domingo, 3 de abril de 2016

Volando de México a Japón

            Creo que es la primera vez que escribo algo en el aire (y no creo que sea la última), y es una sensación nueva y divertida, siento que estoy aprovechando mi tiempo horrores, o tal vez es la sensación de (¡por fin!) sentirme relajado en varios días. Pero empecemos por el comienzo.

            La preparación

            La semana previa a mi viaje opté por enfocarme a mi rutina normal, no pensar nada en la travesía porque entonces mi neurosis afloraba, me angustiaba y sólo sufría de manera gratuita.

            Me gusta tener el control de la situación, así que ya había hecho todo lo que estaba a mi alcance, e incluso más, para que todo saliera bien en mi trayecto a Japón, el problema es que me cuesta aceptar que hay factores que están más allá de mi influencia y que sólo me queda reaccionar al respecto, y por eso intento hacer más de lo que me toca pero, a veces, ni eso es suficiente.

            La noche previa ni siquiera me molesté en intentar dormir, si semanas antes ya estaba nervioso ¿Se imaginan cómo estaba la noche anterior? El no poder dormir por dicho motivo me pone feliz ¿La Razón? Porque quiere decir que aún hay ilusión en mi ser, que todavía me puedo emocionar y esperar algo con expectativa, que todavía late el corazón de mi niño interno. Así que, aunque signifiquen noches en vela, espero seguir sin poder dormir las noches previas a mis viajes.

La noche del Viernes fui tranquilamente a mi clase de Streching. Al regresar a casa me propuse aprovechar mi insomnio endémico por viajar para implementar una técnica nueva: me mantuve ocupado hasta la hora de salida, enfocándome en mi equipaje y otras actividades mundanas. Había decidido irme “en vivo” al aeropuerto, dormir lo menos posible y así vencer el Jet Lag cuando por fin llegara a Japón, porque iba a caer rendido.

            Incluso hice arreglos para llegar por mi cuenta al autobús y eliminar un riesgo como la última vez (cuando mi taxista se quedó dormido). Dormí un par de horas en el camión que me supieron a gloria, en el check in se tardaron un poco, pero la señorita me dio información que me tranquilizó: Mi equipaje se iba directo a Japón, además de que me dio prioridad para pasar por migración, esto debido al poco tiempo que tenía para el vuelo de conexión (90 minutos).
 
            Esa era mi preocupación principal: el escaso tiempo que tenía para la conexión en Houston, pero lo que me dijo la señorita me relajó y abordé el avión. Todo eran risas y felicidad hasta que el piloto nos hizo un anuncio: el avión presentaba fallas y ya estaban trabajando los de mantenimiento en ello. “Hombre, ¡No pasa nada! ¿Cuánto pueden tardar?” me dije, así que seguí whatsappeando a gusto.

Salimos una hora más tarde a lo programado.

            Corre Hebert ¡Corre!

            ¿Saben? No sé cuántos ejemplos necesito para entender que atraes lo que piensas y espero algún día ser un poco más sabio o sereno para comprenderlo. Desde que compré el vuelo me preocupó el tiempo corto para la conexión: a pesar que en la agencia de viajes y en la propia aerolínea me decían que era suficiente, a pesar de que ya conocía lo eficientes que son en el Aeropuerto de Houston, a pesar que ya hice una conexión con menos de una hora de tiempo en Amsterdam. A pesar de todo ello, mi cabeza seguía imaginándome corriendo para alcanzar el avión . . . . ¡y se me concedió!


            Cuando finalmente aterrizó el avión, sólo tenía 30 minutos para bajar, pasar migración, pasar aduana, llegar a la otra terminal y abordar mi vuelo a Narita, sonaba imposible ¿verdad? Pero así como soy un neurótico con esto del control también soy un pinche necio, mientras haya un chance lo voy a intentar ¡y empecé a correr!

            Rebase a no sé cuántas personas, cargando mi equipaje de mano y la lap top, corrí como pocas veces, rebase a decenas de personas y, felizmente, no había cola en migración así que avancé de inmediato y, con mi historial de viajes al Gabacho, pasé casi en automático.

            Seguí corriendo porque ya sólo me quedaban 10 minutos para abordar. Fue una bendición que mi equipaje fuese documentado directo a Japón, porque eso me hubiera partido el queso. Pasé rápido por aduana y llegué al control de seguridad.

            Eso es algo que encuentro tonto, si acabas de bajar del avión, y vas directo a un vuelo de conexión, ¿para qué volver a verificarte? ¿Acaso en el trayecto alguien en el aeropuerto te va a dar una bomba? Pero ya no cuestiono, debo aceptar que así son los Gringos y no van a cambiar para complacerme.

            Yatta! ¡Lo logré! Alcancé a abordar, incluso no fui el último “Soy una auténtica reata” le escribí a Paco por Whatssapp, ya que él iba a recibirme en Narita y estábamos viendo si llegaba o no.

            25 minutos exactos, incluso me hubiera dado tiempo de ir al baño, pero opté por hacerlo en el avión. Espero, en verdad espero, nunca volver a pasar por una angustia similar. Aunque debo admitir que me sentí orgulloso del tiempo que hice, de lograr una misión que parecía imposible y ver que, cuando quiero, ¡puedo!
 
Así me sentí ya en el avión a Narita
            De cualquier manera, el avión despegó diez minutos más tarde para esperar a más pasajeros que iban atrasados, en mi mismo vuelo, pero eso ya no me importó. Me quedé con la satisfacción de haber logrado algo poco probable y con la enseñanza que el poder de mi mente es increíble, así que debo cuidar más mis pensamientos (Sobre todo los neuróticos ¬_¬).

            Fue hasta ese momento que por primera vez, en más de dos semanas, me pude relajar.

            All Nippon Airways

            Y bueno, eso me trae al momento con el cual inicie este escrito, ya que lo estoy redactando sobre el océano pacifico. Tengo conectada mi lap, mi teléfono se está cargando a mi lado, tengo 15 minutos de internet gratis por cada cuenta de correo y puedo comprar más tiempo a tarifas razonables.

Así te tratan los de ANA
            Creía que iba ser difícil superar mi percepción con los de KLM, Air France y Aeroméxico, pero All Nippon Airways (ANA) es una experiencia exquisita, no en vano está en los más altos lugares a nivel mundial en cuanto a servicio. Obvio las primeras tres me siguen encantando, pero ANA ha demostrado estar levemente arriba de ellas.

            Además de las opciones de conectividad ya mencionadas, también te ofrecen películas, música, series, juegos y demás opciones que, por fortuna, utilice muy poco, ya que traje mi lap para avanzar en mis escritos. Y me sirvió, porque no resentí el vuelo, avance algo en mis textos a tal grado que me desconecté del mundo y se me olvidaba hacia dónde iba.

            El avión estaba impecable, el equipamiento (sillones, pantallas, compartimientos, conexiones y demás) muy modernos, la revista de la compañía muy completa (con artículos ingeniosos, productos interesantes y buenos tips para relajar tus piernas en un trayecto tan largo). A pesar de ser clase turista no me sentí apretado y si a todo eso le agregas la amabilidad y detallitos de buen gusto japonés, te hace más llevadero el viaje de 14 horas entre Houston y Tokyo que, al ser por el océano Pacifico, es mucho más turbulento que por el Atlántico. Me encanta cuando una compañía está consciente de las circunstancias del vuelo (tiempo, distancia y turbulencias) y se preocupan por maximizar tu bienestar.

            Hace cinco años, cuando empecé a volar al extranjero, sin pretenderlo, casi siempre me tocaba ventanilla, algo que me encantaba, porque tengo complejo de perro paseando en coche, que va viendo emocionado el paisaje (así sean puras nubes). Sin dame cuenta, en mis últimos viajes ahora privilegio el pasillo.

