sábado, 30 de julio de 2016

Underground (y El Lugar que nos Prometieron)

“Los muertos, muertos están, obviamente, pero tiene que haber formas de morir con más sentido”

            Lo compré porque cuando veo algo que tiene el apellido “Murakami” impreso, lo llevaba sin chistar; eso hasta un libro infumable de un tal Ryu Murakami (llamado “Azul casi transparente”), y a partir de entonces ya “sólo” compro cosas de Haruki Murakami sin chistar ;-)

            De haber sabido lo que era "Underground" de antemano (una recopilación de entrevistas sobre el atentado en el Metro de Tokio del 20 de Marzo de 1995) creo que me lo hubiera pensado dos veces y no lo hubiera comprado, pero como ya lo tenía en casa, pues decidí darle una oportunidad.

            El inicio me pareció algo soso, los testimonios los encontraba repetitivos y no me capturaron en lo absoluto. Sólo dos veces he dejado un libro sin terminar, y vaya que debieron haber sido más, aunque Murakami nunca me ha dado motivos para hacerlo pero, de haber seguido la lectura en el mismo tono, creo que la hubiera dejado. Sin embargo persistí porque, como lector experimentado, sé que casi siempre hay punto de inflexión y ése me llegó con el relato de cierta mujer.


            Cuando llegó el testimonio de Shizuko Akashi fue el parteaguas que me cambió la sensación en el libro. El ver a esta mujer llena de energía, de amor, de hambre por vivir, que viajaba frecuentemente y se quería comer el mundo a puños; verla reducida a un remedo incapacitado de sí misma resultó en especial doloroso, me conmovió hasta las lágrimas porque, a pesar de su incapacidad, seguía mostrando esa pasión por recuperarse e intentar volver a la normalidad.

            Ése fue de los pocos casos particulares que me llegaron, pero el libro también te ofrece un panorama más general de la idiosincrasia nipona, ya que te evidencia algunos de sus aspectos culturales, por todas las coincidencias que notas a lo largo de las entrevistas.


            Para el nipón es MUY importante llegar temprano al trabajo, entre 30 minutos y una hora de anticipación, producto de su profundo sentimiento de responsabilidad y lealtad, en donde prefieren regalar su tiempo a la empresa que robárselo. Y los entiendo cabalmente, porque también me gusta llegar una hora más temprano a la oficina para avanzar y tener un día laboral más manejable.

            Ese compromiso exagerado queda cabalmente demostrado con lo trabajópatas (o Workaholics) que son los nipones. Aun sintiéndose mal, por los efectos del Sarín, la gran mayoría llegó al trabajo, incluso realizaron muchas de sus tareas matinales y fueron al hospital porque los enviaron, de lo contrario, hubieran seguido trabajando.

            Sobre ese mismo tema, me identifiqué plenamente con la frustración del Señor Ishihara Takahashi, mismo que se esforzó al máximo por llegar a su oficina y que no pudo por los efectos del gas. Cuando dijo “Nunca había faltado al trabajo por una enfermedad”, me dio en el centro de mi corazón, ya que apenas tuve que faltar al trabajo (por primera vez) debido a una enfermedad y eso me hirió mucho.

            Esa misma obsesión con el trabajo se vio reflejada en la edad de algunos de los entrevistados. Muchos se pueden jubilar a los 60 años y, de manera obligada a los 65, sin embargo, casi nadie considera la opción del retiro como real, y en sus planes no está el viajar después de los 65, sino seguir trabajando porque, de lo contrario, se aburrirían. Comparto la visión de seguir activo después del retiro pero ¿seguir trabajando? A menos que fuera por placer o por hobby, veo difícil hacerlo en lugar de viajar.

            Otro aspecto que queda patente en los testimonios es el orden y previsión de los japos: tienen muy claro los horarios, los trasbordos, las estaciones, en qué anden hay menos gente o qué vagón les queda más cerca para su salida. Siempre intentan la ruta óptima, por eso son metódicos y organizados para aprovechar su tiempo, espacio y demás recursos.

