domingo, 17 de julio de 2016

Consecuencias del Herpes Zóster en un corredor (Parte 3 de 3)

            Para leer la segunda parte, favor de darle click a esta liga.

Empezamos con el cierre de esta enfermedad que, literalmente, marcó mi vida.

            Agradece, porque pudo ser peor.

            Lo bueno de mis depresiones es que no duraban mucho, no se los permitía, y me concentraba en tantos otros proyectos que tengo. Por ejemplo seguí planeando mis miniviajes del segundo semestre, con la certeza que mi rutina va a volver a la normalidad. Esto mientras avanzaba con los escritos, aunque fuese a paso lento (poco es mejor que nada).

            Ahí tuve un pensamiento que me aterrorizó y, al mismo tiempo, me hizo sentir agradecido: Por fortuna esta enfermedad no se manifestó antes ni durante mis viajes a Japón, Islandia o Londres, porque me los hubiera arruinado. Y me la pase tan bien en dichos lugares que me sentí profundamente agradecido que me hubiera dado de regreso a México, y que no hubiera afectado alguno de mis maravillosos planes.

            Cuando lo ves con esa perspectiva, hasta agradeces anular algunas semanas de ejercicio en lugar de sacrificar viajes únicos llenos de experiencias, eso sin contar que todo ya estaba pagado.

            Ya con ese sentimiento de agradecimiento en mi interior, me nació platicar con mi madre por teléfono. Me mantuve firme en no contarle nada de mi enfermedad, así que me dedique a escucharla con paciencia, algo que siempre disfruta y a mí, de alguna forma, también me tranquiliza un poco. Me hubiera encantado decirle pero, con lo aprensiva que es, es mejor que no sepa por la paz y tranquilidad de ambos.

            También hubo otras personas que me ayudaron al buscar mi consejo. Gente que no sabían de mi enfermedad (porque no la andaba pregonando) y que se pusieron a dialogar conmigo vía Whatsapp. Así que mientras les servía de consejero sentimental, me ayudaron a sentirme útil y, al sanar sus penas, me hicieron olvidarme de las mías.

            Un pensamiento que no me afecto tanto pero que también era una posibilidad, es que me hubiera dado cuando me hubiese rapado (que lo voy a hacer en un par de meses), y ahí hubiese sido más dramático el asunto, porque una buena parte de mi cráneo derecho estaba encostrado, pero no se notaba por el cabello, pero ése ya es tema del siguiente apartado.

Dermatólogo Inteligente

En la cita de seguimiento con el dermatólogo, con la confianza que ya nos teníamos me dijo: “No, pues sí estabas bien cabrón” con un tono entre confesión y alivio; esto mientras examinaba mi cráneo, el cual estaba bastante encostrado en la parte superior derecha.

Me vio tan recuperado que me confesó que cuando llegué, un par de semanas atrás, me vio tan grave que estuvo a punto de inyectarme cortisona pero, al ver mi complexión, desistió de la idea intuyendo que mi cuerpo, junto con tantas medicinas, iban a poder con el virus, por más avanzado que estaba.

Esto me lo comentaba ahora, que ya estaba mucho mejor, y no me lo dijo al inicio para no alarmarme. Más que enojarme, le agradecí que así lo hiciera, porque es exactamente cómo me hubiera gustado que hubiese procedido.

Y ya que estábamos en un ámbito de confianza le pregunte “Oye René, si hubiese venido a los primeros síntomas, en lugar de dejarlo avanzar tres días, ¿hubiese sido diferente?”, él entendió que me refería al ejercicio, porque las medicinas, aunque no me gusten, eran lo de menos. “Sí” me dijo “Lo hubiésemos controlado desde sus primeras etapas y ahorita ya estarías al 100%”.

            Aunque ya me esperaba una respuesta así, no dejó de entristecerme, y más porque todo recayó en mí, no podía culpar a nadie más. Al ver mi decepción, René intentó componerla un poco “Pero yo porque me especialice en Herpes Zóster, hay muchos dermatólogos que no lo hubiesen identificado en sus primeras etapas, así que no hubiesen dado con el diagnostico a la primera”.


            Agradecí la humanidad y empatía de mi doctor y, tomando su perspectiva, también agradecí haber caído con él, aunque me haya decidido demasiado tarde.

El buen humor

Aunque tuve mis momentos de depresión a lo largo de este proceso, siempre traté de mantenerme distraído y seguir con mi buen humor. Por lo que trataba de llevar mi ritmo normal y, en ése, siempre me estoy riendo.

Mis amigos y yo hacíamos constantemente bromas de la situación, según la etapa de la enfermedad. Por ejemplo, con las primeras hinchazones y costras decíamos que “Seguramente me di un borrachazo”, al segundo día, como aumento la hinchazón y las costras, empezamos a manejar la versión de que alguien por fin me había dado mi merecido por ser tan imprudente.

Incluso manejamos que me caí de una bicicleta o motocicleta y que, al ir sin casco, me di directamente en la cara. Cuando la cara estuvo en su máxima hinchazón, empezamos a decir que iba a audicionar para Rocky (Región IV) y que iba a gritar “¡Adriana! ¡Adriana!”

