domingo, 17 de julio de 2016

Consecuencias del Herpes Zóster en un corredor (Parte 2 de 3)

Para leer la primera parte de esta trilogía, favor de darle click a esta liga.

Continuemos con el suplicio que significó la primera enfermedad importante de mi vida.

Percepciones ajenas

El oftalmólogo resulto ser un viejito cascarrabias, que de inmediato me regaño por todo lo que había hecho mal en mi vida, o por lo menos fue la impresión que me había dado y para colmo remató con la siguiente frase.

“¿Y ya se hizo la prueba del VIH joven? Porque se nota que usted tiene mucha actividad sexual” Es increíble como una sola frase te puede hacer sentir ofendido, agradecido, halagado, humillado y encabronado al mismo tiempo.


Ignorando mis emociones, le contesté al Doctor: “Nos hicieron un checkup completo en el trabajo en Enero, adicionalmente no me he expuesto a ningún factor de riesgo doctor” le contesté de la manera más educada posible.

“No me mienta joven” replicó él “No me va a decir que, alguien como usted, no ha tenido sexo en todo este tiempo” ocasionando nuevamente todas las reacciones antes mencionadas.

“No Doctor, no he tenido relaciones, no he tenido contacto con ninguna aguja y no me han besado en todo este tiempo” volví a contestar con toda la calma que pude reunir (que ya era poca, por cierto). El Doctor, que ya había notado mi enojo, le bajó de huevos a sus acusaciones y sólo dijo “No lo sé, no me convence del todo”.


Desde su perspectiva era una especie de Gigoló, lo cual me llamó mucho la atención, porque nunca me hubiera pasado por la cabeza que alguien me viera así. Su percepción dictaba que, en lo que me recuperaba, le bajara a mi vida sexual “¿Más? ¿O sea que ya me la dejo de jalar?”

Analizando con calma todos mis sentimientos llegué a las siguientes conclusiones:
A)                          Me sentí ofendido porque el Doctor hizo aseveraciones sin siquiera conocerme, sin saber que soy demasiado moral y respetuoso (más de lo que me gustaría ser, lo admito).
B)                          Me sentí agradecido porque, desde la perspectiva del Doctor, era un hombre sano fuerte y, por ende, atractivo, así que la lógica indicaría que tengo sexo como un lujurioso de primera (efectivamente soy un lujurioso pero casto, esto debido a demasiados prejuicios, disfrazados de valores, que me restringen).
C)                          Por lo mismo me sentí humillado, por no tener sexo durante tanto tiempo porque, si quisiera, en realidad lo tendría con bastante frecuencia.
D)                          Me sentí encabronado conmigo mismo por no aprovechar todo mi potencial, y también me encabroné con el doctor por ser tan pinche metiche y sacar conclusiones erróneas solo por lo que él percibía o creía que yo debía ser.

            La Primera Recuperación

            Después de despachar unos pendientes rápidos en la oficina, regrese a medio día a casa para enclaustrarme tres días y medio en mi hogar (había logrado una reducción de mi “condena” con el Dermatólogo).

            ¡Pinches medicinas! Mi cuerpo no está acostumbrado a ellas, así que me recostaba un poquito en el Sofá y sentía que podía dormir tres horas de jalón, pero al anochecer, ya en mi cama,  me levantaba cada par de horas.

            No me molesta estar en mi casa, de hecho lo disfruto mucho pero ahora, al ser prescripción médica, fue diferente. No niego que fue rico dormir sin poner el despertador, sin tener nada que hacer al otro día, lo disfrute obviamente, pero prefiero levantarme a trabajar, nadar, correr o siempre tener algo con que aprovechar mi tiempo.

Gente Pendeja y metiche (Parte II)

            La medicina empezó a surtir efecto, y sobrevino la etapa más crítica de la enfermedad, por lo que me encontré muy vulnerable y ahí me hice consciente de que, si viviera alguien conmigo, me dejaría caer y pediría ser consentido. Sin embargo, como estoy tan adaptado a vivir solo, no me queda de otra que “aguantar vara” y salir adelante. Por momentos así es que la gente me dice “Es que necesitas a alguien” y, precisamente por ello, los mando a la chingada.

Ese “necesitas” es cierto para “su” realidad, no para la mía. Si pretendo seguir solo el resto de mi vida, debo aprender a ser tan autosuficiente como me sea posible, y es que uno puede sobrevivir, pero como siempre necesitamos de una “muleta humana” que nos sostenga, no sabemos hasta donde somos capaces de alcanzar por nuestra cuenta y, como casi nadie se atreve, te dicen que “necesitas” a alguien.

Durante mi enclaustramiento, hubo mucha gente que me escribió y que, al igual que las muestras en vivo, tuve reacciones positivas y negativas. Dentro de las negativas estaba la gente metiche misma que, al verte vulnerable, cree tener el derecho de decirte lo que debes hacer con tu vida (hasta me dijeron que debía contratar una muchacha para la limpieza) por lo que, educadamente, los tuve que mandar a chingar a su madre.

A ver, estoy enfermo, no invalido, eventualmente me voy a recuperar, no por ello voy a tener una regresión o involución en todo lo que he avanzado. Una enfermedad no me va a acabar, por lo menos ésta no.

Depresión (Parte II)

Parte de mi depresión empezaba con el baño, y es que me costaba mucho hacerlo, y no es que no me guste, en realidad me encanta ducharme. Sin embargo, para mí la ducha es la conclusión de una jornada satisfactoria de ejercicio, normalmente lo hago después de estar empapado en sudor. Eso de bañarme estando “limpio” me causaba mucha carga moral, ya que sentía estar disfrutando de un beneficio que no me había ganado.

Aunque me la pasé, leyendo, escribiendo y viendo películas, no pude evitar momentos de reflexión, intercalados con pensamientos de miedo “¿Y si me vuelvo a enfermar?” fue una pregunta que me surgió.

“¿Y si ya no vuelvo a hacer ejercicio? Fue otra que me acongojó “¿Y si ya no recupero mi vida normal?” fue la que me acabó de matar moralmente. Eran muchas las dudas que me atormentaban, y es que al no hacer mi vida normal, me sentía infrahumano, que no me había ganado el oxígeno que respiraba ni la comida que consumía.

Tenía miedo de volverme uno de esos tipos que ante cualquier dolencia o pequeña enfermedad están con el doctor y se atascan de medicamentos. No quería ser vulnerable ni una carga para nadie, no quería ser débil.

En el punto más profundo de mi depresión me hice una promesa que mitigó mis dudas: “Hebert” me dije “Te prometo que si llegas al punto de que no recuperas tu independencia y plenitud, si no recuperas tu vida normal y que si, de alguna manera, terminas confinado a algo que hiera tu dignidad, voy a hacer algo al respecto. Te prometo que no te voy a dejar vivir así, porque eso no sería vida. Te prometo que voy a acabar con tu existencia antes de que eso ocurra”.

Para mi gran orgullo, esa promesa de terminar con mi potencial miseria fue el bálsamo exacto que necesitaba, mismo que me dio fuerza para seguir con el tratamiento.

La Zona Gris

Tras 84 horas de estar en claustrado en casa, regresé a la oficina, lo cual me significó un alivio, ya que tendría otras cosas en qué distraerme. Por recomendación médica, me enfoque mucho en no estresarme. Sin embargo, por la enfermedad misma y la falta de actividad, estaba más observador que de costumbre, y ahí me doy cuenta que la gente en general es aún más pendeja e ignorante de lo que creía, y eso no me ayudaba a tranquilizarme.

Ya para entonces estaba acostumbrado a los comentarios de la gente y su falsa preocupación (en la gran mayoría de los casos). En realidad ya estaba enfocado a media semana: mi luz al final del túnel.

El Miércoles tenía mi consulta de seguimiento con el dermatólogo. El Doctor había dicho que si me portaba bien y evolucionaba positivamente, me iba a liberar para hacer ejercicio y, con ello, recuperar gran parte de mi calidad de vida.

Felizmente mejoré y, aún mejor, me dejo hacer ejercicio, aunque con algunas restricciones: nada de sol e ir de manera paulatina. Para mí eso era oro molido. No me dejo correr hasta el Sábado pero, por lo menos, podía hacer otras cosas (nadar no, me tenía que olvidar de la alberca un rato). Fui relativamente feliz: estaba mejorando, las costras iban desapareciendo y ya podía hacer ejercicio, con lo cual ya podía comer de manera normal.

