domingo, 24 de abril de 2016

Tres momentos del fin de semana

            Algún día, en un futuro lejano, o en un universo alterno, terminaré todos los escritos que tengo planeados. Entre mi procastinación y los escritos que surgen de imprevisto, como éste, el terminar con todos los que tengo en proceso es una meta que, cada vez, veo más lejana.

            En fin, creo que tendré que acostumbrarme a esto, agradecer que tengo la inspiración para escribir tan fácil (sobre todo de temas no planeados) y esperar que algún día pueda ser lo suficientemente eficaz y eficiente para terminar todos mis pendientes :’-(.

            Les comparto tres momentos de este fin de semana.

            La esencia de Miguel.

            Aunque ya tengo algunos años que conozco al esposo de Mayra, pocas veces he tenido la oportunidad de platicar con él, a pesar de coincidir en fiestas e incluso haber ido a su boda. Nunca pasamos más allá del Small Talk.

            Este Sábado, después de nadar, me fui al Buffet del USDTAC y, cuando estaba a punto de terminar, llegó Miguel, me saludó y me pregunto si podía sentarse en mi mesa. Normalmente como solo los fines de semana, pero accedí de buena gana porque es buen tipo y me cae bien.

            Empezamos platicando de mi viaje a Japón (del cual tengo como 10 escritos en proceso) y, en tan solo 15 minutos intercambiamos una serie de puntos de vista sobre varios aspectos de la vida. Es increíble la cantidad de opiniones que compartimos y la forma tan similar que tenemos de percibir al mundo.


            Es padre cuando te encuentras a alguien tan sensato, o tan pendejo, como tú, sobre todo cuando eres un ente raro en este mundo tan enfermo, torcido e ignorante. Al final, aunque el tiempo fue corto (Mayra llegó por él porque tenían otro compromiso al cual iban tarde), la plática fluyó tan bien como si lleváramos una larga amistad cuando, en realidad, era nuestra primera charla en forma desde que nos conocemos (que ya serán unos 6 ó 7 años).

            Sé que en otra oportunidad podré platicar con Miguel, pero ya con más calma. Seguramente será una conversación muy interesante, mismas que cada vez son más difíciles de encontrar en este mundo tan hueco y superficial.

            La Intimidad de la Impersonalidad

            Antes de dicho desayuno, llegue tempranito a nadar. La ventaja de empezar a las 7:30 AM es que tienes la alberca para ti solo y te despreocupas que alguien se atraviese en tu carril.

            Pero en realidad, durante mis dos horas de nado, nadie se atravesó. De hecho el clima nublado ahuyentó a la mayoría de usuarios, así que hubo más carriles disponibles que nadadores que me hicieron compañía. Gracias a ese espacio y libertad es que pude nadar a mis anchas, a una excelente velocidad, sin preocupaciones. Y justo con ese ambiente se dio algo que me encanta que me pase.

            Hay un punto, en que estás tan metido en tu ritmo, que ya no piensas en “nadar”, porque el cuerpo ya lo hace de manera automática, tanto las brazadas, las respiraciones y las vueltas de campana, incluso el conteo de las vueltas se vuelve autónomo.

Es justo en ese momento, cuando entra el “piloto automático” en que tu mente se desconecta del cuerpo, y se vuelve un pasajero más del mismo. Es muy chistoso, es como si fueras en una nave y te dedicas a disfrutar del panorama. En este caso el paisaje de la alberca es el mismo, pero tu inconsciente se dedica a contemplarte, dejas de ser una persona, tu nombre carece de significado, y el nadar es tan natural como el respirar, es como si te volvieras un pez.

Siempre he dicho que el correr me libera las ideas y el nadar las emociones. La mayor parte de nuestro ser es agua, así que entrar en comunión con la alberca es una especie de meditación activa muy profunda e interesante.

Me encanta entrar en ese estado, porque me hace ver que mis problemas son una estupidez y me recuerda lo absurda que es la vida que nos planteamos, llena de obligaciones, posesiones, apariencias, lealtades y demás.

Si quisiéramos seríamos tan libres como el agua pero, ésa es la desgracia del humano: no sabe (ni quiere) ser libre, así que nos inventamos una serie de situaciones de lo más complejas y ridículas para encontrarle sentido al mundo, mismo que ya tiene un sentido por sí mismo, pero es tan fácil y básico que (irónicamente) se nos hace difícil de asimilar, así que debemos complicarnos las cosas y, de paso, darle en la madre al planeta.

Agradezco cuando esos momentos me pasan, tanto en la alberca como al correr, porque me hacen un poquito menos inconsciente, aunque después la programación de la “Sociedad moderna” vuelva a recuperar su lugar.

¿Me atreveré algún día a desprogramarme por completo? ¿Salirme del Sistema así como Neo se salió de la Matrix? No sé si mi valor alcancé para tanto pero, por lo menos sé, que la realidad que vivimos es una mentira, ya dependerá de mí cuánto tiempo más seguiré en ella.

La Playera Roja

Hoy salí a correr en la tarde y, por alguna razón, quería hacerlo con mi playera roja de Rumba Mía, misma que busqué y busqué y no encontré “No puede ser” me dije “Debe de estar aquí”. Como nadie más ha entrado a la casa en los últimos cuatro meses, las cosas no se pierden.

Cuando estaba a punto de molestarme, con un flashazo, recordé en dónde la había puesto: Estaba dos metros bajo tierra en la jardinera de casa de mi madre, justo junto al cuerpo de mi amada Dori.

¿Por qué precisamente quería esa playera? No lo sé ¿De dónde vino ese anhelo? Me encantaría saberlo. Al final fue una manera de recordar a mi hermosa Dori y a la regordeta de la Osa. Qué ingratos somos los humanos, en especial yo, hace tres meses me moría de dolor por mi pequeña y ahora necesite una estúpida playera para recordarla.

Creo que por eso escribo porque, cuando muera, tal vez alguien lloré mi partida (y no hay garantía de ello) pero con el tiempo también me van a olvidar. Por eso, a través de los escritos, seguiré vigente y mucha gente me conocerá mediante ellos, aunque yo ya no los conozca.

Antes de correr le ofrecí disculpas a cada una de mis mascotas, por no tenerlas en mente todo el tiempo y sólo acordarme de vez en cuando de ellas. No recuerdo que luminaria dijo esto (Twain o Nietszche), pero es verdad: “El único defecto del Perro es que hace al Hombre su Dios. Si el Perro fuera Ateo, sería la criatura perfecta”.

En verdad no merecemos el amor de tan maravillosos animales pero, siendo egoístas (cosa que nos sale muy bien), me alegro que lo tengamos.

Me gustaría volver a tener un perro algún día, pero aún no es el momento apropiado.

Tal vez sea el mismo día que termine todos mis escritos pendientes. ¬_¬U


Hebert Gutiérrez Morales.

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