domingo, 17 de julio de 2016

Consecuencias del Herpes Zóster en un corredor (Parte 1 de 3)

            El año 2016 lo voy a recordar, entre otras cosas, por realizar mi sueño de ir a Japón, o por las semanas tan maravillosas que pase en Londres e Islandia. Pero también va a ser un año que voy a recordar por una experiencia que me traumatizó, algo que suponía no me debía pasar pero, con el tiempo, comprenderé la razón de contraer dicha enfermedad.

            El inicio

            Era Sábado, estaba disfrutando de mi sesión de cinco kilómetros en la alberca, de pronto, sentí que una franja de mi cráneo derecho “latía”, lo cual me resultó algo extraño. Cuando empezó a ser constante me pregunte “¿Acaso habrá incubado el Cisticerco en mi cabeza tras años de comer fresas sin desinfectar?”

            Honestamente no me importaba mucho, así que seguí nadando “Si me muero no me quita el sueño” era mi pensar, sin embargo, tras unas vueltas surgió otro pensamiento “Pero ¿Y si me quedó paralitico?” ¡Ay cabrón!, ahí sí me asuste, porque no le temo a la muerte, pero sí me aterroriza quedarme incompleto o inválido.

            Y es que no es lo mismo no temerle a la muerte que querer morirse.

            El Domingo en la mañana, antes de irme nuevamente a la alberca, vi unos barritos en la frente, pero no les di importancia, porque el dolor de cabeza en mi lado derecho continuaba. El debate en la alberca continuó: entre mi necesidad de morir y la conveniencia de vivir. Así seguí todo el día. En la tarde me fui a correr, con pocas horas de digestión, por lo que presioné de más a mi cuerpo, y así terminé agotado a lo pendejo (algo relativamente normal en mí).

            La mañana del Lunes me salieron más barritos, en realidad era como un racimo de “bombitas” como de pus en la frente ¿Y qué hice? Don Neurótico se las rascó, exprimió y les echó alcohol, ya no me dio tiempo de prenderles fuego porque me tenía que ir a trabajar.

            Así que, con todo el dolor de mi corazón, decidí ir al Doctor. Pero no por salud, el tema de la estética pesaba más.

Ignorancia e Irresponsabilidad

            En el servicio médico de la empresa me atendió una Doctora que está bien sabrosa pero con fama de pendeja (aunque no tanto como el imprudente paciente). Para ella el diagnóstico fue muy fácil “Es una alergia, tomate este antihistamínico y ponte esta cremita para que todo esté listo en cinco días”.

            Por esa estúpida necesidad humana de tener fe, aún sea en una doctora ignorante (pero chichona), es la misma que se expresa por los Reyes Magos, Santa Claus, el Ratón de los Dientes o que “Dios” escucha tus plegarias. Así que me compré mis medicinas y tuve fe (y por eso tengo bien merecido lo que me pasó).


            “Deberías ver a un especialista” es lo que me decían algunas personas con sentido común y con los que una parte de mi ser resonaba. Pero en la noche, junto antes de clase de Jazz, el papá de una de mis compañeritas (médico general) me dijo que con la medicina tenía que estar bien en un par de días.

            ¿Y qué hizo su servidor? ¿Aquel ser que desconfía de todos, paranoico por naturaleza? Pues lo que Hebert sabe hacer: tomar malas decisiones y, en el momento menos oportuno, brota su personalidad extrema. Ese mismo ser desconfiado en ocasiones, y sin ninguna garantía, opta por creer en los demás sin ningún motivo real.


            Incluso me fui a correr el Martes en la tarde, en la noche al bañarme sentía las manos insensibles: no sabía si estaban heladas o estaban ardiendo pero, al meterlas al agua, no las sentía, además de que en la noche no pude dormir bien. Al platicar estos síntomas posteriormente, me dicen que me dio una fiebre marca diablo pero, como no sabía qué pasaba, no le hice mucho caso.

            Martes y Miércoles, la hinchazón en la parte superior derecha de la cara seguía aumentando, sin embargo no me dolía. Había un punto en que creía que la inflamación estaba bajando pero, en realidad, me estaba acostumbrando a la cara de hombre elefante (bien dicen que a todo se acostumbra uno menos a no comer).

Gente Pendeja y metiche (Parte I)


Soy intolerante a la gente pero, por desgracia, no me puedo aislar en mi cuevita y vivir solo, así que sólo habito entre ellos, no con ellos. ¿Por qué? Por su pendejez, que es incluso más grave y profunda que la mía.

Lo malo de tener un malestar tan evidente, es que es un imán irresistible para que la gente venga con su fingida preocupación a preguntar “¿Cómo estás? ¿Qué te pasó? ¿Es contagioso? ¿Cómo sucedió?” por lo que me cagaba contestar una y otra vez.

La gran mayoría de ellos era gente morbosa que quiere saber cómo estás, pero no por tu bienestar, sino para satisfacer su curiosidad, seres pusilánimes que tienen una vida tan vacía y triste que necesitan algo externo en que ocuparse para tener algo de emoción.