El Sábado salí a correr tempranito, para que no me diera sol y, aunque fue mi recorrido estándar, y que lo hice bastante lento, me agote bastante. Por un lado perdí algo de condición pero, lo que más pesaba, era el coctel de medicinas que me tragaba a diario y que me drenaba mucha energía.

Pero pasaba algo más, algo que no me gustaba en lo absoluto. Durante tres noches (la del Viernes, la del Sábado y la del Domingo) ese hormigueo que había sentido cuando empezó toda esta odisea, se volvió intenso, pero ya no en el cráneo, en realidad se concentraba en mi ojito derecho. Ahora sí sentí mucho dolor, no podía dormir y, sobretodo, la desesperación de saber que algo pasaba y que, por más medicinas que tomara, no desaparecía.

Lo que más me preocupaba era el ojo. “¿Pero por qué?” me pregunté. Había visto al oftalmólogo y sólo había visto una hinchazón, no había detectado nada grave. Así que el Lunes fui a verlo, todo esto mientras que (a la distancia) el Dermatólogo, me daba (aún más) medicamentos para mitigar el dolor.

Ilusiones Rotas (Derrota Moral Parte II)

El oftalmólogo (como no) me volvió a regañar y me explicaba que la llaga del párpado había contaminado al ojo, y que ahora tenía una úlcera herpética ocular. Me dio la misma medicina que estaba tomando para la enfermedad original, pero ahora en ungüento ocular (que ardía hasta lo más profundo de mi alma) y, obviamente, me impidió hacer actividad física.

Ya ni siquiera me inmute, algo en mí sabía que eso iba a pasar, así que lo acepté y fui a comprar mis medicinas para, otra vez, enclaustrarme en casa. Con la salvedad que ahora sí podía ir a trabajar y que iba a tener parchado el ojo durante siete días.

¿Saben lo descorazonador que resulta creer que has superado algo y, de pronto, volver al inicio? Es algo que acaba con tu moral y que, por segunda vez, tenía que afrontar.

Gente Pendeja y Metiche (Parte III)

El traer un parche en el ojo es una invitación implícita para que la gente venga a enterarse de tus problemas, venga a sacarte información y se crea con el derecho de decirte que hacer con tu vida.

Ya estaba hasta la madre de todos estos pendejos, cuando pedía una explicación optaba por decirles “Una infección en el ojo, pero el Lunes me quitan el parche”, había gente que captaba mi tono cortante, pero había estúpidos que no sabían detenerse y pedían más detalles.

En verdad no sé de dónde saqué tanta serenidad para no mandarlos a la chingada, pero debía ser paciente y no estresarme, así que trataba de despecharlos lo más rápido posible.

Ya de por sí tenía que lidiar con mis depresiones por la enfermedad y sus consecuencias pero, adicionalmente, tenía que lidiar con esta escoria humana.

Gente valiosa

Para mi fortuna podía despachar a la gente pendeja rápido y convivía más con gente valiosa. Para empezar mis compañeros de Isla (nos autonombramos “Palo Alto”), mis tres vecinos siempre se preocuparon por mí, pero me trataron muy bien, como si nada pasara. Continuamos con nuestras bromas, albures y todas esas corrienteces que hacen la delicia de quien nos viene a visitar.

Y es que muchas personas valiosas me venían a ver y a reírse conmigo, hacíamos bromas de mi enfermedad y de mi apariencia “Deberías comprarte un parche pirata ¿Cuándo vas a tener otra oportunidad así?” me decían (y sí lo pensé seriamente).

Como Alex (su esposo) estuvo de viaje esa semana, me la pase comiendo con mi comadre Les, y tuvimos esas deliciosas conversaciones que solemos tener, sin que nos afectara mi enfermedad.

Siempre le estaré eternamente agradecido a esa gente valiosa que me acompañó en mi enfermedad, que me dieron un trato digno y que me hicieron reír bastante. :-)

Las Mamás

Hubo otro grupo de personas que aprecié el esfuerzo que hicieron por ayudarme, a pesar de sus creencias y educaciones: las mamás de mi área.

