domingo, 12 de junio de 2016

Se levanta el Viento (Kaze Tachinu)

            “¡El Viento se levanta! ¡Hay que intentar vivir!” – Paul Válery

            ¡Ah! ¡Pero qué bárbaro! ¡Cómo lloré con este filme! Y ni siquiera tuve chance de hacerlo porque es la última película de Miyazaki, con la historia en sí me bastó para berrear inconsolablemente y deshacerme en lágrimas.

            Es más, me he dado cuenta que cada vez que veo algún tráiler de Ghibli, al ver la figura de Totoro y escuchar la hermosa música de Joe Hisaishi, siempre me conmuevo hasta lo más profundo de mi corazón, porque sé que es garantía que voy a recibir una maravillosa historia que atesoraré en el alma.

            Además de ser significativo por ser su último trabajo, este filme del maestro Hayao Miyazaki me resulta muy especial porque encuentro su película más adulta, más madura, eso sin renunciar a la magia e ilusión que nos regala en cada una de sus magníficas obras.


            Antes de continuar viene el fastidioso, pero necesario, SPOILER ALERT, si no la ha visto, no siga leyendo, porque no me voy a guardar nada al momento de comentar el argumento.

            Me gusta cómo abordan el tema de los sueños, por un lado lo onírico con mucha ilusión, pero también le dan un enfoque más adulto y más real. Los diálogos entre Jirou el Sr. Caproni son una delicia aparte dentro del argumento.

En dichas pláticas Jirou encuentra la inspiración o recuerda los motivos del por qué hace lo que hace al perseguir sus sueños, esto de la mano de su ídolo, su modelo a seguir. Y es chistoso, porque las pláticas siempre empezaban con aviones y terminaban siendo de la vida misma.


            La relación de Jirou con Kayo (su pequeña hermana) es una delicia, él siempre llegando tarde, ella siempre haciéndole un pancho por alguna promesa rota pero, al final, demostrándose cuánto se quieren desde pequeños. Aunque sus intervenciones son pocas, disfrute cada una de ellas. Por ejemplo cuando van por el río en el barco de vapor y ella le dice que la apoye con su papá para que la deje ser médico. O como cuando lo va a felicitar de su boda pero, al mismo tiempo, le reclama de cómo le permite a la pobre Naoko estar en ese estado. Kayo siempre es muy pasional, pero con las intenciones más nobles.

            El amor lo encuentras en el lugar y momento menos esperado. “¡Se levanta el viento!” dice Naoko “¡Hay que intentar vivir” le contesta Jirou. La escena en que nuestros protagonistas se conocen es una belleza, pero no porque se haya dado en un campo de flores con todo un marco romántico, simplemente se dio en los vagones de un tren, pero ellos mismos hicieron que el marco fuese perfecto.

La escena tiene esa sencilla elegancia característica de Ghibli, que nos regala un momento tierno y a la vez profundo con la mirada y la sonrisa de ambos. Años en el futuro, se confesarían: “Desde la aquella vez que atrapaste mi sombrero te he amado” y ella le respondió “Yo también”. Y es verdad, hay ocasiones en las que, desde la primera vez que vez a alguien, la amas para el resto de tu vida. Ya si coinciden los sentimientos o no, es harina de otro costal.

            La representación del gran terremoto de Kantou de 1923 fue hecha con recursos relativamente sencillos, pero dieron un resultado soberbio, lo cual demuestra que no importa el dinero que te gastes en efectos especiales, la creatividad siempre será un recurso más valioso (e incluso barato).

Cuando Jirou ayuda a Naoko y a Kinu, ésta la dice “Es que vamos a la ciudad de Ueno” ¿Ciudad de Ueno? Me resonó. Y es que en 1923 Tokio ya era grande, pero no la Megaurbe que ya se ha tragado a varias poblaciones, de hecho Ueno ya está muy dentro de Tokio (lo sé porque lo visite); antes llegaban ahí en tren, ahora llegas con cualquier camión o en metro. Me resultó curioso cómo va cambiando la realidad con el paso del tiempo.