Para muchos no les parecerá gran cosa, pero les puedo asegurar que el Metro de Tokio es tan complejo como un laberinto, con líneas, estaciones y servicios tan diversos que hace ver otros (como NY, Berlín, San Francisco, Chicago, Londres o la Ciudad de México) como un juego de niños. Con dicho control los japos podrán parecer una cultura un tanto ñoña y/o neurótica ¡porque  lo son! Pero también ahí reside su orden y eficiencia.

            Otro hecho cultural muy marcado es que la gran mayoría de los entrevistados (Tanto de las víctimas como los de Aum) eran hombres, fácilmente había cinco entrevistados masculinos por cada fémina que daba su opinión. Este hecho nos deja en claro que el machismo japonés prevalece aún en nuestros días, y no es que Murakami no quisiera entrevistarlas en realidad, tanto hombres como mujeres, consideran que el punto de vista femenino no es tan valioso como el masculino. Así que a las mujeres no las dejaron hablar (su familia o pareja) o ellas solitas se autocensuraban al no considerar su testimonio tan valioso.

“Si no existe peligro inminente, muchas amenazas nos pasan desapercibidas”

            La japonesa es una sociedad sui géneris, ellos mismos se tachan de individualistas sin embargo, no es tan cierta esa percepción que tienen de sí mismos. Lo sé porque vivo en una sociedad, en verdad, individualista aunque lo más correcto sería decir egoísta, por no decir culera y desleal. Así que con ese antecedente cultural, cuando visite Japón, pude darme cuenta de su forma de respeto, mismo que llaman individualismo.

            Algunos de los entrevistados criticaron que había muchos afectados y que la gente seguía con su vida, pero es una percepción injusta. El japonés respeta tu espacio, por lo que respeta tu sufrimiento. Si ven a alguien en la calle sentado y lamentándose, lo dejan a solas, A MENOS que la persona solicite ayuda o en verdad esté en peligro, entonces el japonés es muy solidario y apoya sin chistar.

            Otro efecto palpable del atentado fue el impacto psicológico a los japoneses, el shock que experimentaron fue profundo, y es que Japón es un país TAN seguro que todos están muy relajados respecto a la seguridad. Cuando estuve ahí fácilmente pude haber entrado al metro con armas, bombas o bolsas de gas sarín y nadie se hubiera dado cuenta de ello.


            Los controles de seguridad son casi nulos, y los empleados en cada estación son relativamente pocos para la cantidad ingente de pasajeros que hacen uso del servicio a diario. Utilice el metro 21 años después del atentado y no vi ni un mecanismo de prevención o control de seguridad, por lo que hubiera resultado fácil que se repitiera dicho atentado.

            Y es que la seguridad (o su ausencia) pasa a ser del inconsciente colectivo. Uno de los entrevistados lo ejemplificó de manera clara, ya que estuvo una semana antes en Colombia en, donde según sus palabras, vives con la consciencia de que algo te puede pasar en un día cualquiera (una explosión, un asalto, un asesinato y demás), pero esos hechos no pasan en Japón, es por eso que la gente tardó en reaccionar en el momento del atentado y, aún después de él, seguían sin comprender el porqué del mismo.


            Y no sólo para los japos resultó sorpresivo sino para el mundo en sí, porque estás acostumbrado a escuchar de atentados en diversos países (ricos y pobres) en todos los continentes, pero no te cabe en la cabeza escuchar de ello en naciones tan civilizadas como podrían ser un Japón, Suiza, Finlandia, Nueva Zelanda o Islandia. Así que estoy seguro que los ciudadanos de dichas naciones no están preparados para algo así (por lo menos mentalmente).

            Ese sentimiento también es reflejo de la falta de reacción oportuna de los servicios de emergencia (policía, bomberos, hospitales y demás) ante una situación tan caótica. Su vida tan tranquila, en un país tan civilizado y ordenado, les impidió estar preparados para una situación tan grave como la que se desató aquel Lunes.