Mis compañeras de Departamento son muy acomedidas, generosas y solidarias así que, desde la primera vez que me vieron, intentaron deshacerse en cuidados sobre mi persona, cosa que no permití.

Les comenté que agradecía sus atenciones pero que me agobiaban, y que lo mejor que podían hacer era tratarme de manera normal, de mi salud me encargaba yo (junto con los doctores y los montones de medicinas que me estaban ensartando).

Mis compañeras aceptaron pero, cuando veían un pequeño resquicio de mi parte, expresaban su preocupación. Cosa que no me enojaba, porque entendía ese instinto materno que las invadía. Así que sólo las veía como se contenían al saludarme y obligarse a no preguntar de más. En verdad me dieron ternura.

Para hacerlas sentir mejor, les comenté que incluso mi madre no sabía que estaba enfermo ¿Por qué? Porque sólo se iba a preocupar, me iba a estar agobiando por teléfono (o incluso venir a la casa) y, a pesar de toda su preocupación, no iba a arreglar nada. Obviamente a ellas no les pareció y, de haber podido, le hubieran hablado pero, para su desgracia, soy tan discreto en esas cosas que nadie tiene contacto con ella. ;-)

En realidad sí tengo un problema, y no es casualidad que esté solo en esta vida: me cuesta trabajo que me apapachen, porque no me es fácil recibir. Tengo tanta necesidad de ser autosuficiente que no permito que nadie “me haga menos” al tener una atención conmigo y eso puede llegar a ser muy triste.

A pesar de ello es muy probable que dicho problema nunca me nazca resolverlo.

Depresión (Parte III)

Aunque haya sido una sola semana, vivir con un solo ojo no es fácil, y ahí aprendí a apreciar los dos, porque no me imagino una existencia sin visión. Por el ojo tapado, entraba y salía muy temprano (cumpliendo mi horario de trabajo), para no encontrar tráfico y disminuir los riesgos para mí y el resto de conductores. Durante los 16 kilómetros que separan mi casa del trabajo.

Desgasta hacer tus actividades normales con un solo ojo y, por lo mismo, se me cansaba la vista, lo cual es ridículo, ya que la visión es la misma. Supongo que era la creencia de que un ojo estaba haciendo el doble de chamba. Por precaución, y porque tenía prohibido lo demás, me iba directamente a la casa, que aunque es un lugar en el que amo estar, también necesito salir.


Y es que, aunque no solía cuidar mi salud, siempre tomaba muchas precauciones contra las lesiones y es que, precisamente, tenía miedo de un largo período de inactividad por algún tobillo o rodilla lastimada. Ahora resultaba irónico que, aunque mi cuerpo estaba fuerte y completo, no podía correr por mi ojito derecho.

Intenté avanzar en mis escritos pendientes pero, cuando veía fotos de mis viajes a redactar, ver mi rostro completo, sano y sin cicatrices, me dolía tanta imprudencia y dejadez de mi parte. Así que tampoco avance tanto como me hubiera gustado.

Me dolía estar enclaustrado. Era como un guerrero derrotado: estaba herido en mi orgullo, y vaya que soy orgulloso, estaba humillado por no poder ejercicio, por no llevar mi ritmo de vida, por no ser lo pleno que puedo ser.

Empecé a dudar de mí (el peor pecado que puedes cometer), consideré no volver a bailar, ni a correr ni a nadar. Y cada uno de esos escenarios me entristecía mucho “¿Y si he perdido toda coordinación para bailar?” “¿Y si ya no recupero mi condición para correr?” “¿Y si me vuelvo a infectar en la alberca?” Todos esos estúpidos miedos estrujaban mi corazón.


Lo bueno es que recordé mi promesa que si no retomaba la rutina previa y plena, de alguna manera, iba a acabar con mi existencia, porque no me iba a permitir ser alguna especie de piltrafa humana, no podía aceptar menos de lo que había sido hasta antes de esta enfermedad, y como siempre estoy con mi política de “Todo o nada”, eso me tranquilizó “por lo menos no viviré dando lástimas” me repetí con vehemencia.

Hasta aquí la segunda parte, en la tercera viene el cierre de esta saga. Esa última entrega la pueden leer en esta liga.


Hebert Gutiérrez Morales.

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