            ¿A qué se debe este cambio? Primero ya no me emociona la ventanilla, he vivido tantos despegues y aterrizajes que ya no lo encuentro emocionante. Ahora busco la comodidad y qué mejor que el pasillo, que te da espacio y libertad, ya que tienes un lado libre y para ir al baño no debes pedirle a nadie que te deje pasar. Adicionalmente te permite chismear para ver lo que te van a servir. Bendito “Check in On line” que me deja escoger lugar con anticipación.

            El día antes del vuelo platicaba con una chica que me decía que no le gusta comer en los aviones y que prefiere pasársela dormida. Eso me llamo la atención porque, aunque me encanta dormir, también me encanta comer e, inexplicablemente, ¡Adoro la comida de los aviones!

            Nos pasaron el Menú y escogí algo de mariscos, no vi muy bien que tenía pero estaba muy bien presentado (sin duda los japoneses tienen un gusto estético muy desarrollado). Fue una experiencia diferente, porque fui descubriendo los sabores conforme iba engullendo, estaba rico más no delicioso, pero sirvió para entretener la tripa. Aunque tengo la impresión que lo disfrute más por la presentación tan mona que tenía. Lo que sí me encantó fue el postre: un helado de Vainilla de Häagen Dazs que casi me saca lagrimitas de la alegría que sentí al degustarlo.

            Por cierto, hasta este punto, opté por no hablar en japonés y comer con cubiertos en lugar de palillos, ¿Por qué? Me servía pasar por un Gaijin (extranjero) ignorante, mismo papel que me simplifica todo y me tengo que esforzar menos. (Sí, a veces peco de flojo).

            Cuando el japonés sabe que conoces su cultura sube el estándar contigo e, inconscientemente, más te exige que te comportes conforme a su idiosincrasia. Esa preocupación se la expresé a Paco días antes y me dijo “No te estreses y disfruta tu viaje”, así que para relajarme más, asumí el papel de Gaijin ignorante. Ya había dos semanas por delante para practicar mucho mi japonés en tierra.
Por eso no voy a lugares finos

            Lo malo es que asumí ese papel muy bien porque, en la primera comida que nos sirvieron, había una especie de leguminosas con todo y cáscara, mismas que estaban hervidas y, al no saber muy bien qué eran, ¡me las comí sin pelarlas! Después noté que los nipones de al lado sólo se comían lo de dentro y dejaban la cubierta. Sí, a veces también peco de naco ¬_¬.

            Pero no sólo me fije en eso, al observarlos comer quede como hipnotizado, me impresionaba la tranquilidad, paciencia o parsimonia con la que comían, casi casi una ceremonia para degustar sus alimentos, como si fueran conscientes de cada bocado. Para mí, que suelo devorar en unos cuantos minutos, fue un espectáculo fascinante, no porque comieran lento, sino con la intención de disfrutar el momento y el bocado.

            Y creo que eso es lo que me encanta de esta cultura: los pequeños detalles que convierten algo mundano en un hecho soberbio, el cómo ellos le dan un sentido casi artístico a su existencia sin que sean conscientes de ello.

            Un ejemplo de esto son sus formas de migración y aduana, mismas que están hechas con mucho detalle y en un papel muy fino para un documento tan común. Me recordaron el papel de los certificados del Nouryoku Shiken , porque eran gruesas y muy bonitas.

Así somos
            Esa esencia invisible, esos detalles de buen gusto es lo que me atrae de ellos ya que, ciertamente, no me encanta su comida y no me veo levantando la ceja por alguna nipona, y lo digo porque las azafatas, aunque eran bonitas, no me llamaron la atención. Eso cambiaría días después, cuando ya estaba totalmente inmerso en su cultura, porque me terminó encantando su comida y sus mujeres H_H.