            Pero esa falta de reacción de las autoridades dejó de manifiesto la solidaridad que el pueblo japonés tiene ya que, a falta de vehículos oficiales y/o de emergencia, la gente se organizó para llevar a los afectados en autos particulares, que circulaban frente a las estaciones, a los hospitales cercanos. Por eso no puedo tomar al japonés como un pueblo egoísta ya que dicha escena, en México, es impensable: nadie se detendría y pocos tendrían la voluntad de llevar a un desconocido a un hospital. Resultado de un pueblo desleal, culero y ojete.

            Algo de lo que me dejó este libro es que te concientizan de lo que significa un atentado, contantemente escuchamos en las noticas que murieron tantas decenas de personas por un coche bomba, un tiroteo y demás, en distintas partes del mundo.


            Y es que ya es algo tan común escucha que hubo 200 muertos en Irak o 100 en Somalia que sólo lo tomamos como una cifra, como si hubieran matado a un número, pero se nos dificulta verlos como humanos. Sin embargo, al ponerle nombre a las víctimas, conocer un poco de su rutina, sus ilusiones, sus preocupaciones y las secuelas del atentado, te das cuenta de que un inocente, inexplicablemente, debe sufrir las consecuencias de las ideas locas de alguien ajeno a su vida.

            Con tanto sufrimiento que ocasionó la secta de Shoko Asahara uno comprende el por qué existe la pena de muerte. Sé que muchos se oponen por razones humanitarias, sin embargo hay individuos o grupos que desprecian tanto la existencia ajena que no merecen retener la propia.

            Otro de los regalos que recibí de este libro fue el recordatorio que viajar es invaluable. Una de las ganancias permanentes de viajar son los recuerdos y que cuando lees de cierto lugar, lo visualizas de manera especial. Físicamente estuve en muchos lugares que mencionan en el libro, no sólo estaciones, sino barrios o lugares diversos. Y así es más fácil empatizar con la situación, al conocer los escenarios de los que te están hablando.

            Dentro de esos recuerdos, tengo nítida la imagen de estar en esos vagones repletos a la hora pico y me resulta sorprendente la cantidad tan baja de muertos para un lugar tan atascado y con una sustancia tan letal.

“Una prestigiosa medalla de guerra concedida a un soldado no tiene por qué ser de oro puro. Es suficiente con que esté respaldada por el reconocimiento público y compartido de que se trata de una medalla, para que no nos importe que sea de hojalata”

            Otro hecho que me quedó muy claro es que los medios de comunicación son igual de corruptos, inmorales y cínicos alrededor del mundo. Los medios japoneses se centraron en los hechos más escandalosos, más crudos, más chocantes, más llamativos sin importarles lo que estaban afectando a las víctimas, obviando y dejando atrás sus sentimientos. A los medios no les interesa respetar el sufrimiento ajeno, al contrario, si lo pueden explotar para vender más, aprovechándose de la tendencia humana al morbo, lo harán sin ningún reparo.

            Esa misma postura provoca esa desensibilización que tenemos como espectadores, porque leemos “200 muertos”, pero no somos conscientes del sufrimiento que pasó cada persona y el que están viviendo sus familias, y el que los medios lo exploten, hacen que eso se convierta en un espectáculo, y nos es difícil empatizar con el sufrimiento ajeno. Es hasta que pasamos por algo así que entendemos lo que siente esa gente.

            Dentro de sus reflexiones, Murakami menciona una ocasión en donde vio la grotesca campaña política de AUM, tan grotesco que tuvo que voltear. Él mismo reflexiona que por eso AUM pudo crecer tanto en Japón: porque la Sociedad se negaba a ver algo tan desagradable (para el buen gusto nipón).

Y por tal motivo se mantiene el ambiente óptimo para que algo así se vuelva a repetir, ya que la Sociedad prefiere ignorar aquello que le resulta desagradable en lugar de ver qué está reflejando de su personalidad: nuestros monstruos, nuestros lados oscuros.

Mucha gente optó por no ver a AUM, y de ahí que maniobraran en clandestinidad hasta que surgieron las muertes de sus atentados. Lo ideal hubiera sido preguntarse “¿Qué me desagrada de estos sujetos?” y así actuar en consecuencia.

