domingo, 14 de febrero de 2016

Japón en mi vida

Desde los seis años tuve mi primer contacto con la cultura japonesa o, por lo menos, el primero consciente con la misma. Y es que me di cuenta que había unas caricaturas que me gustaban más que otras, aunque aún no sabía decir por qué.

Alguien me explicó que esas “caricaturas” de ojos grandes provenían de Japón y, desde entonces, ese país pasó a formar parte de mis días a través de sus animaciones y, en menor medida, de sus videojuegos.

En su momento, ya le dedique un ensayo completo al “Manganime”, afición que fue tan valiosa en mi juventud, así que no ahondaré más en ese tema. Sólo mencionar que la misma me llevó a estudiar dicho idioma a partir de 1998, debido a que tenía mucho material en japonés y quería saber qué demonios decía.

Debido a mi idolatría pos sus historietas y animaciones, todo lo que provenía del país del sol naciente estaba aprobado de antemano, así que de buena gana me abrí a conocer su cultura.


Algo que mantiene mi escuela, desde su concepción, es que no sólo se preocupan por enseñarte el idioma, sino que te brindan la posibilidad de adentrarte en su manera de ver el mundo. Así que, además de que pude comprender todo el material que tenía, me dieron una visión más amplia de su comida, creencias, arte, música, educación, películas, valores, ideología y demás.

Para muchos occidentales Japón puede resultar muy extravagante y, al mismo tiempo, intrigante. Sin conocerlo físicamente, para mí no hay país más encantador, aunque a muchos les parezca chocante; como todas las culturas, tiene sus partes divertidas, diferentes, virtuosas y cuestionables.


Me encanta su profundidad increíblemente balanceada con su extravagancia, independientemente de la lamentable, e inexplicable, idolatría que sienten hacia los Estados Unidos.

Eso es algo que siempre me ha llamado la atención: están muy inmersos en el mundo capitalista, pero no pierden su identidad o esencia. Uno lo puede notar en la profundidad de sus libros, lo interesante y sensible de sus películas, la alta calidad en sus animaciones e historietas, la autenticidad de su música y, en general, el sentimiento tan auténtico y puro que demuestran en sus expresiones de arte.

De acuerdo a mi perspectiva, los artistas nipones tienen una sensibilidad superior al resto del mundo, ya que pueden conmovernos hasta las lágrimas, hacernos reír a carcajadas o de aterrarnos a niveles insospechados. Sin duda esa cualidad tan única fue la que me enamoró desde pequeño.


No me gustan las películas de terror, así que las evito a toda costa. Sin embargo, de las pocas que he tenido la desgracia de ver, las que más miedo me han dado son “Ju-On” (The Grudge) y “Ringu” (El Aro) en sus versiones originales (o sea las japonesas, no las versiones genéricas gabachas). Nunca he sentido tanto miedo como al ver ese par de filmes, mismos que me pusieron en la escuela. Para comparar, de manera voluntaria, vi las versiones gringas y el nivel de miedo sólo fue del 70% contra las originales, y es que los gringos no le llegan a los nipones en intensidad. Y esto se logra con pura creatividad y cuestiones psicológicas, ya que la producción y/o presupuesto de las versiones originales fue significativamente menor que los remakes hollywoodenses.

Hablando de Refritos o Remakes, Hollywood ha volteado en varias ocasiones al cine japonés, lanzando versiones tropicalizadas de filmes nipones que, aunque resultan ser exitosas, no alcanzan el sentimiento de las versiones originales. Ejemplos que me vienen a la mente son: Antárctica (Eight Below o “Rescate en la Antártida”); Hachikou Monogatari  (Hachi: A Dog’s Tale o “Siempre a tu lado”) o  Shall we Dance? (mismo título en Estados Unidos). Las historias niponas son tan bellas y profundas que sus remakes gringos también son sobresalientes pero, cuando ves la original, te das cuenta que no hay comparación.


El cine japonés es bello, tiene una esencia única, sin necesidad de argumentos rimbombantes, exagerados o increíbles. Tienen la cualidad de convertir historias cotidianas en relatos inolvidables que te roban el corazón y te conmueven de manera profunda.

El ejemplo perfecto es mi película favorita de todos los tiempos: “Love Letter”, a la cual ya le dedique un prolongado ensayo en su momento; historia que no tiene nada del otro mundo pero, en la manera de presentarla, se te queda tatuada en el corazón.


