sábado, 21 de mayo de 2016

El ermitaño que YA NO quiere ser domesticado

            Termino de nadar, me ducho y voy al buffet de la Unidad deportiva, al ir a mi mesa saludo a cinco personas del trabajo, que no se conocen entre sí pero que yo sí. Incluso el esposo de una de ellas se sienta conmigo para acompañarme y hacerme plática detalle que, aunque agradezco, no era necesario.

            Aun así, la plática estuvo buena y se prolonga hasta el estacionamiento, en donde  me ofrece ride pero, siempre que me es posible, prefiero caminar que ir en auto. En el camino de regreso a casa, me pongo a contestar mensajes del WhatsApp y a mandar algunos chistes que son la delicia de mis contactos. Al leer todo esto se podría suponer que soy alguien muy sociable y creo que, a un nivel, eso es cierto, pero mi tolerancia respecto al resto de la humanidad es más baja de la que podría creerse.

            Llego a casa, misma que está relativamente sucia “pero aún habitable” es la respuesta inconsciente a mi observación mental. No me preocupa, igual y todavía tengo un par de meses antes de que, en verdad, deba de limpiarla. Tengo otras prioridades antes que asearla, además, nadie me va a visitar en lo que resta del año y, con suerte, en los siguientes años.

            Así que no voy a tener interacción humana en las próximas 24 horas, hasta que vuelva a salir a nadar, porque no pretendo salir de casa durante el fin de semana, ya que tengo mucho que escribir y pocas ganas de ver a alguien más.

“I hate housework. You make the beds, you do the dishes - and six months later you have to start all over again.” – Joan Rivers

Obviamente va a llegar el punto en que la deba de limpiar: cuando me dé un ataque de amor propio que me grite que merezco habitar un lugar pulcro, esto por la pena de ver mi morada tan sucia.

Pero no sólo es lo sucio, también lo desacomodado, de hecho tengo ropa que no he doblado porque no tengo tiempo. Bendito consumismo que me hace tener mucha, de lo contrario no podría darme ese lujo.

Además de la desidia y/o procastinación, en realidad tengo otras prioridades que atender, como los muchos escritos que redactar sobre mi viaje a Japón, tantos que ni siquiera los voy a serializar porque resultaría indecente. Y, por si fuera poco, este escrito lo tenía que publicar antes de viajar a Londres e Islandia pero, como hasta ahora tuve un poco de tiempo, se me han juntado más escritos que redactar y el tiempo no se multiplica para darme algo de holgura.

Por todo ello no tengo tiempo para actividades fuera de mi rutina normal.

Es más, desde que regresé de dichos viajes tengo una cantidad impresionante de invitaciones a compromisos sociales, comidas, cursos y cafecitos que he tenido que rechazar. Sé que debería sentirme halagado que tanta gente quiera reunirse conmigo para platicar sobre mis experiencias en dichas travesías, aunque la mayoría sólo me agarra como terapeuta gratis para desahogar sus penas y, una vez logrado su objetivo, se olvidan de mí hasta su siguiente crisis personal.

En verdad ahora no tengo tiempo para hacer obras de caridad con mi atención, tengo prioridades que sólo me conciernen a mí. De hecho, conforme avanzan los años me doy cuenta que cada vez soy más envidioso con mi tiempo, porque es mío (de mí solito) y no quiero compartirlo con nadie más.

A pesar de que las mando a la goma con educación y elegancia, las personas se molestan, pero no me importa, de hecho cada vez me importa menos la gente (con sus muy contadas excepciones).

Y es que como creen que tengo contacto con ellos por WhatsApp, Facebook o mail, también debo estar disponible en persona, pero están equivocados. Esos medios virtuales me permiten darles algo de mi ser, y enterarme de sus vidas, sin una inversión considerable de tiempo y espacio, pero de eso a darles interacción real, lo reservo para gente que en verdad vale la pena. Es más, creo que hasta les doy tiempo excesivo, tanto que ya estoy ponderando cerrar nuevamente el mentado Facebook.

Lo más que les puedo dar es mi hora de comida porque, de todas formas, debo de comer. Y eso cada vez es más espaciado, porque ahora procuro comer a solas tanto como me sea posible. Incluso llego a mentir, cuando me preguntan si tengo con quién ir a comer, con tal de que me dejen en paz y pueda comer solo, así tengo más tiempo para tratar mis asuntos.

Recuerdo que hace algunos años, una amiga me quiso presentar una amistad suya con el pretexto de “conocer gente” a lo que le respondí “Pero ya conozco mucha gente, y no quiero conocer más de hecho, si pudiera ‘desconocer’ a la mitad, me sentiría mejor”.