Otra explicación muy sabia de Murakami fue esa postura de “nosotros” estamos bien y “ustedes” están mal, “Nosotros” somos los “buenos” y “ustedes” son los “malos”, “Nosotros” poseemos la verdad absoluta y “ustedes” están totalmente equivocados. Justamente estas posturas radicales que todo lo polarizan van generando un ambiente ideal para la creación de estos movimientos, estas sectas.

Al no haber una libertad de pensamiento o de accionar, se van gestionando alternativas fuera del “orden social”, gente que no le encuentra sentido a la Sociedad tan ridícula que hemos diseñado y, aunque sean cognitivamente inteligentes, sienten que la única salida es ese camino distinto que han encontrado.

La individualidad se va perdiendo, se va demonizando, si no actúas como la mayoría eres señalado y tachado de inadaptado. Este rechazo se hace sin más argumento que el ser distinto, sin preguntarnos qué busca, qué siente, cómo ve las cosas aquel “inadaptado”.

Simplemente uno se limita a decir “están mal” y sí, los atentados estuvieron mal, pero nadie se puso a ver qué hubo detrás de ellos. Como pregunta el autor “¿En qué momento empezamos a abotonar mal la camisa?” porque los atentados sólo fueron la consecuencia de años atrás de malas decisiones respecto a AUM. ¿En qué momento fueron surgiendo todas estas desviaciones sociales?

Pero se dice que todas las historias tienen dos versiones, incluso en atentados tan violentos en contra de la humanidad. En "Underground", el autor se dedicó a conocer las ideas y sentimientos de las víctimas de los atentados, pero hacía falta el sobrepeso de la otra parte involucrada: la secta AUM.


Un año después de que Murakami sacará "Undergound", empezó a entrevistar a miembros y exmiembros de AUM, dichas entrevistas empezaron a salir publicadas en una revista para, posteriormente ser recopiladas bajo el apropiado título “El Lugar que nos prometieron”. Para mi fortuna, esta continuación fue incluida en la versión en español.

“La memoria humana no es más que la interpretación personal de los hechos”

Personalmente no me esperaba estas entrevistas, pero me resultaron más llamativas que las de las propias víctimas, ya que te ofrece otra perspectiva de la situación. Ninguno de los entrevistados de AUM estuvo involucrado en los atentados, sin embargo su visión del mundo a través de la secta resulta en extremo interesante.


Algo en común que tuvieron los de AUM es esa necesidad  de creer en algo, de pertenecer, de trascender y que no encontraban en esta sociedad consumista, materialista o secular. En pocas palabras, estaban hartos de una sociedad falsa en donde las apariencias importan más que los hechos, en donde se obvian las necesidades de pocos con tal de darles prioridad a los de la mayoría.

Desde mi perspectiva, estas personas carecían de bases sólidas, personalidad o fortaleza suficiente para hacerle frente a la sociedad, para defender sus diferencias ante los demás, para encontrar las respuestas por sí mismos. Fueron débiles y por ello se dejaron seducir por la trampa de AUM, cayendo rendidos ante el carisma de Shoko Asahara.

            Sé que es injusto de mi parte juzgarlos, porque apenas voy encontrando dicha fortaleza y personalidad ahora que me aproximo a los 40 y me animo a buscar mis propias respuestas, sin tener la necesidad de pertenecer a un grupo. Pero cuando estas en tus 20’s (o a veces en tus 30’s), lo que quieres es identificarte con algo, lo cual se potencia si estás vacío, no tienes ni idea y llega alguien y te habla bonito, pues es fácil caer en dichas sectas, sin importar la inteligencia cognitiva que tengas.

            No es tan raro o inexplicable que la gente caiga en dichas trampas. Si uno se pone a observar con detenimiento, la sociedad se ha tornado ridícula, destructiva, cínica, despreciable y nociva. Personalmente tengo unos años en terapia psicológica, pero leyendo lo que expresan los entrevistados de AUM lo encuentro lógico, lleno de sentido. Y ahí me di cuenta que, de haberse dado las circunstancias, fácilmente hubiera acabado en una secta. Por fortuna tuve bases, inteligencia, algo de cobardía y un trabajo terapéutico que me dio el debido soporte.