Otra gran filmación, de la cual prometo escribir en un futuro, es “Okuribito” (en español la titularon “Violines en el Cielo”). Obra que entre risas, lágrimas y momentos de reflexión te hacen apreciar profundamente el valor del tiempo que tenemos en este mundo y lo que significan nuestros seres queridos, todo a través de la muerte. Podrá sonar tétrico el tener a la muerte como parte importante del argumento, pero la genialidad nipona la acomoda muy bien para brindarte una historia en extremo bella.

Pero no sólo son las películas niponas las que te roban el corazón, incluso hay directores extranjeros que han sabido aprovechar la magia que tiene dicha cultura sin pertenecer propiamente a ella.

Lost in Translation” (Perdidos en Tokio), otra obra de la cual también escribí hace tiempo, es un ejemplo de esto que menciono. Sofía Coppola (Estadounidense) capta a la perfección la esencia japonesa, pero desde la visión de sus protagonistas gabachos. Aunque el argumento se basa en dos gringos, la cultura nipona es una gran protagonista que influye directamente en la historia.

Otra maravilla de película es “Kirschblüten - Hanami” (Las Flores de Cerezo), producción alemana dirigida por Doris Dörrie. Filmación a la que también le debo un escrito, única obra en que veo dos personalidades muy marcadas entre sus mitades: la primera muy alemana y la segunda muy japonesa. Al inicio la odias pero al final la amas. Aún una esencia tan regia, firme y estricta como la alemana, sucumbe ante la energía tan íntima y profunda como la japonesa.

Además de los cientos de Manga que leí, en los cuales hay muchas obras de excelsa calidad, no he leído mucho de autores japoneses. Obras aisladas de Banana Yoshimoto, Seishi Yokomizo o Ryuu Murakami, en donde he encontrado de todo, desde obras inexplicablemente interesantes hasta profundamente estresantes.


Aunque sí hay un autor nipón que he leído bastante, uno mundialmente conocido: Haruki Murakami. Creo que no he leído más a un escritor que él, ya que he devorado 16 de sus 23 obras. Y de las 7 faltantes, tengo cinco pendientes en mi casa y las otras dos estoy en espera que las traduzcan al español.

El buen Haruki tiene una vena artística típica japonesa, con esa personalidad tan desconcertante y, al mismo tiempo, encantadora. Adoro leerlo, pero no por la historia en sí que, la mayoría de las veces, es totalmente incongruente, sino cómo te la cuenta. Podría recitar una receta de cocina o un algoritmo matemático y los disfrutaría horrores, sólo por la forma tan (imperceptiblemente) magistral que tiene para narrarte algo.

Creo que, en condiciones normales, ni siquiera me gustaría este autor ¿Por qué? Por sus finales tan incongruentes, inconclusos, ilógicos o, simplemente, inexplicables. PERO ya me he acostumbrado a que (casi) nunca tenga buenos cierres. En realidad lo leo por su narrativa: una auténtica delicia.


Además del maestro Murakami, y de los Haiku, los otros contactos que he tenido con la literatura nipona fueron pequeños textos que me dejaban en clase de japonés. En especial recuerdo una especie de cuento/poema sobre lo efímero de la vida reflejado a través de una hoja de árbol llamada José. Recuerdo que ese relato me conmovió hasta las lágrimas, a pesar de que era muy sencillo era muy profundo.

Creo que esa es la gran característica del arte japonés: la sencillez de su esencia. Te expresan cosas que nos pasan a todos, pero te lo pintan con una sensibilidad extraordinaria, porque tienen esa capacidad de ver lo especial en cosas que la mayoría tomaría como algo mundano. Y eso habla mucho de ellos: encuentran algo muy valioso en lo que los demás lo toman como algo normal.

Ese aspecto también se refleja en la Animación japonesa, misma que puede ser muy espectacular, con efectos cinematográficos excelsamente aplicados pero, por otro lado, también te regalan historias memorables tomando de base las cotidianas.

Justamente del Anime proviene lo poco que conozco de la música japonesa, y es que los artistas que musicalizan las animaciones no son ningunos segundones, sino los más importantes de sus respectivas épocas.

Tengo en mente un ensayo sobre la música japonesa que me tocó disfrutar, así que sólo voy a decir que los artistas nipones tienen una pasión, entrega, creatividad, potencia, sensibilidad y demás aspectos que no tienen que pedirle nada a los de ninguna otra cultura. Normalmente escucho en la semana mucha música de artistas como X-Japan, Zaard, Aikawa Nanase, Yoko Kanno, Le Arc en Ciel, Joe Hisaishi, Hikaru Utada, Anna Tsuchiya y tantos y tantos nombres que en su momento ahondaré con más calma.

Es por ello que cada vez que tengo contacto con Japón, mediante cualquier forma de expresión artística, sin motivo alguno, siento una gran melancolía. A pesar de ser agnóstico, tengo una teoría sobre la reencarnación (que ya expliqué en otra oportunidad), así que tengo la creencia que, de alguna forma, habite esa Isla en otra época, ya que no encuentro natural ni lógica la intensidad de este sentimiento nostálgico que tengo por un lugar que aún no he pisado.

Tengo la impresión que el japonés tiene esa increíble capacidad de expresión y esa profunda sensibilidad justa, e irónicamente, por sus restricciones sociales. El famoso “Tatemae” o “La cara de enfrente”, literalmente la máscara que deben usar ante sociedad, el rostro políticamente correcto con el cual se conducen ante el resto de nipones. Ese japonés educado, mesurado, respetuoso y demás es llevado al extremo.

Sin embargo, por esa misma restricción, al momento de expresarse, sacan toda la furia, la lujuria, el cariño, lo cursi, lo violento, lo tierno, lo sucio, lo amoroso, lo perverso, lo soberbio, lo heroico y todas esas características que puede distinguirse en la potencia que se plasma en su arte.

Eso es lo rico de su cultura, puedes disfrutar de una superficie elegante y sutil pero, al mismo tiempo, sumergirte en una materia más básica e incluso salvaje. Porque una cosa es visitarlos y otra muy distinta es vivir con ellos.

Tengo conocimiento de personas que han vivido en Japón, tanto conocidos como conocidos de mis conocidos, y la tendencia es muy clara: El japonés es un pueblo bastante hermético.

Basado en las experiencias de mis fuentes, resulta curioso cómo los nipones pueden mostrarse muy amables contigo si vas de visita pero, si llegas a vivir ahí, te va a costar ser aceptado, se te tratará de manera muy civilizada, pero no por ello vas a ser propiamente integrado.

Pero no sólo pasa con extranjeros: el propio japonés ha empezado a aislarse del resto de nipones. Aunque tienen una cultura de equipo muy fuerte (tal vez la más sólida del mundo), dentro de su sociedad las relaciones han ido debilitándose. No voy a mencionar que su tasa de natalidad ha ido disminuyendo constantemente, porque eso es algo común en las culturas avanzadas.


En realidad me llama la atención la cantidad de tendencias que promueven la individualidad, las diversiones solitarias, esas que te exentan de convivir con el resto para poder pasártela bien.

No los juzgo, porque yo mismo soy defensor de mi espacio, libertad y soledad. Sólo me llama la atención la creciente tendencia de actividades individuales como cantar Karaoke a solas, la popularidad de los Café internet en donde puedes incluso quedarte a dormir sin que nadie te moleste; los lugares para convivir con gatos y tener algo de contacto con un ser vivo (pero no tenerlo en casa); el contratar a Host que te hagan la plática y salgan contigo a pasear pero sin encuentro sexual ¿Y esto por qué? Porque no quieres una relación real, sólo distraerte un momento

De nuevo, no los critico, de hecho los comprendo. Una razón más para sentir que mi esencia tiene mucho de japonesa.

Siguiendo con aspectos censurables de su cultura, en verdad me repugna la matanza que hacen de ballenas y delfines, incluso llegue a escribir a la Embajada Japonesa hace algunos años. Obviamente no me hicieron caso ni mi carta cambió la situación pero, en su momento, sentí que hacía algo. En defensa del pueblo japonés, cada vez es menos la gente que consume los productos de dichas matanzas y más el porcentaje de la población local que se opone a ellas.

Para cerrar los puntos malos, y volver al tono cursi e idealizado del escrito, quiero mencionar que me muero por visitar Japón, sin embargo, creo que nunca podría vivir ahí ¿Por qué? Por mis Sensei.


Casi ninguno de los maestros que me enseño japonés regresó a la Isla, prefiriendo vivir en México. “¿Por qué?” les preguntaba asombrado, justo en la época que la tierra del Sol Naciente era lo más cercano a una Utopía que había en mi cabeza.

“Porque en México vivo feliz”, me contestaban. Y es que en Japón se respira un estrés constante, siempre tienes un compromiso que cumplir y llenar las expectativas de alguien. Es por eso que casi no descansan, les cuesta tomar vacaciones y es fácil que se obsesionen con su trabajo. De hecho hasta tienen una palabra para “muerte por exceso de trabajo” (Karoushi), un fenómeno que es más común en la cultura nipona que en el resto de países. Ha llegado a tal el límite de “Trabajopatía” que el gobierno ha tenido que promulgar una ley para que la gente tome sus vacaciones de manera obligatoria.

El japonés, además de ordenado y responsable, es muy orgulloso. El no haber hecho el máximo esfuerzo es una deshonra para él y su familia, por ello abundaban los suicidios de trabajadores y estudiantes que habían fracasado en sus objetivos.

Es por eso que un lugar como Aokigahara existe en Japón. En este bosque de la muerte va la gente a suicidarse “sin dar molestias a nadie” y es que, hasta en la muerte, no quieren ocasionar inconvenientes a la Sociedad ni a sus familias. A últimos tiempos hay un promedio de un centenar de suicidios en ese lugar durante cada año.

Por tal motivo mis profesores japoneses se quedaron en México: porque la vida es más sabrosa. Esto a pesar del smog, corrupción, inseguridad, mala educación, infraestructura deficiente y demás. Imagínense la presión que se siente en el país del Sol naciente para quedarse aquí de tan buena gana. Antes no los entendía pero, después de viajar un poquito por diversos países, he comprendido su decisión, y la comparto.


Es justo mencionar que las generaciones van cambiando, los jóvenes nipones han visto más hacia afuera y ya no están tan enfocados en dedicar su vida a trabajo o perderla a causa del mismo. Por un lado es positivo esta evolución del pueblo nipón, aunque también trae sus consecuencias que han empezado a mermar otras costumbres: como el sentarse en el piso en la posición correcta o que ahora ya no saben escribir Kanji a pesar de que los pueden leer (todo por la comodidad de los Smartphones).

Al final, todas las culturas tenemos defectos, y los de Japón no me parecen tan graves, de hecho hasta los percibo honorables. No los censuro por sus defectos, de hecho, a un nivel los comprendo.

Como pueden ver, a pesar de los años, mi “prejuicio positivo” hacia Japón continua, porque hasta en sus defectos los justifico ¿Por qué?  Sin haber estado ahí físicamente, mi vida es más feliz gracias a que esa cultura existe, así que imagínense la emoción que siento por mi próximo viaje a un lugar tan mítico e importante para mí.


Pero volvamos al comienzo. Desde mi niñez tenía un anhelo profundo por la cultura japonesa, mismo que se iba incrementando conforme iba creciendo. A pesar de ello, de manera consciente, nunca creí que fuera a cumplir dicho sueño.

Ya lo he comentado pero, hasta los 25 años mi mundo se componía de algunos lugares de la zona centro de México: el DF, Morelos, Tlaxcala, Estado de México, Puebla y, obviamente, mi amado Veracruz. Así que no estaba en mis expectativas viajar a otros lugares de mi país, ya ni mencionemos ir al extranjero.


Aunque eso no me impedía seguir repitiéndome mi mantra “Un día voy a conocer Japón”, supongo que más por anhelo que como un hecho alcanzable, algo así como las personas que sueñan con ganarse la lotería, aunque no compren boleto.

Hace unos años empecé a viajar de manera frecuente, pero tampoco veía cercano ir al país del Sol Naciente, y eso que el buen Paco Kun (con el cual estudie japonés hace 15 años) me ofrecía asilo en dicho país.

Meses atrás, en una mañana cualquiera en la oficina, me entró la curiosidad “¿Cuánto valdrá un vuelo redondo a Japón?” cuando vi lo barato que estaba, aparté las fechas, contacté a Paco ¡y ya!, un día que no lo tenía planeado concreté el viaje al lugar de mis anhelos.

Así que regresé provisionalmente a clase de japonés, experiencia de la cual ya escribí en ocasiones previas. En este segundo semestre tengo a la mejor Sensei de todos los que he tenido a lo largo de mis clases y eso es un auténtico desperdicio.