            Y eso me resonó más cuando en algún momento Jirou pregunta “¿Por qué Japón es un país pobre?” hoy esa pregunta daría risa, pero viendo la excelente ambientación de Miyazaki, uno recuerda que el país del Sol naciente tuvo momentos difíciles antes de gozar de la abundancia de los últimos tiempos. Por lo cual vuelves a admirarlos ya que, gracias a su voluntad y disciplina, han llegado hasta donde están (en todos los aspectos).

            Desde su primera participación, Honjou fue un personaje que me encantó. Su línea argumental es secundaria, pero la amistad entre ambos es una delicia, ya que se quieren y se apoyan mucho, nada de rivalidades y son muy generosos entre sí, se cuidan mutuamente y, aunque es una amistad de “machos”, resulta ser un vínculo muy cálido entre ambos.

            De las mejores escenas de la Universidad es cuando Kinu va y le devuelve su camisa, su regla y una carta de agradecimiento por lo que hizo aquel día por ellas. Como comentaría Naoko posteriormente “Aquel día fuiste nuestro héroe, nuestro caballero”. Al ver el paquete, Jirou sale a buscarla pero ya no la encontró. Luego confesaría que había regresado a la mansión en donde había dejado a Naoko, pero ya no había nada ahí.


            Me encantan esos momentos en los filmes japoneses, que no son tan relevantes para el argumento principal, pero son pequeños regalos llenos de clase que te hacen más disfrutable la historia, como cuando Jirou le ofreció dos rebanadas de pastel a unos niños hambrientos y estos, con más orgullo que necesidad, huyen de él para evitar la “humillación”. O como cuando Honjou y él caminan por las calles alemanas, con mucho frío y, justo ahí, escuchan una melodía de Schubert. Momentos irrelevantes pero bellos al final.

            Ya en su trabajo, el Sr. Hattori me cayó estupendamente desde el inicio y, aunque su participación fue poca, era una delicia cuando interactuaba con Jirou y Kurokawa. Al inicio no te cae bien el Sr. Kurokawa, por ser cascarrabias y neurótico pero, con el paso de la historia, vas viendo su lado humano, va adoptando a Jirou como un hijo. De hecho te conmueve cuando ambos se enteran que Jirou se va a casar y se ponen muy felices de que “no sea un Robot”.


            Eso siempre me ha encantado de Miyazaki Sensei, que tiene la cualidad de plantearte historias harto interesantes, sin poner propiamente a un “malo”, simplemente se vale de situaciones y seres humanos, no de personajes acartonados que son malos “porque sí”.

            Toda la estancia en el hotel, en donde por fin se reencontraron Jirou y Naoko, está llena de momentos bellos y sutiles: las pinturas de Naoko en la pradera, Jirou atrapando la sombrilla, la conversación nocturna de Jirou con Castorp, cuando se encuentran cara a cara en el río Jirou y Naoko y demás.


            Dentro del tiempo en el Hotel hay escenas que destacan por sí mismas. Primero cuando contemplas la derrota de Jirou con su prototipo, mismo que se estrelló. El verlo frente al avión destrozado te parte el corazón, y por eso está en el hotel, para tomarse un break que lo haga recuperarse de tan tremendo golpe. Por eso me conmovió cuando a solas escuchaba las risas de las chicas o, en el comedor, cenaba por su cuenta, reflejando ese espacio que necesitaba para asimilar la derrota pero, sin saberlo, iba a encontrar una inspiración enorme, la más grande que jamás iba a tener.

            Después de reencontrarse tras tantos años, Naoko no puede ocultar su alegría, así que dan paso a otra bonita escena en donde ambos van caminando bajo la misma sombrilla, contra la potente lluvia, el diálogo es sencillo pero muy bonito, lleno de ternura y de ese amor que aún no te atreves a expresar de manera abierta pero que se nota a leguas. Ella caminando del brazo de él, sin importar que su pintura se mojé (“que se quedé así” decía Naoko “como recuerdo de este maravilloso día”), es un momento lindo.


            Toda la escena del cortejo con avioncitos de papel resulta muy tierna, muy sana y, por lo mismo, muy bella. Cómo a través del juego puedes expresar todo ese sentimiento que te inunda el pecho, a través de risas y pequeños detalles.  Toda esa secuencia desemboca en que Jirou le pida la mano de su hija al Sr. Satomi. Ella acepta, pero no se va a casar con él hasta que se recuperé de la Tuberculosis que le aqueja desde que murió su madre de la misma enfermedad.

Por cierto, este detalle es muy profundo, porque la madre de Miyazaki Sensei también sufrió de esta terrible enfermedad por lo que, de alguna manera, el reflejarlo en el argumento es una manera de recordar a su mamá.

            Además de esto, otro aspecto que me gusta resaltar del genio de Miyazaki Sensei, es la inteligencia para tratar un tema incómodo (la participación de Japón en la Segunda Guerra Mundial) de manera tan digna para los involucrados. Muestra los hechos políticos pero no toma partido, así que opta por centrarse en los sueños de los ingenieros por tener el mejor avión posible, independientemente que fuesen usados para la guerra.

            De hecho se planteó muy bien que ninguno de los ingenieros desarrolla aviones para la guerra, en realidad ellos los diseñan para hacer un mundo mejor pero, quien paga por esos aviones, lo hace para fines bélicos. Es como dice Honjou: “Nosotros soñamos con hacer aviones, pero ellos los convierten en armas de guerra”.

            Por cierto, como ingeniero, también disfruté bastante el argumento. Ciertamente no soy el más técnico ni que me gusta mancharme las manos pero, independientemente de nuestra especialidad o tendencia laboral, creo que todos los ingenieros compartimos una visión: mejorar las cosas. Esa necesidad de ir optimizando para obtener mejores resultados lo ves plenamente con la actitud de Jirou, Honjou, Hattori, Kurokawa y demás, que siempre están buscando lo mejor. El ver la pasión de Jirou por mejorar sus diseños me inspiraba a cumplir mis propios sueños.

            Todo el pasaje de Jirou yendo a Tokio para ver a su amada, es una gran secuencia. En donde queda patente todo el amor de Jirou, tanto por Naoko como por su sueño de hacer el mejor avión. Y la escena cumbre de esa secuencia es cuando va en el tren, trabajando en sus cálculos, y las lágrimas caen en el papel y él, aunque intenta contenerse, no puede evitarlo porque está desconsolado. Esta escena te rompe el corazón.

            Hasta que puede ver a su amada le regresa el alma al cuerpo “Te vas a contagiar” le dice ella cuando intenta besarla “No importa” le contesta Jirou al plantarle el beso más tierno posible, ése que estaba conteniendo todo el dolor y el amor que sentía en su camino ajetreado. Ahora, al verla mejor, debe regresar a Nagoya, viajar toda la noche y presentar su proyecto.

            Ese detalle de viajar tantos kilómetros, aunque sea para ver unos momentos a tu amada, te conmueven hasta el tuétano, y a Naoko también, porque toma la decisión de irse a un hospital aislado para mejorarse y compartir el resto de sus días con su amado.

            Después de recibir una carta de Jirou, Naoko ya no puede estar alejada de él, y toma la decisión de ir a su lado, rememorando la visita que le hizo él desde Nagoya, así que ella se va desde (supongo) Nikko hasta Nagoya para reunirse con él. El encuentro en la estación, con la desesperación de Jirou al cruzar por tanta gente, con la incertidumbre de no encontrar a su amada o que le haya pasado algo en su estado. El alivio que siente lo compartes profundamente al abrazarse con Naoko y sólo te queda decir “¡No la dejes ir Jirou!” ¡No la dejes ir nunca!”

            Pero eso era nada, estábamos a punto de vivir el clímax de la película, un momento que llevaré conmigo el resto de mis días.

            La escena de la boda ¡Dios Mío! ¡Qué impresionante! En este momento no recuerdo una escena más bella entre todas las películas que he visto a lo largo de mi existencia. Todo es magnífico, irreal, hermoso, tierno y, al mismo tiempo, terrible y cruel. Imposible que no se te parta el corazón con esta obra de arte dentro de otra obra de arte.

            Aunque toda la escena es una hermosura, un solo pensamiento me invadía: “¡Se va a morir Naoko!” y eso me hacía llorar aún más, porque era hermoso que consumaran su amor pero era terrible que fuera por tan poco tiempo.