            Me pareció una aportación muy valiosa del autor tomar en cuenta las opiniones de AUM y evidenciar que, aunque fueron pocos los implicados en los atentados, la totalidad de sus integrantes son receptores de los prejuicios del resto de la Sociedad. Ya que, tiempo después del suceso, algunos querían salir adelante dando clases, vendiendo pan o trabajando en construcciones, pero eran abiertamente discriminados por la sociedad y hostigados por la policía. Dicho repudio les dificultaba salir adelante, aunque ellos no hubieran tenido nada que ver en las muertes del metro e intentaban ser productivos.


            Cuando leía la lealtad y ceguera con el que los miembros y exmiembros de la secta defendían a AUM, recordé a la primera persona que me empezó a tratar con Flores de Bach hace unos dos años. Dicha fémina estaba bastante ensimismada en el Budismo,  creencias esotéricas y espirituales.

            Aunque también comparto algunas de dichas creencias, el fanatismo de ella era tal que terminabas por no escucharla, por desecharla y alejarte tanto como te fuese posible. Porque aunque sea muy cierto o válido en lo que crees, si tomas una actitud fanática al respecto, a nadie le va a interesar si es verdad o no.

            Me parece que debes alcanzar un equilibrio entre el mundo real o, como ellos lo llaman, secular y tus creencias, de lo contrario no vas a despertar mucha confianza entre el resto ni vas a alcanzar la influencia positiva que quieres ser en los demás.


            No puedes vivir sólo de lo esotérico e idílico, porque este mundo materialista es total, y tienes que aprender a funcionar con el sistema y, al mismo tiempo, mantener tus creencias. Y precisamente por ello no funcionaría en una secta, en una religión y, a veces, ni en la sociedad misma, porque intento ver las cosas desde mi perspectiva y como casi no casa con la de cualquiera, prefiero seguir mi camino solo en lugar de forzar a alguien más en creer en lo que yo creo, y tampoco les voy a permitir a los demás el decirme qué hacer, qué pensar y cómo comportarme.

            En mi estancia en Japón, mi amigo Paco me compartía que el Japonés está adaptado para obedecer, para seguir a un líder, aunque creo que eso es una característica de la humanidad en sí. Ese defecto lo vi en ambos grupos entrevistados: los que iban al trabajo y, a pesar de la situación, estaban enfocados en llegar a él, y los de AUM que, a pesar de ver cosas que no cuadraban, le seguían siendo fieles a su secta y sus doctrinas.


            Me parece que la mayoría de los humanos tienen esa necesidad de pertenecer, y casi nadie se pone a cuestionar si lo que están haciendo está bien o mal, si es productivo o nocivo, si les ayuda a trascender o no. A casi todos les basta con saber que pertenecen a un lugar, sin importarles que alguien más tome las decisiones por ellos, sólo se dedican a hacer su parte y a no meterse en problemas.

“El amor puro y lo que la gente llama amor romántico son dos cosas distintas. El amor puro no manipula la relación en provecho propio, pero con el amor romántico es distinto. El amor romántico contiene otros elementos, por ejemplo, el deseo de ser amado. Si amar a otra persona fuera suficiente, nadie sufriría por el amor no correspondido. Mientras la persona amada fuera feliz, no habría que sufrir por no ser amado. Lo que nos hace sufrir es el deseo que nos amen. Así que concluí que el amor puro y el amor romántico son dos cosas distintas y que, si seguimos esta idea, podemos mitigar el dolor de no ser correspondidos”
WTF!


            Al final, dentro de las acertadas conclusiones de Murakami, es verdad que el enemigo no es AUM, sino el ambiente que permitió que un grupo así se generara porque, aunque desintegren a AUM, las condiciones para que grupos extremistas vuelvan a surgir siguen ahí.


            Hebert Gutiérrez Morales.

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