Fueron muy pocos amigos de verdad (menos de cinco), mismos que hacían las preguntas correctas, con la actitud adecuada, sin falsos dramas o reacciones exageradas, en resumen, me trataban como un adulto independiente y pensante. A esas personas se los agradecí con profundo amor. El resto de basura humana sólo me recordó el porqué de mis tendencias tan profundas de misantropía.


Empatía con los incapacitados

Ya lo tenía grabado desde antes pero, tras esta situación, me ha quedado totalmente claro. Cuando tienes confianza con alguien de capacidades diferenciadas y, les preguntas, ¿cómo debes tratarlos? La respuesta es universal: como tratarías a un igual tuyo, a alguien “normal”.

Por primera vez comprendí a dichas personas. Cuando la gente se te queda viendo con incredulidad, asco o miedo por el hecho de no ser “normal” es bastante incómodo, como que te quitan el status de humano. Y es que, aunque se muestren empáticos con sus palabras, sus rostros mostraban su verdadero sentir: expresiones de susto, desaprobación, tristeza, y demás.

Te inundan con cuestionamientos sobre la enfermedad, pero no lo hacían por mí: lo hacían por ellos mismos, de imaginarse que sus bellos rostros se vieran deformados por mi enfermedad, por eso querían saber qué pedo,  para que no les fuera a pasar.


Ya estoy acostumbrado a ser el centro de atención de las miradas, ya sea en presentaciones de baile o en mis viajes al extranjero en países con mayoría de güeros (Alemania, Inglaterra o Islandia), pero esas miradas son de curiosidad, las que generó mi enfermedad eran de desagrado.

Cuando haces sentir menos a personas por alguna de sus características físicas, no es padre, claro puedes quejarte de sus ideas o creencias pendejas, porque esa persona las eligió, pero juzgarlos por algo que no está en sus manos, está más cabrón. El que te hagan sentir menos es un sentimiento muy fuerte. Ya desde antes procuraba darles un trato digno a los incapacitados, ahora lo haré con mayor intención.

Víctimez cultural

Algo que me caga de la cultura del centro de México es la víctimez, aprovechar cualquier cosa mala que te pase para llamar la atención y, aunque he caído en eso, cada vez me fortalezco más para evitar que pase nuevamente.


No me gusta causar lástima, me caga causarla y, sobretodo, hay una expresión que desprecio con todo mi ser: “¡Pobrecito!” Aaarrgghh, ¡Cómo me purga cuando alguien dice eso! Me prende y me pongo loco.

En donde vivo, es común que la gente aproveche cualquier enfermedad, problema, estafa, accidente o cualquier desfortuna que les pase para que lo griten a los cuatro vientos y digan “¡Ey! ¡Escuchen todos! ¡Estoy sufriendo! Vengan y entérense”.


Y sí, uno de los más grandes vicios de esta sociedad morbosa es venir y a enterarte de lo que te pasa, ver cómo te revuelcas en tu desgracia y cómo te flagelas por lo pendej@ que eres al permitir que te pasara dicha desgracia.

A la gente le gusta apapacharte en tu miseria ¿Por qué? Porque los hace sentir superiores a ti, porque ellos no la están sufriendo. ¡Ah! Pero no te atrevas a contarles tus alegrías, porque encontraran algo con qué descalificarla, además de que te tacharan de Pinche Presumido (y por eso México está como está).

El problema que veo con dar lástima es que, una vez que alguien la tiene por ti, es difícil que ese alguien te vuelva a respetar. Y por eso procuro no darla.

Lo vital del físico

Aunque suene muy chido decir que lo vital está dentro de cada uno de nosotros, y que la esencia es lo más importante de cada ser humano, hay algo que ya sabía y acabé de corroborar con esta enfermedad: La apariencia física es básica para habitar en este planeta.


Nunca me he considerado guapo pero, a partir de esta experiencia, ahora me queda claro que no era propiamente feo: el hecho de estar saludable y completo te da un atractivo que no sabes que tienes hasta que lo pierdes. Para mi fortuna iba a ser algo temporal, no eterno, para dejar de quejarme por mi físico y empezar a estar agradecido con él.

De la misma forma, la importancia de la plenitud física es invaluable, el hecho de poder hacer lo que quieras, sin ninguna limitación es una bendición que, de igual manera, no sabes valorar hasta que la pierdes.

La derrota moral (Parte I)

            Ya para el Miércoles parecía Rocky antes de empezar a gritar “¡Adrian! ¡Adrian!”, todo el mundo seguía chingando con que me veía mal, aunque no sentía nada físicamente. Sólo recordaba mi aspecto cuando veía la cara de asco de quien me veía.


            Por la tarde, al llegar a casa, en lugar de ir a clase de baile, seguí una voz en mi interior que, de la nada me dijo “¡Ya vete con el Doctor!”, al cual había decidido ir hasta el Jueves por la tarde. El no dejar pasar otro día fue lo mejor.