Y es que la mayoría de las personas son estúpidas e ignorantes, y no estoy descubriendo el hilo negro, ya que en realidad muy pocos humanos valen la pena. Pero, por desgracia, no puedo aislarme en mi cuevita y vivir alejado de la Sociedad. Así que diseñé un estilo propio de ser ermitaño, en donde puedo habitar ENTRE las personas, pero eso no significa que viva CON ellos; por lo mismo minimizo mi contacto en la medida de lo posible para privilegiar mis momentos de soledad.

            Sin embargo, aunque cada vez me importa menos la humanidad, continuo con tantas acciones ecológicas me nacen, pero no lo hago por estos estúpidos homínidos, sino por este pobre mundo que tuvo la desgracia de albergarnos.

            Hablando de albergues, al regresar de Japón, tomé una decisión determinante para mis próximos viajes: ya no voy a aceptar invitaciones a que me hospeden. Y conste que mis anfitriones en Berlín, Washington y Japón fueron súper atentos y amables conmigo.

            Entonces, ¿cuál es la razón de mi decisión? El quedarme con una amistad trunca mi libertad. Y es que no puedo ser tan maleducado o caradura como para sólo llegar y dormirme o ponerme a escribir al llegar al lugar que me da asilo. Debo platicar, debo convivir y debo interactuar, incluso pago la atención con regalitos y un par de comidas (una allá y otra acá) que les invito a mis anfitriones.

            ¿Soy un ingrato? Sin duda alguna, pero a partir de ahora prefiero pagar un hospedaje impersonal en que la interacción sea mínima con tal de tener todo mi tiempo en exclusiva. Y es que me gusta viajar solo. De hecho ése es mi siguiente paso, ya que mi necesidad de soledad me resultó evidente al programar dos fines de semana al Gabacho y, al ver la complejidad de organizar a otras personas, la decisión estuvo clara: “Después de estos dos viajes, ya no vuelvo a invitar a nadie”.

            Dicha decisión la corroboré regresando de Londres e Islandia, ya que conviví dos semanas con mi hermano, al cual quiero mucho pero, en definitiva, anhele mi tiempo y espacio a solas. Ya para viajes largos no voy siquiera invitar a nadie.

Sé que el humano es un animal gregario y, en su naturaleza está el relacionarse, pero ya no me nace conocer a nadie más, y estoy hablando en todos los aspectos, especialmente en el sentimental.

Después de pasar por constantes decepciones amorosas, creo que la última tuvo daños permanentes, tal vez porque la ilusión era descomunal. Algo ya no volvió a la normalidad después del duelo, algo se quedó roto o murió y, honestamente, ya no me interesó componerlo o revivirlo.

El problema es que sigo siendo hombre, sigo teniendo instintos y el riesgo de decidir con la cabeza equivocada está siempre presente. Se me siguen antojando las mujeres, por desgracia no puedo anular esa parte animal mía pero, ha pasado tanto tiempo de celibato, que me puedo controlar perfectamente antes de que el instinto le gane a la razón.

Y claro que me interesa tener sexo, pero al precio justo, no a la cotización inflada que te exige la mujer poblana, que te pide mucho más de lo que te ofrece (pero MUCHO más). Y es que las cortejas, te esfuerzas, te esmeras, le inviertes un buen y para que al final no den su brazo a torcer.

Haciendo cuentas de lo que inviertes en gasolina, comidas, entradas, detallitos, cena, estacionamientos y, lo que más me duele, tiempo para cortejarlas, por la cantidad de citas que requieres para tener sexo, te das cuenta que no es un negocio muy rentable, sobre todo si al final te vas con las manos vacías.

Hacía números con los hombres de la oficina y concluimos que te sale más barato contratar a una profesional ¿Por qué? No finges, no te esmeras, queda claro lo que quieres, no hay sentimientos involucrados, van a lo que van y se retiran sin sentirse ofendidas y, lo más valioso de todo, ahorras un chingomadral de tiempo. Mi problema es que la prostitución no va con mi esencia pero espero, pronto, volverme (más) cínico y superar esos bloqueos morales que me impiden ensuciarme más y estar a la altura de esta cochambrosa sociedad.

Sí, sí, sí, sé que no he probado las maravillas de una relación, lo bonito de compartir en pareja y todas esas cursilerías que dices cuando estás enamorado. Cuando el enamoramiento te invade es como estar drogado, ya que es un estado alterado de consciencia. Percibes cosas que no existen, personas que no son así y situaciones que jamás se darán. Por eso he retomado el título de uno de los escritos cuando estaba embriagado de amor.

            No puedo negar que estar enamorado es de los estados más sublimes y bellos de la vida, algo que te llena de esperanza, de positivismo y de amor, no sólo hacia tu potencial pareja, sino al resto del mundo.

            Tampoco puedo negar que la necesidad que exprese en dicho escrito sea una falacia ya que, idiotizado o no, el anhelo de tener un clan está presente en todos nosotros, gracias a nuestros instintos, pero el que estén ahí no quiere decir que tengamos que satisfacerlos en su totalidad porque, de los contrario, todos estaríamos fornicando con todos, asesinándonos, violándonos, robándonos, peleándonos, chocando y demás. Y, si lo ven con detenimiento, eso es justamente lo que pasa en la realidad, por lo que queda demostrado que los humanos no estamos tan evolucionados como nos gusta creer.

Sé que el riesgo de enamorarme siempre va a estar latente, porque son reacciones químicas que están más allá de mi control, pero nadie puede culparme por intentar evitarlo. Y es que el hecho de que un instinto pida algo no quiere decir que lo debamos de cumplir.

            Cuando el enamoramiento se mezcla con esos instintos ¡ya valió madre!, porque nos surge esa “necesidad” de trascender a través de los engendros y, cuando pasa el efecto del enamoramiento, ya te encuentras con un par de chamacos que mantener y una mujer que te exige que te comportes a la altura “¡Ya basta de jugar! Es hora que te comportes como Papá”. Damn! :’-(

            Tal vez sea algo que se ha dado siempre y hasta ahora me resulta evidente, pero noto que mucha gente joven (menores de 25) están teniendo hijos y me doy cuenta que es un desperdicio de vida. Pero no sólo la de ellos, también la de sus engendros, ¿Para qué traer más hijos a este mundo que se está autodestruyendo? Pero la gente es pendeja, no razona, sólo se dedican a cumplir sus programaciones instintivas sin cuestionarlas.

            El problema es que, se dé o no, el proceso de enamoramiento te quita mucho tiempo, mucha tranquilidad y paz interna. No sé si la recuperes si se logra la relación (no me ha pasado) pero, cuando no se da, he tardado mucho en retomar mi ritmo normal, y eso me frustra, porque el mundo sigue a la misma velocidad mientras tú intentas ponerte al corriente al mismo tiempo que curas tus heridas.

            Hoy en día voy increíblemente atrasado en lecturas, películas, escritos y demás, por tanto tiempo que perdí deprimido. Obviamente no voy a culpar a aquella hermosa mujer, al final la decisión fue mía, me aventé sin precauciones al enamoramiento y perdí. Aunque eso de que fue “decisión” mía es algo relativo: en realidad no tuve opción, el enamoramiento nunca te da a elegir.

Volviendo a mis pendientes, lo que más extraño es leer. Tengo muchos libros excelentes que he dejado en espera, pero algo me dice que debo seguir escribiendo, tanto como pueda, debo de avanzar ¿Por qué? Porque lo que escriba es mi legado, la evidencia de mi paso por este fregado mundo y, por eso mismo, no puedo leer, no lo haría con calma, me sentiría incómodo sabiendo que tengo mucho por escribir.

Así que mejor escribo, sé que algún día retomaré la lectura con tranquilidad y mucho gusto. Pero ahora el sentido de mi escritura es distinto, porque ya no escribo para todo el mundo. Ha dejado de importarme que la gente común lea o no lo que escribo. Ya no me nace dejar estos textos a la humanidad en general, sino a un grupo de selectas personas, mismas que tal vez conozca o tal vez no, pero sé que existen (o van a existir). Supongo que eso también es egoísmo de mi parte.

Otro aspecto de mi creciente egoísmo viene con el cuidado celoso de mis horas de sueño. Algo que aprendí de mi pasado amago de relación es que no debo ir en contra de mi esencia. Con aquella hermosa fémina me desvele en dos años muchos más que lo que había hecho en mi vida entera y, aunque lo hice por amor, no me gustaba dormir poco, ya que afectaba profundamente mi calidad de vida.

Ahora procuro no desvelarme, así tenga que salirme temprano de reuniones o no asistir a las mismas, no me importa que me llamen abuelo, amargado, grinch y demás calificativos obvios y faltos de creatividad: mi plenitud es más importante que la aceptación social.

Defender mi esencia ayuda a mi objetivo de no volverme a relacionar. ¿Por qué? Pareciera que el 99% de mujeres solteras que conozco les encanta desvelarse y, manteniendo mi postura, las desanimo a intentarlo conmigo. Las únicas mujeres a las que les gusta dormir temprano son a las que ya son mamás, y eso porque están puteadas por la intensa actividad de ser madres.

            Por eso trato de ya no conocer profundamente a ninguna mujer nueva, para minimizar riesgos de enamoramiento. Obvio, al ser un tema de instintos, estoy en riesgo constante, pero nadie puede culparme por cuidarme de que nunca vuelva a pasar.

            Eso me recuerda un par de pasajes que apenas viví, uno en Londres y otro en Reikiavik.

En el Museo de Victoria y Albert en Londres: iba caminando por uno de los pasillos, cuando me topé con una mujer de una belleza impresionante y con una sonrisa tan hermosa que era difícil no quedarse embelesado. Noté que me sostuvo la mirada mientras avanzábamos y, aunque era una hermosura que pocas veces he visto, opté por sonreírle de vuelta y seguir mi camino.

El otro caso, en un restaurante de la capital Islandesa, había una mesera que, para mí, debería ser modelo por su cara tan perfecta y su cuerpo increíblemente proporcionado. Estuvimos cruzando miradas con insistencia pero opté por terminar mi comida y retirarme pronto antes de continuar con el juego.

            Sí, sé que estoy pendejo por ni siquiera intentarlo, porque tal vez alguna era el amor de mi vida pero ¿saben? Precisamente por eso decidí seguir mi camino, y haré lo mismo sin importar cuantas mujeres hermosas me sonrían, ahora mi objetivo es proteger mi soledad y plenitud a como dé lugar.

            Ahora, sé que en Europa, mi sex appeal se incrementa por mi físico tan poco común por allá, y lo diferente llama la atención. Sin embargo, en México mi atractivo tiene otros matices.

A pesar de no sobresalir por mi guapura, una (des)ventaja que tengo es que, por mis características, resulto atractivo para las féminas, especialmente para las de cierta edad casadera, esas mismas que entran en desesperación por relacionarse y no te dejan tu libertad, a fuerzas quieren domarte.

            Y ése es un gran problema que veo con las relaciones: la gran mayoría de ellas piden que anules tu individualidad, a fuerzas quieren someterte en una especie de relación simbiótica, se toman literal eso de ser “uno mismo”. Estoy feliz con mi individualidad e independencia, y como la mayoría de las mujeres mexicanas (especialmente las poblanas) tienen la intención de fusionarse contigo, la verdad a uno no le quedan ganas de volverlo a intentar.

            Ciertamente debe de haber por ahí alguna que le interese compartir en lugar de someter, pero son tan contadas que prefieres tomar la postura de que “justos paguen por pecadores” y no arriesgarte a que te salga una psychogirlfriend que quiera anularte.

            Estoy consciente que la decisión que estoy tomando (no relacionarme) tiene sus consecuencias, si logro mi objetivo, pero estoy consciente de ellas. En su momento puede ser que diga “¡Madres!” pero también me responderé “¡Ni pedo!” Uno debe de aprender a sopesar las repercusiones buenas y malas de sus actos. Pero eso no quiere decir que relacionarse sea la apuesta segura y no te arriesgues a regarla feo: Cada decisión que tomes, o no tomes, también acarrea sus consecuencias.

También estoy consciente de las ventajas de mi postura y si mi paz y tranquilidad van a estar en esas ganancias, prefiero tenerlas a costa de una potencial pareja. Sé que mi decisión está tomada sobre el miedo de volver a salir herido y el dolor de las decepciones pasadas (en especial LA pasada), pero también está tomada sobre la experiencia y la observación de mis anhelos y me reconozco incapaz de relacionarme, por lo menos con la mujer poblana o apoblanada.

En “The Perks of being a Wallflower” (o “Las Ventajas de ser Invisible”) hay una frase que me encanta por lo cierta que es: “Todos tenemos el amor que creemos merecer”. Ciertamente no entiendo a las mujeres, y ya me cansé de intentarlo. Seguramente, por esa falta de paciencia mía, es que no merezco a ninguna.

Pero también ya estoy cansado de sufrir, así que tal vez no tenga el amor de otra persona pero, por lo menos, tengo paz interna, y eso quiere decir que tengo más amor propio que la necesidad de que alguien más me “valide” a través de sus atenciones. Y supongo que el amor (sano) por uno mismo es más poderoso que el que alguien más pueda tener por ti.

            Ya para terminar, no me pasa desapercibido que ya llevo varios escritos sobre este tema, bajo las etiquetas de soledad, misantropía, egoísmo, independencia y demás. Y, aunque dejo claro mi punto, el caso es que siguen surgiendo. ¿Por qué sigo escribiendo sobre ello? No lo sé, tal vez porque mi ego sigue encontrando argumentos para reforzar mi posición, tal vez estoy tratando de convencerme o tal vez sea un grito de ayuda de mi inconsciente, algún llamado de auxilio de mi parte humana que se va disolviendo.

¿Alguna vez sabré la respuesta? Posiblemente aunque, sospecho, el día que lo averigüe ya será demasiado tarde para cambiar algo.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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