Si hubiera tenido a Maiko como Sensei en los años en que me importaba el idioma (en donde estudiaba tres horas diarias, a pesar de tener clase sólo una vez por semana), creo que el impulso hubiera sido suficiente para mudarme allá, porque es una maestra tan apasionada que sólo hago la tarea para no quedarle mal porque, tristemente, el idioma ya no me importa como antes.

De hecho, creo que ya no estoy tan idiotizado con Japón como lo estaba antes, una evidencia es que después del viaje quiero dejar las clases porque me interesa más tomar Hip-Hop en Sábado que romperme la cabeza con Kanji.


En clase veo a mis compañeros actuales y percibo esa pasión, esos anhelos, esos sueños y sentimientos tan puros hacia esa hermosa cultura y los envidio un poco. Incluso creí que era una lástima no haber ido a Japón hace 15 años, porque siento que lo hubiera disfrutado más, tal vez me hubiera vuelto loco de alegría por el nivel de fanatismo que tenía.

Obviamente voy a disfrutar bastante ir a Japón, pero clarifico el punto con mis visitas a Disneyworld y Disneyland: a pesar de ser adulto, he disfrutado muchísimo las estancias en las tierras del ratón Miguelito pero, de haber ido entre los 10 y 14 años, sin duda hubiera enloquecido por tantas emociones.

Sin embargo, en la misma clase de japonés me quedo claro que estaba equivocado. A uno de mis compañeros más nerds (y miren que les hablo de un grupo prioritariamente ñoño), le preguntaron que, además de Japón, qué otro país le gustaría conocer. Su respuesta me dio pena pero me abrió los ojos “Es que sólo quiero conocer Japón”.


Creo que si me hubieran hecho esa misma pregunta en el año 2000, mi respuesta hubiese sido la misma: así de enajenado estaba. Comprendí que está bien que vaya a estas alturas de mi existencia, seguramente no voy a disfrutarla con el nivel de fanatismo que tenía hace más de una década pero, sin duda, voy a aprovechar el viaje mucho mejor, porque ahora mi visión y experiencia están más desarrolladas.

De haber viajado hace 15 años me hubiera enfocado mucho en actividades frikis, y me hubiera pasado la mayor parte del tiempo en Akihabara o en Harajuku. Obviamente hay lugares Frikis en mi itinerario, porque se lo debo a mi Otaku interno, pero también tengo otras visitas más naturales, culturales, históricas y demás.

A pesar de ser un gran sueño que he tenido casi toda mi existencia, tengo miedo, de hecho estoy aterrorizado, no por el país, sino por mí. ¿Alguna vez se les ha cumplido un sueño inalcanzable? Uno con el cual son simplemente felices por tener en el corazón, pero que nunca creen que vayan a realizar. Igual y no me entienden, pero lo que quiero decir es que este viaje no es igual que el resto, este es especial, por eso no invite a nadie al mismo.


Es una especie de sentimiento de “Si alcanzas tu máximo sueño, ¿ahora con qué vas a soñar?”, es una actitud tan pendeja como la de la marchanta que le quieren comparar toda la fruta y se niega “Si me compra todo ¿luego qué vendo?” contesta a modo de disculpa, aunque su argumento sea estúpido.

Tal vez tengo miedo de desbordarme, de perder la cordura e identidad, es posible que tema a una regresión, de involucionar y regresar al pasado. No sé a qué le tengo miedo, porque debería estar más emocionado por ver el Fuji San directamente, viajar en Shin Kan Sen, disfrutar el Hanami entre tantos cerezos en flor, jugar en las máquinas de Pachinko, visitar los templos, meterme al Onsen o comer Yakitori en puestos callejeros.

No sé qué vaya a pasar, lo único que sé es que con el paso de los días me pongo más ansioso aunque de algo estoy seguro: cuando bajé de ese avión y pise tierras japonesas, la emoción se va a desbordar por mis lagrimales.

Pero sé que debo recuperar la cordura y plenitud. Ya me ha pasado la etapa en la que quería amar mucho, ahora estoy en la que me interesa amar bien. Por eso es que hasta ahora visito la tierra del Sol naciente: para disfrutarla desde una postura más terrenal, para darme cuenta de toda la hermosura que voy a presenciar, para ser consciente que estoy viviendo mi sueño y no perderme entre tantas maravillas, para concentrarme en tanto que hay que experimentar y no quedarme en un par de cosas.

Tengo mucho miedo y emoción combinados (y eso me está matando ¬_¬)


Hebert Gutiérrez Morales.

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