viernes, 8 de abril de 2016

Los Tres Dólares

            Siete de la mañana del Lunes, llego tranquilamente a la oficina, el señor que limpia los baños se muestra más amable que de costumbre “¡Qué raro!” me digo, cinco minutos después “sale el peine” de por qué tanta amabilidad.

            Me habla con una vergüenza enorme, nunca había cruzado más de un “Buenos Días” o un “buenas Tardes” con él. Ahora que le oigo más de dos palabras, me resulta evidente que no domina a la perfección el español, seguramente viene de alguna comunidad indígena del estado.

            Me comenta que intervinieron a su mamá en el seguro social, que la operación costo $5000 pesos, que sus hermanos y él están viendo cómo pagar y demás “Venga, ya no tanto verbo y saque el sablazo” pensé “¿Cuánto quiere? Para que lo mande a la goma”.


            Después de 10 minutos de explicaciones, con toda la pena del mundo, me pide prestados 50 pesos, “¡50 Pesos! ¿Tanto rollo para eso?” así que, sin mayor trámite, se los doy. En consecuencia me debo chutar otros cinco minutos de agradecimientos y promesas de que me los va a pagar en cuanto pueda, aunque no los espero de vuelta.

            Para quién no vive en México, 50 pesos equivalen a poco menos de tres dólares estadounidenses. Y sí ¡por tres dólares se armó todo este show! Entiendo que la gente en Puebla puede ser muy mamona y clasista, muy por encima de la media nacional, así que por ello el señor tuvo que extremar precauciones en cuanto a la forma de dirigirse a mí pero, para su fortuna, no soy poblano.


            En la Maestría tuve un profesor que nos dijo que en México hay tres clases sociales: los que hablan en pesos, los que hablamos en miles y los que hablan en millones. Hay quienes dicen “Préstame $50 pesos”, otros piensan “Le debo 15 mil a la tarjeta” o los que indican “Haz un traspaso de 6 millones a la cuenta”.

            Ya era consciente de dicha diferencia desde hace tiempo, de hecho ya había tratado ampliamente el tema en escritos como “¿En qué momento?”, “Neoimperialismo” o “La Mustia apariencia del Nito” me explayé al respecto. Sin embargo, me seguía molestando la situación, así que tuve que plasmarlo en este texto para que mi inconsciente me dejara en paz.


            Algo de lo que contribuyó al presente es que leí sobre la distribución del PIB en México: El 50% de la población tiene el 12% de la riqueza (los que hablan en pesos), El 40% de los mexicanos tenemos el 38% de los recursos (los que hablamos en miles) y el restante 10% posee el 50% del dinero (los que hablan en millones).

            Obviamente esta situación no es la idónea pero, lo más preocupante, es que en lugar de irse nivelando, se ha ido recrudeciendo en los últimos tiempos, ya que los ricos se siguen haciendo más ricos y los pobres más pobres, adelgazando a la clase media que, dentro de la misma, también hay una desigualdad parecida entre sus facciones baja, media y alta.

            El instituto responsable del estudio urgía al Gobierno Mexicano a implementar medidas para reducir la desigualdad, y ahí solté una carcajada. “¿Cambiar la situación actual? ¿El Gobierno? ¿Quitarles a los ricos para darles a los pobres? ¡Ja ja ja! Muy buen chiste”


            Gran parte de los que hablan en millones forman parte de la clase gobernante, mismos políticos que se sirven a sus anchas del presupuesto, y que además se ven beneficiados de los “favores” que les hacen a los empresarios (los otros grandes representantes de la clase alta). Traducción: ellos no se van a quitar dádivas para privilegiar a los pobres.

            Por otro lado, de las “migajas” que sueltan, gran parte nos toca a la clase media, así que tenemos una falsa sensación de bienestar porque nos comparamos con la enorme clase baja y nos sentimos afortunados. Traducción, tienen comprados nuestro silencio y lealtad, porque somos sus empleados “de confianza”.

            Así que la clase alta tiene un buen control sobre alguna potencial revolución de la clase baja al tener de cómplices a la clase política, la clase media y, de paso, a las fuerzas armadas.


            Pero, aún sin ese control, la clase baja no va a hacer nada por sublevarse, ¿por qué? Por un condicionamiento que viene desde la Conquista, el candado más eficiente que se puede tener: las creencias, la cultura y la educación.

            “Patroncito” es la forma en que el señor al que le di los $50 pesos se dirige a nosotros los empleados. ¡Cómo me purga que me diga así! No sólo es lo que dice sino el tono de sumisión con el cual lo dice.

Sé que los españoles actuales no tienen responsabilidad de lo que hicieron sus ancestros de hace cinco siglos, sin embargo no puedo evitar mi enojo hacía ellos: por la anulación de la dignidad indígena y por el daño que se ha perpetuado en el inconsciente mexicano a lo largo de su historia.

Tal vez por eso me cagan esos mexicanos que se creen “españoles” porque su tatarabuelo fue un paría en Cataluña y llegó a México para ser cacique. O me enoja cómo el fundador de Bimbo llego de España sin tener en donde caerse muerto y, aprovechándose de la actitud sumisa del mexicano, fundó su imperio actual.