            Literalmente berreé durante toda la secuencia, por tanta felicidad y, al mismo tiempo, por tanta tristeza. Es un Tsunami sentimental sin piedad. De hecho tarde mucho en redactar esta descripción del evento porque me acordaba y nuevamente me ponía a llorar.

            Lo hermosa que se veía Naoko, la delicadeza con la que la trató Jirou, la maternidad con la que la señora Kurokawa los atendía y, aunque duro al inicio, hasta el Sr. Kurokawa se derrumbó en dicho momento tan honesto, tan profundo y tan tierno. Creo que jamás podré ver dicha escena sin lágrimas en los ojos.

            Pero hay otra razón por la que la boda es tan bella: no hubo ceremonia religiosa como tal. No necesitaron de ningún sacerdote que avalara su unión. La decisión de unirse fue sólo de la pareja, sólo requerían que los Kurokawa fueran testigos de dicho compromiso. Su unión amorosa es lo único que los respalda, y tan válida como aquellas hechas con grandes ceremonias, pero ellos no necesitaban que cientos de invitados avalaran su unión porque, desde el corazón, ya estaban casados desde hace tiempo.

            Durante esas breves semanas Jirou y Naoko fueron en extremo felices, porque iban a compartir los días más valiosos y hermosos de sus respectivas vidas, como debió haber sido siempre: juntos.

            Otra vez tengo que quitarme el sombrero con Miyazaki Sensei, ya que manejó con muy buen gusto toda la cuestión de la enfermedad (mostrando sangre pero sin ser desagradable), porque viendo la fragilidad de Naoko te puedes impactar más que con grandes hemorragias.

            Lo mismo hay que reconocerle el buen gusto con el cual planteo la vida en pareja de los recién casados, dando a entender que iban a tener intimidad sin tener que ser muy explícito. Y ahí queda demostrado que puedes ser sugerente sin tener que ser corriente al momento de plantear ciertas situaciones. Puedes ser sutil y aun así dar a entender muchas cosas, y para eso se necesita educación, talento y sentido común.

            La vida de la pareja no es normal, con Naoko todo el día en cama y Jirou trabajando, pero los breves momentos que coinciden, se expresa todo el amor que contuvieron durante el día. Me encantó cuando él se lleva trabajo a casa, para estar cerca de ella y, mientras él hace cálculos con una mano, usa la otra para sostener la de ella, y ella le dice “No me sueltes”, con un tono dulce y travieso.

            Otra escena muy linda es cuando él llega de madrugada, con los cerezos en flor como marco, agotado pero aún le da tiempo de platicar un poco con ella, antes de caer rendido. Ella lo cobija y lo abraza con todo el cariño posible. Ese par de escenas son tan tiernas, tan íntimas y tan reales, sin caer en lo cursi, sin tener que incurrir en acciones más llamativas, te expresan tanto con detalles delicados.


            Naoko sale a “dar un paseo”, avisando que a su regreso arregla el cuarto. Cuando Kayo la ve caminando desde el camión, ya sospecha algo. Al ver el cuarto impecable, la Señora Kurokawa y Kayo saben que algo no anda bien y, al leer su carta, Kayo confirma que se va a regresar al Hospital. Kayo quiere ir tras Naoko, pero la Sra. Kurokawa se lo impide

¿Por qué? Porque así debía ser, porque Naoko no quiere que Jirou sufra su muerte y prefiere partir lejos de él, ya compartieron el mejor tiempo que pudieron y ahora ella regresa a afrontar su destino. Tal vez por eso el llanto de Kayo es tan amargo y descorazonador, y creo que lloré con su misma potencia, porque la tristeza era enorme y, viendo su reacción tan desesperanzadora, las lágrimas se multiplicaban.


En ese mismo instante, lejos de ahí, a Jirou le deja de importar que su avión por fin ha salido exitoso, y es que algo en su corazón le hace voltear hacia un tren que no ve, pero que sabe que está ahí. Esos momentos en que sabes que algo está pasando pero no sabes qué. Es por ello que no puede entregarse por completo a la celebración, porque hay un hueco en su corazón que no puede explicar en ese momento.