Cuando empecé a recuperarme y me decían que me veía mejor les complementaba: “Me veo más humano por fuera, pero no por dentro, de hecho me he vuelto más culero”. Cuando empecé con los lentes oscuros para cuidar mis ojos, me llamaron Rigo Tovar, Terminator, Stevie Wonder, Encías Sangrantes Murphy, el Guarura o el Guarro.

De no ser por ese buen humor, creo que me hubiera hundido, de hecho en Whatsapp, seguía mandado chistes a mi ritmo normal, lo cual también me ayudo porque me gusta reír con otras personas, aunque sea  a la distancia.

Cambio de Estilo de Vida

Durante todo el tiempo que estuve en recuperación, tuve que ir haciendo ajustes forzosos a mi estilo de vida. Ya mencioné el bañarme sin estar sudado pero, por ejemplo, también tuve que forzarme a comer menos y mejor.

Amo la carne y todas las cosas grasosas y engordantes, pero tuve que aprender a mesurarme, a comer ensaladas y limitar mucho eso que me encanta al momento de atragantarme. Por fortuna mi metabolismo también se adaptó  empezó a solicitar menos alimento.

Cuando tuve el ojo vendado, tuve que manejar con mucho cuidado y también moverme con más tranquilidad. Ahí me di cuenta que, gracias a la coordinación, confianza y flexibilidad que te da el baile, tengo movimientos rápidos y decididos, algo que tuve que controlar mientras sólo contaba con la mitad de mi visión.

Algo que sí disfrute pero, al mismo tiempo, me sentía culpable, era levantarme los fines de semana sin tener nada que hacer. Y es que siempre me levanto a hacer ejercicio (correr, nadar, bici fija, etc) y ahora podía levantarme tarde (8AM para mi es tardísimo) sin ninguna preocupación.

Tuve que aprender a enfocarme más en mis escritos, películas o lecturas y es que en mi rutina normal, tengo tantas cosas que hacer que difícilmente me concentro en una sola cosa, por lo cual suelo procastinar bien cabrón.

Hubo un punto en donde ya estaba acostumbrado a tomar mis medicinas, aplicarme los fomentos, ponerme las cremas, el ungüento del ojo, parcharme el mismo y demás. También ya estaba habituado a un estilo de vida sedentario pero dentro de mí había algo que reclamaba cuando notaba esa comodidad.

La Bestia Dormida

Aunque pude adaptarme a este periodo de hueva, eso no quiere decir que estuviese a gusto. Era como un prisionero en espera de su liberación. La Bestia que yacía en mi interior había logrado adormecerla, pero sólo estaba en espera de ver la luz.

Quería otra vez comer como marrano, correr como desesperado, acabar empapado en sudor, moverme con toda libertad y confianza y hacer lo que mi chingada gana se me pegue con mi tiempo y mi espacio.

Nadar sabía que no me iban a dejar en un buen tiempo, así que ni siquiera me visualizaba en la alberca como un Tritón pero, con que me dejaran hacer todo lo demás, me daba por bien servido.

No puedo entender cómo hay gente que lleva un estilo de vida sin nada de ejercicio, sin presionarse al máximo, que desperdicien su vida. Con todo lo que hago, considero que desperdicio demasiado tiempo, ahora que me limitaron tantas cosas ¿imagínense la frustración que sentí al no poder hacer tantas cosas que me hacen sentir vivo?

Un día antes de la consulta de seguimiento con el oftalmólogo, sabía que mi ojo estaba bien, pero iba a seguir sus cuidados para que “amarrara”. Sabía que me iba a liberar y que, aunque de manera paulatina, iba a ir regresando a mi ritmo normal. Esos días previos a terminar mi encierro me motivaba “Vas a ser mejor después de esto, vas a estar más enfocado, con más experiencia y un poco menos pendejo”.

Empecé a concentrar mis fuerzas para resurgir como el Ave Fénix y a reunir toda la energía de mi herido orgullo en recuperar el terreno perdido. Aunque también me iba haciendo consciente que iban a haber cosas que, me gustara o no, iban a cambiar.

Valorando

Al ver mi rostro en la foto de mis viajes, siento algo de tristeza, nunca me considere guapo pero ahora, con el rostro marcado, me veo como el galán más atractivo de todos los tiempos cuando veo mi cara antes de todo esto.

Por fortuna no soy mujer, porque ciertamente la cara es algo más importante para ellas que para nosotros. Es más, si lo sé aprovechar, hasta esta cicatriz me va a dar un aspecto rudo.

A parte del inmaculado rostro que perdí, empecé a ver lo afortunado que soy con mi condición física, el tiempo que tengo para hacer ejercicio, las posibilidades que tengo para poder comer lo que quiera, la independencia que te da el estar sano y fuerte.

Muchas de esas cosas las das por sentadas, como si fueran tu “derecho” pero cuando las pierdes (Temporal o permanentemente) te das cuenta lo pendejo que estabas y que no hay que dar nada por sentado en este mundo.