A veces fantaseo que los ingleses hubieran llegado aquí primero y, en lugar de humillar a los indígenas mediante la esclavitud, nos hubieran masacrado y terminar con dignidad nuestra existencia, nuestra cultura sería diferente o, por lo menos, nuestra manera de pensar.

Pero más que odiar a los españoles (por venir) o a los ingleses (por no venir) odio más a los propios mexicanos ¿por qué? Por perpetuar esa deslealtad entre nosotros. Sin importar lo que diga la historia oficial.

Por ejemplo, Hidalgo y todos sus canchanchanes no querían la independencia de México, sólo querían quitarle el negocio a los españoles y ellos (los criollos) ser los nuevos gobernantes, sin cambiar nada. Obviamente su carne de cañón eran los indígenas, a los que les prometieron libertad e igualdad. 500 años después los indígenas siguen en espera que se les cumpla dicha promesa.


Ya no habrá esclavitud tal cual, pero el mexicano sigue perpetuando un sistema clasista que tiene a los niveles bajos en un estado similar a la esclavitud, en donde tienen que sobajarse por tres mugrosos dólares.

¿A qué orillamos a la clase baja? A rogar, a sobajarse, a subemplearse, a mendigar, a robar y otras acciones cuestionables. No los justifico pero, cuando tienes hambre, supongo que los valores o el sentido de justicia pasan a segundo (o tercer) término. Y muchos otros optan por irse a Estados Unidos. Y ahí es dónde compruebo que algo de lo que dice Trump es cierto: “México nos manda lo peor que tiene”.


OJO, no estoy apoyando a Trump, no quiero que gane y me parece un pendejazo, pero en esa frase tiene razón. En Estados Unidos tienen una imagen muy clara del mexicano: aquel poco letrado, algo violento, con poca refinación, con poca cultura ¿Y qué esperaban? En su tierra lo humillaron, lo sobajaron y lo ningunearon, obligándolo a defenderse, aprendiendo a morder, rasgar y patear. Si es la forma en la que has aprendido a sobrevivir, no esperes que de la noche a la mañana se civilice.

Ahora, esos mismos paisanos que ahora se creen gringos, al grado que ni español quieren hablar (aunque tengan el nopal tatuado en la cara), no pueden dejar de lado sus tendencias egoístas, mismas que recalcan que son mexicanos aunque nazcan o radiquen en Estados Unidos.

He leído notas de muchos de esos mexicanos que van a votar por Trump, y apoyan su postura del Muro a lo largo de la frontera. ¿Qué hay detrás de dicho apoyo? El siguiente pensamiento “Mi familia y yo ya chingamos, así que pueden construir su muro y que no entren más ¡Qué se jodan!”.


            Pero no nos extrañe esa deslealtad, ya que acá dentro también la tenemos muy presente “A mí me vale madre que se estén muriendo de hambre”, “Me vale pepino si ellos no tienen en qué caerse muertos, yo tengo mi Chalet en Aspen” o “Están pobres porque quieren, yo me la paso chingón comiendo en lugares bonitos”.

            A otro nivel también se ve esa deslealtad, con muchos empresarios que explotan a sus empleados con salarios ridículos. Y ahí aprende también el empleado “Si la empresa hace como que me paga, yo voy a hacer como que trabajo”.

            Al tener la oportunidad de viajar, he visto la diferencia entre calidad  y nivel de vida, porque en países avanzados la brecha no es tan grande y los problemas sociales son infinitamente menores, porque hay lealtad entre las distintas clases sociales que la componen.

El problema con nuestro nivel de vida es que también debemos lidiar con inseguridad, falta de infraestructura, servicios deficientes y subsidiar todos los huecos de un sistema falto de recursos (porque todos lo desfalcan).

Como no nos comportamos con la decencia o humanidad de país de primer mundo, no tenemos uno así. Aunque, siendo honestos, el porcentaje de repartición de riqueza en México es un reflejo de la distribución mundial, y muestra de ello está el tema de moda (los Panamá Papers), en donde los ricos quieren ser aún más ricos al pagar menos impuestos.

Para cerrar, las pequeñas dádivas que damos (como donarle $50 presos al señor de la intendencia) a los menos afortunados nos hace sentir “menos” malos, y sentimos que contribuimos a resanar en algo tanta desigualdad sobre la cual está basado nuestro nivel de vida en México.

Si los círculos del poder quieren mantener sometidos a “los de abajo”, deberían exprimirlos al mismo nivel, y así nada cambiará. Pero si siguen incrementando el abuso, como ha sido el caso en los últimos años, hasta que el pobre no tenga nada que comer, entonces éste reaccionará por el hambre e irá a comerse al rico.

Este escrito no quiere (ni puede) cambiar nada, simplemente es un acto simbólico del autor para reflejar un momento en la existencia antes de que venga una gran catástrofe social, producto de tanta deslealtad entre humanos (y la tendremos bien merecida)


Hebert Gutiérrez Morales.

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