Por cierto, no recuerdo haber tenido una tripulación tan atenta, las chicas pasaban de manera frecuente, sin agobiarte pero tampoco te sentías abandonado. Siempre con una actitud auténtica de servicio. Nunca he viajado en primera clase, y no creo hacerlo a menos que alguien me la pague, pero este nivel de atención lo hace sentirse a un extremadamente importante.

La llegada

La gente en el aeropuerto es extremadamente amable y atenta, el trámite de migración y aduana fue eficiente y cortes, así que en menos de media hora ya estaba fuera. Al salir me encontré a Paco Kun que me estaba esperando para darme la llave de su departamento y unas cuantas indicaciones, ya que él mismo iba a pasarse unos días en Corea.

Seguía sin hacerme consciente de que (¡por fin!) había llegado a Japón ¿Por qué? Aún me faltaba recoger mi Pocket Wi-Fi, mi pase de trenes y, lo que más me estresaba, llegar por mi cuenta a casa de Paco (bendito google maps ¡Te amo!).

Ya en la estación empecé a hablar en japonés ¡y la gente me entendía! (y se sorprendía), tal vez porque ahí hablan buen inglés y tratan de hablar el japonés claro para el extranjero.

A diferencia de Chicago, en donde sí iba muy atento, esto de irme a la ciudad en metro con las maletas, me tenía algo desconectado. Veía de reojo el paisaje externo y, de inicio, no parecía nada extraordinario, de hecho se veía bastante común. Conforme íbamos avanzando y acercándonos a Tokio (Narita está como a 50 kilómetros de distancia), la arquitectura se empezaba a poner más bella y atractiva.

Me bajé en Ichikawa, que está en Chiba, todavía está fuera del Centro de Tokio y, a falta de Taxis, opté por caminar los 1500 metros que separan la estación de la casa de Paco. Hacía un frío de la chingada, lo bueno que mi anfitrión me advirtió que me iba a tocar el último jalón de invierno, así que bien tapado, inicie mi trayecto.

El camino fue tranquilo al igual que el barrio. Me llamó la atención lo estrecho de las calles, tuve que readapatar mi cerebro que aquí el sentido es al revés que en occidente, y caminar a la izquierda en lugar de a la derecha. Esta zona no tiene nada de Glamour, pero me encantó esa esencia tan tranquila, tan serena, ha de ser una delicia habitar una zona calmada en una Megaurbe tan caótica.

Finalmente llegué a casa de Paco y, en automático, mi cuerpo se relajó en extremo. La casa era una mansión para los estándares japoneses, en México sería una buena casa para clase media. Paco me comentaba (vía whatssapp) que entre más lejos vives del centro, encuentras hospedaje más amplio y barato, así que podía pagar esa renta. Sí, renta porque comprar una casa así en este país es de millonarios (y él ya estaba enganchado con su vivienda en Kyoto). Cuando uno ve esos detalles, y a pesar de todos nuestros problemas, uno aprecia vivir en México.

Había muchos avances tecnológicos en la casa que, sin duda, me hicieron ver la mía en México como una choza. Paco ya me había orientado en algunas y hubo otras que me tomaron desprevenido.

Ya no investigue más porque estaba muerto: entre el dormir poco, la angustia en la conexión, el desgaste de las 14 horas, el estrés de llegar a casa de Paco, el cambio de horario y lo cansado de llevar dos maletas pesadas y una lap top por un camino no tan plano ¡estaba molido!

Me bañé y casi me desmayó en el futón. Dormí nueve horas seguidas así que, oficialmente, ya estaba adaptado al horario de Japón. Ese Lunes iba a estar lloviendo sin parar, además de que hacía un frío homosexual (o sea un puto frío), así que me tapé bien, tomé la sombrilla y empecé oficialmente mi aventura nipona, a ver si ya me hacía consciente que ¡Ya estaba en Japón!

La aventura en sí la empiezo a abordar a partir del siguiente escrito, así como las fotos de cada lugar que visite y me llamó la atención.


Hebert Gutiérrez Morales.

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