Miedo

Estaba poniéndome una de mis cremas para cicatrizar cuando, de pronto, vi un pequeño barro en mi párpado. ¡Me asuste! Le saqué una foto y se la manda al dermatólogo, a lo que él contesto “Es una simple perrilla”. Y es que cualquier cosa rara o fuera de lo común que veía en mi piel era causa de preocupación inmediata

El miedo también se expresaba a la hora de correr, ya que tampoco quería agotarme, con el antecedente que eso fue parte de lo que activó el virus. Así que corría con mucha precaución, lo cual resultaba un auténtico dolor de trasero.

Y es molesto, por un lado temía no volver a retomar mi condición, por el otro no me quería cansar para no debilitarme y reactivar la enfermedad. Por donde lo viera estaba preocupado. Es más, no suelo tener dolores de cabeza pero, con los antecedentes actuales, si tuviera uno, creo que caería en pánico.

Me preguntaba con frustración y tristeza “¿Cuándo va a acabar eso?” para luego rematar “¿Y si no acaba?” Así que me obligue a recordar la época más oscura de mi vida y hacerme consciente de que, eventualmente terminó; aunque ya no salí siendo el mismo, esa experiencia traumatizante me cambió. Así como lo ha hecho ésta.

Cuantitativamente esta experiencia tendrá una duración de un par de meses, sin embargo, cualitativamente, ha resultado demasiado violenta, desmoralizante, demoledora para un servidor. Esto al grado que ha afectado mi confianza y mi entereza.


Sé que esta enfermedad va a permanecer conmigo, de manera latente, hasta el día de mi muerte. De hecho así iba a ser desde siempre pero, ahora que la sufrí, no sólo se va a quedar en mis nervios, también se va a quedar en mis traumas y en mis miedos y como, obviamente, no quiero que vuelva a activarse, tendré que aprender a cuidarme mejor.

La luz al final del túnel

El proceso de recuperación ha sido lento y, en ocasiones, frustrante.

El primer día que me liberaron corrí bien, de hecho me sentí lleno de energía, sin embargo, la segunda ocasión me agote y, por el miedo arriba mencionado, opté por rendirme y no presionar de más mi cuerpo, como antes hubiera hecho.

Ese día me puse a llorar de la frustración, mi tristeza aumento al sentir que mis músculos no estaban duros como antes, me sentía débil, un remedo de lo que era antes de esta maldita enfermedad.

Aunque el hormigueo en la cara disminuía, a veces se activaba con furia. Me di cuenta que el patrón se repetía si me estresaba, enojaba o angustiaba, así que fui aprendiendo a tranquilizarme y a no pensar en pendejadas. No podía permitirme vivir con miedo el resto de mi vida, tenía que retomar una existencia normal.

Con el paso de los días, me fui acostumbrando al hormigueo en la cabeza, en las noches me relajaba para dormir mejor. Así que algo bueno debe traerme toda esta situación, ya que he aprendido a relajarme más, lo cual es un gran logró cuando te enojas por tantas pendejadas.

Durante la época de recuperación me di cuenta que antes era Súperman y ahora estaba lejos de eso. Cuando regrese a Jazz y me vi en el espejo, note claramente que mis muslos, aunque aún gruesos, habían perdido volumen. Me deprimía pasar por la alberca o por parte de mi circuito de 37 kms y me decía en silencio “Voy a volver, Lo prometo. Voy a ser mejor que antes”.

Lo único que me preocupó es que el Dermatólogo dijo “Prefiero que nades en Ríos, lagunas o mar, ya no quiero que lo hagas en albercas públicas”. Eso me preocupó bastante, porque me gusta mucho nadar, además vivo en ciudad y el único río disponible (Atoyac) no es precisamente agua cristalina. Pero no voy a preocuparme de eso en un rato, porque aún no me liberan del todo, en su momento veré cómo proceder.

A partir de ahí todo ya fue cuesta abajo, el proceso todavía tomó tiempo pero cada vez me fortalecía más, las medicinas iban disminuyendo, lo cual me iba devolviendo la confianza. Las consecuencias en mi persona y cuerpo las he empezado a notar pero su efecto definitivo lo acabaré de comprender hasta dentro de algunos años.

Por ahora sólo puedo agradecer estar superando esta enfermedad y ahora aprenderé a cuidarme para evitar que se vuelva a reactivar. Todavía faltan las consultas en donde me den de alta ambos doctores pero, con lo disciplinado que soy y con lo que siento en mi cuerpo, sé que ya estoy casi de salida, sé que me van a dar de alta por completo. Por eso no me voy a esperar esas tres semanas y voy a terminar estos escritos hoy mismo.

¿Qué pretendo con esta trilogía de escritos? Nada propiamente, sólo quería desahogarme, para volver por acá el día que pierda el suelo y recordarme que soy igual de vulnerable que el resto de homínidos. ¡Ah! Y, tal vez, es factible que mi experiencia le sea útil a alguien más.


Hebert Gutiérrez Morales.

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