciertamente es diferente al resto de mis compañeros, ya que no es ñoña como ellos, es por eso que ha resultado en una energía diferente para el ambiente del grupo. Me gusta la gente así, que tiene suficiente personalidad para no dejarse opacar ante un grupo algo apagado. Yo como sólo vengo de paso, escondí muy bien mi esencia además que, como mecanismo de defensa, no muestro mis colores hasta mucho tiempo después: cuando sé muy bien en donde estoy parado.

            En fin, el caso es que he tenido más comunicación con estos muchachos en una semana que la que tuvimos los seis meses anteriores, y eso no me gusta, porque ya estamos empezando a empatizar.

            Pero la culpa no es de ellos, ya que la necesidad de empatizar es un instinto de un animal gregario como lo es el humano. No, en realidad la culpa es mía porque, como bien dice el maestro Fernando Delgadillo: “Nunca vuelvas al lugar de tus viejas alegrías”.

            En realidad no está mal el ir de visita a esos lugares en donde fuiste feliz, lo malo es querer regresar y revivir lo que ahí sentiste. Una cosa es ir de paso y otra muy distinta es intentar reinstalarte.

            Ya no pertenezco a ese lugar: ya no tengo el interés, la energía ni el tipo de ilusiones que comparten mis compañeritos, ya no tengo la esencia nerd para estudiar algo académico. Obvio jamás dejaré de ser un ñoñazo, pero mis intereses han evolucionado y ahora tengo una visión más alejada de lo que creía cuando tenía la edad de mis actuales compañeros de clase.

Ahora mi ñoñería se enfoca en planear viajes, editar mis escritos, avanzar en mis lecturas, intentar sacar pasos de baile o mejorar mis rutinas de ejercicio. Honestamente ya no estoy para invertir mi tiempo en estresarme por exámenes (en los que me ha ido del nabo, por cierto).

            Comparo las esencias de mis compañeros de clase de baile con los de japonés y, definitivamente, no hay relación alguna; en algún lado no encajo y no necesito gran imaginación para darme cuenta en donde me siento como una pieza mal puesta de un rompecabezas.

            La otra semana será mi última, pero no me voy a despedir en ella ¿por qué? Porque no soy tan significativo en sus vidas (ni ellos en la mía) como para avisarles. Así que será a la distancia y una vez que regresé de Japón. Pasaré a despedirme, alguna noche entre semana, de Maiko y Satou Sensei. De mis compañeritos me despediré en ese mismo grupo de Whatsapp que ha servido para irlos integrando.

            Les diré que disfruten su tiempo en ese maravilloso lugar porque, en un futuro distante, cuando ya hayan pasado muchos años de su partida, van a pasar a visitarlo y a revivir muchos bellos recuerdos que fueron acumulando. Y les aconsejaré que no comentan mi error: no pretendan revivir algo que ya fue en su tiempo. Cada etapa de la vida tiene su momento y es de sabios saberlo aprovechar en su momento.

            Minnasan, Sayonara.

PD Aunque no estaba planeada una segunda parte de este escrito ¡se acabó dando! Pueden leerla en este enlace.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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