            La escena final es tan melancólica como bonita, tan inspiradora como cruel. Ves a un Jirou algo perdido, vacío, sin esperanzas y se encuentra una última vez con el Sr. Caproni “justo en el lugar donde nos vimos la primera vez” rememoran.


Jirou por fin había conseguido su avión soñado “pero ninguno regresó” sentencia el japonés. Todo esto mientras los pilotos de sus aviones lo saludan con mucho respeto, y el responde de manera cortés. Ahí te sientes feliz y triste, por el reconocimiento de todos esos pilotos a tantos años de esfuerzo del Ingeniero, por otro lado te sientes triste que su invento se utilizara para la guerra y que fuese destruido vilmente.

“Los aviones son sueños maravillosos y, al mismo tiempo, sueños malditos. Sueños materializados que se van al cielo para nunca volver” le había dicho en esos mismos pasajes el Sr. Caproni con mucha sabiduría, tratando de consolar el cansado corazón de Jirou. Todo esto para darle entrada a una hermosa Naoko que viene a saludar a su amado “desde el más allá”.

El Sr. Caproni le dice que ha estado ahí esperándole desde hace tiempo, dando a entender que el italiano también ya había fallecido. Ella lo saluda con mucha efusividad para que, justo antes de desvanecerse le incite a vivir al máximo (otra vez, no puedes evitar estar en un mar de lágrimas) y sólo me preguntaba de manera inconsolable “¿Por qué la vida es tan injusta?” :’-(

Terminó la película, y no dejaba de llorar, pasaron todos los créditos, y no dejaba de llorar. Por más que intentaba contenerme, bastaba con que recordara algún aspecto de la película para perderme otra vez en el llanto inconsolable. Así estuve algunos minutos, hasta que me fui a dormir. Creo que de alguna manera esta película destapó muchos sentimientos que venía conteniendo en mí ser.

Leyendo un poco la vida del verdadero Jirou, te enteras de cosas que te hacen un poco menos triste la trama, ya que su esposa no murió, de hecho le dio cinco hijos, y pudo hacer el primer avión de pasajeros después de la guerra.

Esa explicación amaina un poco el dolor en tu mente, pero en tu corazón el Jirou de Miyazaki merece todo tu amor y empatía. La vida del Jirou verdadero no fue tan trágica ni interesante, tal vez por ello prefiero quedarme con el mensaje de esperanza, valor y fortaleza del Jirou ficticio, y llevarme ese cálido sentimiento en mi pecho en lo que me resta de vida.


Otra obra de arte típica de la cultura japonesa, con una historia sin complicaciones, sencilla de seguir, pero nunca simple, ya que te la van enriqueciendo con matices, sentimientos y de detalles inolvidables. Ciertamente el camino de un diseñador de aviones podría sonar poco atractivo pero, como lo enfocaron a la parte humana, resultó ser una belleza de filme.

Creo que es la primera película de Miyazaki (no de Ghibli, porque “La Tumba de las Luciérnagas” definitivamente NO es para niños) que no es propiamente para niños. Y no es que la historia sea políticamente incorrecta o algo por el estilo, en realidad es apta para toda la familia. Sin embargo, por la esencia del argumento, los niños terminarían aburriéndose, ya que la temática es muy tierna pero, al mismo tiempo, muy adulta.


Aunque el final me dejo destrozado, con el paso del tiempo, comprendí que así debía ser ya que, aunque no fue un cierre propiamente feliz, fue uno muy humano, como los que nos esperan a la mayoría, y ésa es una cualidad que siempre hay que reconocerles a los artistas: cuando se atreven a no darte el clásico final feliz pero, a pesar de ello, logran un cierre perfecto para su obra.

Muchas gracias por todo Miyazaki Sensei, con sus películas siempre me invita a ser mejor humano y, aunque no percibo a la humanidad con sus ojos, sus obras me dan la esperanza que podemos ser mejores. Le debo un escrito a usted y a cada una de las maravillosas películas que me ha regalado porque, con cada una de ellas, ha hecho más valioso mi paso por este planeta.

:’-)


Hebert Gutiérrez Morales.

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