            El doctor resultó ser muy cagado y alivianado, por lo que con toda su buena vibra me dijo “¡No manches Mano! ¡Estás cabrón! ¡Tienes un Herpes Zóster de libro!” y efectivamente, sacó su libro y el de la foto estaba igualito a mí.

            De hecho me dijo que era una emergencia tanto dermatológica como oftalmológica, y que me iba a incapacitar siete días. En ese momento en que deje de escuchar, sobre todo cuando empezó a mencionar medicinas, dosis y para qué eran, sentimentalmente me ubicaba en otro lado: estaba en mis adentros diciéndome “¿Cómo pudo pasar esto?”

            Volví a poner atención cuando el doctor dijo que tenía excelentes defensas, ya que no sentía dolor alguno (dicen que el Herpes Zóster es muy doloroso) y además que mis anticuerpos limitaron el virus únicamente a la sección superior derecha de mi cabeza, cuando en otros casos ya se hubiera expandido con el tiempo que deje pasar.

            De entrada lo del umbral del dolor alto es algo común en los corredores de largas distancias, que aprendemos a ignorarlo para lograr nuestros recorridos. El problema que me mencionó el galeno es que eso también puede ser peligroso ya que, al no sentirlo, mi sentido de urgencia por resolver el problema era mínimo.

            Y, sobre las buenas defensas, ésas eran mi esperanza: que se aplicaran y destruyeran lo que sea que molestara a mi cuerpo, como habían hecho casi siempre. Sin embargo, por excelentes que fueran para contener el virus, hay cosas para las cuales uno necesita ayuda. Y ahí empezó mi depresión.

            El humano normalmente se siente invulnerable e inmortal, creyendo que nada lo va a afectar y va a vivir para siempre, basados en ese sentimiento de plenitud diaria que nos hace olvidar los riesgos a nuestro alrededor.


            Me creía una especie de Wolverine, en donde sin tomar medicinas, llevar mi físico al límite y no tratar pequeñas dolencias, aseguraba que mi cuerpo cada vez fuese más fuerte.

            El saberme enfermo, que no podía trabajar, no podía hacer ejercicio y ver mi dieta muy restringida, además de tomar como 23 medicinas a diario, fue algo que difícilmente mi ego pudo soportar: Era normal como el resto y, en ese momento, más vulnerable que la mayoría.

            De ahí me fui manejando al Oftalmólogo y a comprar las medicinas pero, casi en la totalidad del trayecto, fui en automático, porque mi depresión era profunda y en realidad no me importaba mucho lo que pudiera pasar.

Deje de tomar fat burners, proteínas, glucosamina y demás para optimizar mi rendimiento como deportista para sustituirlos por cremitas, gotas, medicinas, fomentos y demás para recuperar mi salud.

La enfermedad en sí

Cuando uno escucha Herpes Zóster de inmediato se imagina enfermedades sexuales como la sífilis, la gonorrea, chancro y demás. Sin embargo el Herpes Zóster es otro nombre para la varicela. Cuando uno se “cura” de la varicela de niño, la enfermedad no desaparece, simplemente se queda en estado latente en nuestros nervios.

El virus se activa, principalmente por un bajón de defensas, aunque los grupos de más riesgo son adultos mayores, gente recién operada, portadores de VIH y cualquiera que sea propenso a tener una baja en el sistema inmune. Comúnmente ataca a gente de raza caucásica, se da con mayor frecuencia en época de frío, en gente con diabetes o con otras enfermedades que afecte su sistema inmunológico.

Cuando leí todo ello me pregunté “¿Por qué a mí?” De hecho al doctor también le llamó la atención que me pegara: hago ejercicio, estoy fuerte, me baño con agua fría, me duermo y alimento bien, además estoy relativamente joven y mi sistema inmune es fuerte al no consumir casi medicinas, y más cuando lo expongo constantemente a virus al no lavar frutas ni verduras. Otro hecho extraño es que no es tan común que te dé en la cara, lo normal es en la zona abdominal, así que ahora sí tuve mala fortuna en todos los aspectos con esta enfermedad.

Resulta que fue una combinación de factores única: tras regresar de Islandia, entre el cambio de horario, de alimentación, estrés, altura, clima y demás le exigieron de más a mi organismo, aunado a que retomé mi rutina normal, sin darle descanso al cuerpo. Si a esto le sumamos el caldo bacterial que resulta nadar en una alberca pública y el estrés físico adicional que le puse a mi cuerpo por correr en Domingo sin hacer digestión, puse a mi cuerpo en bandeja de plata para que el virus despertara.

Hasta aquí esta primera parte de esta trilogía, en la siguiente entrega vamos a iniciar con el imprudente del oftalmólogo, el cual me hizo encabronar bastante ¬_¬. Pueden leerlo en esta liga.


Hebert Gutiérrez Morales.

No hay comentarios: